El 14 de marzo de 2020 la prensa nacional publicó tres noticias: un llamado a cerrar filas ante una emergencia financiera —descartada tajantemente apenas días antes— la nominación de un vocero único para comunicar la posición oficial del gobierno sobre la epidemia viral Covid-19 y el adelanto del receso de Semana Santa en el sistema educativo nacional. Preocupa que la cuarentena escolar aparezca disfrazada de vacaciones. Inquieta la yuxtaposición de las medidas, aunque, en sí misma, cada una tenga su racionalidad. Deja sospechar desacuerdos sobre cómo definir las prioridades de la lucha contra la pandemia y neutralizar sus costos, que desde luego no serán sólo financieros. Pone en duda la suficiencia de los medios movilizados y la conexión de las acciones implementadas con el diagnóstico científico sobre los grupos de y en riesgo.
Es la segunda vez en una década que México enfrenta una emergencia sanitaria. En cada ocasión, lo ha hecho en circunstancias diferentes. En ambas fechas, las calles se vaciaron y las instituciones escolares cerraron. No obstante, en 2009-2010, por haber sido el país el lugar originario de la cepa infecciosa, la población no transitó por el angustioso compás de espera de ahora mientras el virus se expande en otras latitudes.
Por descorazonador que sea ese tiempo suspendido, la remisión que ofrece debería ser utilizada para reforzar la prevención. Al respecto, un primer asunto que merece reflexión es el de la información, de su veracidad y de su circulación. Si bien las autoridades de salud emitieron recomendaciones para restringir la contaminación interpersonal y sugirieron el inmediato aislamiento de los casos sospechosos, las redes sociales están repletas de los más estrafalarios remedios y de desbocadas teorías del complot. Es necesario prevenir con decisión esa desinformación y la propagación de un pensamiento mágico que sólo perturbará a una sociedad de por sí fragilizada o señalará a la vindicta colectiva chivos expiatorios.
También es indispensable definir medidas focalizadas de atención, orientadas a los grupos más vulnerables y a los más expuestos, tanto para detectar a las personas que requieren supervisión médica como para evitar la proliferación de la enfermedad.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Es urgente analizar los errores y los resultados de países que ya fueron golpeados por el Covid-19: Italia o España versus Singapur o Taiwán. Los primeros le apostaron a la remediación de una epidemia cuya expansión superó las previsiones; los otros a un confinamiento temprano de la población, a un cierre rápido de las fronteras y a una detección inmediata, en los aeropuertos, de los viajeros susceptibles de haber sido contaminados. Costos y logros están a la vista. Aunque ninguna práctica, negativa o positiva, puede trasladarse sin más a otro país las preguntas son: ¿México tiene interés en aprender de ellas? ¿Cuenta con los insumos necesarios para hacerlo? ¿Ha convocado grupos sólidos de investigación en salud que reúnan a médicos, psicólogos, sociólogos y economistas para elaborar escenarios de riesgo y rutas de salida?
Otro tema preocupante es el de las contradicciones —a escala nacional— entre instancias de gobierno, instituciones y otros organismos, que minan su credibilidad. Mientras las universidades instan a los estudiantes a no acudir a las aulas, las salas de espectáculo no cancelan sus eventos masivos ni reducen su aforo. Kidzania cerró y Vive Latino bailó. ¿Cómo reaccionan los ciudadanos ante señales tan incongruentes? ¿Cómo se hacen de datos fidedignos para asumir comportamientos responsables? ¿En quiénes confían, ahora y después?
Eso me lleva de nueva cuenta al tema de la prevención. La situación es grave. Para evitar que se vuelva catastrófica, como ya ocurrió en países con, aparentemente, una mayor solidez institucional y organizacional que México, los protocolos, oficios y semáforos de alerta son útiles…, pero no bastan. A la mera hora, estarán en primera línea los médicos y demás integrantes del sector salud. Combatirán la enfermedad con recursos materiales probablemente insuficientes ante la magnitud de las urgencias. Sobre la marcha y solos con su conciencia, tendrán que tomar decisiones dolorosas, en entornos de alta presión. En Italia, cuando los hospitales llegaron al borde del colapso, dieron atención prioritaria a los enfermos con mayores oportunidades de sobrevivencia. Ese escenario debería llevar a buscar anticipadamente cómo optimizar la titánica labor médica que se avecina y atenuar las repercusiones negativas del Covid-19 en los ámbitos sociales, políticos y económicos.
