En septiembre se cumplirán ciento tres años del nacimiento de Paulo Reglus Neves Freire, conocido en el mundo de la pedagogía como Paulo Freire. Nacido el 19 de septiembre de 1921 en Recife, capital del estado brasileño de Pernambuco, este pensador sostuvo que el proceso educativo es —a un tiempo— una práctica epistemológica, teórica, metodológica y didáctica, pero también antropológica, ética, axiológica y política. En vista de que en estos días sus ideas son invocadas frecuentemente en debates sobre la educación en México, me gustaría hacer una breve revisión de su pensamiento, que es bastante más sofisticado y profundo de lo que algunos entre quienes lo citan parecen pensar.
Freire fue el hijo menor de un policía y una ama de casa. Su padre murió cuando tenía sólo 13 años. En algunas de sus obras, Freire recuerda el tiempo en que vivió la pobreza y experimentó el hambre. Como estudiante, pasó con dificultad los exámenes en la escuela secundaria. Sin embargo, a los veinte años ya había leído los clásicos de la lengua portuguesa, lo que le sería útil después en su labor docente. En una entrevista publicada en 1996 afirmó: “Me volví profesor mientras era alumno. Y me fue gustando ser alumno, me fue gustando ejercer mi curiosidad […] me fue gustando aprender y, de esa forma, descubrir también el gusto por enseñar”.
Muchos reconocen a Freire como educador, pero pocos saben que fue abogado de profesión. Son menos los que tienen conocimiento de que renunció a la jurisprudencia sin haberla ejercido, pues fue incapaz de embargar a un joven dentista que no había pagado sus deudas. La influencia de su primera esposa, Elza Maria Costa Oliveira, resultó fundamental para acercar a Paulo a la realidad educativa. Con esta profesora, con quien se casó a los 22 años, procreó cinco hijos. En 1988 contrajo segundas nupcias con Ana María Araujo, o Nita, como le diría cariñosamente. Profesora, investigadora e interlocutora, Nita también tendría una notable influencia en Freire en la última década de su vida.
De aquella renuncia a la abogacía y de su aproximación amorosa a la docencia, emergió un pensador que hoy es reconocido como filósofo, pedagogo, político, humanista y educador de los oprimidos. Sus ideas han sido tan influyentes que su nombre ha quedado indeleblemente asociado a un método de alfabetización y un movimiento de educación popular que se conocería después como pedagogía de la liberación.
Esta pedagogía es un enfoque educativo y filosófico que se originó en América Latina. A diferencia de otras escuelas de pensamiento, que buscan moldear a los alumnos para que se adapten al órden social existente y enfatiza la preparación para el mercado laboral, la pedagogía de la liberación se caracteriza por buscar transformar ese órden social y promover la justicia y equidad. Su praxis se centra en el desarrollo de la conciencia crítica en los estudiantes, al fomentar la reflexión sobre las estructuras sociales y económicas que perpetuan la opresión. Asimismo, aboga por un proceso educativo basado en el diálogo horizontal entre educadores y educandos y se pronuncia por la construcción colectiva del conocimiento. También reconoce la importancia de contextualizar la educación, relacionándola con la realidad social y cultural de los estudiantes.
La pedagogía de la liberación,en fin, busca atender problemas concretos que afectan a las comunidades locales, entendiendo la educación como factor para cuestionar y superar las estructuras opresivas. Para Freire, dicha transformación sólo será posible si se integra teoría y práctica en el proceso educativo; es decir, si existe una praxis educativa que considere la reflexión crítica y la acción transformadora como elementos inseparables en la construcción del conocimiento y la participación social.
¿Cómo definir el legado de Freire? Freire ha sido idealizado, demonizado, mistificado, incomprendido y también criticado. Odiado y admirado, cuestionado y aplaudido, Freire ha sido llamado culturalista, alfabetizador político, pensador radical e inspirador “de toda una corriente de pensadores críticos”. A la par, ha sido motejado de apolítico, idealista, utopista e ideólogo. Su pensamiento ha sido incluso señalado por algunos autores de complejo e incomprensible, obsoleto e ingenuo. Muchos le niegan originalidad, insistiendo que sus principales ideas provienen de autores anteriores; otros afirman que su pensamiento es anquilosado. Sus seguidores lo consideran un autor de importancia histórico-mundial; sus críticos, un escritor menor terriblemente sobrevalorado.
