Al recordar las variadas reacciones de indignación y rechazo hacia las dos manifestaciones públicas de las mujeres en contra de la violencia de género que ocurrieron los días martes 13 y viernes 16 de agosto de este año, me gustaría comenzar este análisis aludiendo a la relación histórica de protesta y violencia en manifestaciones de mujeres. Lo primero que quisiera resaltar es la sorpresa en torno a la irrupción intempestiva de las mujeres en esas manifestaciones, las sufragistas —hace más de 100 años— rompieron cristales, vandalizaron monumentos e incendiaron comercios e instituciones públicas. Leonora Cohen llegó a hacer añicos la vitrina que contenía las joyas de la corona de la Torre de Londres. Emily Wilding Davidson murió en 1913 bajo el caballo del rey cuando forcejeaba para colocarle en la cola una cinta sufragista, durante el derby de Epson. Uno de los ataques sufragistas más peligrosos ocurrió en Dublín en 1912, Mary Leigh junto con otras tres mujeres intentaron incendiar el Teatro Royal, durante una concurrida matiné atendida por personajes públicos. En prisión, las sufragistas hacían huelgas de hambre, que eran interrumpidas forzándoles alimento por medio de embudos. Ahora las vemos congeladas en imágenes con sus zapatitos de tacón y sus pancartas, sus gorritos de fin de siglo y esas faldas largas. Eran unas vándalas.

Ilustración: Belén García Monroy

La relación de las mujeres con el Estado, y con parte de la sociedad, también ha sido de una feroz lucha por el reconocimiento a sus demandas. La historia y la literatura, además de las ya muy conocidas estadísticas, son contundentes en la visibilización de esta compleja relación, que constantemente está en tensión. Ya Antígona, la de Sófocles, la Griselda Gambaro y la de Sara Uribe entre otras muchísimas, han marcado algunas pautas de esa intensa y compleja relación. Sófocles y con él Hegel, Schiller, Hölderlin, Göethe, Steiner y el panteón occidental analizaron, a partir de Antígona la relación de las mujeres y el Estado. Para ellos, las mujeres representaban la pasión y las emociones más vinculadas al cuerpo. Para Hegel, Antígona representa la sangre y la familia; se hace cargo de las emociones, la familia y del cuidado, frente a las verdaderas funciones del Estado: las dimensiones políticas, jurídicas y económicas. De alguna manera Antígona vive en las fronteras de la ley y sus ordenamientos. El acto de protesta y desobediencia de Antígona inscribe una nueva frontera entre mujeres, Estado y poder al instaurar un lugar marginal desde el cual vincularse al juego de poderes: el de la protesta. El Estado, en esta tragedia, responde con dureza y falta de sensibilidad. La tragedia —según el sabio Tiresias— no es producto de la protesta de Antígona, ni de su desobediencia, sino de la falta de prudencia y sensatez de Creonte, el gobernante. Hoy el Estado, tiene como reto responder adecuadamente, es decir con medidas de protección, proyectos y protocolos para erradicar la violencia hacia las mujeres, no castigándolas y encerrándolas como sucedió en la tragedia, con las sufragistas y lamentablemente todavía en muchas otras ocasiones

Durante las pasadas manifestaciones del mes de agosto esta relación tensa y difícil —a veces trágica— entre Estado y mujeres se manifestó de dos formas opuestas. La primera responde a un ejercicio de la estética ingenioso y creativo, mucho se habló de la diamantina arrojada al jefe de seguridad de la CDMX, con la que lustraron las botas de varios héroes de la Reforma y amplias secciones de nuestro Ángel de la Independencia. La segunda involucró la violencia: la vandalización de los monumentos nacionales. La nación ha imaginado históricamente a las mujeres siendo sus madres, sus amantes, sus esposas y sus sirvientas y apenas muy recientemente ha iniciado un largo proceso para considerarlas ciudadanas en igualdad de condiciones.

En la protesta del 16 de agosto vivimos ese límite tenso, entre mujeres, sectores de la sociedad y Estado. Las mujeres protestaron, desobedecieron y se lanzaron a manifestar sus demandas a la calle, al espacio público. En este pulso histórico de ingreso tardío y regateado al Estado, no es gratuito que dejaran variados mensajes en las estatuas de nuestros solemnes héroes de la Reforma. Al siguiente día de la manifestación, mientras corría por Reforma —cerrada para los deportistas y caminantes— en el capitel de uno de estos héroes de hierro se leía: “Yo lucho por el aborto gratuito, legal y seguro.” Me encantó. Me vino una alegría en todo el cuerpo y una media sonrisa con la que busqué cómplices entre las personas que por ahí pasaban.

Además de hacer visible la persistente violencia en contra de las mujeres, una revisión histórica de la relación restrictiva entre sectores de la sociedad, Estado y mujeres ayuda a entender su enjundia, su frustración y las diferentes formas de dejar sentada su rabia. También ayuda escucharlas, atender a su desesperación, a sus ganas de vivir, a su enojo y a su entusiasmo. Trascendió que Claudia Sheinbaum se acercó a algunos de estos colectivos y se celebra ese gesto (Tiresias se lo recomendó a Creonte).

