A lo largo de tres décadas de trabajo de investigación y asesoría a gobiernos y a instituciones educativas sobre cómo expandir las oportunidades educativas para los niños y jóvenes más vulnerables, mi comprensión de lo que significa oportunidad educativa ha evolucionado. Inicialmente la entendía como la posibilidad de acceso a la escuela y apoyo a las escuelas para lograr mayor efectividad en enseñar los propósitos de la currícula. Ésta fue la concepción subyacente a mi estudio de escuelas primarias en Pakistán. A fines de los años noventa, como resultado de otro estudio que coordiné sobre oportunidades educativas en América Latina, esta comprensión se amplió para incluir la relevancia de la educación en mi entendimiento de lo que significaba oportunidad educativa. Esta visión está reflejada en un libro posterior donde se discuten los retos para la igualdad de oportunidades en Latinoamérica, donde se presenta un modelo conceptual sobre la idea de oportunidad educativa que relaciona la educación, la desigualdad y la pobreza en la región.


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Este interés en la definición de oportunidad educativa como relevancia de la educación dio origen a una década de estudios sobre la forma en la que las escuelas podían preparar a los estudiantes para la participación cívica en sociedades democráticas, lo que dio como resultado la publicación de múltiples materiales. Este trabajo en educación para el ejercicio de la ciudadanía democrática se extendió a su vez a investigación y desarrollo de programas para promover la ciudadanía global. Hace unos años desarrollé un currículo de kinder a bachillerato para este fin; escribí varios capítulos y artículos sobre este tema, y anualmente coordino un encuentro de educadores interesados en promover la ciudadanía global. Considero que la ciudadanía global es una dimensión indispensable de la ciudadanía en un mundo cada vez más interdependiente económica y socialmente. La globalización requiere establecer una relación más estrecha entre lo que se aprende en la escuela y la experiencia de vida de los estudiantes, que refleja un mundo cada vez más integrado como resultado de estos desarrollos tecnológicos. La globalización en sí misma es un proceso inevitable y que ofrece espacios de mejoramiento a oportunidades humanas, pero que no necesariamente ha ofrecido a todas las personas las mismas oportunidades. Ésta es la razón por la cual algunos grupos rechazan la globalización, como se ve en las elecciones de Brexit en Gran Bretaña, y en la reciente elección presidencial en Estados Unidos. Es por ello que la educación para el desarrollo de la ciudadanía global es esencial, para permitir a los jóvenes comprender el mundo que les ha tocado vivir –altamente globalizado– y para que puedan hacer de la globalización una oportunidad de mejoramiento del bienestar humano, de la sustentabilidad ambiental y de la paz.

Y es que, a pesar de los sentimientos anti-globalización expresados ​​por la primer ministro Theresa May y el presidente electo Donald Trump, estos no reflejan las opiniones de una parte considerable de su electorado. Una encuesta realizada por GlobeScan para el servicio mundial de la BBC muestra que, en los 18 países encuestados, más de la mitad de la población se ve más como ciudadanos globales que como ciudadanos de su país. En el mejor de los casos, esta resistencia por parte de la población a un mundo que se está integrando a una velocidad acelerada exacerbará las tensiones y nos hará perder muchas oportunidades de colaborar a lo largo de líneas de diferencia en la mejora del mundo. En el peor de los casos, este rechazo de los resultados de la globalización y la diferente valoración sobre la misma entre personas de la misma nación sobre el valor de la diferencia y sobre los derechos humanos de todas las personas conducirá a la fractura de la confianza social y al conflicto.

Dado que las escuelas públicas fueron creadas para ayudar a los estudiantes a desarrollar la capacidad de colaborar con otros, a lo largo de múltiples líneas de diferencia, en la mejora del mundo, es imperativo que las escuelas y los maestros preparen a los estudiantes para comprender el mundo en el que viven; a entender su complejidad, reconocer la forma en que los asuntos mundiales y locales están entrelazados, valorar los derechos humanos como universales, a comprender la globalización y sus consecuencias, incluidos los riesgos globales, apreciar la fortaleza que representan nuestra diversidad y diferencias, y a tener las habilidades y el deseo de contribuir a mejorar el mundo. En resumen: es esencial promover la ciudadanía global. En ese proceso, un currículo adecuado y recursos educativos de alta calidad, así como buenos programas de formación docente, son críticos.

