Actualmente, es muy común creer que los recientemente desarrollados cursos masivos en línea (conocidos como MOOCs por sus siglas en inglés), que se encuentran en plataformas como Coursera, Khan Academy, EdX –entre otras– pueden resolver uno de los problemas más grandes de las sociedades contemporáneas: el acceso a la educación (y en particular de la educación superior o de la capacitación para el trabajo). Esta idea se basa en la facilidad que ofrecen los MOOCs en términos de costos, flexibilidad de currículum y que no es necesario cumplir con otros requerimientos que la educación formal tiene. Gran parte de la población que descubre estas herramientas asume que con ellas cualquier persona con acceso a internet podrá aprender lo que quiera, cuando quiera y sin tener que invertir grandes cantidades de dinero. Es fácil pensarlo como lo opuesto a la educación formal, que tiene tiempos y programas definidos, generalmente acompañados de grandes costos de colegiatura. El problema con esta visión es que no está tomando un aspecto fundamental de la economía de la educación: la señalización.

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En economía, este término y toda una nueva línea de pensamiento para analizar decisiones con información asimétrica les mereció un Premio Nobel de Economía a Michael Spence, George Akerlof y Joseph E. Stiglitz. Básicamente, lo que estos autores plantean es que en situaciones de intercambio en donde dos o más partes no tienen la misma información acerca de los demás participantes se genera una desconfianza racional, que a su vez impide que el mercado funcione de manera óptima. Es decir, aquel que intenta convencerte o venderte algo –agente–, y que es aquel que cuenta con mayor información, tiene el incentivo de mentir para poder obtener un mejor precio por su producto o servicio, sin importar la calidad del mismo, con el fin de obtener más dinero. Al mismo tiempo, el comprador o la persona que no tiene la información completa –principal– no puede distinguir cuál de los agentes le está diciendo la verdad, por lo que lo mejor que puede hacer es desconfiar de todos por igual, a menos que obtenga información confiable de alguno de ellos.

Un ejemplo muy claro de este fenómeno se presenta en el mercado de coches usados. Claramente, al vendedor de un coche usado le convendría mentir, ocultando defectos de su carro que puedan disminuir su precio e inventando características que lo apreciarían, sobre todo las que no son tan fácilmente identificadas por los posibles compradores (fallas eléctricas, alto consumo de gasolina). Llevado al extremo, si el vendedor supiera que todo lo que diga sobre el coche será tomado como cierto muy probablemente las características con las que describiría su coche no serían muy distintas a las utilizadas para describir un automóvil nuevo.

Por otro lado, el comprador sabe que este engaño es posible y lo mejor que puede hacer es ofrecer el precio promedio en el mercado del tipo de automóvil que va a comprar. Cuando el coche es vendido a un precio promedio el vendedor (que mintió) sigue ganando porque en realidad debió de haber recibido por su coche menos del precio promedio. Por otro lado, si el coche está en mejor condiciones que el coche promedio el perdedor será el vendedor, pero dado que nadie está dispuesto a comprar un coche usado a mayor precio que el precio promedio (por miedo de ser estafados) es el mejor precio que puede obtener.

Este mismo fenómeno ocurre en el mercado laboral. Las personas tienen incentivos para mentir sobre lo bueno que son para cierto trabajo, y así recibir un mayor salario. Al mismo tiempo, si los empleadores no tienen cómo comprobar la calidad de los candidatos su estrategia será ofrecer el salario promedio de la posición vacante.

Por lo tanto, si la persona que busca trabajo quiere obtener un sueldo por arriba del salario promedio deberá probar al empleador que tiene habilidades por arriba de la media. La forma con menor error es que se evalúen las habilidades que está buscando el empleador. Sin embargo, esta práctica resulta demasiado costosa y las organizaciones en busca de personal, en su gran mayoría, han optado por la segunda mejor opción: utilizar señales que los aspirantes pueden mandar para que el agente determine si son compatibles con el trabajo a realizar.

Una de las señales más importantes que alguien puede mandar en el contexto laboral está relacionada con el tipo de educación que obtuvo (a través de sus credenciales o certificados), ya que hay muchas preguntas que se podrían contestar –por lo menos de manera aproximada– sólo teniendo información sobre los méritos académicos de cualquier persona. Es decir, la educación es una inversión en tanto puede generarte beneficios futuros, porque las personas asocian cierto tipo de educación a cierto tipo de habilidades. Lo que la nueva educación digital plantea es que ahora todos podríamos ser acreedores a este beneficio; a diferencia de lo que pasa con la educación formal, en la que el acceso universal está lejos de ser una realidad y donde sólo las personas con acceso a capital tienen la posibilidad de invertir.