En este tenor de escucha, hay dos grupos de colectivos y sus reacciones sobre estos episodios de violencia a los que me gustaría referirme, ambos me han llevado a apoyar su irrupción en el espacio público, con todas sus consecuencias. El primero, tiene que ver con el colectivo de mis estudiantes de licenciatura del curso de “Educación y cultura” en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM —Antígonas y Penélopes— (desobedientes y astutas). Ellas me han enseñado a mirar las protestas como una expansión de las dinámicas y dialécticas complejas de la comunicación política. Me contaron que cuando fueron a la marcha en el metro, un grupo de hombres les había escupido, insultado, arrojado tiner y sacado un desarmador para picarlas. Todas son chicas entre 19 y 22 años, lectoras, apasionadas, hermosas, vibrantes, a veces difíciles en su enojo del que soy en ocasiones parte activa por ser autoridad, pero siempre deseosas de transformar el mundo al cambiar el tiempo en el que viven sus hermanas, sus madres, sus amigas. Transcribo algunos de sus comentarios en clase: “Ahora soy feminista y armo alboroto. Antes me quedaba callada. Me metí a Facebook y bajé las noticias. Vi que todos hablaban sobre lo que estaba pasando. Fue como un apapacho, ver esta lucha concentrada, las emociones a flor”. Otra estudiante señalaba: “Mi mamá me dice que hay otras maneras de pedir….sí le digo….como las que has ejercitado tú, que has ido a la Comisión Nacional para Prevenir la Violencia contra las Mujeres (CONAVIM), a terapia al Desarrollo Integral de la Familia (DIF), al ministerio público, al código águila y nada. En la última un señor le dijo que eso lo debía resolver en su casa.” Y otra más: “Cuando me agarraron las dos bubis por atrás en en la combi, me dijo mi mamá que era mi culpa, que para qué iba dormida”. En aquella ocasión en mi salón hicimos cuentas de eyaculaciones en el regazo o en el hombro, de apretones de pechos, pellizcos en las nalgas, metidas de mano, susurros peladísimos y violaciones. Todas levantaron la mano cuando repasamos las rondas de manoseo, insultos y violación. “Llega una frustración tan enorme que no sabes cómo sacarla. Coraje”. La familia y el transporte fueron los dos escenarios de más abuso, luego la escuela. El salón de clase es un espacio de grandes posibilidades de entendimiento tanto de las dimensiones de la violencia como de las medidas y actos de transformación colectiva y personal. Sólo un ejemplo, entre miles, es la lectura colectiva de Antígona de Sófocles, releída por Sara Uribe o por Griselda Gambaro que nos recuerda tanto el polvo de diamantina que han esparcido milenariamente sobre los cuerpos de los insepultos, como los cristales rotos ante la imprudencia de la autoridad. Educadores y profesores, no sólo tenemos una responsabilidad sino una enorme oportunidad, que puede vivirse con gozo académico e interés personal, al entender las razones y argumentos de las chicas, al saber de sus viajes en metro toqueteadas cuando no seriamente lastimadas, al leer en conjunto textos que nos hacen recordar la historia de represión y castigo hacia las mujeres y sobre todo al tratar de remendar y reparar su presente tan asediado de manera insistente y cotidiana.

En estos cursos en la UNAM estamos trabajando con algunas de las mujeres más olvidadas, las mujeres presas en Santa Martha Acatitla. Hemos construido un aula ambulante y frontera entre la UNAM y la cárcel de mujeres. Todos los lunes —en nuestro trabajo en la cárcel— intercambiamos textos, preguntas, fanzines que las alumnas hacen para las presas y viceversa. Recientemente intercambiamos diamantina, que, por cierto, nos dejaron ingresar sin problema. Juntas construimos un recetario de cocina, un documento que intenta hacer visible lo “que se comen las mujeres en la cárcel” y el menú de la justicia. Las mujeres presas no tienen la menor duda de apoyar las protestas de las mujeres en todas sus manifestaciones. En la cárcel han revivido la relación insufrible con el Estado. Ellas también son vándalas.

El segundo grupo es el colectivo #Restauradorasconglitter, quienes en una conocida carta que entregaron a la jefa de gobierno, explican lo que los monumentos también representan: el cambio y la posibilidad de dialogar y ser parte de eventos públicos. Las restauradoras, todas profesionales —más de cien— expertas en restauración y patrimonio cultural, nos dicen que el patrimonio no es estático. Nos invitan a unirnos al diálogo que acompañe las acciones del Estado en contra de la impunidad. Como segundo punto recomiendan que ningún profesional de la restauración remueva las pintas hasta que el Gobierno Federal realice las acciones necesarias para garantizar la seguridad de las mujeres en el territorio mexicano y, en la sociedad notemos resultados visibles.

Busco el significado del término monumento y encuentro que es una “erección conmemorativa” [sic], una ofrenda votiva, un recuerdo, un sepulcro, un acercamiento a Dios. El ángel que corona la columna es la victoria alada, una joven mujer. Veo a nuestras jóvenes mujeres trepadas en la victoria, enredando con las columnas corintias, atizando con la cadena que carga el ángel, que significa el rompimiento con tres siglos de dominación. Pienso que con esta algarabía y enjundia rabiosa Miguel Hidalgo, Vicente Guerrero e Ignacio Allende, insurgentes, insumisos y rebeldes —que ahora yacen solemnes en el basamento de la joven Victoria— es posible que despierten emocionados y participen de esta enorme indignación, ungidos de diamantina por unas Antígonas que han volcado polvo rosa sobre sus cuerpos, desobedeciendo todas las leyes. Héroes cubiertos de brillantina, victorias aladas mirando desde arriba y niñas bailando coloridas y enojadas sobre los capiteles y las tumbas. Juntos brillamos más.

Marisa Belausteguigoitia
Profesora de tiempo completo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.