Los efectos de la tecnología, la hiperconectividad, el apetito por el saber, la falta de reglas y normas, y una pizca de corrupción, han resultado en  anarquía y confusión en el mundo de la comunicación científica. No hace mucho tiempo, la publicación científica estaba en manos de las editoriales universitarias y sociedades sin fines de lucro, la gran mayoría de ellas, controlados por las comunidades académicas. Además, la enorme mayoría de las conferencias eran financiadas por universidades, asociaciones de investigadores, académicos, expertos, o redes de científicos. Estos eventos eran realizados sin fines de lucro y controlados por pequeños grupos de profesores respetados en sus distintos campos disciplinarios asociados a las principales universidades de investigación (en su mayoría de América del Norte y de Europa occidental). Tampoco se debe dejar de mencionar que además se trataba de espacios académicos predominantemente masculinos.

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Entonces, una serie de tsunamis irrumpió en el mundo de la academia. Posiblemente se trata de la disrupción  más importante desde la masificación de la educación Post secundaria, cuando ocurrió la más intensa expansión de la matrícula universitaria a nivel mundial. Ahora, con cerca de 200 millones de estudiantes, y al menos 22 mil universidades en el mundo, la educación superior se volvió una empresa codiciada. Aunque sólo una pequeña proporción de estas universidades produce investigación, cada vez son más las instituciones que se sienten atraídas por los rankings internacionales que, principalmente, miden la producción de investigación y conforman un grupo de élite académica. Otros que voltean hacia la importancia de la investigación y la producción de publicaciones, en tanto que se trata de una de las pocas métricas que pueden ser relativamente auditables en el mundo de la educación superior, son los gobiernos, organismos acreditadores, y agencias de aseguramiento de calidad. La competencia mundial en la producción de conocimiento se ha agudizado enormemente.

Un resultado del crecimiento de la competencia y presión que reciben las universidades y los académicos de manera individual se sintetiza en la recurrida frase: “publicar o morir”, que se refiere a las presiones que enfrentan los individuos en el mundo académico por reportar publicaciones. Al mismo tiempo, internet ha creado nuevos retos para este sistema de información científica y académica en la medida en que las revistas han tenido que adaptar nuevas formas de publicar artículos, evaluar los textos enviados y otros temas relacionados al trabajo editorial. Lo que en otro tiempo fue un trabajo prácticamente artesanal que tenían que desarrollar los académicos con apenas algún conocimiento básico de comunicación editorial, de pronto se convirtió en una gran industria. En la actualidad existen casi 150 mil revistas científicas, entre las que hay casi 64 mil que son consideradas revistas arbitradas por evaluación de pares. Con estas cifras, no hay duda que la publicación de revistas se ha convertido en un apetitoso negocio. Hoy las principales compañías editoriales saben que pueden obtener importantes recursos económicos con las publicaciones científicas. Dos grandes multinacionales, Springer y Elsevier, tienen a su cargo la publicación de más de mil revistas científicas en todos los campos de investigación. Los costos de las suscripciones a revistas se han incrementado a niveles soeces, en algunos casos superando los 20 mil dólares anuales. Por ejemplo, una suscripción anual a la revista Brain Research, [Investigación sobre el cerebro], publicada por Elsevier, tiene un costo de casi 24 mil dólares. Además, muchas de estas publicaciones fueron adquiridas por otras publicaciones; también, estas empresas multinacionales han creado nuevas revistas interdisciplinarias. Parte de su éxito se debe a que logran vender sus revistas dentro de grandes paquetes que interesan a bibliotecas (sobre todo de universidades y centros de investigación) y de esa forma obligan a comprar la lista entera y no suscripciones individuales. Así, la publicación de artículos se ha vuelto una actividad altamente lucrativa.  El efecto de estas nuevas dinámicas es que el acceso a lo más reciente de la producción científica lo tienen garantizado quienes pueden pagar por esa información.

Una reacción frente a los precios actuales que las bibliotecas tienen que pagar ha llevado al desarrollo del llamado “movimiento del acceso abierto” [open access]. Se trata de una iniciativa para crear nuevas revistas con el objetivo de ofrecer acceso más barato o gratuito al conocimiento. Incluso, el movimiento fue adoptado de alguna manera por las editoriales multinacionales que respondieron ofreciendo una especie de “acceso abierto”, haciendo que los autores asuman el costo por publicarles a cambio de ofrecer acceso gratuito. En algunas ocasiones el costo que pagan los autores supera los mil dólares, lo que genera un impedimento para muchos de ellos –en su mayoría académicos– que no pueden pagar o no están dispuestos a cubrir esos costos. De esta manera, los continuos conflictos entre bibliotecas y editoriales multinacionales en relación con el alto costo de la suscripción a revistas no han encontrado una solución satisfactoria para las partes. Y este problema también atraviesa temas relacionados con la ética del trabajo académico, los fines de las universidades y centros de investigación, y asuntos propiamente mercantiles con mucho dinero de por medio. Igualmente, se debe recordar que las universidades también son propietarias de revistas científicas. Un número importante de instituciones de educación superior como las universidades de Oxford, Johns Hopkins o Chicago han publicado desde hace muchos años revistas de alta calidad que son referentes para sus campos. Estas revistas asociadas a universidades han intentado incorporar nuevas tecnologías para mantener, en general, precios razonables. Otras universidades publican numerosas revistas locales que tienen poca circulación y prestigio, como es el caso de varias universidades chinas que producen revistas en diversos campos con poco impacto y que no atraen autores de fuera de sus instituciones. Valdría la pena discutir más a fondo sus propósitos.