La diversidad de juicios contradictorios sobre Freire se extiende a las interpretaciones sobre la relación entre su obra y su tiempo. Para unos, como nos recuerda el sociólogo vasco José Ramón Flecha, sus planteamientos representaron una moda, atada irremediablemente al contexto ideológico de mediados del siglo pasado, cuando prevalecía el conflicto entre capitalismo y comunismo. Este Freire es un producto del momento histórico de la posguerra: la época cuando surgieron los movimientos nacionalistas generados por la descolonización y varios países pusieron en marcha políticas de bienestar social, muchas de ellas educativas.
Por el contrario, otros estudiosos de su obra reconocen en Freire a un intelectual comprometido con los movimientos de liberación latinoamericanos: las luchas anticoloniales, anticlasistas, por la igualdad étnica y de género, tales como el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra en Brasil y el movimiento indígena ecuatoriano. Algunos incluso han vinculado al movimiento zapatista de Chiapas con su pensamiento. Donde otros ven una moda pasajera de la posguerra, estos lectores están convencidos de que Freire enunció el rol del docente emancipador en Latinoamérica: una figura tan arraigada que a veces se nos olvida que hubo un momento en el que era una innovación.
De allí que muchos estudiosos de la educación piensen que el brasileño constituye el “gran referente de una educación como práctica de la libertad”.

Los aportes pedagógicos de Freire
Más allá de los adjetivos, resulta innegable que Freire fundó “una nueva corriente del pensamiento educacional brasileño y […] de la historia general de las ideas pedagógicas”.1 Pero resulta igualmente innegable que el éxito de la empresa intelectual de Freire trajo consigo que algunos de sus estudiosos le atribuyan ideas que habían sido ya trabajadas por otros autores. Como el investigador brasileño José Eustáquio Romão ha mostrado, Freire recogió y matizó planteamientos de otros pensadores: “Aprendía y aplicaba extensamente terminologías y conceptos elaborados por otros”. Romão apuntó incluso que las innovaciones freireanas no lo eran en tanto en el contenido de su pensamiento, sino en su forma; es decir, no se presentaban como ideas inéditas, sino como ideas esclarecedoras, debido a que habían sido pensadas y comunicadas de otra forma.
Freire constituye un referente inevitable a la hora de abordar distintos temas: pedagogía latinoamericana, educación popular, alfabetización, comunicación educativa, currículo, teoría crítica, formación docente, práctica educativa, sociología de la educación, izquierda educacional, teología, filosofía y pedagogía de la liberación. Empero, si bien este autor no acuñó algunos términos que se le atribuyen, sí acogió conceptos de distintos autores y disciplinas que fueron matizados, depurados y profundizados por él. De lo que no queda duda, eso sí, es que fue Freire quien les dio resonancia internacional e impulsó, en el tratamiento de los problemas educativos, una mirada multidisciplinaria. Más que un innovador de ideas sin precedente fue un extraordinario divulgador que encontró el lenguaje para comunicar una serie de conceptos novedosos a un público muy amplio, así como para desarrollar un método para poner esas ideas en práctica.
En este punto, concuerdo con el investigador Carlos Alberto Torres en que “hoy, en pedagogía, se puede estar con Freire o contra Freire, pero no sin Freire. Discípulos, seguidores, amigos y estudiosos sostienen que no basta con celebrar su obra o repetir sus palabras: se trata de reinventarlo. Lamentablemente, en ese esfuerzo se corre el riesgo de tergiversar su pensamiento, utilizando frases entresacadas de su obra sin una contextualización, explicación y argumentación de por medio. Peor aún: siempre está el peligro de emplear estas citas sacadas de contexto para justificar posturas ideológicas mediante falacias y falsedades. Un ejemplo de esta mala apropiación de Freire tiene que ver con la deformación de su discurso. Las categorías que utilizó, sacadas de contexto, pueden servir para alterar la percepción de quienes se aproximan a su obra, desfigurar su propuesta pedagógica y, en consecuencia, distorsionar su visión de la educación. Así, por ejemplo, es posible valerse de una mala lectura de Freire para justificar un programa educativo que, más que buscar la liberación de los alumnos, pretende adoctrinarlos.
