Para el japonés Masaru Ibuka la respuesta no puede ser más que positiva y la eligió como título del libro que escribió a mediados de la década de los setenta en el que hace una detallada descripción del desarrollo de la capacidad de aprendizaje en los primeros años de vida del niño. Ni pedagogo, ni psicólogo, ni educador, el autor, era ingeniero electrónico y uno de los cuatro fundadores de la compañía Sony, buscó —con profundo interés— la información disponible en aquella época en relación al desarrollo infantil, pues era padre de un niño con retraso mental. Su conclusión no deja lugar a dudas.

A partir del nacimiento, el cerebro, a una velocidad increíble, continúa su desarrollo y antes de que el niño cumpla 3 años de edad, alcanza a desarrollar el 80 por ciento de los circuitos neuronales responsables del aprendizaje cognitivo y emocional. Esos primeros años en la vida de un niño o de una niña son cruciales, ya que representan la etapa mas importante para su formación y determinan su futuro. Lamentablemente —y a pesar de las evidencias— pareciera que los mas de ocho millones de niños mexicanos son invisibles, pues sólo existen en las estadísticas y sus derechos sólo se reflejan en los documentos oficiales y en los compromisos internacionales. Es en esos primeros tres años cuando el niño aprende a hablar, a pensar, a razonar, a adquirir valores, a desarrollar habilidades, a formar hábitos de higiene y alimentación, a interactuar con otros niños y con los adultos con los que convive. En pocas palabras, es la etapa en la que se construyen y consolidan los cimientos de los futuros ciudadanos.

Ilustración: Raquel Moreno

Lograr el desarrollo del cerebro requiere de atención a la salud del pequeño, de una alimentación adecuada, de una estimulación sistematizada de todos sus sentidos, de un entorno rico en oportunidades de exploración e indagación, de una interacción sana y armónica con los adultos que lo rodean y de mucho amor manifiesto, sólido cimiento para la construcción de su autoestima. Ante estas evidencias, surge la inquietante pregunta: ¿estamos preparados los padres de familia para ser los primeros y principales educadores de nuestros hijos? Tristemente no en todos los espacios de nuestra realidad se encuentran, en conjunto, todas estas características que se requieren para impulsar, de manera integral, el enorme potencial con el que nacen los niños.

Cuando no hay intencionalidad definida, la atención de los niños puede reducirse a “cuidado” lo que cercena su derecho a una participación de acciones educativas que susciten progresos de crecimiento, aprendizaje y desarrollo. En esta etapa, el niño o la niña tiene su sistema nervioso en formación, su inteligencia emocional en construcción, y su personalidad en elaboración. La preocupación por la responsabilidad que tenemos los padres como primeros educadores de nuestros hijos aumenta por el hecho de que nadie nos ha hecho saber la dimensión de esa responsabilidad. No hay licenciaturas, carreras técnicas, ni materias especializadas en relación al desarrollo infantil incluidas en el currículo de estudios de la educación media superior y superior, a la que un porcentaje limitado de la población tiene acceso. Para el resto, es un tema desconocido.

Con excepción de los muy pocos que se dedican al estudio y la investigación sobre el tema, la realidad es comparable a la riqueza que se concentra en unos cuantos. Los conocimientos acerca de los primeros años de vida del bebé son del dominio exclusivo de la élite académica y científica y no han llegado a ser información pública.

La arquitectura del cerebro se construye poco a poco. Aprender no es un verbo pasivo, toma tiempo, requiere esfuerzo y sobre todo responsabilidad y conocimientos por parte de los padres, los educadores y todos los adultos con los que interactúa el niño para promover el desarrollo de sus potencialidades de manera integral. No puede haber aprendizaje significativo sin un genuino esfuerzo para descubrir y comprender cosas nuevas que implican un nivel de dificultad mayor respecto a nuestros conocimientos y destrezas previas.

Mitos, costumbres y tradiciones perjudiciales para el desarrollo infantil siguen ocupando el lugar que le corresponde a la educación y la improvisación sustituye a la información científica. Los niños no nacen con un manual en la mano que facilite la atención de su desarrollo.

En los diferentes contextos del país, los niños llegan a la vida en diferentes tamaños, pesos y colores de piel. Pero todos, sin excepción, nacen con ese gran potencial que hay que desarrollar a fin de que accedan, en igualdad de condiciones, a un sistema educativo, que es uno y el mismo para todos y puedan aprovechar al máximo las oportunidades que les brinda.

