En dos días (el 29 de julio) serán publicados los resultados del concurso de ingreso a los bachilleratos públicos distribuidos en las 16 delegaciones de la Ciudad de México y los 22 municipios conurbados del Estado de México, que organiza año tras año la Comisión Metropolitana de Instituciones Públicas de Educación Media Superior (COMIPEMS). Como en ediciones anteriores, muchos considerarán exitoso el hecho de que este concurso garantice el acceso a todos los egresados de la escuela secundaria que tengan en mente ingresar en alguno de los 361 planteles pertenecientes a las nurvr instituciones que conforman la COMIPEMS. Sin embargo, aquí expongo que mientras las autoridades que administran la educación no proporcionen más y mejores herramientas a través de las cuales los estudiantes adviertan las potencialidades y riesgos que conllevan sus elecciones por las diversas opciones que se ofrecen, persistirán las preocupantes tasas de absorción y desafiliación en el nivel medio superior.1

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En México, la transición a la educación media superior es un evento crucial en la trayectoria educativa de buena parte de los estudiantes: de los que finalizan la secundaria sólo un 60% continúa al nivel subsiguiente, y de los que continúan, prácticamente la mitad no finaliza el nivel de estudios (ver Blanco, Solís y Robles, 2014).2 Y si bien la Ciudad de México cuenta con los mejores indicadores de rendimiento académico y los mayores niveles de escolaridad del país, el paso a la educación media superior presenta los mismos problemas que en el contexto nacional.

La inestabilidad que caracteriza a estas experiencias de transición se concentra durante los primeros meses de asistencia escolar. Dos condicionantes configuran esta problemática: en primer lugar, casi la mitad de los estudiantes (47%) se desafilia del sistema (no continúa estudiando) por razones de insuficiencia económica; en segundo, tres de cada diez (32%) lo hace debido a una insatisfacción de la educación recibida.3 Mientras que los condicionantes de origen social familiar han sido ampliamente estudiados como determinantes de la continuidad/desafiliación escolar, menos se ha indagado acerca de la lógica inscrita en las elecciones que realizan los estudiantes por las diversas opciones educativas en las cuales desean ingresar.

La investigación que aquí resumo dispuso de dos fuentes de información: una base de datos que incluye4 las características socioeconómicas y culturales de los hogares de los jóvenes, así como su listado jerárquico de preferencias y un trabajo de campo en siete secundarias públicas, generales y técnicas –ubicadas en el sur de la Ciudad de México– en las que entrevisté a 67 estudiantes, con igual proporción de varones y mujeres, de diversos orígenes sociales, que estaban por presentarse al concurso. Las escuelas eran heterogéneas entre sí en términos del entorno social en el que estaban emplazadas, así como en términos de rendimiento escolar promedio.

El análisis de la base de datos proporcionó algunos resultados que coinciden con los reportados por otros trabajos previos. Básicamente:

1) La distribución de las elecciones de los estudiantes se segmenta entre dos grupos de instituciones: las que ofrecen el pase preferencial o automático a la Educación Superior (UNAM e IPN) y las que ofrecen títulos de bachillerato general, profesional técnico y/o tecnológico, pero que no tienen puente a la Educación Superior.

2) El 50% de los estudiantes elige en posiciones de máxima preferencia (primeras tres opciones de su listado de opciones), algún plantel de la UNAM o del IPN. Eso sitúa a estas dos instituciones como las más preferidas y, por ende, como las de más difícil acceso. Por otro lado, las siete instituciones restantes se ubican en posiciones de media preferencia (cuarta a décima opciones) y baja preferencia (decimoprimera a vigésima opciones). En otras palabras: son considerablemente menos atractivas para los aspirantes. Esto no quiere decir que exista tozudez por ingresar a la UNAM o el IPN, como algunos funcionarios han sugerido.

Por otro lado, desde que la COMIPEMS regula esta transición educativa (1996), hasta el día de hoy, en promedio sólo tres de cada 10 estudiantes que eligieron planteles de la UNAM/IPN ingresará en ellos, por lo que miles de estudiantes deben repensar sus expectativas y adecuarse a su destino educativo. Como ya expliqué más arriba, este problema es particularmente grave para los jóvenes de menores recursos socio-económicos y con bajos/regulares antecedentes escolares pues de no estar satisfechos con las opciones en las que fueron asignados, entrarán en riesgo de abandonar sus estudios.

Este escenario es aún más preocupante si tenemos en cuenta que las escuelas secundarias públicas de las que egresan los aspirantes a la COMIPEMS funcionan como espacios que a la vez propulsan y frenan las experiencias de transición educativa de sus estudiantes. Por un lado, existen escuelas secundarias públicas que cuentan con dispositivos pedagógicos y didácticos diseñados para acompañar a sus alumnos durante la preparación para el concurso de la COMIPEMS. En estas escuelas, semana a semana los orientadores vocacionales aplican a su alumnado pruebas estandarizadas que simulan la dinámica del concurso; informan de las características de la oferta curricular de cada institución, de la ubicación de los diversos planteles. Adicionalmente, convocan a los padres de familia a charlas vocacionales. Tales estudiantes amplían sus rangos de preferencias. Ven plausible y posible continuar estudiando en más de una institución educativa. En otras palabras: se adelantan a escenarios posibles, por lo que pueden resguardarse ante asignaciones de menor preferencia.

Por otro lado, existen escuelas secundarias que no disponen de equipamiento a través del cual implementar dichos simuladores. Los orientadores vocacionales no destinan espacios y tiempos para informarle a su alumnado acerca de las características del funcionamiento del concurso y/o de la oferta educativa. Tampoco convocan a los padres de familia para ofrecerles información pertinente. Por ende, estos estudiantes suelen tener preferencias acotadas. Desconocen la oferta curricular de las instituciones de la COMIPEMS. Para estos jóvenes, la transición a la educación media superior parece más un juego de azar que una construcción social de la experiencia escolar.

En suma, los resultados de esta investigación permiten observar que en una medida razonable, las inequidades en el acceso y permanencia al nivel medio superior persisten debido a que las autoridades educativas que regulan esta transición desde hace 20 años, han abordado de manera fragmentaria los procesos a través de los cuales los jóvenes que buscan mantenerse en el sistema educativo, construyen sus elecciones escolares. Son necesarias y urgentes determinadas decisiones políticas que garanticen un piso de equidad con respecto a los procedimientos a través de los cuales los jóvenes evaluan qué caminos pueden favorecer a la estabilidad de sus eventuales trayectorias escolares.

Eduardo Rodríguez Rocha es profesor de Sociología de la Educación en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina y es becario postdoctoral del CONICET.


1 Me baso en los resutados de una investigación que realicé entre los años 2012 y 2015 en el marco de mi tesis doctoral, en el Centro de Estudios Sociológios de El Colegio de México.

2 Proyecciones de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo para 2013, que indican que solo un 57% de los jóvenes de 17 años de edad terminaron la secundaria y se encuentran estudiando.

3 Según la Encuesta Nacional de Deserción de la Educación Media Superior 2012, tres de cada diez jóvenes que abandonan el bachillerato lo hacen porque no les gustó algo de la escuela, desde el entorno, el ambiente académico y la relación con los maestros, hasta las carencias del plantel, como falta de equipo de cómputo o poco espacio para actividades deportivas.

4 Se trata de un cuestionario doble que aplica la COMIPEMS a todos los aspirantes del concurso. La base de datos de la que se dispuso fue la del año 2010.