La autonomía universitaria es un derecho establecido en la constitución. La fracción séptima del artículo tercero de establece que las universidades y las demás instituciones de educación superior autónomas tendrán la facultad y la responsabilidad de gobernarse a sí mismas; realizarán sus fines de educar, investigar y difundir la cultura; respetarán la libertad de cátedra e investigación y de libre examen y discusión de las ideas; determinarán sus planes y programas; fijarán los términos de ingreso, promoción y permanencia de su personal académico, y administrarán su patrimonio.

La autonomía no es solamente el reconocimiento a la mayoría de edad de la universidades, es además un reconocimiento a su fortaleza. Pero, sobre todo, la autonomía es una pieza fundamental para asegurar la supervivencia de la creatividad en la ciencia y la cultura; para promover la civilidad en la sociedad al fomentar la discusión crítica sin violencia, apelando a las evidencias y a la argumentación. Por ello, la autonomía juega también un importante papel en el fortalecimiento de la democracia. Debe destacarse el respeto a la libertad de cátedra e investigación y el libre examen y discusión de las ideas: esta libertad es la garantía de la creatividad, la innovación y la preservación de la pluralidad y la diversidad de las ideas.

Ilustración: José María Martínez

Una de las teorías más bellas de la ciencia, pero también de las más poderosas, la teoría de la selección natural darwiniana, nos ayuda a ilustrar la importancia de la diversidad. La enseñanza que nos ha dejado esta teoría y las evidencias del mundo natural es que la supervivencia, no sólo de la vida sino de cualquier sistema dinámico, depende esencialmente de su diversidad. Si todos fuéramos iguales y, por tanto, tuviéramos las mismas capacidades y habilidades y las mismas debilidades y riesgos genéticos, cualquier evento que pusiera en peligro la vida de uno, pondría la de todos en riesgo. Si las condiciones climáticas o sus cambios bruscos, alguna una enfermedad bacteriana o viral, la modificación alimentaria, acabara con la vida de uno, sólo sería cuestión de tiempo para el fin del resto. En la igualdad, aunque todos fuéramos supermán, la kriptonita nos mataría a todos de la misma manera.

Pensemos en una historia ampliamente conocida: la de los antibióticos. Cuando se administra inadecuadamente un antibiótico, el resultado es que acaba con los bichos más débiles y, si no se termina el tratamiento o no es el medicamento adecuado, deja vivos a los más fuertes que, aunque sean minoría, seguirán reproduciéndose. Al final tendremos una población modificada del mismo bicho constituida por los que resultaron más resistentes, pero ahora más fuerte e incluso inmune a la medicina que hemos tomado. ¿Qué hacer? Se toma una muestra del bicho más fuerte, se ve qué antibiótico lo mata y entonces tomamos ese nuevo antibiótico adecuadamente. En caso de que los bichos sean muy homogéneos, y su población sea poco diversa, existe una gran ventaja: ese enemigo, por fuerte que sea, es de un solo tipo y la misma medicina los matará a todos. Entre más se homogeniza la especie humana, no sólo genéticamente, sino en hábitos, capacidades, fortalezas y debilidades, el riesgo de desaparecer se incrementa. Por fortuna, al menos genéticamente, estamos blindados porque cada vez que nos reproducimos hay mutaciones que mantienen la diversidad.

Volvamos a la universidad y a la autonomía. Las universidades son como un banco productor y reproductor, no biológico, de ideas, conocimientos, arte, cultura, valores, posibilidades, ideologías, religiones, entre otros. La historia nos ha enseñado en infinidad de ocasiones que, tanto en las verdades más robustas como en las teorías más aceptadas, los humanos más sabios han estado equivocados. Incluso en las ciencias denominadas duras son frecuentes las sorpresas que modifican de manera radical el conocimiento aceptado al presenciar nuevas evidencias, o al llevar a cabo un análisis argumentativo bien razonado.