Históricamente, distintos avances tecnológicos se han pensado como la panacea del acceso a la educación; la imprenta, la enciclopedia, el internet, entre otras, hicieron creer a sus contemporáneos que existía la posibilidad de tener un acceso universal a la educación, por lo menos de manera autodidacta. Si bien la imprenta redujo de una manera importante los costos de producir escritos, estos no sustituyeron a la educación formal; la sociedad no valora de la misma manera asistir a una universidad, con profesores y compañeros a leer y aprender de forma autodidacta. Lo interesante es que se cree que los MOOCs sí podrán competir y sustituir la educación formal, que la gente podrá encontrar cualquier curso que desee y tomarlo, y si acumula cierta secuencia de cursos (señalados por alguna especie de autoridad, no necesariamente formal, en el tema) sería el equivalente a ir a la universidad. Para que esta predicción se cumpla hay varias condiciones que es necesario explorar.

Primero que nada, hay que entender dos aspectos fundamentales sobre los MOOCs: 1) no es claro que exista una institución que soporte, con su prestigio, lo que tu dices haber aprendido y 2) un servicio vía internet forma economías de escala, eso implica que con sólo una conexión a internet en teoría es posible ingresar a todos los MOOCs del mundo. Queda claro las ventajas de distribuir un producto utilizando sólo una conexión a internet, pero qué hay de la supuesta señalización –certificación– que ofrecen estas plataformas. El respaldo ofrecido por esas plataformas tiene un problema: la forma que la señalización es utilizada, y ofrecida, es la misma que ha utilizado la educación formal por siglos: sólo el que paga tiene acceso a ella. Me parece que este factor es el principal motivo por el que esta nueva forma de aprender podría acabar replicando las inequidades y vicios del sistema educativo formal.

Los diplomas que pueden ser obtenidos mediante las plataformas antes mencionadas, y que la mayoría de las veces no están avalados por la universidad que diseñó el curso sino sólo por el intermediario/vendedor que administra el portal de internet, sólo son otorgados a las personas que pueden pagar las cuotas de estas plataformas; ésta es su manera de obtener ingresos. Esto parece muy similar a la educación formal, donde no importa si tomaste un curso donde te fue excelente, pero si no puedes pagar las cuotas del mismo o si no estás inscrito formalmente en la institución, nadie avalará tus conocimientos y por lo tanto a los ojos de la sociedad tú no tendrás esos conocimientos (porque no hay certificación). Otras veces no es siquiera posible tomar el curso si no se cubre el pago correspondiente.

Esto es un problema fundamental e incongruente en el modelo de negocio que pretende hacer que la educación sea accesible para todos. Esta manera de sustentarse no está tomando en cuenta que el mayor incentivo de alguien para estudiar es poder mandar una señal en el mercado laboral. Como ya se mencionó, la educación es una inversión, y sin una institución que respalde tus habilidades es muy difícil obtener retornos, y por lo tanto es una inversión poco atractiva.

En otras palabras, la única forma en la que puedes tener un respaldo de lo que aprendes, y por lo tanto ofrecerlo en el mercado laboral, es pagando o logrando tu acceso formal al sistema. Por lo tanto, los único con los incentivos de tomar los cursos serán aquellos que cuentan con los recursos suficientes; y no a muchas personas les interesará tomar cursos gratis, pues el mercado laboral no los tomará en cuenta. Y de pronto, parece que estamos en el mismo sistema educativo que lleva todos estos años sin funcionar, que tiene a más de un 75 % de las personas en el mundo sin acceso a educación superior y que, en teoría, iniciativas como éstas querían revolucionar.

Los MOOCs probablemente son el comienzo de cambios profundos en el sistema educativo, sin embargo es necesario comenzar a pensar en la educación como una cuestión de incentivos, y no como una cuestión en la que sólo es necesario garantizar acceso universal. Se deben de generar nuevos productos que no bloqueen los beneficios para aquellas personas que lo único que pueden invertir es su esfuerzo y para las que este tipo de iniciativas son su única oportunidad para acceder a algún tipo de educación. Hay que entender que son estas personas las que más requieren de una respaldo institucional para demostrar lo que aprendieron, y que sin ese respaldo su esfuerzo no es tomado en cuenta y por lo tanto cualquier persona racional no lo llevaría a cabo.

La señalización –certificación– por definición tiene que excluir a un grupo de personas para que funcione; si todos pudieran mandar la misma señal es igual de valioso no mandar ninguna. A lo largo de la historia esta exclusión se ha basado en estatus socioeconómico, y es necesario preguntarse si la educación en línea será capaz de crear un proceso de diferenciación basado en esfuerzo y capacidades. Hasta ahora las plataformas que ofrecen este servicio parecen estar en el mismo camino que la excluyente y poco equitativa educación formal.

 

Emmanuel Gama es consultor en OPI Analytics.