México y Finlandia son dos naciones que en el año 2000 se encontraron en PISA. Ahí, los jóvenes mostraron sus habilidades y lo han seguido haciendo durante 15 años. Y los dos países tienen mucho que aprender de ambos. El contraste es radical. Una nación es grande (125 millones de habitantes) la otra es pequeña (5.5 millones). Una es de América y la otra es de Europa. Una es pobre, la otra es rica. Las dos tienen sus propias historias de hambre, guerras, invasiones, pobreza y dificultades. Las dos tienen riquezas naturales y culturales. Pero en PISA sus resultados son completa y –consistentemente– opuestos. En medio de estos extremos hay muchas otras historias que se encuentran en PISA. Ahí están los imparables singapurenses y coreanos que apenas unas cuatro décadas atrás tenían los niveles socioeconómicos de los mexicanos pero que hoy se mezclan con los países más avanzados o vanguardistas del mundo. Ahí también están los canadienses como la mejor “marca educativa” de América y los japoneses con una fuerza educativa imperial. Pero la historia de Finlandia y México por su contraste encapsula al resto.

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El punto de encuentro es PISA, la prueba que mide algunos conocimientos y habilidades que según expertos mundiales –auspiciados por la OCDE– deben poseer los jóvenes entre 15 y 16 años de edad. Dicha prueba se aplica de manera simultánea –y supuestamente estandarizada– durante dos horas y se centra en lectura, matemáticas y ciencias, cada tres años desde el 2000. En cada aplicación una de esas áreas recibe mayor número de preguntas (en 2015 fue ciencias). Los resultados se publican en la primera semana de diciembre del año posterior al de su aplicación.

Mucho se ha escrito a favor y en contra de la prueba PISA, por expertos, observadores y neófitos. La verdad es que PISA tiene ventajas y desventajas, entre las primeras: la construcción de mediciones de aprendizaje y de bases de datos a través de un esfuerzo colaborativo de muchos expertos alrededor del mundo; entre las segundas: la expedición de recetas globales y la interpretación simplista de sus resultados por parte de los ministerios de educación alrededor del mundo que se obsesionan por “los puntos PISA”.

El nivel de desempeño de los jóvenes de 15 años de edad de México ha sido –consistentemente– muy bajo desde el 2000 hasta el 2015, siempre en el último lugar de los países miembros de la OCDE. En contraste, Finlandia ha mostrado consistencia en los primeros lugares de la OCDE a pesar de sus fuertes caídas en las dos últimas rondas.

Vale la pena señalar que hay tres razones por las que Finlandia sigue siendo admirada a pesar de su caída: 1) Es el único país de América o Europa, que siempre se ubica junto con los “poderosos” asiáticos en los primeros lugares de desempeño en las tres áreas de aprendizaje. 2) Es el país de todo “el mundo PISA”,  no sólo de la OCDE, donde sus estudiantes dedican menos horas de estudio a la semana: 36 horas, dentro y fuera de la escuela. En Singapur, primer lugar en ciencias, matemáticas y lectura en 2015, los jóvenes estudian: 57.1 horas; los chilenos: 50.2 horas; los mexicanos:, 47.94 horas. 3) Aunque todos los estudiantes que presentaron la prueba tienen la misma edad, no cursan el mismo grado. Casi el 100% de los finlandeses que presentó la prueba en 2015 cursaba segundo o tercero de secundaria; en Singapur alrededor del 98% cursaba primero de preparatoria; en Japón el 100% cursaba primero de preparatoria; en México, el 31.9% cursaba tercero de secundaria y el 60.3% cursaba primero de preparatoria. O sea, jóvenes de primero de prepa del mundo compitiendo con finlandeses de tercero y segundo de secundaria.

También se ha dicho que en México la educación es más equitativa, es decir, existe menos variación que en otros países. Esto es parcialmente cierto y depende del indicador que uno escoja. Por ejemplo, si uno piensa en la variación en los puntos PISA que se relaciona con el estatus socioeconómico de los estudiantes en México, el cambio es de 11 puntos apenas ligeramente mejor que el promedio de la OCDE (12.9 puntos). Argelia y Macao (China) muestran los mejores indicadores, uno y dos puntos respectivamente, para dos países totalmente opuestos en los resultados, el primero en el penúltimo lugar mundial y el segundo en uno de los primeros lugares. Finlandia, por ejemplo, muestra una relativamente baja dispersión. Entonces uno podría decir –irónicamente – que en Finlandia todos salen bien y en México todos mal pero “iguales”.