La diversidad de las ideas no sólo nos permite contar con caminos alternos, sino que nos invita a ponernos del lado contrario al de nuestras creencias; nos obliga a pensar y a contrastar lo que pensamos con aquello que pudiera parecernos imposible. La apertura a la crítica derivada de la pluralidad también nos invita a ser prudentes y a contar con la humildad que se requiere para poner en duda nuestros conocimientos, valores y opiniones más arraigados.

Durante toda la vida civilizatoria ha habido quienes quieren imponer sus ideologías o sus creencias tanto en la política como en la religión o en la educación y la cultura, no siempre de mala fe sino, con frecuencia, convencidos de que son los mesías y que su pensamiento es el único redentor. Hoy en día nuevamente han surgido voces que pretenden que la educación universitaria privilegie una formación unidimensional, sea dirigida hacia la formación de empresarios o hacia la formación de investigadores o profesionistas. Algunos pugnan por una universidad de izquierda o de derecha; otros más pretenden eliminar contenidos y hasta cursos completos porque los consideran inútiles, y a otros les molesta la formación de ingenieros y profesiones afines porque los consideran tecnocráticas. Más aún, hay quienes creen saber cuál es el mejor modelo de universidad y pretenden eliminar todo aquello que no se ciña a esa idea. Sin embargo, lo único que puede garantizar la supervivencia de los ciudadanos y de las sociedades en el futuro, igual que en el caso de los seres vivos, es la diversidad. No sólo en la oferta educativa sino en el corazón mismo de las instituciones de educación superior que son los académicos, en su labor de investigación, de innovación y de análisis crítico en las ciencias y en la cultura en general. Y esta diversidad sólo puede mantenerse con la libertad que otorga la autonomía.

No es difícil imaginar el terrible desenlace en un país en el que las universidades estuvieran controladas por alguna religión o ideología. En primer lugar, como ocurre en las dictaduras, se dejarían de lado todos los puntos de vista, y hasta los conocimientos, que fueran distintos a los aceptados por el poder y la crítica sería inaceptable. La creatividad y la producción de nuevas ideas se vería seriamente limitada. Quizá lo más importante, la probabilidad de equivocarse crecería enormemente. Con todo ello estaríamos también perdiendo la oportunidad de formar seres humanos diversos que pensaran de manera distinta a los grupos hegemónicos y abrieran las posibilidades a los cambios y a la innovación.

El papel fundamental de las universidades es preservar la diversidad de las ideas: así ha ocurrido en México. Ninguna universidad ha estado alineada de manera absoluta ni con el poder ni con la oposición; todas las voces han estado presentes en esos recintos. En la analogía con la vida, la pluralidad que otorga la autonomía corresponde a la importancia de la diversidad genética para la supervivencia. Para ello, se requiere también un gobierno universitario que emane de la diversidad, que no sea una imposición ni una designación de partido político alguno, de alguno de los poderes o de alguna religión o secta. Los cuerpos colegiados encargados de los nombramientos de rectores deben ser plurales, prudentes, racionales, razonables —conscientes de la importancia de un análisis científico en sentido amplio y de la necesidad de contar y evaluar las evidencias— y conocedores de las instituciones. En estos cuerpos colegiados nunca deberá estar ausente la opinión diversa de los universitarios.

No ha sido poco frecuente que, de burda manera, gobernadores impongan a los rectores de las universidades autónomas estatales sin consultar a los universitarios y sin conocer la vida universitaria más allá de haber pasado algunos años como estudiantes, con el consiguiente deterioro de la gobernabilidad y la calidad académica. Es claro que la responsabilidad de autogobierno es sencillamente un filtro en contra de las intromisiones de los diferentes poderes fácticos; sin embargo, esto no puede implicar, como algunos sugieren, impunidad alguna frente a delitos institucionales o personales dentro de las instituciones autónomas, ni los puede liberar de la responsabilidad de la transparencia en todos los sentidos.

 

Salvador Jara Guerrero
Presidente del Consejo Consultivo para la Acreditación e Investigación Educativa A.C.