En octubre de 1945, al término de la Segunda Guerra Mundial —uno de los conflictos bélicos más devastadores de la historia— un grupo de cincuenta países creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con el objetivo de mantener la paz y la seguridad internacionales, así como fomentar las relaciones de amistad entre los países, favorecer la cooperación internacional y estimular el respeto de los derechos humanos. En la actualidad, 192 naciones forman parte de esta organización. El Sistema de las Naciones Unidas está integrado por una serie de organismos especializados, entre los cuales se hallan la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Fondo Internacional de Emergencia de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Poco tiempo después de haberse fundado la ONU se realizó en París, entre noviembre y diciembre de 1946, la primera Conferencia General de la UNESCO en la que estuvieron representados 30 países, siendo México una de las primeras naciones en ratificar la constitución de este organismo. La UNESCO se fijó como misión principal la de contribuir a la consolidación de la paz, la erradicación de la pobreza, el desarrollo sostenible y el diálogo intercultural por medio de la educación, las ciencias, la cultura, la comunicación y la información.

En 2015 los representantes de los gobiernos acreditados ante la ONU se plantearon un conjunto de objetivos globales orientados a “erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos” en lo que constituye una nueva agenda para el desarrollo sostenible. De los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), a la UNESCO  le conciernen de manera directa, entre otros, lograr una educación de calidad; promover la igualdad de género; pugnar por la paz, la justicia y las instituciones sólidas, y coadyuvar al establecimiento de alianzas para el logro de los ODS. Conseguir estos importantes objetivos para el año 2030, requiere del cumplimiento de los compromisos establecidos por las naciones signatarias de los acuerdos globales, lo cual es una tarea muy compleja en un mundo como el actual en el que la cooperación internacional se topa con obstáculos políticos y financieros de diversa índole. Las dificultades financieras de la UNESCO se han agudizado desde principios de la década, luego que los Estados Unidos (EEUU) suspendieran sus aportaciones, las cuales significaban en esos años un 22% de su presupuesto. El motivo de la suspensión fue la admisión de Palestina, aprobada por la gran mayoría de los delegados. En esa ocasión Israel también cesó sus pagos. Esta situación provocó un recorte considerable al financiamiento de proyectos, algunos de los cuales incluyeron la suspensión de ayuda humanitaria a países en conflicto como Afganistán e Irak.

Cabe señalar que a lo largo de la historia de UNESCO varios países se han retirado por motivos políticos, aunque algunos han regresado: Sudáfrica estuvo fuera entre 1957 y 1994, porque el gobierno pro-apartheid argumentaba que la UNESCO interfería en los problemas de carácter racial. El regreso ocurrió cuando Nelson Mandela fue electo presidente del país. Por su parte, EE. UU. estuvo ausente por primera vez entre 1985 y 2003; la salida tuvo lugar durante el gobierno de Ronald Reagan, quien acusó al organismo de politizar todas las materias bajo su jurisdicción, así como mostrar hostilidad hacia “las instituciones básicas de una sociedad libre” particularmente el libre mercado y la libertad de prensa, y “mostrar una expansión presupuestaria sin límites”. El Reino Unido gobernado en esos años por Margaret Thatcher siguió los pasos de su homólogo estadounidense y retornó hasta 1997 cuando Tony Blair ya fungía como primer ministro. Por su parte, Estados Unidos volvió a la organización en 2003 bajo la presidencia de George W. Bush. Otro país que también se unió a EE. UU. y al Reino Unido es Singapur, que dejó la organización por más de 20 años, entre 1986 y 2007.

