Recientemente, en las redes sociales, se ha desatado un boom de memes que satirizan a las mujeres que viven la maternidad en soltería. Incluso, a finales de 2016, uno de los mayores corporativos cinematográficos del país, dividió las opiniones de miles de usuarios de Facebook y Twitter con una imagen que pretendía ilustrar lo irónico que resulta que estas mujeres se proclamen “guerreras y “luchonas”.  El hecho es que ambos términos están lejos de comprender y describir la diversidad en que se vive la maternidad. Como ejemplo, los embarazos y partos en estudiantes suelen ser motivo de burla para este tipo de imágenes, que difunden un significado negativo de la maternidad. Pero ¿qué pasa si se cruzan eventos de vida como maternidad y educación?, ¿o si las mujeres, en solitario o en pareja, deciden tener a los hijos? ¿A qué circunstancias se enfrentan?

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Si se hace revisión de los últimos anuarios estadísticos del ciclo escolar 2015-2016 de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), se verá que el un 80% de estudiantes, en sistemas escolarizados y no escolarizados, son jóvenes de entre 17 a 29 años. Si a esto asociamos que, según el Royal College of Obstetricians and Gynaecologists (RCOG, 2009), la edad ideal de reproducción de la mujer va de los 20 a los 35 años; esto significa que la edad de las estudiantes de licenciatura se empata con la reproductiva y, por tanto, existe la probabilidad de concebir un hijo en este nivel educativo.

En una investigación que realicé sobre las madres estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco (UAM-A), en las generaciones de 2006 a 2013, lo primero que encontré fue que había dos posibilidades que describen las formas de ser madre universitaria: 1) haber experimentado el embarazo antes de los estudios superiores y llegar a la UAM-A siendo madres; 2) vivir la llegada del primer hijo mientras se cursa la licenciatura.

El primer grupo de estudiantes, que llegan a la universidad siendo madres, es acotado si se compara con el total de matrícula femenina por generación. La más alta representatividad se encuentra en 2006 con un 6.3%, cifra que decayó al pasar de las generaciones, a manera de que en 2013 se redujo a un 3.3%.

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Fuente: Trayectorias educativas de los alumnos de licenciatura. UAM Azcapotzalco. Elaboración propia.

Que las mujeres madres lleguen o no a la universidad se debe a diversos motivos. Al tener la oportunidad de entrevistar a las estudiantes de la UAM-A que cumplían con esta condición, afirmaron que dejaron de asistir a la escuela debido a que en ese lapso se dedicaron a la atención del hogar, la familia y el trabajo. Después de dejar un largo periodo sin estudiar, resulta lógico que estas mujeres ingresen a la universidad con una edad muy distanciada de los estudiantes sin hijos, ubicándose entre los grupos etarios de entre 30 y hasta 50 años. Su reincorporación fue cuando sus hijos eran adolescentes y adultos, por ello, los principales problemas de estas mujeres  no son de crianza, sino de retomar la educación luego de haberla suspendido por varios años.

En todos los casos, las estudiantes habían experimentado unión con la pareja, misma que rompieron antes de ingresar a la universidad. Precisamente fue la pareja quien se opuso a que ellas estudiaran, en algunos casos vivieron violencia, lo que deja entrever que aún persisten pautas de género que frenan a las mujeres cuando pretender acceder a un espacio distinto al del doméstico.

En cuanto al segundo grupo, las estudiantes que fueron madres durante los estudios de licenciatura, tuvieron edades desde 21 hasta 31 años, y sus hijos suelen ser infantes menores de 5 años. Estas estudiantes evitaron tener recesos escolares y sólo suspendieron por situaciones de riesgo en el embarazo o parto.

En contraste con el primer tipo, algunas de estas estudiantes afirmaron el compromiso que tienen los varones hacia los hijos, quienes incluso también se someten a tensiones de género, recibiendo etiquetas despectivas, como “mandilones” o “poco hombres”, por apoyar en las actividades del hogar o crianza. Estas representaciones de lo que “debe ser” un padre o una madre, siguen vigentes en diversos espacios sociales, incluyendo el universitario. Por ello, aunque mi investigación se abocó sólo a las experiencias de la maternidad, estoy convencida de que un estudio sobre la paternidad en estudiantes universitarios traería luz sobre algunas limitantes culturales, sociales y de género que experimentan los varones.