He desarrollado, con un grupo de colegas, un programa para educar a los estudiantes de kinder a bachillerato como ciudadanos globales. Hemos publicado este programa en un nuevo libro en el que explicamos por qué la educación para la ciudadanía global es un imperativo de nuestro tiempo, examinamos diversos enfoques de educación global, proponemos un enfoque del siglo XXI de la educación global y sobre esa base desarrollamos un currículo interdisciplinario K-12 de la educación de la ciudadanía global. A pesar de que la educación global no es una idea nueva, existe una nueva urgencia para ser más intencional en su búsqueda. No todos los estudiantes que tienen la oportunidad de ir a la escuela aprenden a reconocer la humanidad que tienen en común con otros a través de líneas de diferencias culturales, raciales, religiosas, nacionales o socioeconómicas. No todos aprenden a ser curiosos acerca de esas diferencias, o expertos en encontrar maneras de utilizar esas diferencias en beneficio de una mayor colaboración para abordar conjuntamente los desafíos que enfrentamos en el mundo.

La evolución de mi comprensión sobre lo que significa ofrecer igualdad de oportunidades educativas a lo largo de las últimas tres décadas me ha llevado a considerar que es fundamental que la educación empodere a los jóvenes para hacerse cargo de su propia vida y para mejorar el mundo. Este es el cimiento sobre el que desarrolle la Iniciativa Global de Innovación en Educación. El propósito de la iniciativa es aumentar el conocimiento sobre la forma en que las escuelas públicas ofrecen a los jóvenes la oportunidad de desarrollar las capacidades que les permiten convertirse en arquitectos de su propia vida y contribuir al mejoramiento de las comunidades de las que forman parte. La iniciativa integra tres líneas de trabajo: 1) investigación; 2) construcción de diálogos informados, y 3) desarrollo de herramientas que permitan fortalecer la capacidad de la escuela pública para ofrecer una educación relevante al siglo XXI.

Un hallazgo de nuestros estudios es que la educación pública tiene orígenes y propósitos comunes en la gran mayoría de los países, y buena parte de la estructura de los currículos es semejante; en todos se enfatiza el desarrollo de competencias cognitivas, en las áreas de lenguaje, matemáticas, ciencias. En ellos también los propósitos de la currícula se han expandido en la última década, en búsqueda de mayor énfasis en el desarrollo de capacidades de conocerse a sí mismo y poder gobernarse a sí mismo –lo que los antiguos llamaban carácter— y de capacidades de colaborar con los demás y de liderar. Con esta ampliación en las metas del currículo aumenta también la percepción de que la escuela pública es deficiente para lograr las expectativas que hay sobre ella, y esto lleva a diversos grupos a abandonar la escuela pública en busca de opciones privadas para reemplazarla o complementar la formación que en ella reciben los jóvenes.

Sin embargo, encontramos también que en todos los países existen innovaciones significativas que buscan ofrecer una formación más integral, que promueva el desarrollo simultáneo de capacidades cognitivas, de carácter, y de capacidades sociales y liderazgo. Pensamos que es muy importante estudiar estas iniciativas y ,sobre el conocimiento derivado de su estudio, construir oportunidades de mejoramiento de la mayoría de las escuelas públicas.

En síntesis, vivimos tiempos de extraordinarias posibilidades y de extraordinarios desafíos. Tenemos el conocimiento y los medios para construir un mundo inclusivo, sustentable y en paz. Lamentablemente, también vivimos en un mundo en que la incomprensión y la intolerancia ponen la paz y la sustentabilidad en peligro. De ahí la urgencia de educar a todas las personas para comprender realmente la diferencia entre ambos caminos, y cómo nuestras acciones cotidianas, las maneras de relacionarnos con los demás y con el ambiente, son las que definen qué ruta será la que prevalezca en la historia que hacemos cada día.

Fernando M. Reimers es profesor de educación internacional y director de la iniciativa de innovación global de educación y del programa de política internacional de educación de la Universidad de Harvard, en los Estados Unidos.