Si uno utiliza otro indicador, por ejemplo, cuántos puntos aumentan los jóvenes en PISA en la medida que se incrementa una unidad en el índice de estatus económico, social y cultural de los estudiantes, en México aumentan 19 puntos, la mitad de puntos que el promedio de la OCDE (38). Esto significa que la mejora en el nivel socioeconómico de los jóvenes en México no impacta tanto en los resultados de PISA como sucede con los jóvenes de los países . Esto es ciertamente un tema a estudiar con más profundidad porque, por ejemplo, en sociedades mucho más igualitarias que México, provenir de familias de mejor estatus socioeconómico y cultural, impacta fuertemente en los resultados, Finlandia: 40 puntos; Singapur: 47; Japón: 42 y Corea: 44. Esto por supuesto ha elevado las antenas de autoridades y expertos en dichos países, pero no debe utilizarse en México como una señal de fortaleza porque el hecho de que todos los jóvenes salgan mal, no puede ser motivo de elogio.

Finalmente, uno podría utilizar un indicador adicional de equidad en los resultados educativos como la tasa de resiliencia de los jóvenes; es decir, el porcentaje de jóvenes que a pesar de ubicarse en los niveles más bajos de estatus socioeconómico obtiene resultados tan altos como los jóvenes de los mejores estatus. En México la tasa de resiliencia es de 12.8% en tanto el promedio de la OCDE es de 29.2% y en Finlandia es de 42.8%. Cuando la tasa de resiliencia es muy alta, una hipótesis es que los jóvenes lo logran gracias a la escuela, a pesar de su pobreza o relativa pobreza. Por tanto, tampoco parece haber mucho para festejar aquí.

¿Quién tiene la culpa? Nadie y todos. El tema de las causas del fracaso educativo es algo muy complejo y tiene que ver con razones históricas, económicas, sociales, políticas y culturales. Es una verdadera madeja sin cuenda. ¿Cuál es la solución? Bueno, la verdadera solución no tiene que ver con las reformas educativas que hemos visto desde Salinas, Zedillo, Fox y Calderón hasta Peña. Tampoco tiene que ver con los maestros o sus agrupaciones sindicales. Tiene que ver con aspectos de índole mucho más profunda que la evaluación educativa ya sea de estudiantes o maestros, que las computadoras, las tabletas y la tecnología en el aula, que las clases de inglés, que la infraestructura de las escuelas, o los planes y programas de estudio. Estas son las medidas que hemos visto en los últimos 25 años. Son medidas superficiales o –con palabras más amables– insuficientes. Mientras sigamos viendo el problema educativo con la limitada lupa de dichas políticas educativas seguiremos igual de mal que hace 15 años; en PISA 2000 (cuando los niños que presentarían la prueba PISA en 2015 estaban naciendo o por nacer), no hicimos nada verdaderamente profundo entonces y no lo hemos hecho en quince años.

Las caídas fuertes en los resultados educativos en países como Finlandia o Suecia pueden darnos algo de luz para entender la complejidad del tema educativo. La caídas de esos países nos han –fortuitamente– acercado con ellos porque México se ha mantenido constante en sus resultados. En el caso de Finlandia, país equitativo, rico y transparente y, además, con una de las fuerzas magisteriales más poderosas del mundo, en términos de calidad de la formación inicial de sus maestros y de la calidad de sus ambientes de aprendizaje en las aulas y las escuelas; la respuesta parece provenir de factores propios de la sociedad que parecen impactar los resultados en las escuelas (factores como el tiempo y calidad de la interacción de los padres con los hijos; la tensión de la vida moderna en las familias, el desempleo, la influencia de las nuevas tecnologías; la inestabilidad política, etc.) De hecho, la reacción por parte de los responsables de la educación en dichos países es mirar a esos factores y preguntarse qué pueden hacer las escuelas para enfrentar los cambios de la sociedad.

En México, mientras tanto, parece no importar cuántas nuevas y más estrictas evaluaciones hagamos o cuánta mejor infraestructura llevemos a las escuelas, antes hay  precondiciones de naturaleza social y cultural que impiden el aprendizaje; por ejemplo, la pobreza, la pésima distribución del ingreso y la riqueza, la corrupción, la negligencia cultural del mexicano hacia el aprendizaje y la selección, formación y apreciación real de la docencia. Por tanto, necesitamos reformas educativas de segunda generación para impactar la calidad educativa de los aprendizajes en México. Tema que tocaré en otra ocasión.

Eduardo Andere M. es analista y escritor en temas de educación,  aprendizaje y políticas públicas. Investigador visitante en la Universidad de Nueva York.