En México, hace al menos medio siglo que la profesionalización de la danza oscila entre el abandono y el estancamiento. En el año de 1972 tuvo lugar en la capital del país la “Segunda conferencia latinoamericana de difusión cultural y extensión universitaria”; en ella, diversas universidades e instituciones de educación superior de la región acordaron —entre otros asuntos— trabajar para que la danza adquiriera el nivel de carrera universitaria con la intención de formar intérpretes y expertos en coreografía, así como especialistas que no sólo se avocaran a cuestiones técnicas y críticas, sino que también desarrollaran investigaciones en torno a esta manifestación artística. Sin embargo, 46 años después, en nuestro país este objetivo está lejos de cumplirse. Si bien las universidades e instituciones de educación superior mexicanas suelen —en su mayoría— difundir, promover y divulgar la danza mediante su función de extensión, pocas son las que han formalizado su enseñanza, propiciando así la formación de recursos humanos y la investigación en materia dancística.

De acuerdo con datos tanto de la Dirección General de Educación Superior Universitaria (DGESU) como de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), de los 27,181 programas de licenciatura ofrecidos durante el ciclo escolar 2016-2017, sólo 67 eran en danza, aunque también se ofrecieron tres programas a nivel técnico superior universitario. El panorama es más desalentador a nivel de posgrado, ya que durante ese mismo ciclo escolar, de alrededor de seis mil programas de posgrado que había, únicamente se ofreció una maestría en danza, otra en arte y una más en gestión educativa especializada en enseñanza de las artes. La precaria presencia de la danza en la educación superior mexicana es más contundente al observar que solamente 44 universidades e instituciones de educación superior, de un universo mayor a las cinco mil en todo el territorio nacional, incluyen estudios formales en danza, de éstas 21 son públicas y 23 son privadas.

Ilustración: Belén García Monroy

Además del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), las instituciones educativas públicas que cuentan con al menos un programa de licenciatura en danza son: Instituto Cultural de Aguascalientes, Universidad Autónoma de Baja California, Universidad Autónoma de Chiapas, Universidad Autónoma de Chihuahua, Universidad de Colima, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Centro Morelense de las Artes, Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Colegio Nacional de Danza Contemporánea, Universidad Autónoma de Querétaro, Sistema Educativo Estatal Regular de San Luis Potosí, Centro Municipal de Arte de Mazatlán, Escuela Superior de Música de Sinaloa, Universidad de Sonora, Instituto Estatal de Cultura de Tabasco, Universidad Veracruzana, y Escuela Superior de Artes de Yucatán.

Llama la atención la ausencia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) —considerada la institución de educación superior pública más grande e importante del país— en este listado de universidades e instituciones de educación superior públicas que cuentan con una opción académica formal en materia dancística, sobre todo porque otras artes como la música, el teatro, la literatura y el cine forman parte de la enseñanza formal universitaria en nuestra máxima casa de estudios. Resultan inciertas las razones por las que la danza aún no ha logrado consolidarse como carrera universitaria en esta institución educativa, pues las más altas autoridades de la misma no se han pronunciado de manera clara y categórica al respecto; no obstante, para quienes forman parte de los talleres de danza que la UNAM promueve como parte de sus actividades de difusión cultural, la ausencia de programas educativos formales en danza obedece tanto a cuestiones de recursos e infraestructura, como a la falta de voluntad por parte de las autoridades universitarias, además de la apatía, desorganización y pasividad del propio gremio dancístico.1

Pero el desdén por la danza no parece ser privativo ni de la UNAM ni de la educación superior, sino que está presente en diversos sectores de la sociedad mexicana, así lo evidencian los resultados más recientes del Módulo sobre eventos culturales seleccionados (MODECULT), una encuesta realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) con la finalidad de proporcionar información acerca de la asistencia a eventos culturales específicos de la población en México mayor a 18 años. Según los resultados de esta encuesta, del 58.1% de quienes asistieron a algún evento cultural entre mayo de 2017 y abril de 2018, únicamente el 22.1% dijo haber asistido a espectáculos de danza y de este porcentaje sólo el 11.2% acudió en más de 4 ocasiones, mientras que el 63.1% asistió una única vez a un evento dancístico a lo largo de 12 meses. Por otra parte, el 6.3% de la población encuestada dijo tener mucho interés en asistir a espectáculos de danza, mientras que el 39.4% afirmó no tener interés alguno en asistir a este tipo de eventos culturales.