Hasta ahora, los grupos que ingresan a la educación básica son heterogéneos en capacidad de aprendizaje. Están formados por niños con experiencias previas diferenciadas, lo que da, por consecuencia, resultados igualmente diferenciados.

A todos estos antecedentes hay que sumar el hecho que el sistema educativo ha destinado los esfuerzos realizados, en sus casi cien años de existencia, al mejoramiento del componente enseñanza, impulsando la formación de maestros, actualizando permanentemente los conocimientos de los mismos, revisando, evaluando y mejorando los contenidos de los libros de texto, construyendo espacios educativos dignos y funcionales. El tema del aprendizaje, elemento inseparable de la enseñanza, no ha recibido la misma atención, ni los esfuerzos realizados en esa dirección han sido suficientes.

En estos días, la atención a la primera infancia es comparable a un gran archipiélago de islas incomunicadas. SEP, IMSS, ISSSTE, DIF, la extinta SEDESOL, hoy Secretaría de Bienestar, y los particulares, representan multiplicidad de esfuerzos, duplicidad de funciones y desperdicio de recursos para dar respuesta a las necesidades que tienen las madres que desempeñan un trabajo remunerado y no pueden hacerse cargo de sus hijos. Además, el anuncio del presidente Andrés Manuel López Obrador sobre cancelar el programa de estancias infantiles atrajo la atención y aumentó la polémica en torno a los servicios que presta el Estado para esta población.

Si bien existen una diversidad de instituciones, variedad de programas, diferencias en la calidad del servicio, también hay bastantes limitaciones presupuestales, inequidad en la distribución del apoyo financiero y muchas otras distinciones y deficiencias resultado de la ausencia de una política pública de atención prioritaria a la primera infancia, que fomente el desarrollo cerebral de los niños como prioridad nacional y comunitaria. Este país requiere de una política pública incluyente, equitativa y solidaria, que tome en cuenta la diversidad étnica, cultural y social, las condiciones socioeconómicas del país y las necesidades educativas de los niños, que considere a la educación inicial como un derecho de todos los niños de este país y que no limite su atención —como era hasta hace poco tiempo—sólo a los hijos de las madres, que por trabajar fuera del hogar, cuentan con una prestación laboral.

La niñez mexicana en su conjunto tiene derecho a desarrollar el enorme potencial con el que nace. Parecería que sólo se requiere voluntad política para coordinar, orientar y sumar nuevos y mayores esfuerzos institucionales y sociales, que con imaginación y creatividad, sean capaces de proporcionar a la población infantil sólidos cimientos para la construcción de su futuro y el mejor aprovechamiento de las oportunidades del presente. Sin embargo, también es un tema que pasa por la disponibilidad de recursos como hasta hace poco quedó claro en el debate nacional.

Si sumáramos todos los esfuerzos institucionales y particulares no se llega a atender ni al diez porciento de la población infantil menor de cuatro años. Datos del INEGI revelan que México tiene mas de ocho millones de niños menores de esta edad, lo que nos obliga a concluir que ni todas las madres son asalariadas, aunque todas trabajen, ni se respetan los derechos de los pequeños para su educación a partir del nacimiento.

Se debe exigir la ampliación, hasta llegar a la generalización, de la educación inicial.  Es indispensable para aportar principios y valores que fortalezcan el aspecto formativo de los alumnos; para contribuir con su experiencia a sumar a la información básica, los recursos que la tecnología ofrece y que, en conjunto con las autoridades, defina un nuevo objetivo de la educación, acorde a las circunstancias del mundo actual. Lo es, también, para formar ciudadanos seguros de sí mismos, capaces de enfrentar con éxito los retos y los desafíos que se les presenten en cualquier espacio de la geografía mundial y que sean, además, seres humanos plenos y felices.

México no está en condiciones de desaprovechar la gran riqueza que se esconde detrás de los rostros infantiles marcados por la persistente combinación de pobrezas: nutricional, moral, intelectual, emocional, ambiental y económica que condicionan y limitan el crecimiento físico, cognitivo, emocional, social y cultural de la población infantil. La más vulnerable y, lamentablemente, la mas desprotegida y olvidada.

En esta época en que todo es fácilmente desechable y sustituible, convendría tener muy claro que los niños son únicos e irrepetibles. No son desechables. No tienen ni voz ni voto, ni sindicato que los defienda y nunca se podrán sustituir. Mi postura la establezco desde mi posición como alguien que trabajó profesionalmente por más de 50 años al servicio de la educación infantil tanto a nivel particular como en la administración pública, federal y estatal.

 

Guadalupe Elizondo Vega
Titular de educación inicial en la SEP de 1977 a 1994.