Desde que Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos, como era de esperarse, la relación con México se ha transformado. Habrá consecuencias tanto para los mexicanos como para los estadunidenses. Los cambios en la relación bilateral serán de tal magnitud que el New York Times trató de rastrear cuándo fue la última vez que un presidente estadunidense mostró un antagonismo tan abierto hacia México. Ningún diplomático vivo tiene recuerdos del momento que señalaron en la década de los veinte.

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El presente artículo se pregunta sobre qué podría pasar con uno de los grupos afectados en esta coyuntura: los estudiantes mexicanos en Estados Unidos. En 2014-2015 unos 17 mil mexicanos estaban inscritos en las universidades estadunidenses: una cifra récord. La migración de estudiantes hacia el norte es un fenómeno educativo de larga data y es una parte importante de la relación México-Estados Unidos. Para pensar en los posibles efectos de las políticas de Trump, volvamos a un momento de relaciones bilaterales tensas y conflictivas durante las primeras décadas posrevolucionarias. Reconstruir los efectos que tuvo la política internacional en la migración de estudiantes nos da unas pistas para pensar en la actualidad.

Por supuesto, no se trata de exagerar las similitudes entre el pasado y el presente. Pero en los años veinte y treinta también había un fuerte rechazo por parte del gobierno estadunidense hacia el gobierno de México. A principios de los años veinte, Estados Unidos se negaba a reconocer el gobierno de Álvaro Obregón. El gobierno estadunidense buscaba proteger lo que la nueva constitución mexicana ponía en riesgo: los intereses económicos y la propiedad de sus ciudadanos en México. Las polémicas entre los gobiernos continuaron durante lustros. Como también ocurre actualmente, en esa época los migrantes mexicanos en Estados Unidos fueron víctimas de violencia, deportaciones y racismo generalizado. No obstante todo esto, durante los años veinte y treinta, la migración de estudiantes mexicanos –fenómeno que existió desde el siglo XIX– continuó. Aunque no son muy confiables los datos, cada año unos 250-300 jóvenes mexicanos estudiaron en los centros educativos de Estados Unidos durante este periodo. El gobierno mexicano apoyó a varios estudiantes con “pensiones mensuales” para seguir estudios de música, ingeniería, arte y otras disciplinas en Estados Unidos (otros fueron a Europa). El programa de “pensiones” era pequeño, exclusivo y, por lo general, escasamente comentado en la esfera pública.

Sin embargo, en ciertos momentos el tema adquirió una importancia mayor y se debatió en la prensa. Esto ocurrió en 1921 cuando hubo una nueva oferta de becas por parte de un grupo de empresarios estadunidenses. Se trataba de becar a los jóvenes prometedores mexicanos de la clase media –personas que jamás podrían costear estudios en el extranjero sin un apoyo externo– para que regresaran a su país a “modernizarlo”. Los hombres de negocios estadunidenses tenían un interés detrás: pensaban que un México más moderno sería un México con más consumidores para comprar los productos que vendían; un México donde los recursos naturales que ellos anhelaban aprovechar se podrían explotar mejor. Al mismo tiempo, afirmaron que los jóvenes favorecidos con becas regresarían a su patria convencidos de la bondad de Estados Unidos. Transmitirían un mensaje de armonía binacional y de entendimiento entre las dos naciones. En 1921, Obregón ofreció su apoyo al proyecto y los periódicos El Universal y Excélsior celebraron el plan de becas. El gobierno estadunidense se negó a dar su apoyo oficial a la iniciativa de becas porque temía que se entendiera como señal de una próxima resolución de relaciones diplomáticas. La reacción de cada gobierno frente al programa coincidía con su postura en la política internacional. El programa de becas tuvo un significado más allá de la formación de los jóvenes que participaran: entraban en juego intereses nacionales.

La importancia que se estaba dando a la migración de estudiantes daba lugar para un debate acerca de las ventajas y desventajas que tendría el programa de becas para México. Gabino Palma –un estudiante mexicano radicado en Nueva York– advirtió que, de no haber sido bien seleccionados, los jóvenes en el extranjero podrían perder su mexicanidad o causar una mala impresión de México ante la gente importante de otros países.1 Querido Moheno –abogado y político conocido– dudó que el envío de jóvenes mexicanos a Estados Unidos llegara a mejorar las relaciones bilaterales. Si la idea era de “acabar con los motivos de fricción y de conflicto entre ambos países –opinó Moheno– entonces lo provechoso y lo seguro no es hacer que los mexicanos conozcamos a los americanos, puesto que la cosa no depende de nosotros: de fijo que lo mejor fuera lograr que ellos nos conocieran bien a nosotros”.2 Para Moheno, los efectos de la migración de estudiantes mexicanos no podrían equilibrar la relación México-Estados Unidos, cuya desigualdad no era simplemente resultado de un malentendido colectivo.