Ya sea que vivieran la llegada del primer hijo antes o durante la licenciatura, las estudiantes permanecen en la universidad debido a dos motivos. El primero es el alto valor que confieren a la educación superior, pues tienen la expectativa de que al obtener un grado de licenciatura, tendrán mayores oportunidades laborales, podrán continuar con estudios de posgrado, e incluso destacan la posibilidad de ser un ejemplo para que sus hijos alcancen o superen esta meta académica. De hecho, en todos los casos, las mujeres entrevistadas valoran de forma positiva haber sido madres estudiantes, afirmando que los hijos fueron el principal motor para que ellas decidieran continuar su educación.

Por otra parte, la posibilidad de permanencia también está asociada a los recursos que estas mujeres tienen; ya sean familiares, sociales o económicos. Las redes de apoyo son una clave para que ellas tengan la posibilidad de permanecer y –a futuro– titularse. En el caso de quienes tienen hijos menores de edad, principalmente son las mujeres de su familia quienes cuidan a sus hijos mientras ellas asisten a clases. Las relaciones sociales que ellas forman al interior de la institución son otras posibilidades para garantizar su permanencia. Cuando tienen el apoyo de docentes y compañeros, es más probable que puedan asistir a la universidad en compañía de sus hijos.

El otro recurso que las estudiantes necesitan para continuar estudiando, es el económico. En ellas las fuentes de ingreso son distintas. Por una parte, hay estudiantes madres y trabajadoras, quienes regularmente están empleadas en trabajos con salarios bajos, sin prestaciones y desvinculados con su carrera de estudio. Hay otro grupo de estudiantes que reciben recursos de manutención por parte del padre de los hijos o de la familia.  Una tercera vía de apoyo son las becas, como la que brinda el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) “a madres mexicanas jefas de familia para fortalecer su desarrollo profesional o las Becas para integrantes de grupos vulnerables de la UAM. Pero muy pocas fueron quienes obtenían este beneficio, lo que quizá se deba a que algunos de los requisitos de estos programas de apoyo son contradictorios con las características de las madres estudiantes. Por ejemplo, resulta una constante solicitar ser estudiante “regular” (con una trayectoria sin suspensiones y cubriendo los créditos del programa); sin embargo, es probable que con el embarazo y el nacimiento del hijo sus ritmos académicos sean diversos y que tengan más suspensiones o retrasos en su trayectoria escolar.

Otra afirmación obtenida de las entrevistas es que la universidad no es un espacio que facilite vivir la maternidad. Las estudiantes comentaron que de tener acceso a algunos recursos como cambiadores de bebés en los baños, o que si se concediera el apoyo del Centro de Desarrollo Infantil, no sólo a trabajadores de la UAM-A sino también a estudiantes, tendrían mayores probabilidades de no abandonar la licenciatura.

¿Cómo pinta entonces el panorama para las estudiantes que deciden ser madres? Primero, el resultado de la investigación permite observar que no todas las madres de licenciatura son jóvenes, ni solteras, ni estudiantes de tiempo completo. Su situación, por un lado, es resultado de un contexto en el que aún persisten desigualdades de género en el campo educativo y laboral;  por el otro, donde las universidades aún desconocen sus características y necesidades. En ellas la combinación de roles de familia, trabajo y educación, no es tarea fácil, pues aún no se tienen buenas miras para quienes rompen el ideal tradicional de la “buena madre”, anteponiendo sus proyectos –o en combinación con ellos– antes que la crianza de los hijos. Aun deslindando del significado peyorativo, los términos “luchonas” y “guerreras” están distanciados de denotar la realidad con la que día a día las mujeres se debaten y perseveran por alcanzar mayores oportunidades para ellas y sus hijos.

 

Vanessa Arvizu Reynaga es estudiante del doctorado en Sociología en la UAM-Azcapotzalco

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La educación superior es –entre otras cosas– un bastión sustantivo de la formación de capital humano. Uno de los múltiples retos que enfrenta actualmente el Estado de México es formar los ciudadanos que permitan proponer soluciones a los problemas y construir proyectos con efectos positivos en términos sociales, económicos, políticos, culturales y ambientales en el territorio estatal. Como se sabe, el Estado de México es la entidad del país más poblada (cuenta con poco más de 14 millones de habitantes según el INEGI), lo cual no tiene parangón con el resto de las entidades. Ningún estado enfrenta la complejidad que implica proveer de servicios de calidad a todos sus pobladores. Además, en el territorio mexiquense se da cuenta de la existencia de tres zonas metropolitanas (Tianguistenco, Toluca y la del Valle de México) que han creado un escenario de nodos altamente urbanizados y zonas agrícolas alejadas y dispersas como las existentes en el sur del estado. La estructura urbana y metropolitana genera escenarios de demanda potencial en todos los aspectos de la vida cotidiana. Estos son algunos de los grandes desafíos y demandas que tienen las instituciones de educación superior por parte de la compleja sociedad mexiquense.