Además, otro problema es que el incremento dramático del número de revistas, y por consiguiente de artículos, está poniendo en jaque al sistema tradicional de arbitraje por revisión de pares. Las revistas reciben más artículos ahora debido al aumento de los académicos y de la cultura “publica o sucumbe”, así como al rápido avance de la producción de conocimiento y la innovación científica.  En este contexto es cada vez más difícil encontrar evaluadores de artículos que cuenten con la suficiente capacidad y sensibilidad para realizar esta tarea así como editores de revistas talentosos. Ambas actividades, a pesar de su importancia, son actividades que requieren de mucho tiempo, no son pagados adecuadamente, e inclusive se trata de labores que se realizan de manera anónima con la única meta de contribuir a la ciencia y a la difusión del conocimiento.

Y si faltara otro problema, nos enfrentamos a una nueva situación de la que no se habla lo suficiente: la emergencia de la charlatanería académica. El New York Times publicó un largo artículo echando un vistazo a la “falsa academia” [A Peek Inside the Srange World of Fake Academia]. En éste se discute la proliferación de conferencias y revistas simuladas. Por ejemplo, abundan hoy en día conferencias académicas “internacionales” organizadas por compañías en la India o en España, por citar dos casos, que cobran a sus participantes altas cantidades de dinero para participar en conferencias en grandes hoteles alrededor del mundo, y aceptan todas las ponencias que se envían independientemente de su calidad. Muchos académicos se encuentran suficientemente desesperados por incluir en su currículum vitae  una ponencia en una conferencia internacional y están dispuestos a pagar lo que sea. 

También nos enfrentamos a la proliferación de revistas falsas. Nadie sabe hoy cuántas de estas existen, pero seguramente estamos hablando ya de miles. Jeffrey Beall, un bibliotecario estadounidense, estuvo siguiendo el crecimiento de estas revistas falsas durante años y en su última lista tenía catalogadas al menos 923 editoriales y calculaba que cada una de ellas manejaba varias revistas (hasta 18 en algunos casos). A finales de 2016, Beall anunció que ya no seguiría compilando estas revistas y que su invaluable lista sería removida del internet. Aunque  no dio una explicación, se sospecha que sufrió amenazas de demandas legales. Las revistas falsas son publicadas desde Pakistán hasta Nigeria y en la gran mayoría de los casos sus editoriales o editores no son visibles.  En otras ocasiones estas revistas afirman tener un sistema de “revisión de pares” y usan los nombres de prominentes académicos en sus comités editoriales, gente que a veces acepta participar y que cuando se dan cuenta de que se trata de revistas falsas no puede eliminar sus nombres de esas listas. En estas revistas casi todos los artículos enviados se publican una vez que los autores cubren el costo por ser publicados (normalmente no es poco dinero).

En suma, nos enfrentamos a la anarquía en el mundo de la difusión del conocimiento y de la ciencia. La combinación de la producción masiva, casi histérica, de artículos científicos, la gran mayoría con poco valor académico; la tremenda presión por publicar independientemente de consideraciones éticas; la aceleración de la difusión del conocimiento debido a internet; la avaricia e intereses de las editoriales multinacionales, y la explosión de las editoriales falsas explican este nuevo convulsionado y confuso contexto. Se requieren respuestas creativas sobre cómo manejar mejor la tecnología; cómo adecuarse a la expansión de la producción científica; cómo racionalizar mejor la revisión de pares; cómo romper el monopolio de las multinacionales, e insistir en algo muy importante:  formar un sentido de  ética y de expectativas realistas en la comunidad académica. Las implicaciones que estos retos representarán para las revistas publicadas en otras latitudes (países con menos desarrollo) son poco claras. Desafortunadamente es poco probable que este fenómeno deje de agudizarse en los próximos años. Las preguntas son muchas y las respuestas son menos. 

Philip G. Altbach es profesor investigador y director fundador del Centro para la Educación Superior Internacional del Boston College en Estados Unidos.