La presidencia de Donald Trump es una manifestación de los prejuicios estadounidenses, en particular, de grupos de supremacistas blancos en contra personas de color, mujeres, inmigrantes, homosexuales, personas queer y cualquier identidad minoritaria. Como resultado de ello, muchos movimientos activistas han aumentado sus esfuerzos de abogar, protestar y cambiar la legislación que impacta a los grupos minoritarios en Estados Unidos. Muchas campañas de activistas en contra del gobierno de Trump usualmente se enfocan en cuestiones de identidad, pero —para conseguir la aceptación general de sus movimientos— ignoran algunos elementos minoritarios dentro del movimiento (como ser queer, trans, mujer, entre otros.). Es decir, omiten la existencia de intersecciones de identidades (“queer latino”, chicana o “trans afroamericana”), de manera que a veces los movimientos se aproximan al activismo con sólo un foco y —a veces sin darse cuenta— terminan invisibilizando a esas poblaciones, en lugar de prestarles ayuda e incorporarlas firmemente a su agenda. Este activismo, para ser más útil, debería de incluir y enfocarse en todas las identidades minoritarias posibles para lograr ser más interseccional y, en consecuencia, más efectivo.

En 2016 inicié una investigación sobre una controversia entre el distrito escolar de Tucson, Arizona, Estados Unidos y el activismo de estudiantes, maestros y miembros de la comunidad en contra de una legislación racista del estado de Arizona. Como se recordará —en 2010— la legislatura del estado de Arizona aprobó la mencionada Ley (House Bill) 2281, que prohibía dictar cursos que se consideraban “en contra del gobierno estadounidense”. Esa ley específicamente fue diseñada para afectar el programa de estudios mexicanoamericanos en el Distrito Escolar Unido de Tucson (TUSD), prohibía clases que querían fomentar la solidaridad étnica, así como tratar a los estudiantes como miembros de un grupo, “en lugar de individuos”. Una gran mayoría de los estudiantes de TUSD se identifican como chicanos y/o hispanos y/o latinos, y por esa razón, dicha prohibición les resultaba muy preocupante.

Si bien la identidad chicana es una amalgama de identidades dominantes y minoritarias, durante mi investigación descubrí cómo dentro de la identidad chicana había otras identidades minoritarias subyugadas que además eran invisibilizadas. En la medida que esta identidad chicana es construida dentro de los estudios étnicos en TUSD, es problemático que dicha identidad se tiende a presentarse como “macho”, heterosexual y mestiza, silenciando las perspectivas de cualquier persona que sea homosexual, queer, mujer, indígena, afrodescendiente, o que no se ajuste de alguna manera al binario de género.

Como parte de mi trabajo de investigación, analicé dos respuestas artísticas ante esta controversia: un documental llamado Precious Knowledge [Conocimiento precioso] (2011) y una obra de teatro llamada Más (2015). Las respuestas artísticas han sido históricamente un método productivo de expresar una preocupación relacionada con una controversia social. Las respuestas mencionadas también constituyeron activismo como parte de la comunidad porque son una representación del barrio, de la comunidad chicana y de la gente de Tucson; sus esfuerzos de criticar, analizar y representar la controversia son auténticos, complejos, pero también contradictorios. En efecto, el teatro y el cine no existen como cosa inanimada en la comunidad, sino como una parte vital de la comunidad. Precious Knowledge es un documental sobre la batalla que realizaron los estudiantes que defendían el programa de estudios mexicoamericanos en las escuelas públicas de Tucson. Y Más es una obra de teatro que narra los problemas internos y las contradicciones que surgieron durante dicho movimiento estudiantil.

Aunque ambas respuestas celebran la identidad chicana y enfatizan la importancia del programa de estudios mexicanoamericanos, Más atiende y trata de corregir las faltas de Precious Knowledge, criticado por perpetuar el sexismo, racismo, anti-indigenismo, y homofobia que históricamente han sido sitios de contención dentro de los discursos de la identidad chicana y el movimiento chicano. A pesar del intento de corregir las faltas de Precious Knowledge que realizó Más, yo discuto que en ambas respuestas artísticas, incluso en sus esfuerzos de contrarrestar el discurso del estado hegemónico, reproducen lo que se ha llamado como “colonialismo interno” en sus representaciones problemáticas de figuras indígenas, mujeres y personas quienes se identifican como homosexuales. El problema se manifiesta en la manera en que se les incluyen a los grupos minoritarios en movimientos activistas. En efecto, muchas revoluciones culturales nacionales históricas no se han enfocado en las mujeres ni los indígenas, ni los grupos gays, para no “distraer” la lucha principal.  Pero aún cuando Más busca combatir esta perspectiva, considero que se quedaron cortos en esta pretensión y terminaron presentando y “usando” voces marginadas dentro del movimiento chicano sólo para luchas por más espacios de poder y no necesariamente entendiendo su exclusión histórica. En un sentido, estos subgrupos siguen siendo marginalizados y silenciados. Una obra como Más necesitaría manifestar que estas “otras” identidades deben estar también en el centro del activismo y no quedar como una incorporación superficial.