Los editores de Excélsior, de alguna forma dando la razón a Moheno, respondieron al día siguiente con una nueva justificación para el programa de becas patrocinados por los empresarios estadunidenses: “para México resulta provechosa, porque da la oportunidad a nuestros jóvenes de conocer al vecino pueblo del Norte, que mañana puede ser enemigo nuestro y que por mucho tiempo ejercerá preponderante influjo sobre nuestro país […] en toda contienda, es necesario conocer los elementos del enemigo, si se quiere vencer o evitar la derrota”.3 En otras palabras, las becas no servían para que los estudiantes mexicanos fueran apologistas de los estadunidenses ante los otros mexicanos, sino que estudiando en Estados Unidos, los becarios irían observando los hábitos de un pueblo que podría ser hostil y que siempre sería dominante.

El debate surgió de nuevo en 1931 cuando dos estudiantes mexicanos, uno de ellos siendo sobrino del presidente Pascual Ortiz Rubio, fueron víctimas de un crimen mortal en Estados Unidos. Mientras los estudiantes iban en camino a México al final del semestre, dos alguaciles los detuvieron en Oklahoma y los asesinaron, probablemente por motivos racistas. Hubo un escándalo internacional: además de la reacción negativa en México, una gran parte del público estadunidense condenó el acto de los alguaciles. En este contexto, tanto los mexicanos como los estadunidenses reflexionaron en torno a la migración de estudiantes mexicanos. En México, se criticó al derroche de riqueza nacional que se destinaba a pagar los estudios de los jóvenes en el extranjero. En Estados Unidos, para sanar la relación con México, crearon una beca para honrar a los jóvenes asesinados, propuesta que el presidente mexicano declinó después de una fuerte oposición por parte de los estudiantes de la capital.

A pesar de las dudas que se expresaron en la esfera pública, tanto la migración de estudiantes como el otorgamiento de becas continuaron a lo largo de los años veinte y treinta. Conforme iba cambiando la política exterior estadunidense –se buscaba convertirse en un “buen vecino” de los otros países del continente– el gobierno de Estados Unidos se interesó más en el intercambio de estudiantes mexicanos. Cuando el gobierno mexicano logró vincular las becas al extranjero con sus proyectos de modernización, la migración de estudiantes entabló mejor con el nacionalismo y las becas iban perdiendo su aspecto controvertido. Desde los años cuarenta, se comenzó a incrementar el número de estudiantes mexicanos que se van al norte, sobre todo porque hubo una mayor oferta de becas.

Volviendo al presente, todavía no sabemos si las cifras de la migración de estudiantes se vean afectadas por las políticas de Trump. Pero la historia de los años veinte y treinta nos muestra que más allá de cambios de esa índole, también puede modificarse el significado cultural y político de la opción de estudiar en Estados Unidos. Es posible que los estudiantes mexicanos que quisieran irse a Estados Unidos terminen escogiendo otro destino internacional o nacional para mostrar su rechazo a las políticas anti-México de Trump. Por el momento no contamos con datos, sólo algunos testimonios aislados. Quizá en México la impresión que cause un posgrado de Estados Unidos ya no sea positiva. Puede que estudiar en Estados Unidos deje de ser una buena opción para mejorar las opciones profesionales o el estatus social.

Desde hace mucho tiempo, la migración de estudiantes se ve en México como un fenómeno de importancia nacional y por ello la decisión personal de estudiar en Estados Unidos tiene implicaciones políticas y los programas de becas tienen que justificarse dentro del marco del nacionalismo. Si México se encuentra abiertamente amenazado por Estados Unidos, será complicado explicar el envío de jóvenes mexicanos a las universidades del norte como una política benéfica para el país, a menos que retomen la idea que los becarios deben ir para conocer mejor al “enemigo”. Por su parte, si Estados Unidos abandona su política exterior de acercarse a México, no habrá una razón para financiar becas para los jóvenes mexicanos. Si los programas de becas internacionales sobreviven, será porque encuentran nuevas razones para existir en este nuevo contexto geopolítico.

Rachel Grace Newman es candidata a doctora en Historia Internacional y Global por Columbia University en Estados Unidos.


1 Gabino A. Palma, “Los estudiantes mexicanos en el extranjero,” El Universal, 22 de abril de 1921, p. 14

2 Querido Moheno, “Ellos y nosotros”, El Universal, 25 de abril de 1921, p. 3

3 “Una humorada del Sr. Moheno.” Excélsior, 26 de abril de 1921, p. 3