Si alguien dijera que la selección mexicana de futbol jugaría mejor si los partidos duraran 120 minutos en lugar de 90, supondría con esta afirmación que lo que le hace falta a nuestra querida selección es tiempo para anotar —o en el caso del último partido contra Suecia, tiempo de que no le anoten—, y pasamos por alto el entrenamiento necesario para lograrlo o la importancia de la efectividad, como sí lo mostró, por cierto, frente a las selecciones alemana y coreana. Este es únicamente un ejemplo de una relación causal fallida, en donde la lógica no sostiene la correspondencia entre ambos elementos, el tiempo y el logro.

Algo similar sucede en la escuela. La relación entre la duración de la jornada escolar y el aprendizaje no es lineal. Si así fuera, las jornadas escolares en todo el mundo serían mas largas y muchos problemas educativos estarían resueltos. Pero esto no es así.  De hecho, los países con mejores resultados en las pruebas estandarizadas —si ese fuera el referente educativo— no son aquellos con más horas en la escuela.

El tiempo en la escuela es un recurso, como otros tantos (libros, materiales, tecnología, entre otros), que puede ser utilizado —o no— en favor del aprendizaje. Pero aprender a usar el tiempo en el aula, no es algo que llegue automáticamente con la prolongación de la jornada escolar. Es algo que llega con formación específica a los docentes para involucrar a los estudiantes en el aprendizaje. Una jornada escolar mas larga, por sí sola, no significa mejores experiencias educativas, ni para estudiantes ni para maestros. Más tiempo no quiere decir mejor enseñanza.

En México, estudios sobre el uso del tiempo en escuelas primarias muestran que sólo la mitad de la jornada es utilizada en actividades de aprendizaje. Esta proporción mejora en el nivel medio superior, sin embargo, esto no se ha traducido en menor expulsión escolar o mejores niveles de aprendizaje. En estas condiciones, ampliar la jornada escolar es algo parecido a echar más agua a una cubeta con un gran agujero.

En nuestro país, una de las decisiones más visibles de política educativa en el nivel básico ha sido la ampliación de la jornada escolar a través de las Escuelas de Tiempo Completo (ETC). Además, las ETC forman parte de la estrategia “Equidad e Inclusión” impulsada por la presente administración en el nuevo modelo educativo. El argumento del Estado para respaldar esta decisión se expresa en lo siguiente:

“Estas escuelas -las ETC- aspiran a utilizar horas adicionales para la enseñanza (y por esta vía incidir positivamente en el desempeño escolar, dado que los estudiantes reciben mayor atención y supervisión) y el desarrollo de actividades extracurriculares. La evidencia internacional muestra que los efectos positivos y significativos son mayores para las escuelas menos favorecidas y en condiciones de pobreza. Además, los efectos no se limitan únicamente a los estudiantes, sino también tienen un impacto positivo y significativo sobre la participación laboral de sus madres.”  (p.87).

La razón de ser de las ETC es loable, pero es necesario analizar la causalidad del argumento. Primero, en el planteamiento de las ETC las horas adiciones llevan a mayor atención y supervisión, pero esto supone que los maestros cuentan con las condiciones y la formación  —en conocimientos, competencias y habilidades— para brindar mejores experiencias de aprendizaje. El argumento supone que los maestros tienen todo, sólo les hacía falta tiempo para hacerlo. Adicionalmente se refieren las actividades extracurriculares, como si cualquier tipo de actividad conducida en las horas adicionales, llevara a incidir positivamente en el desempeño escolar.

La segunda parte del argumento se refiere a que “la evidencia internacional muestra efectos positivos significativos”.  Sin embargo, como lo señaló Francisco Cabrera en su análisis sobre las ETC del pasado mes de abril en este mismo blog; las evaluaciones realizadas no arrojan evidencia sobre cuál de las variables presentes en las ETC logran incidir en resultados positivos. Por un lado, hay hipótesis sobre el tiempo, la infraestructura, la alimentación, la seguridad, las actividades extracurriculares, entre otras. Por otro lado, sabemos que no hay evidencia sobre formación docente para intentar otras interacciones educativas durante el tiempo ampliado.

