El ingreso a la licenciatura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) es un tema que suscita polémica entre múltiples actores: funcionarios, investigadores, periodistas y por supuesto, estudiantes y padres de familia. Sin embargo, hace falta un debate amplio y consistente que lleve a replantear o por lo menos, repensar el proceso de admisión de la universidad pública más grande del país y con mayor demanda. Un primer paso necesario es hacer el recuento del proceso y las críticas que se han expresado con el fin de delinear caminos posibles para el debate.

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Como es sabido, existen dos vías de ingreso a la licenciatura de la UNAM: el pase reglamentado y el concurso de selección (cuyos resultados del segundo examen se dieron a conocer el domingo pasado). Mediante la primera vía, ingresan al nivel superior los egresados de las preparatorias y Colegios de Ciencias y Humanidades de la propia UNAM que concluyeron el bachillerato en un máximo de cuatro años con un promedio de calificación de siete o más. Bajo este procedimiento, los estudiantes eligen la carrera y el plantel de su preferencia y se otorgan los lugares tomando en cuenta el promedio y la oferta existente en la carrera y plantel elegido. Para el periodo 2016-2017 se estima que un 67% de los lugares de la licenciatura de la UNAM serán ocupados por medio del pase reglamentado y un 33% restante por concurso de selección.1 La crítica principal a esta vía se centra en la inequidad del proceso, ya que el ingreso no se abre de igual manera para todos los aspirantes y si bien los egresados del bachillerato de la UNAM tienen que cumplir con ciertos requisitos, no es comparable con el esfuerzo o el mérito que representa para un estudiante proveniente de otro bachillerato. El resultado de este proceso es que la mitad de la matrícula no tiene necesariamente un nivel académico equivalente a los que ingresan por medio del concurso. Esta modalidad de pase entre el bachillerato y el nivel superior se aplica desde hace casi 50 años y se ajustó en el año 1997, al cambiar la modalidad de “pase automático” a “pase reglamentado”. La continuidad de este proceso parece responder a las consecuencias políticas que traería la eliminación de este privilegio para los estudiantes de educación media superior de la UNAM; concretamente se teme a las movilizaciones estudiantiles y a la desestabilización de la propia universidad. Ante esta situación, el asunto del pase reglamentado es un tema “intocable” en el debate universitario y no se avizoran cambios en un corto, ni mediano plazo.

La segunda vía de ingreso a la licenciatura es por medio del examen de selección, el cual se abre a todos los egresados del nivel bachillerato que cuenten con un promedio mínimo de siete. Dada la gran demanda y el escaso número de lugares, se logra dar cabida en promedio cerca de un 9% de quienes presentan el examen.2 Esta cifra, por sí misma escandalosa, ha sido motivo de alarma y descontento.

El examen de ingreso a la UNAM consta de 120 preguntas de opción múltiple de todas las áreas del conocimiento y se ajusta su distribución según el área de la carrera que se solicita. Las críticas a este instrumento son múltiples, una de las principales es porque parte de las preguntas son de tipo memorístico, con lo cual no necesariamente se evalúa la capacidad del estudiante. Dado que el examen abarca todas las áreas que se imparten en el bachillerato, quedan fuera estudiantes con gran capacidad para la carrera a la que aspiran, pero que no necesariamente dominan todos los campos del conocimiento. El carácter de esta prueba dista de las tendencias actuales que tienden a evaluar sobre todo, el razonamiento matemático y las habilidades verbales en tanto herramientas para futuros aprendizajes.

El resultado del examen separa a los aceptados y no aceptados; no es un asunto de aprobar o reprobar, ya que los lugares se otorgan tomando como base los puntajes más altos hasta cubrir la oferta de cada carrera y plantel. Desde el punto de vista de los aspirantes, resulta muy frustrante no alcanzar un lugar, pero sobre todo cuando les faltan uno o dos aciertos; además que consideran que en un examen con una duración de tres horas se pone en juego su futuro y no se toma en cuenta el esfuerzo y el logro de la trayectoria académica precedente. En este sentido, las investigaciones muestran que el promedio obtenido en el bachillerato es un mejor predictor del desempeño futuro, de allí que hay instituciones que ponderan el promedio del bachillerato con el resultado del examen de admisión (De Garay y Sánchez, 2011 y Bobadilla, Huerta y Larqué, 2007). Las investigaciones muestran también que el examen, que es un instrumento aparentemente neutro, pone en juego las desigualdades sociales, ya que son los estudiantes con mayores recursos socioeconómicos, con padres con mayor escolaridad, los que obtienen mayores puntajes (Guzmán y Serrano, 2011).

En términos del debate, un aspecto ineludible es de tipo estructural y se refiere a la necesidad de ampliar las oportunidades educativas. Resulta urgente la creación de nuevas instituciones de educación superior públicas de calidad, que den cabida a la creciente demanda. La UNAM como institución no puede por sí sola resolver los problemas educativos del país y dentro de sus capacidades se han hecho esfuerzos importantes por ampliar la matrícula y diversificar la oferta académica.

Un segundo punto se refiere a la política de admisión, en la que el pase reglamentado se tiene que abrir a la discusión; no puede privar el silencio y se tiene que pensar en alternativas justas y pertinentes. El tema de la inclusión social atraviesa el debate, ya que los mecanismos de admisión tienen consecuencias sociales. Es necesario perfilar una política de admisión clara y explícita acorde con el sentido social de la UNAM, en la que tengan cabida los mejores estudiantes pero que no se cierre únicamente a los sectores más privilegiados, para ello, se pueden pensar en mecanismos que incorporen a estudiantes capaces que provienen de sectores sociales más desfavorecidos. Se requiere pensar en la pertinencia y viabilidad de procesos de admisión distintos, por ejemplo, por etapas o específicos para cada carrera y que se reconozca la trayectoria académica previa.

El examen de ingreso también tiene que revisarse, en términos de su contenido, de su validez predictiva en el desempeño académico futuro, pero sobre todo, en función del tipo de estudiante que se busca. Pensar en la viabilidad de instrumentos alternos y paralelos. Hay experiencias nacionales e internacionales que pueden ser referentes para la discusión, que con voluntad, imaginación y cautela puedan adaptarse a una demanda masiva y abrir el camino hacia un proceso más justo.

Carlota Guzmán Gómez es investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM en Cuernavaca, Morelos.


1 Cálculo tomando en cuenta que el total de aceptados en los dos periodos (febrero y junio)  fue de 16,958 y que se estima que 35,000 ingresarán por medio del pase reglamentado
2 Para el concurso de selección 2016-2017 se presentaron en el primer examen de febrero 136 388 aspirantes y fueron aceptados 12 197 lo que equivale al 8.94%, en el segundo examen de junio se presentaron 64 291 aspirantes y fueron aceptados 4 761  que corresponde a 7.99%, según datos de la Dirección General de Administración Escolar de la UNAM asentados aquí y aquí.