Como quedó en evidencia hace algunas semanas durante su bochornosa comparecencia ante el Senado de Estados Unidos, Betsy DeVos, la flamante Secretaria de Educación de ese país, será como muchos en el gabinete del presidente Trump: una funcionaria inexperta –acaso la más inexperta de todos—que no brilla por su trayectoria o su inteligencia sino por su valor en oro. La comparecencia fue un ritual inconsecuente que el partido republicano le puso a modo. De la boca de los senadores republicanos no salían más que lisonjas por su labor filantrópica o, como sería más correcto decir, filantrocapitalista (a saber, dedicarse a las buenas obras sin renunciar a producir con ellas sustanciosos dividendos). Los demócratas, en cambio, le plantaron cara. Cada vez que tomaba la palabra un senador demócrata, la tonada, muy justa, era la misma: es usted una advenediza en temas de educación y además sus inversiones en empresas educativas con fines de lucro están en conflicto con el cargo que pretende asumir. Se trataron otros temas: su apoyo a organizaciones que defienden abiertamente la terapia de conversión como “remedio” al “problema” de la homosexualidad; sus aproximadamente 200 millones de dólares en donaciones a las arcas republicanas; sus propuestas (inexistentes) para mantener a raya a las universidades fraudulentas que se benefician de los subsidios federales como la Trump University; su opinión con respecto al problema de las armas en las escuelas, opinión, por cierto, que dejó perplejo a todo el Senado y permitió entrever la larga sombra de la National Rifle Association, entre otros.

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