Y es que Freire nunca concibió a la educación como una herramienta para crear una hegemonía ideológica, sino como un instrumento de liberación. A pesar de lo que se ha dicho, el brasileño nunca fue estrictamente comunista, aunque es cierto que sus distintas influencias (existencialismo, personalismo, marxismo y cristianismo) lo hicieron partidario del socialismo democrático. Junto con Ivan Illich (1926-2002), criticó la escuela tradicional, a la que consideraba un instrumento de reproducción del capitalismo y de órdenes sociales injustos. No obstante —a diferencia de Illich— quien abogaba por la desaparición de la escuela, Paulo sugirió su transformación radical. Así, frente a una educación bancaria —también llamada por él domesticadora, acrítica, burguesa, ingenua— de la resignación, la desesperanza y autoritaria, Freire propuso una educación libertaria, crítica, al servicio de las clases oprimidas, democrática y problematizadora. Una pedagogía de la pregunta y la tolerancia; de la indignación y la esperanza. El izquierdismo de Freire, entonces, es todo menos ortodoxo: en su obra se siente la influencia de Marx, sí, pero también de Célestin Freinet, Erich Fromm, John Dewey, Carl Rogers, Francisco Ferrer Guardia, Antón Makarenko y Lev Vygotsky, entre otros muchos.
El resultado de esta combinación sui generis de influencias es que Freire, más que ocuparse por diversificar los modos de adquirir conocimientos en los estudiantes, buscó que los educandos se tornaran más conscientes, asumiendo su rol como sujetos (y no meros objetos) de la historia. Si en un primer momento dirigió su atención a las personas analfabetas de su país, fue porque éstas no votaban y porque un 90 % de ellas se dedicaban al campo. Para intentar remediar esta situación, Freire creó círculos de cultura, impulsó programas para enseñar a leer y escribir y asesoró a gobiernos latinoamericanos y africanos.
En el camino, padeció el exilio, trabajó en Ginebra y Harvard, viajó por Oceanía y Asía y defendió la educación pública como secretario de educación en São Paulo. Fue en esa capacidad oficial que Freire decidió otorgarle autonomía a las escuelas públicas de Brasil y entregarlas a las comunidades. Las razones de esta decisión no son difíciles de adivinar: su pedagogía parte de la convicción de que la educación no puede ser defensora de la repetición y la memorización, menos impulsora de la pasividad, la obediencia y la sumisión, y esto significa —entre otras cosas— que las escuelas se deben no al Estado, sino a la gente. La educación criticada por Freire concibe el conocimiento como una transferencia que pasa del maestro al alumno en un aula separada del mundo. En lugar de esta educación expositiva e impositiva, a la que calificó de antidemocrática, manipuladora y domesticadora, propuso una educación reflexiva, crítica y democrática, que favoreciera el acto de preguntar y la libertad de disentir. Con todo, decía Freire, “uno debe ser crítico dentro del sistema”. No es casual que el pensador haya buscado la liberación mediante libros de pedagogía en lugar de a través de las armas.
Freire en México
En el México de nuestros días, las aportaciones de Freire han sido retomadas por legos y eruditos. Más recientemente, la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador se ha valido de ellas para “fundamentar” el proyecto de la Nueva escuela mexicana (NEM). Por ejemplo: el diputado local sinaloense José Manuel Luque —miembro de la bancada del partido oficial Morena— afirmó que Freire es “el padrino” de esta propuesta educativa.
Es cierto que encontramos en la NEM atisbos del pensamiento freireano, particularmente cuando sus textos fundacionales hablan del “enfoque crítico” en la educación y del proyecto de transformación social. Del mismo modo, las ideas de Freire se dejan ver en algunos rasgos del perfil de egreso de la NEM, así como en sus principios y ejes articulares. Ejemplos de esto es la importancia que el proyecto educativo de la “Cuarta transformación” le concede al acercamiento a las diversas culturas en el proceso de enseñanza de lectoescritura, así como su énfasis en el “humanismo”, en el vínculo entre la escuela y la comunidad. Hay algo de Freire, también, en la noción que la “lectura de la realidad” —un concepto freireriano en el que la construcción de una idea del mundo no sólo es una cuestión gnoseológica sino también política— y la contextualización de los conocimientos pueden servir como puentes entre los “programas sintéticos” (cuyos contenidos son iguales a lo largo y ancho del país) a los “programas analíticos” (cuyos contenidos quedan a juicio de los colectivos docentes en los Consejos Técnicos Escolares, quienes en teoría deben incorporar temas locales y regionales que respondan a las necesidades específicas de su alumnado).