Para ella, será importante valorar adecuadamente el papel de organismos auxiliares para que aconsejen a la población y apuntalen los trabajos de prevención y detección. En México, un reto es aunar fuerzas para minimizar la incertidumbre respecto de la enfermedad en sí y de las capacidades de contención brindadas por un sistema deteriorado de salud pública. Escuelas, universidades y centros de investigación, además de promulgar medidas para proteger a su personal y a sus alumnos, conforme a un principio de precaución, sensibilizaron a los niños y sus familias. Les explicaron, por ejemplo, que el alargamiento súbito de las vacaciones escolares no es para viajar o socializar, sino para protegerse y proteger a los demás del contagio, evitando los contactos físicos y las aglomeraciones de gente. Los investigadores en áreas ad hoc están participando en el levantamiento y estudio de muestras en la población. Los especialistas, académicos y clínicos, en epidemiología y otras disciplinas, documentan, reiteradamente y en forma racional, el ciclo de la enfermedad, los mecanismos de detección y los vectores de transmisión.
Esos ejemplos muestran que México dispone de dispositivos de mediación que, en colaboración con instituciones con autoridad moral e intelectual, son susceptibles de fungir como entidades de estabilización para aliviar una angustia social, profunda y creciente. No nos contentemos entonces con cerrar los espacios educativos. Aprovechemos los recursos y la disposición de organizaciones e individuos para colaborar en el manejo de un problema sanitario que, por sus dimensiones y complejidad, es susceptible de generar una crisis de sociedad.
Hace más de cuatro décadas leí “El húsar en el tejado”, de Jean Giono. Esa descripción, novelada pero muy vívida, del auto confinamiento de los pueblos para sustraerse al cólera, del odio a los extraños, siempre culpables de lo incomprensible, y de la desigualdad ante la muerte me impresionó. Olvidé la historia de amor entre los héroes, pero no sus tribulaciones. Recientemente, en Ixcatepec, Morelos, me las recordó una placa que conmemora la edificación en el siglo XVIII de una preciosa capilla expiatoria por pobladores alelados, agobiados y acongojados (palabras más, palabras menos) por fiebres mortíferas, en un afán desesperado por obtener el amparo divino.
Pero estamos en el año 2020 y el Covid-19 no es una plaga bíblica. No nos dejemos abrumar por pánicos ancestrales y rumores alarmistas. Procuremos sacar partido de los avances científicos y de la solidaridad expresada por quienes manifestaron su voluntad de intervenir para resolver el problema, desde sus diversos nichos de profesionalización. Exijamos intervenciones articuladas ante una “peste” anunciada, cuyos efectos temidos están obsesivamente en boca de todos, pero cuya reducción depende de operativos sanitarios y sociales adaptados a las situaciones demográficas, profesionales y económicas, y a los desplazamientos de distintos grupos sensibles, sean víctimas, portadores o transmisores potenciales del Covid-19. La cuarentena escolar es uno de esos operativos, no es panacea. El gobierno cuenta hoy con expertos, instrumentos preventivos y recursos cognitivos considerables para diseñar estrategias efectivas de contención. Instituciones de educación superior, tales el Cinvestav, organizaron grupos multidisciplinarios de especialistas. Esperemos que influyan en una toma de decisiones hasta ahora bastante errática.
Al 17 de marzo, los 102 países que suspendieron clases tienen que lidiar con las disrupciones en los ciclos de aprendizaje, con las desigualdades en las capacidades de incorporar alta tecnología para impartir cursos en línea y con cuestiones peri-escolares que no son nimias. Entre las de resonancia para México, destacan: ¿quiénes cuidan a los niños?, y ¿en qué medida la no asistencia a los establecimientos escolares incrementa la deserción entre los niños y jóvenes más vulnerables? Cada país tuvo, además, que hacerse cargo de las consecuencias de su particular estilo de gestión de la crisis global de salud. Las autoridades sanitarias, en México, corrigen recurrentemente las fechas estimadas para el pico de la epidemia. Actualmente, esas coinciden casi con la del regreso a clases. ¿No es eso preocupante, en términos de coordinación intersecretarial y, sobre todo, de prolongación del cierre de las instituciones escolares?
Sylvie Didou Aupetit
Investigadora del Departamento de Investigaciones Educativas (DIE) del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav-IPN).