En hechos más recientes, el pasado 12 de octubre el gobierno de Donald Trump anunció nuevamente el retiro de su país de la UNESCO. En esta ocasión el argumento fue “la preocupación de los EEUU con la deuda creciente con la organización y el continuado sesgo contra Israel en la UNESCO”. El hecho que desencadenó este acontecimiento fue la aprobación por parte del organismo de declarar  como parte del Patrimonio de la Humanidad a la Ciudad Vieja de Hebrón, iniciativa impulsada por la delegación palestina. La retirada, sin embargo, no será total ya que su país seguirá como “observador permanente”, con el fin de “contribuir con las opiniones, perspectivas y pensamiento estadounidense”. Poco después de darse a conocer la decisión del gobierno norteamericano, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu comunicó que su país se prepara también para salir de la organización, no inmediatamente sino hasta fines de 2018, cuando tendrá efecto el retiro de los EE. UU. En uno de sus últimos mensajes la directora saliente de la UNESCO, Irina Bukova, lamentó la decisión del gobierno estadounidense señalando que era un duro golpe al multilateralismo, puesto que: “la universalidad es esencial para la misión de la UNESCO y para construir la paz y la seguridad internacional frente al odio y la violencia, para la defensa de los Derechos Humanos y de la dignidad humana”.

La decisión del gobierno norteamericano encabezado por Trump, parece congruente con su política aislacionista de alejar a su país de los bloques regionales y procurar las negociaciones bilaterales, con el fin de terminar con lo que él considera como “abusos” hacia su país. Concuerda también con sus intenciones de abandonar las reuniones internacionales como el Acuerdo de París para disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, fundamental para reducir el calentamiento global. Contrario a toda evidencia científica, el propio presidente estadounidense ha llegado a señalar que el calentamiento global es un “invento de los chinos” para perjudicar la economía de su país.

Hace unas semanas, la Conferencia General de la UNESCO eligió a Audrey Azoulay como su nueva Directora General. El origen judío de la nueva Directora podría ser un intento del organismo para reducir tensiones con Israel y hasta con los EE. UU. En todo caso, se trata de una mujer con importante experiencia en el ámbito de la cultura, más que en la educación: fue asesora cultural del ex presidente francés François Hollande de 2014 a 2016, y Ministra de Cultura y Comunicación de Francia de 2016 a 2017. Sin duda la gestión de la señora Azuoulay enfrenta enormes retos. Entre los desafíos más grandes está el financiero, el cual, como se mencionó en párrafos anteriores, se ha visto agudizado por la significativa reducción que se viene arrastrando desde 2011. No es difícil imaginar los cuantiosos gastos que tiene una organización tan grande (y, hay que decirlo, burocrática) como la UNESCO que cuenta con representaciones en muchos países del mundo. Aunque en los últimos años se ha incorporado un número importante de países, tales como China y las antiguas repúblicas soviéticas, no todos gozan de solvencia económica para sustituir los ingresos que se han dejado de percibir por la salida de la delegación norteamericana.

Por otro lado, la UNESCO ha ido perdiendo la relevancia que en algún tiempo tuvo a nivel mundial en el terreno educativo. En las dos últimas décadas ha ido creciendo en importancia el papel y la influencia tanto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), como del Banco Mundial en la orientación de la política educativa de un número significativo de países. En el caso de la OCDE es cada vez mayor su participación en la educación básica, especialmente a partir de la participación en la prueba PISA. Por su parte, el Banco Mundial tiene una influencia importante en la educación superior. No obstante que las iniciativas y estrategias emanadas de las reuniones de Jomtien en 1990, la Conferencia Mundial sobre Educación Superior de 1998 y 2009, así como el Foro de Dakar en 2000, siguen siendo hitos de gran relevancia para los dos niveles educativos antes mencionados, la presencia de las orientaciones de la UNESCO en las grandes reformas educativas parece haber disminuido significativamente.

Estos enormes retos y otros más, tales como la reducción de la enorme burocracia, la efectividad de sus acciones en favor de la universalización de la educación básica, la educación para la paz y la democratización del conocimiento científico y tecnológico, pondrán a prueba la gestión de Audrey Azoulay al frente de un organismo que, a pesar de sus grandes dificultades y limitaciones, sigue siendo una entidad imprescindible para lograr un mundo mejor, más pacífico y más justo.

Armando Alcántara Santuario
Investigador del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE) de la UNAM