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De acuerdo con datos de la SEP y de EDUCAEDU en el Estado de México existen 721 carreras universitarias, entre instituciones públicas y privadas, de las que la mayoría se concentra en Ingeniería y Tecnología (132), y en Informática e Información (46). Además, existe una importante presencia de universidades privadas como el Tecnológico de Monterrey, o de universidades públicas de carácter nacional tales como la UNAM (en sus campus de Aragón y Acatlán) y diversos tecnológicos de la SEP. Pero, básicamente, la mayor demanda se concentra en la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), la cual tiene sus principales instalaciones de investigación, cultura, deporte, así como facultades y escuelas en la ciudad de Toluca; lo anterior se complementa con un conjunto de espacios académicos denominados Unidades Académicas y Centros Universitarios ubicados en diversas regiones del territorio.

En este contexto se enmarcan las propuestas de los candidatos a la gubernatura del Estado de México en las elecciones de este año. Y en este mismo sentido resulta conveniente preguntarse acerca de la experiencia y conocimiento que dichos candidatos tienen sobre la problemática de la educación superior y, sobre todo, las propuestas que plantean al respecto.

¿Cuáles son los perfiles profesionales de los cuatro principales candidatos?  Dos de ellos provienen de instituciones de educación superior privadas y dos de escuelas públicas. Alfredo del Mazo es egresado del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) con una licenciatura en Administración de Empresas y también cuenta con un posgrado en Administración y Finanzas por la Universidad de Harvard. Por su parte, Josefina Vázquez Mota estudió Economía en la Universidad Iberoamericana y tiene un diplomado en Alta Dirección. En ambos casos la orientación profesional tiene que ver más con los negocios y con una visión empresarial. Ambos candidatos se formaron en entornos económicos no vulnerables. En contraste, Delfina Gómez y Juan Zepeda se formaron en universidades públicas. Ella cuenta con una licenciatura en Educación Básica por la Universidad Pedagógica Nacional y una maestría en Pedagogía; también tiene una segunda maestría cursada en el Tecnológico de Monterrey. Por su parte, Zepeda estudió Derecho en la UNAM, y obtuvo un segundo título en la Universidad del Valle de México, en este caso en Administración Pública; mientras que su maestría en Derecho la cursó en la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx). Como se puede ver, estos dos candidatos ejemplifican aquellos individuos a quienes su formación educativa les permitió cierta movilidad en la escala social o como lo llamaría la sociología francesa: “capilaridad social”.

Al revisar diferentes momentos de las campañas políticas y las alusiones que los candidatos han realizado en torno a las acciones en materia de educación superior se observa un conocimiento poco consistente de esta temática. Alfredo del Mazo, candidato del PRI, no ha pasado de indicar que va a “gestionar recursos” para la UAEMéx y buscará “incrementar los espacios de acceso de jóvenes a la educación superior”. Se trata de declaraciones obvias y que se pueden considerar hasta inerciales. Lo que realmente parece una propuesta electoral –aunque sin sustento– es la creación de la “Universidad Rosa”, que sería una institución que contaría con varios planteles, horarios flexibles, becas y sus propias guarderías, lo que podría representar un retroceso al segregar mujeres y hombres en cuanto a la equidad y en la igualdad en el acceso a la educación superior, especialmente porque estas políticas y estrategias de apoyo a las mujeres estudiantes podrían, si se tuviera voluntad política y se destinaran los recursos suficientes, implementarse en las instituciones que ya existen. Por lo demás, no hay propuesta o indicación respecto a cuáles serían sus perfiles de ingreso y egreso, las habilidades en las que formaría a las estudiantes, o las competencias de las profesiones planeadas. Por otra parte, promete crear 10 nuevas universidades, sin especificar características, y también triplicar las becas al extranjero.

Josefina Vázquez, la candidata del PAN, por su parte, plantea crear la Universidad de Ciencias de la Seguridad. Al respecto no explica ni su fundamento, estructura, o sus posibles alcances. En su plataforma tampoco se habla de reformar o fortalecer a las universidades públicas. Vázquez Mota también se refiere a la creación de incubadoras de empresas, no obstante que esa idea ya está en funcionamiento en las propias unidades de la UAEMéx, con variables resultados.

