Es difícil estar en contra de algo que es presentado como novedoso, original y de avanzada; por ejemplo, el supuesto nuevo Modelo educativo para la educación obligatoria. Educar para la libertad y la creatividad, presentado en marzo de este año, y que fue expuesto como el paradigma que México estaba esperando y la luz al final del camino. Ya mucho se ha dicho sobre la propuesta del “nuevo” modelo educativo y por ello, en este artículo, se hará especial énfasis en problematizar y tratar de entender la importancia del pensamiento crítico en nuestros días, así como evidenciar algunas contradicciones del sistema.

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En palabras de Peña Nieto: “La escuela del siglo XXI será un espacio en el que las nuevas generaciones aprenderán a aprender y, a lo largo de su vida, aprenderán a reflexionar, aprenderán a discernir y aprenderán a resolver los retos de su entorno”. Estas palabras dan la impresión de que nunca antes en la historia de la educación en México se había educado para formar estudiantes reflexivos y autónomos; pareciera que en todo este tiempo, desde la creación misma del sistema educativo mexicano, han egresado personas sin capacidad de discernimiento, ni de resolver los retos que se le presentan. ¿Será cierto? ¿Presentarlo así no es, incluso, contraproducente para las propias autoridades educativas? Enrique Peña Nieto presentó de esta manera el modelo frente a un público que incluía especialistas en educación y donde también se encontraban los mejores estudiantes de primaria de todo el país –los que, por cierto, no asistieron a clases ese día– lo que lleva a pensar si no es riesgoso presentar con tal estridencia una propuesta educativa que incluye numerosas contradicciones y puntos inacabados.

En el siguiente cuadro tomado del Perfil de egreso del estudiante se muestran los once ámbitos (que en el Plan 2011 son llamados competencias educativas) que la SEP plantea para la educación obligatoria. Estos son: 1) lenguaje y comunicación; 2) pensamiento matemático; 3) exploración y comprensión del mundo natural y social; 4) pensamiento crítico y solución de problemas; 5) habilidades socioemocionales y proyecto de vida; 6) colaboración y trabajo en equipo, 7) convivencia y ciudadanía, 8) apreciación y expresión artísticas; 9) atención al cuerpo y a la salud; 10) cuidado del medio ambiente y;11)  habilidades digitales. Estos ámbitos deben manifestarse en el estudiante al término de cada nivel educativo. En particular sobre “pensamiento crítico y solución de problemas” se puede observar que el punto central es que los estudiantes, en cierta medida y de acuerdo a su etapa de desarrollo cognitivo, reflexionen sobre su entorno y lo problematicen, sean capaces de formular preguntas y tratar de explicarlas, es decir, que piensen críticamente.

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Tomado de SEP, 2017, p. 49.

Lo que compete a los profesionales en educación es preguntarse ¿cómo se supone que llegarán a este nivel de pensamiento? ¿Con qué estrategias y tipo de enseñanza se puede desarrollar este tipo de pensamiento? ¿En qué condiciones se aprende y en qué condiciones se enseña? ¿Se están tomando en cuenta todos los contextos del país? De hecho, en la presentación del modelo educativo también se dijo que “el pensamiento crítico se habrá impuesto sobre la memorización, potenciando la creatividad, la investigación y el aprendizaje personalizado”. Es decir, según el jefe del Ejecutivo, urge dejar de trabajar con base en las “viejas formas de enseñanza” como la memorización y se apela a que los estudiantes aprendan a aprender (lo que sea que eso signifique). Satanizar el método memorístico tampoco aporta al debate, al contrario, confunde a los docentes al momento de llevar la teoría a la práctica.

Precisamente sobre cómo llevar al salón de clases estas discusiones educativas se realizó una investigación donde se preguntó a maestros y maestras de escuelas primarias públicas de la Ciudad de México sobre sus concepciones de pensamiento crítico y cómo es que lo desarrollaban en sus estudiantes. Algunos de los hallazgos al trabajar de cerca con estos docentes fue que existían muchas confusiones al respecto y difícilmente se pudo ofrecer una definición puntual de pensamiento crítico, lo que no significaba necesariamente que estos maestros no están haciendo algo por formar estudiantes críticos. Lo cierto es que no existe suficiente claridad conceptual al respecto. Se pudo observar que el trabajo que hacían en sus espacios de enseñanza estaba guiado más desde el sentido común, es decir, desde cómo los propios docentes aprendieron en su recorrido por la escuela, desde el “yo creo que pensamiento crítico puede ser esto, por lo tanto hago esto”; o bien desde señalar que a lo mejor “esta actividad me sirve para desarrollar el pensamiento crítico en mis estudiantes” pero sin detenerse a reflexionar: ¿Qué, para qué y por qué están enseñando los maestros? ¿Por qué enseñar esto y dejar de hacer otras cosas? ¿Desde dónde lo están enseñando? Y si lo que están enseñando ¿lo saben realmente?

