Una vez más, como cada año, presenciamos el mismo fenómeno: miles de jóvenes que intentan ingresar a una universidad pública consolidada y reconocida de la Ciudad de México se quedan sin la posibilidad de acceso; algunos lo han intentado hasta seis veces o más, lo que implica que llega a requerir hasta tres o cuatro años conseguir el ingreso. Este año, un joven de 20 años logró un puntaje perfecto en el examen de ingreso a la UNAM y dos tuvieron un solo error. Con ello la llamada “máxima casa de estudios” intenta distraer —como si fuera necesario— a la opinión pública del fenómeno de “siempre”, que es que sólo puede atender entre al nueve y el diez por ciento de los que aspiran a un lugar ahí. Felicidades a estos tres jóvenes y a sus familias que hoy ven los frutos del esfuerzo. Pero poco se ha señalado el hecho de que no fue la primera ocasión en que estos tres jóvenes presentaron dicho examen, por lo que frente a los límites del sistema -como que las plazas ofertadas son realmente insuficientes para la cantidad de jóvenes que desean ingresar- los jóvenes aspirantes desarrollan una suerte de resistencia o resiliencia para intentar acceder. Al mismo tiempo, en redes sociales se desencadena una campaña con la etiqueta “UNAM cuna de pobres” para señalar que los recientemente aceptados estudiantes pertenecen a un sector de bajos recursos.

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