Una vez más, como cada año, presenciamos el mismo fenómeno: miles de jóvenes que intentan ingresar a una universidad pública consolidada y reconocida de la Ciudad de México se quedan sin la posibilidad de acceso; algunos lo han intentado hasta seis veces o más, lo que implica que llega a requerir hasta tres o cuatro años conseguir el ingreso. Este año, un joven de 20 años logró un puntaje perfecto en el examen de ingreso a la UNAM y dos tuvieron un solo error. Con ello la llamada “máxima casa de estudios” intenta distraer —como si fuera necesario— a la opinión pública del fenómeno de “siempre”, que es que sólo puede atender entre al nueve y el diez por ciento de los que aspiran a un lugar ahí. Felicidades a estos tres jóvenes y a sus familias que hoy ven los frutos del esfuerzo. Pero poco se ha señalado el hecho de que no fue la primera ocasión en que estos tres jóvenes presentaron dicho examen, por lo que frente a los límites del sistema -como que las plazas ofertadas son realmente insuficientes para la cantidad de jóvenes que desean ingresar- los jóvenes aspirantes desarrollan una suerte de resistencia o resiliencia para intentar acceder. Al mismo tiempo, en redes sociales se desencadena una campaña con la etiqueta “UNAM cuna de pobres” para señalar que los recientemente aceptados estudiantes pertenecen a un sector de bajos recursos.

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Hemos transitado de un sistema educativo que privilegiaba la universalización de la educación y la enseñanza (lo que hizo el Estado mexicano de manera destacada en el siglo XX), hacia uno que da prioridad a la calidad y pertinencia  de la educación y el aprendizaje. Las demandas que se imponen hoy sobre nuestro sistema educativo han cambiado; y también hemos sido testigos –en las últimas décadas del siglo XX y lo que llevamos del XXI– de la profesionalización paulatina del ejercicio docente. Era necesario reformar el antiguo marco del estatuto profesional de los docentes que, en la práctica, aseguraba un sistema de accesos y promociones diferencial, donde se naturalizaron los tratos desiguales a los que –por definición– debían ser tratados como iguales por derecho. Esto es, se requería liberar a los maestros de la discrecionalidad y algunas prácticas de corrupción con que se había conducido, por “usos y costumbres” a lo largo de las décadas, el ejercicio docente en México.

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octubre 7, 2015

Redefinir el modelo educativo: ¿tarea de dos años?

Cuando la autoridad educativa estableció en el segundo semestre del año 2013 que trabajaría para diseñar un nuevo modelo educativo mexicano como una parte de la reforma surgieron varias interrogantes. La primera es analizar la diferencia entre el modelo y el proyecto. Modelo es un término retomado de la física, se refiere a cosas materiales: hay modelos de autos, de aviones, de viviendas, incluso de vestido. La física lo emplea para establecer con claridad todos los componentes de un sistema sin dejar nada al azar, todas las piezas encajan una con otra. Un engrane requiere de la armonía con otro engrane. La cuestión central es si el término es el que conviene aplicar al sistema educativo mexicano. Más allá de que llevamos más de 15 años en el país “modelizando” la educación superior, en tanto que a cada institución pública se le pide que escriba su “modelo educativo”.

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