Otro dato relevante que ofrece el MODECULT 2018 tiene que ver con la población que asiste a los eventos dancísticos, ya que en su mayoría se trata de mujeres (57.7% de quienes dijeron haber asistido a un espectáculo de danza eran mujeres), esto resulta significativo precisamente porque durante décadas —por no decir siglos— la danza se ha construido como un espacio prioritariamente femenino; es así que el MODECULT deja ver que en México no sólo existe un enorme desinterés por la danza, sino que aún prevalecen estereotipos de sexo-género.2 Ante este panorama, toda iniciativa que pretenda alentar el gusto por la danza, así como darle mayor visibilidad, adquiere una notabilidad particular; tal es el caso de la más reciente edición del programa Teatro en plazas públicas, teatro en tu barrio, proyecto impulsado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, cuyo objetivo consiste en acercar las artes escénicas a la población capitalina.

 La 9ª edición de dicho programa, realizada del 14 de julio al 2 de septiembre del presente año, incluyó la representación de fragmentos de ballets clásicos como “El cascanueces”, “El lago de los cisnes” y “Don Quijote”, entre otros, las cuales se llevaron a cabo en diferentes vialidades de Ciudad de México. Aprovechando el escaso tiempo que dura un semáforo en rojo, la compañía de danza Ardentía deleitó a peatones y automovilistas, quienes, probablemente, engrosarán el porcentaje de asistentes a espectáculos de danza en el próximo levantamiento del MODECULT. Pero lo que nos interesa resaltar de estas presentaciones es que, de cierta manera, rememoran la premisa original de la extensión universitaria mexicana: llevar la cultura al pueblo. Ésta fue la misión social asumida por la educación superior en México a principios del siglo XX, y hoy en día para muchas instituciones y especialistas continua siendo el leitmotiv de la extensión universitaria.

En el caso concreto de la danza, la extensión universitaria ha representado su principal ámbito de desarrollo dentro de la educación superior mexicana, sirva de ejemplo nuevamente la UNAM, que por décadas se ha encargado de planear, organizar y realizar actividades relacionadas con esta manifestación artística, abriendo sus puertas a célebres bailarinas y coreógrafas como Magda Montoya, Guillermina Bravo, Gloria Contreras o Angelina Géniz, por mencionar algunas de las grandes figuras de la danza en México cuyos proyectos dancísticos han prosperado bajo el cobijo de esta institución universitaria. Desafortunadamente, como ya hemos expuesto, estos apoyos y esfuerzos han sido insuficientes para avanzar en lo referente a la profesionalización de la danza.

Consideramos, por tanto, prudente y necesario que las universidades e instituciones de educación superior incluyan el tema en sus agendas, después de todo desde hace casi medio siglo se expresó esta aspiración, quizá ya es hora de concretarla. Además, conviene recordar que desde la educación básica hasta la superior hay una insistencia —al menos discursiva— en la importancia del arte y la cultura para propiciar una verdadera educación integral, incluso el próximo gobierno, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, en reiteradas ocasiones ha manifestado su intención de implementarles como estrategias para reconstruir el tejido social y potencializar el desarrollo humano. Ojalá no se quede en la mera intención. Ojalá la danza halle un mayor impulso y deje de ser subestimada en los proyectos educativos formales y no formales.

 

Rebeca Caballero Álvarez
Profesora del Colegio de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


1 Esta información se obtuvo a partir de una investigación que realizamos durante el segundo semestre del año 2016 en los Talleres de Danza UNAM.

2 La feminización de la danza amerita una reflexión aparte, empero, consideramos pertinente y relevante compartir dos datos que dan cuenta de este fenómeno. El primero de ellos tiene que ver con la investigación mencionada en la nota previa, en ella trabajamos con una muestra de 168 personas de las cuales únicamente 32 eran hombres; el otro dato es sobre la matricula total de los 70 programas de licenciatura en danza (incluyendo los programas de nivel técnico superior universitario) que hay en nuestro país, que durante el ciclo escolar 2016-2017 según datos de la ANUIES fue de 4045 estudiantes, donde los varones apenas si conformaban un poco más de un tercio de la población, ya que 2755 estudiantes eran mujeres.