En el caso de Delfina Gómez, candidata de Morena, al parecer la candidata quiso ir más lejos que los otros candidatos y en términos coloquiales, se “saltó la barda” por lo que propone crear 40 universidades públicas, aunque no explica cómo, con qué vocación, con qué presupuesto, con qué diagnóstico o qué características tendrían. Simplemente propone este ambicioso número. La candidata de Morena parece mostrar, con esto, un amplio desconocimiento sobre lo que implica la creación de una universidad y ni qué decir sobre su consolidación.

Juan Zepeda, candidato del PRD, habla de incrementar el presupuesto de la UAEMéx y la ampliación de más espacios académicos de la propia universidad estatal. Al parecer se refiere a que más que crear nuevas universidades buscaría establecer nuevos campus desconcentrados. De manera complementaria, propone la creación de una “beca-salario para los estudiantes que cursen el último año en diferentes niveles educativos, aunque tampoco aclara el por qué denominar a esta propuesta como “beca-salario” en lugar de sólo “beca”. 

De manera que más allá de las alusiones generales a la educación superior, rescatadas de las diferentes participaciones de los candidatos, lamentablemente se observa que no existe una estrategia congruente para incidir efectivamente en el desarrollo de la educación superior en el Estado de México. Queda claro que los candidatos al gobierno del estado no tienen mucha idea sobre cómo se podría resolver seriamente el problema del acceso a la educación superior en la entidad; cómo consolidar a la universidad pública y, en particular, a la Universidad Autónoma del Estado de México; cuál es el papel que deberían de tener los otros subsistemas de educación superior en la entidad (como las universidades tecnológicas o los institutos tecnológicos); qué hacer con las universidades privadas que no ofrecen programas con suficiente calidad académica para los mexiquenses; qué rol jugarán las escuelas normales del Estado de México y cómo resolver otros problemas ligados a la educación superior como el abandono escolar en este nivel, la falta de oportunidades para los estudiantes de menos recursos económicos, la carencia de empleo de muchos egresados de las universidades en la entidad entre otros muchos aspectos. Lo único cierto es que este 4 de junio los habitantes del Estado de México estarán decidiendo por alguno de los seis candidatos registrados –aunque los cuatro con mayores posibilidades son los del PRI, PAN, Morena y PRD– y sus respectivas propuestas o intento de propuestas, al menos en el caso de la educación superior.

 

Melesio Rivero Hernández es académico de la Universidad Autónoma del Estado de México, campus Texcoco.

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abril 19, 2017

Investigar en la licenciatura, ¿para qué y para quién?

Generalmente existe una distinción —más o menos aceptada por todos— respecto a lo que implican los estudios de licenciatura frente a los de posgrado. Mientras los primeros se enfocan en la profesionalización para el trabajo no académico, los estudios de posgrado, especialmente el doctorado, se piensan desde la producción de conocimientos originales, como resultado de la investigación que implica el trabajo académico.

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La migración –temporal o definitiva– es parte ya de la vida mexicana. Somos una nación multicultural con los que llegan, con los se van y con los que transitan. Sin embargo, pareciera que dentro de nuestro país existen muros invisibles que merman las oportunidades y los sueños de migrantes, nacionales, internacionales, o de paso.

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Parafraseando a Karl Marx: “un espectro amenaza la internacionalización de la educación superior, se trata del dramático crecimiento de la xenofobia nacionalista que se extiende en varios países”. ¿Cómo afectará este contexto a las universidades, a su internacionalización, a las tendencias mundiales de movilidad de estudiantes y de académicos? En primer lugar, la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos va a traer resultados impredecibles en diferentes áreas. Su victoria electoral fue una suma de discursos nacionalistas y xenofóbicos. Nuestro colega –y ex director de la facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Harvard—Henry Rosovsky (quien vivió el nacimiento del nacismo en la ciudad de Danzing alrededor de los años 1930) dijo durante la campaña de Trump: “uno puede oler el tufillo de Weimar en EE.UU.” (recordemos que la promulgación de Weimar fue un antecedente del ascenso de Adolf Hitler).

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Desde que Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos, como era de esperarse, la relación con México se ha transformado. Habrá consecuencias tanto para los mexicanos como para los estadunidenses. Los cambios en la relación bilateral serán de tal magnitud que el New York Times trató de rastrear cuándo fue la última vez que un presidente estadunidense mostró un antagonismo tan abierto hacia México. Ningún diplomático vivo tiene recuerdos del momento que señalaron en la década de los veinte.

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