Por otra parte, las voces de las mujeres están muy presentes dentro del movimiento, pero son limitadas dentro del documental (Precious Knowledge). Aunque esas identidades existen, no son representadas —hay imágenes de ellas sin voces— las mujeres, los gays y los indígenas no tienen la misma oportunidad de expresar sus preocupaciones ante la controversia; por ejemplo, una estudiante que se identifica como birracial y lesbiana es entrevistada pero su entrevista no es incluida en el documental. Las mujeres constituyen un 76% de los maestros en las escuelas públicas en Estados Unidos, pero ninguna maestra es entrevistada en el documental. Los hombres, los blancos, y los heterosexuales ocupan casi todo el tiempo del documental. Otro ejemplo es cuando una de las estudiantes del programa de estudios mexicoamericanos organiza una marcha hacia la capital del país, pero su activismo es caracterizado como de grupo. Las mujeres hacen el trabajo por el movimiento y los hombres en el documental hablan sobre este trabajo como si fuera el suyo. Efectivamente, el documental continuamente presenta a las mujeres como espectadores en su activismo, siempre mirando lo que los hombres están haciendo. Sin poner atención en líderes que también son feministas, el documental reproduce una narrativa de activismo masculino en que las mujeres toman una posición subyugada a los hombres, o no toman una posición.

Ser mujer y chicana es, entonces, ser un miembro de una militancia doble. Según Maylei Blackwell en el libro ¡Chicana Power!: Contested Histories of Feminism in the Chicano Movement (2011), cuando las chicanas incluyeron problemas de género dentro del movimiento, fueron nombradas “vendidas” o “traidoras de raza” porque con la inclusión de género, distrajeron del principal punto de discordia: la raza (y las disparidades conectadas a la raza). Las mujeres chicanas encuentran muy difícil de mantener esta multiplicidad de identidades dentro del movimiento chicano. Efectivamente, los hombres chicanos en el programa están mejor posicionados dentro el programa —y el activismo— porque ellos no tienen que también ser activistas por su género. Mientras las mujeres tienen que hablar como estudiantes y también como activistas a favor de su género y su raza, al contrario de los hombres que no tienen que luchar dos batallas al mismo tiempo.

En el caso de la obra de teatro, ésta abordó un tema muy polémico: el de una estudiante, “Flor”, que es violada por otro estudiante del programa de estudios mexicoamericanos (en realidad se alega que el acoso fue perpetuado por el director después del debut del documental y esta violación fue una fuerte preocupación del movimiento estudiantil); sin embargo, se trató de minimizar el ataque porque el movimiento quería evitar cualquier controversia que pudiera impactar su fuerza. Ese silenciamiento de la violación de “Flor” funciona como una representación de la influencia patriarcal y también una falta de atención a la relación constitutiva de género y raza. Se trata también de un ejemplo de colonialismo interno porque se silencia la voz de “Flor”, decisión motivada por el deseo de adquirir la igualdad racial en la cultura dominante.

Adicionalmente, en la obra de teatro Más, se utilizan bailarinas y artefactos “aztecas” para conseguir un efecto, pero la consideración del indigenismo es superficial y funciona como reproducción del mestizo que el documental quiere presentar; el tema de la identidad indígena en realidad sirve únicamente como un método apropiado para defender el programa de los estudios mexicanoamericanos en TUSD. La obra funciona como activismo, pero reproduciendo estereotipos que simplifican la identidad de sus miembros. Aunque, también hay que decir, que la obra sí atiende a los problemas endémicos de las mujeres en el programa de los estudios mexicanoamericanos, especialmente cuando dice que sus voces no son oídas, ni consideradas.

Por último, no se puede descartar lo importante que fue el movimiento en Tucson de defensa del carácter plural de la educación pública para todas las minorías en la ciudad. Los estudiantes que participaron en el programa de estudios étnicos en Tucson lograron mejores tasas de graduación y mejores resultados en las pruebas estandarizadas que los estudiantes que no participaron. Sin embargo, una de las lecciones de esta investigación es que sin atención a la diversidad de subgrupos que constituyen “la gran identidad chicana”, el documental y, en cierto sentido, la obra de teatro reproducen los mismos problemas del movimiento chicano con respeto a las minorías en términos de género, raza, indigenismo y afrodescendencia. La falta de inclusión de identidades minoritarias es problemática para el futuro de los programas de estudios étnicos en los Estados Unidos, específicamente durante el gobierno de Trump donde son frontales los prejuicios y ataques contra mexicanos o contra los estudiantes de DACA (o dreamers). Es necesario, entonces, incorporar e involucrar en este tipo de movimientos y darles poder y autonomía a las “micro-minorías” porque sus voces son muy relevantes y porque tienen problemas y necesidades específicas. Es necesario discutir el activismo inclusivo desde el punto de vista de los movimientos estudiantiles —aunque también de los movimientos feministas, como el “Me too” o de los movimientos afrodescendientes como el “Black lives matter”— porque los jóvenes siempre han sido actores importantes del activismo en Estados Unidos y quizás hoy más que nunca se necesitan movimientos fuertes, inclusivos y sobretodo coherentes en la defensa de los derechos y de las libertades de todos sus miembros.

 

Nick Havey es asistente de posgrado del programa “Academic and Honors Initiatives” en la Universidad de Arizona, en los Estado Unidos.