En el ciclo escolar que termina, el sistema educativo nacional reporta 25,000 ETC con una inversión aproximada de 11,243 millones de pesos. La reflexión en este espacio no busca responder si las ETC son caras (“si usted cree que la educación es cara, pruebe con la ignorancia”, decía Derek Bok).  Ninguna inversión sería costosa si logramos incidir en mejores experiencias de aprendizaje y en fortalecer a la escuela como impulsora de una sociedad más justa y equitativa. Sin embargo, si no sabemos cuáles son los factores que magnifican la efectividad educativa de las ETC, y arrojamos un puñado de dardos esperando que alguno dé en el blanco, eso sí sería muy costoso.

Aquí unos ejemplos para ilustrar mi punto.  Si los beneficios de las ETC estuvieran relacionados con la alimentación, entonces no necesitamos una intervención educativa, sino intervención de la política social. Si la variable relevante fuera el resguardo de los estudiantes en la escuela, lo que los aleja de situaciones de riesgo, entonces un conjunto de decisiones tendrían que ser tomadas en una dimensión que va más allá de lo educativo.  Concretamente, necesitamos conocer mejor la relación entre la ampliación del tiempo en las ETC y la mejora en los aprendizajes de los estudiantes. Hasta ahora no tenemos evidencia de que la extensión del tiempo lleve, por ella misma, a modificar la práctica docente en el aula. Y como mencioné, no hay evidencia sobre intervenciones previstas para apoyar a los docentes en el fortalecimiento de su práctica y la forma en cómo los maestros se relacionan con el contenido y con los estudiantes.

Antes de considerar incrementar la cobertura de las ETC —como se propuso en las campañas electorales hacia la presidencia de la República— debemos contar con evidencia que nos deje clara una lógica causal del beneficio educativo: ¿qué es lo que esta contribuyendo a mejorar los aprendizajes?

Es comprensible la popularidad de las ETC: un espacio escolarizado con alimentación y más horas de resguardo de los estudiantes. Pero la política educativa va mucho más allá de eso. No se trata de entregar un servicio, hablamos de la misión de educar.

La lógica causal de las decisiones educativas debe ser un análisis profundo que hagamos para todas las propuestas en educación de los candidatos presidenciales. Nos toca cuestionar si se está considerando la evidencia que la investigación educativa aporta sobre cómo lograr mejores resultados educativos. Por ejemplo, Hattie (2009) estudió más de 800 meta-análisis, identificando las principales prácticas asociadas positivamente al logro de los estudiantes: i) Enseñanza recíproca, esto es, que los estudiantes dirijan su propio aprendizaje, involucrándose en apoyo y trabajo entre pares; ii) Retroalimentación específica del trabajo de los estudiantes; iii) Impulso a la verbalización y el auto-cuestionamiento en los alumnos; iv) Reflexión sobre el propio conocimiento (metacognición); y v) Enseñanza de resolución de problemas.

La intención de este espacio, utilizando como ejemplo el análisis de la lógica del tiempo y los aprendizajes, es proponer el cuestionamiento y una revisión rigurosa de las propuestas educativas que hicieron los candidatos presidenciales: ¿por qué más escuelas de tiempo completo resultan en beneficio educativo? ¿Por qué la universalización de la educación superior abonaría a la equidad? ¿Por qué la apropiación tecnológica mejoraría los aprendizajes? ¿Por qué la evaluación docente llevará a la mejora en la calidad educativa?

Más allá del pragmatismo, de la forzada linealidad de la causa y el efecto y de las balas de plata para el milagro a corto plazo, necesitamos decisiones educativas que, con lógica justificada, incidan en mejores experiencias de aprendizaje para los estudiantes y en recuperar a la escuela como impulsora de una sociedad más justa e igualitaria. Finalmente, si nuestra selección de fútbol llega al quinto partido —ánimo en el que estamos todos una vez que pasó a la siguiente ronda— será por mostrar toda su preparación y un eficiente desempeño en cada minuto del juego, no por un cambio de reglas en el tiempo jugado. 

Ana Razo es profesora-investigadora del Programa Interdisciplinario de Política y Prácticas Educativas (PIPE) del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).