Hace unas semanas, al asumir su cargo como nuevo secretario de Educación, Aurelio Nuño anunció que una de las prioridades del país en materia educativa era incrementar la equidad y la inclusión en el acceso a la educación. Desde hace tiempo, mucho antes de la llegada de Nuño a la SEP, las autoridades educativas han vinculado la equidad a la ampliación de la cobertura. Se parte del supuesto de que incrementar la cobertura implica per se reducir la inequidad.

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Parecería lógico vincular la cobertura con la equidad en el acceso a la educación. En última instancia, ampliar la cobertura significa mayor disponibilidad de lugares en las escuelas para la población excluida. Sin embargo, esta relación es más compleja de lo que parece, debido a la intervención de dos factores: la segmentación institucional del sistema educativo y la distribución efectiva de oportunidades.

La historia de los esfuerzos de ampliación de la cobertura de los distintos niveles educativos en México que comenzó hace décadas con la primaria –y hoy en día se concentra en la educación media superior y superior– se ha caracterizado por la expansión de modalidades y subsistemas educativos públicos creados ad-hoc para la inclusión de las poblaciones en condiciones de mayor desventaja social. Debido en buena medida a la urgencia por incrementar la cobertura en poco tiempo, estas alternativas nacieron con estándares de servicio inferiores a los de las escuelas públicas originales.

A lo largo del tiempo las brechas entre tipos y modalidades de escuelas se han consolidado, lo que ha dado lugar a una segmentación institucional en los servicios de educación pública. Esta segmentación contribuye a preservar la inequidad educativa. La novedad es que en el México de hoy, cuando nos referimos a la educación pública en los niveles de primaria y secundaria, la principal fuente de desigualdad ya no es la brecha entre quienes asisten y no asisten a la escuela, sino la inclusión segmentada en distintos “pisos de calidad”. En tanto exista una correlación entre la segmentación en el acceso a escuelas de distinta calidad y circunstancias como el origen socioeconómico o el lugar de residencia, el incremento en la cobertura no se traducirá en una reducción efectiva de las inequidades educativas.

Incluso si dejamos de lado el asunto de la calidad de los servicios educativos, la ampliación de la cobertura tampoco garantiza una reducción de las brechas socioeconómicas en la asistencia escolar. Tal reducción depende de cómo se distribuyan las nuevas oportunidades de acceso a la escuela. Si estas oportunidades se asignan de forma tan o más desigual que en el pasado, nos encontraríamos ante la paradoja de una ampliación en la cobertura acompañada por similares o incluso mayores niveles de inequidad social en el acceso a la educación.

La paradoja del “incremento en la cobertura con desigualdad permanente” resume lo acontecido con la educación media superior y superior en México en los últimos años (ver gráfico). En el periodo 2008–2014, el porcentaje de jóvenes con acceso a la educación media superior se incrementó de 53% a 61%, y en la superior lo hizo de 27% a 31%. Sin embargo, este incremento no implicó una redistribución de las oportunidades en favor de los jóvenes de menores recursos socioeconómicos. De hecho, si se compara por quintil de ingresos, se encontrará que el incremento es igual o incluso mayor en los quintiles de mayores ingresos (4 y 5) que en los más bajos (1 y 2).

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En la educación media superior las desigualdades por niveles de ingreso de los hogares permanecieron prácticamente constantes, pero en la educación superior crecieron sustancialmente. Así, el acceso en el quintil 1 de ingresos, es decir los jóvenes con menos recursos, se mantuvo constante entre 2008 y 2014, mientras que en el quintil 4 aumentó de 34% a 43% y en el quintil 5 –quienes cuentan con mayores ingresos económicos– de 53% a 63%. Así, las nuevas oportunidades de ingreso a los estudios superiores han sido acaparadas por los jóvenes provenientes de familias de mayores recursos socioeconómicos. El incremento en la cobertura ha acentuado y no reducido la desigualdad social en el acceso a la educación superior.

En síntesis, se ha señalado desde hace tiempo que el énfasis en la ampliación de la cobertura de la educación media superior y superior es insuficiente si no se garantiza un piso mínimo y equitativo de calidad en la oferta educativa. El análisis aquí presentado indica que el aumento reciente en la cobertura tampoco ha traído mayor equidad de acceso, sino desigualdad permanente. Por tanto, es evidente la necesidad de replantear las estrategias de ampliación de la cobertura con una perspectiva integral, más seria y responsable. La ampliación de la cobertura significa poco sin la garantía de un estándar aceptable de calidad para todos, así como de que las nuevas oportunidades educativas llegarán a los grupos poblacionales históricamente excluidos de estos niveles educativos.

Patricio Solís es profesor-investigador del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México.