A partir de la información recabada en el trabajo de campo y de la sistematización de la información se pudo concluir que existe un sentir que probablemente no sólo esté presente en las escuelas visitadas sino que posiblemente es más extendido. Tal apreciación es que los y las docentes han ido desarrollando más su capacidad académico-administrativa que intelectual. No habría escándalo si una de esas condiciones está posicionándose por encima de la otra. Este hecho es relativamente fácil de entender si lo pensamos desde un contexto reformista desde la década de los noventa (o poco antes) sumado al impulso de una cultura de la evaluación instaurada a nivel mundial. En algún momento de la historia (la cual no se retomará en este escrito), los y las docentes pasaron de ser agentes de transformación social a gestores de la educación. ¿Qué hacer para retomar ese papel dentro de la sociedad y, concretamente, dentro de su espacio de desarrollo profesional?

Mirando hacia atrás, en el año 2011 se aprobó un nuevo plan de estudios para la educación básica que articuló los tres niveles obligatorios del sistema educativo nacional: preescolar, primaria y secundaria. En este plan de estudios, el eje pedagógico o el modelo de educación era trabajar por competencias. El enfoque por competencias había estado configurándose desde 1990 después de la Conferencia Mundial sobre “Educación para todos” celebrada en Jomtien, Tailandia, en donde la encargada de elaborar un documento base para todos los países miembros de la UNESCO fue la Comisión Internacional sobre la educación para el siglo XXI presidida por el francés Jacques Delors y que en su texto “La educación encierra un tesoro” estableció los criterios educativos para todos los sistemas educativos mundiales. Algunos países lo tomaron en cuenta, otros –como México– lo siguieron al pie de la letra. Si bien, la década de los noventa fue un parteaguas para la formulación de pedagogías “innovadoras” o al menos “diferentes” al proyecto hegemónico de educación pública, no significa que antes no haya habido quienes imaginaron  algo parecido.

Por ejemplo, en 1972, Edgar Faure y otros académicos le entregaron a la UNESCO el informe “Aprender a ser. La educación del futuro” donde se alcanzan a vislumbrar postulados similares a los que Delors hizo 20 años después. Si nos vamos décadas atrás, los impulsores de la escuela nueva y la pedagogía crítica pusieron en el centro la idea de que transformar la educación es algo más allá de aprender sólo contenidos. Es decir, hoy en día, presentar un modelo pedagógico como nuevo es negar la propia historia, es evidenciar el desconocimiento de la educación en México y a nivel mundial, es visibilizar el ego de los políticos por querer montarse en la demagogia política sexenal que no pierde de vista los tiempos electorales. El enfoque que ahora llaman “aprender a aprender” pero que antes nombraban como “enfoque por competencias” puede ser una oportunidad para cambiar el rumbo de la educación pública en México. Lo que urge reconocer es que estas pedagogías innovadoras llevan décadas peleando un lugar en el sistema educativo pero resulta que ese sistema no está listo para transformar el paradigma.

Por último, vale la pena preguntarse, ¿por qué hablar de pensamiento crítico es más que nunca necesario y pertinente? Porque para enseñar a ser críticos, reflexivos y autónomos, idealmente los docentes deberían adquirir primero dichas características. De pronto, pensar críticamente pudiera pasar simplemente como un concepto progresista y de avanzada, pero no. El sujeto necesita detenerse a analizar, una y otra vez, quién es y hacia dónde va. Se trata de un proceso continuo. Quizás un primer paso es que los docentes en México cuestionen su actual condición académica-administrativa que claramente les está impidiendo “hacer de su profesión una praxis explícita y consciente”; luchen por mejorar sus condiciones profesionales y laborales  y así contribuyan a la transformación social formando estudiantes críticos, reflexivos y autónomos.

Vania Bañuelos es pedagoga por la Universidad Nacional Autónoma de México.