La disputa electoral de 2016 pasará a la historia norteamericana porque el ascenso meteórico de dos precandidatos y sus respectivas propuestas políticas, a menudo radicales, surgen en los márgenes de los dos partidos tradicionales. Aquí podemos olvidarnos de Donald Trump, que acapara la atención de los medios, ya que poco o nada ha dicho de interés para nuestro tema, más allá de las acusaciones sobre el presunto fraude de la llamada Trump University. Bernie Sanders, por el contrario, tiene propuestas concretas para reformar la educación superior que, sino revolucionarias, tendrían un fuerte impacto en la población estudiantil. El fortalecimiento de su candidatura en las elecciones primarias se ha dinamizado por el apoyo decidido del electorado joven y por las manifestaciones masivas en podios universitarios.

 

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El ataque frontal al mundo de las finanzas, la crítica a los tratados de comercio internacional, el rechazo de las políticas que favorecieron el crecimiento de la desigualdad económica, la postura contraria a la guerra pero también al activismo norteamericano en asuntos internacionales, encuentran eco sustantivo entre los jóvenes y los trabajadores cuyos empleos e ingresos se erosionaron con la globalización. El atractivo de esta plataforma, reforzado por la imagen independiente y carismática del candidato frente al establishment político, ha tentado a Hillary Clinton a correrse un tanto a la izquierda, quizás más de lo que considera conveniente con vistas a las elecciones presidenciales de noviembre. Si bien la agenda educativa no es el eje central de la disputa en las elecciones primarias, paradójicamente el contraste entre los candidatos demócratas pone de relieve –a mi juicio– la cercanía de algunos de sus objetivos al mismo tiempo que subraya la diferencia en las propuestas concretas para alcanzarlos, así como en el papel de la retórica de ambos contendientes.

Hay tres aspectos en la agenda de la educación superior que parecen preocupar a las familias estadunidenses (en lo general): el precio de la matrícula que cobran las instituciones públicas, la reducción del endeudamiento enfrentado por estudiantes y graduados para realizar sus estudios y la regulación de las instituciones privadas con fines de lucro (sector que más ha crecido en las últimas dos décadas).

La agenda del gobierno de Barack Obama avanzó significativamente en estas áreas, pero con éxito dispar debido a la oposición republicana y la presión política de sectores empresariales. Por una parte, su gobierno reguló más estrictamente la operatoria de la oferta privada con fines de lucro que atrae a los estudiantes de mayor edad, quienes ya trabajan pero necesitan entrenamiento adicional (mayormente virtual) para mejorar sus ingresos con flexibilidad de horarios. Por la otra, el gobierno de Obama propuso, con escaso éxito hasta ahora, un programa de eliminación de pagos en los community colleges [colegios comunitarios] estatales, el principal competidor para la oferta privada con fines de lucro, para ser reemplazados por subsidios federales. Algunos problemas de fondo de la educación superior en los EE.UU. son mucho más graves en el sector privado con fines de lucro que en los community colleges: tasas de graduación bajas, instrucción que contribuye poco a mejorar la inserción laboral y altas deudas contraídas en relación a sus ingresos por lo que a menudo dejan a los estudiantes en default [incumplimiento].

Bernie Sanders promueve una versión ampliada: el acceso gratuito a toda la educación pública universitaria, como era el caso hasta mediados del siglo pasado en ese sector con raras excepciones, como las escuelas de medicina. Las instituciones públicas recibirían en compensación por la pérdida de esos ingresos un incremento equivalente en el subsidio, compartido por el gobierno federal (2/3) y los gobiernos estatales (1/3) que se plieguen a esa propuesta. El mensaje es claro y unívoco, se dirige a incentivar a los estudiantes a que consideren todas las opciones públicas por igual, eliminando así la confusión que provoca actualmente la diversidad de becas y préstamos institucionales, estatales y federales que promueven la gratuidad de los estudios para estudiantes de ingresos bajos. Hillary Clinton critica a esa política por ser poco realista suponiendo que los estados que han retaceado los fondos a las instituciones públicas se plegarían a ella. La política, además, sería inequitativa en sus resultados, beneficiando más a los estudiantes mejor colocados económicamente por matricularse en la instituciones selectivas con cuotas mucho más altas que los community colleges donde predominan estudiantes más pobres.

Clinton, por su lado, propone focalizar la política federal para que los estudiantes se gradúen sin deudas. Aquellos con ingresos familiares considerables financiarían su educación (no sólo la matrícula) por sus propios medios o tomando créditos bancarios, mientras que los otros recibirían becas para cubrir la matrícula y parte de los otros gastos (habitación, alimentación, salud, libros), sin contraer deudas. Aunque supone la colaboración entre los gobiernos federales y estatales, actualmente en curso en muchos estados, sería menos costosa y más equitativa que la eliminación de aranceles.

Las propuestas de los dos precandidatos coinciden en apoyar políticas más activas del gobierno federal en el financiamiento y regulación de la oferta educativa, a contrapelo de las tendencias recientes y de la ideología predominante que reclama menor presencia federal en la educación y menos impuestos. Difieren en los instrumentos escogidos. Sanders favorece una medida universal que resuena ampliamente y con facilidad en su audiencia, la gratuidad de todos los programas de grado en las instituciones públicas y el incremento sustantivo en el aporte fiscal del gobierno federal y los gobiernos estatales. Clinton se inclina por atacar el problema del endeudamiento que sufren los sectores de ingresos medios y bajos. Aunque la enorme deuda estudiantil tiene gran visibilidad en los medios, las diferencias entre clases sociales son cruciales: pocos deben mucho (a menudo profesionales que pueden pagar, aunque no sin sacrificios) y muchos deben menos pero en cantidad significativa en relación al ingreso familiar. Una política focalizada en aliviar la carga de éstos resulta difícil de explicar y de administrar con eficiencia. La propuesta de Clinton se adecúa a la complejidad del caso pero no resulta clara para el público a pesar de su base más sólida y, a mi juicio, mejores probabilidades de implementación; al contrario de lo que ocurre con la propuesta de Sanders .

Al día de hoy Hillary Clinton tiene casi asegurada su candidatura. Su primera tarea, si resulta exitosa, será consolidar la unión de su partido integrando a los sectores que apoyaron a Sanders, pero una segunda no menos importante será asegurarse el voto de los independientes. Su mensaje sobre las políticas educativas y la continuidad con las del gobierno de Obama resultará importante en ambos casos. En 2012, el contraste entre Mitt Romney Barack Obama fue marcado: Romney prefería dejar el manejo de los préstamos y la asistencia estudiantil al sector privado, renegando de sus acciones como gobernador del estado de Massachusetts, mientras que Obama en su primer gobierno mantuvo bajas las tasas de interés de los préstamos y estableció un techo al pago exigible en relación a los ingresos personales. Difícil predecir qué ocurrirá en la campaña de 2016, pero a partir de las críticas levantadas por Sanders –y sus aliados– Clinton, además, posiblemente enfrentará ataques personales por los vínculos de la fundación que lleva su apellido con Laureate Universities, empresa global líder en la oferta de programas vocacionales a nivel terciario con escasa presencia y visibilidad en los Estados Unidos pero con alta presencia en varios países como México.

Jorge Balán es investigador Senior en la School of International and Public Affairs de Columbia University.