Las llamadas UPEAS (universidades públicas estatales de apoyo solidario) tienen su origen en 1978, con la creación de la Universidad Estatal del Valle de Toluca, pero tuvieron un impulso decidido a partir de 1994. Se tratan en su gran mayoría de instituciones establecidas en lugares remotos del país. En un sentido podríamos decir que son instituciones huérfanas que no dependen de las universidades estatales ni de ninguna otra institución de educación superior (IES). Suelen ser instituciones con una matrícula reducida que se crearon sin un diagnóstico previo de pertinencia, su oferta de carreras puede incluir opciones convencionales (derecho, enfermería) o licenciaturas innovadoras (ingeniería en biotecnología, estudios socioculturales), pero sin responder a una lógica clara y –sobre todo– no parece ofrecer respuestas a la demanda del mercado laboral ni a los intereses de los jóvenes aspirantes. Quizá lo que sí han conseguido es instalarse en municipios o regiones con nula o baja oferta de educación terciaria.

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Los estudiantes que asisten a estas escuelas son jóvenes de bajos recursos (y probablemente con altas deficiencias académicas) o egresados de bachilleratos tecnológicos que en su vida han cursado materias de ciencias sociales y humanidades, a pesar de que ingresan a carreras como ciencias de la comunicación o psicología. Por su parte, los profesores que llegan a trabajar a estos lugares, en el mejor de los casos son docentes egresados de posgrados de alta calidad, que estudiaron y vivieron en ciudades, y que ante la falta de oportunidad para conseguir una plaza de profesor de tiempo completo en las capitales de los estados, migran a estas regiones aisladas, con la firme intención de hacer investigación. También puede ser posible que el rector (más que rectora) pertenezca a la clase “ilustrada” de la región –a la créme dela créme local–  que estudió en la capital y que puede o no saber algo sobre cómo funciona una IES.

Estas universidades suelen estar aisladas: se localizan lejos de la cabecera municipal (en las faldas o punta de algún cerro), en medio de una carretera, sin casas ni servicios alrededor; en su mayoría se ubican lejos de la capital estatal y de otras IES. No sería raro que para llegar del centro del país a una de estas estas universidades se tenga que pasar entre seis y ocho horas hasta llegar al pueblo principal de la región, donde además se deberá tomar un transporte público adicional (un taxi colectivo, o una ichi van destartalada) que te lleve a las puertas del recinto. Parte del problema de estas instituciones, por lo tanto, puede ser el acceso a las mismas, así como los costos que deben de cubrir tanto los alumnos como los profesores y personal administrativo. Las condiciones de algunas de las regiones donde se ubican las UPEAS varían, desde las localizadas en pueblos donde puede haber un súper mercado y hasta un cine, hasta poblaciones donde sólo hay una tienda Conasupo (no Liconsa) para abastecerse de productos de consumo diario.

Y así, en estas condiciones, los docentes intentan enseñar y hacer investigación, y los jóvenes aprender y mejorar sus condiciones de vida a través de una carrera universitaria. ¿Qué sucede en estos contextos?
Aunque la descripción anterior sólo parece hipotética, no lo es, situaciones similares son las que presentan varias de las UPEAS. De acuerdo con la página de la Subsecretaría de Educación Superior, las UPEAS son instituciones de Educación Superior creadas por decreto de los congresos locales, bajo la figura jurídica de organismos públicos descentralizados. Estas instituciones estatales desarrollan las funciones de docencia, generación y aplicación innovadora del conocimiento, así como de extensión y difusión de la cultura. Como se puede ver a partir de esta definición, a estas universidades se les exige que cumplan con las mismas funciones que cualquier universidad autónoma (docencia, investigación y extensión), sin preguntarse si cuentan con los recursos materiales y humanos necesarios para realizarlas. Quizá la principal característica de estas IES es la forma como son financiadas, pues reciben un subsidio federal complementario al que otorgan los gobiernos estatales, y puede establecer sus propios tabuladores y programas de estímulos.

Según los datos de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), para el 2012 existían 24 UPEAS, distribuidas en diferentes partes de la república como Oaxaca, Sonora, Michoacán, Estado de México o Chiapas. A pesar de ser catalogadas dentro de un mismo grupo estas IES presentan una diversidad de características y condiciones contextuales. Algunas de estas IES pertenecen a un subsistema estatal, como es el caso del Sistema de Universidades Estatales de Oaxaca (SUNEO) que incluye diecisiete campi en todas las regiones del estado. Otras son redes de campi como la Universidad Mexiquense del Bicentenario (UMB), que cuenta con 30 sedes distribuidas a lo largo y ancho del Estado de México. Pero también hay casos de universidades solitarias, como la Universidad de Ciénega del Estado de Michoacán de Ocampo o la Universidad Popular de la Chontalpa (Tabasco).

De acuerdo con Mendoza-Rojas el subsistema de las UPEAS tiene registrados 62,981 estudiantes, lo que representa un 1.6% de la matrícula de ES nacional. El tamaño de las IES, en relación al número de alumnos que asisten a ellas oscila entre los 12,625 (UMB) hasta 41 (Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos). El promedio de estudiantes por cada UPEA es de 2,999 (Mendoza-Rojas, 2016).

Las regiones donde están instaladas estas IES también pueden variar drásticamente, por ejemplo, la Universidad Estatal de Valle de Ecatepec está ubicada en un municipio urbano con la población más grande de la república (1,687,549 habitantes) y la Universidad Interserrana del Estado de Puebla en Ahuacatlán, que –de acuerdo con cifras del INEGI– apenas alcanza los 13,745 habitantes y se encuentra en el centro de la Sierra Norte de Puebla. Las diferencias en el tamaño de la población son un buen indicador de las diferencias en el acceso a servicios, por ejemplo en Ecatepec existen más de 30 IES; en contraste, en Ahuacatlán, la Universidad Interserrana constituye la única opción de educación superior. A su vez, la oferta de ES superior se correlaciona con el grado de marginación de los municipios, de tal forma que entre menor sea la oferta de educación terciaria, mayor será su grado de marginación (Mejía-Pérez & Worthman, 2015).

Ante este panorama, surgen varias preguntas: ¿quiénes son los estudiantes que acuden a estas instituciones?; ¿qué pasa con ellos cuando egresan?; ¿quiénes son los y las docentes y en qué condiciones trabajan? Una de las certezas que hoy tenemos sobre las universidades estatales de apoyo solidario (UPEAS) es que requerimos más investigación sobre sus procesos de formación en estos contextos y sobre su impacto en lo general con la población estudiantil que atienen, parece entonces una tarea pendiente antes de buscar abrir nuevas universidades de este tipo y seguir expandiendo este modelo.

Gustavo Mejía Pérez es estudiante del Doctorado en Ciencias en la Especialidad de Investigaciones Educativas en el Departamento de Investigaciones Educativas (DIE) del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del IPN.


Referencias

ANUIES (2012). Inclusión con responsabilidad social: elementos de diagnóstico y propuestas para una nueva generación de políticas de educación superior. México: ANUIES.

Mejía Pérez, G. & Worthman, S. (2015). La descentralización de la educación superior en México a través de las universidades autónomas: un análisis preliminar de los contextos y condiciones sociales. XIII Congreso Nacional de Investigación Educativa. Chihuahua, 16 al 20 de noviembre de 2015. Consejo Mexicano de Investigación Educativa.