Para el presente ciclo escolar, la SEP publicó el texto Un libro sin recetas, para la maestra y el maestro, elaborado por la Dirección General de Materiales Educativos. El título está inspirado en una obra de Freire. En la presentación, éste y otros materiales estatales hablan de Freire y de su lucha por la justicia social. Contienen glosas de la liberación de los marginados, de la inexistencia de neutralidad en el proceso educativo y del docente entendido no como mero ejecutor de programas educativos, sino como un profesional con autonomía, capaz de aterrizar el currículo nacional en las condiciones específicas de su práctica. Los materiales que la SEP ha distribuido a los maestros de México en años recientes también recogen la noción freireriana de que la educación es un acto revolucionario. Pero, ¿qué revolución se pretende impulsar en y desde la educación mexicana? La SEP no lo precisa.
Paulo Freire construyó una filosofía de la educación que concibe al ser humano como una presencia en el mundo natural y cultural: un ser-en-el-mundo que decide, opta, conoce, valora, juzga; un ser consciente de su inconclusión y, por ello mismo, un ser llamado a ser. Se trata, también, de un ser temporal e histórico, un ser que está siendo. Desde esta perspectiva, si bien el ser humano recibe una herencia biológica, también recibe una herencia cultural a través de la educación. Pero una educación que no promueve la duda, la investigación, la reflexión y la crítica, no educa verdaderamente. La educación que no problematiza ni cuestiona termina por adormecer la inteligencia para luego aniquilarla.
Esta concepción existencialista del ser humano llevó a Freire a cuestionar la relación asimétrica entre educador y educando. Bajo su óptica, el primero no es simplemente un sujeto activo, dueño del saber; el segundo tampoco es un ser pasivo o un recipiente que debe ser llenado por el conocimiento que en él se deposita. Para Freire, la educación es un quehacer vital, humanizador, y el conocimiento un proceso incesante de búsqueda que se opone al dogma. Así, debe promover el asombro y la curiosidad; basarse en el diálogo, la comunicación, el respeto y la tolerancia; y concebir el aprendizaje como proceso permanente de comprensión y apropiación de la realidad que llevan a cabo educador y educandos.
La filosofía de la educación de Freire, entonces, es al mismo tiempo original e histórica, porque surgió de los problemas derivados de un contexto determinado: la realidad brasileña de los años cincuenta. Es también auténtica, porque buscó ilustrar la realidad educativa de su país, explicar los problemas educativos de su tiempo y ponerles fin. Es comprensiva, porque subraya el vínculo que tiene el proceso educativo con procesos sociales, económicos, políticos, culturales e ideológicos. Es teórica, porque implica una reflexión que busca clarificar sus nociones e identificar sus supuestos. Pero es igualmente práctica, porque concibe la educación como proceso permanente y fuerza de cambio, y porque ofrece un método concreto para aplicar sus ideas en el mundo real.
Todo esto quiere decir que el legado pedagógico de Freire depende de un marco teórico que, al descontextualizarlo, se pulveriza. Leer a este pensador sin tomar en cuenta su momento histórico y sin entender su relación con pensadores que influyeron en él no le hace justicia a su obra. Es por esto por lo que, más que una reinvención de Freire, lo que este régimen, a través de la SEP, nos presenta con la NEM es una apropiación acrítica de sus ideas: apela a la autoridad que este pensador representa para justificar medidas con las que él seguramente no hubiera estado del todo de acuerdo.
Esto resulta preocupante: si bien Freire murió en 1997, su actualidad es indiscutible. Es por ello por lo que debemos mantener abierta la posibilidad de profundizar el estudio de su pensamiento, no para repetirlo, sino para reinventarlo. Pero para ello es necesario resistir la tentación de caer en una simplificación descontextualizada de la pedagogía de la liberación.
Germán Iván Martínez-Gómez
Subdirector Académico de la Escuela Normal de Tenancingo, Estado de México.
1 Tremillo González, Luis Francisco, La educación dialógica de Paulo Freire. Fundamentos pedagógicos: un método para la transformación social, México, Universidad Pedagógica de Durango, 2011, p. 8.
Consiste que continuamos dando una calificación numérica, cuando está pedagogía liberadora invit a observar el proceso, y retroalimentar lo que falta por aprender, para lograr Joves críticos, reflexivos, analíticos, con valores y además fundamente sus resultados, seres que se vuelvan preguntones del porque y el para que;hoy comprendo la importancia de esta pedagogía liberadora