Después de leer el artículo “La escuela privada en riesgo”, publicado en este mismo espacio hace unos meses, acabé de darme cuenta de la magnitud en que ha cambiado el mundo de la educación infantil en México, en gran medida a causa de la pandemia de coronavirus, y, sobre todo, de los enormes retos que tenemos por delante. Igualmente, reflexioné que toca hacer cosas nuevas, distintas; nada menos que inventar, construir métodos, soluciones de educación a distancia en el nivel básico. Un terreno básicamente inexplorado en esta magnitud, si tenemos en cuenta que el confinamiento tiene menos de un año de haber hecho acto de presencia. ¿Cómo se ve el panorama para llevar adelante semejante empresa? Lo que sigue es una serie de reflexiones que tienen como hilo conductor lo que muy probablemente sucederá en el sistema educativo nacional, sobre todo privado, en el corto y mediano plazos.
Sobre la distinción que hace el artículo referido entre educación pública y privada, es preciso reparar en un dato esencial: las escuelas públicas recibirán muchos nuevos alumnas y alumnos (podrían ser decenas de miles en los próximos meses). Esto es, los “desplazados” de las escuelas privadas por el covid-19 migrarán al sistema público (algunos ya lo hicieron); la mayoría de ellos obligados por una situación económica que se ha tornado muy adversa en los últimos meses. Ello sin considerar a las familias que preferirán mantener a sus niñas y niños en casa, pues no les alcanza para pagar una colegiatura, pero tampoco quieren ingresar a sus hijas e hijos al sistema público. Cada niña o niño que migre o se quede en casa será uno menos en las escuelas privadas. Como resulta lógico, algunas escuelas privadas no soportarán la crisis. Esto ya es un hecho en no pocas instituciones privadas en muchos países del mundo.

Ilustración: Patricio Betteo
Cuando conjugo el estado de cosas actual con mi certeza de que el sistema de educación pública no había tenido tantos problemas como los actuales, me doy cuenta de la magra perspectiva de futuro para millones de niños, pues vivir en uno de los peores sistemas educativos mexicanos —del que tengo memoria— tendrá enormes consecuencias. Desde luego, vale la pena señalar que existen muchos ejemplos admirables en escuelas públicas que llevan a cabo un trabajo notable, profesional y digno, el cual no tiene nada que envidiar a sus pares del sector privado. Pero esas, me parece, son las excepciones. La crisis que ha vivido el sistema de educación pública obedece, sobre todo, a la masificación de la educación y en alguna medida a los niveles de corrupción de sus estructuras. Si ese “sistema”, además, tiene que “inventar” prácticamente de la nada otro sistema, el de educación a distancia, seguro experimentará situaciones que no está preparado para enfrentar, mucho menos solucionar.
La organización interna del gremio docente y las estructuras políticas con las que colaboran no atinan a resolver muchos y muy evidentes problemas, entre ellos: programas de formación caducos; pobre capacitación y actualización docente; seguimiento excesivamente burocrático y, para no extenderme más, pobre detección e insuficiente atención de necesidades en infraestructura. Sobra decir, quizás, que es imposible que el sindicato —los sindicatos, mejor dicho— y la SEP cambien súbitamente. No faltarán algunos seguidores del nuevo régimen presidencial u optimistas sobre este gobierno que arguyan que ese estado de cosas ya cambió. Hay tantas señales de que las cosas no han cambiado en la educación mexicana que no sabría por dónde empezar, pero los sindicatos y algunas de las políticas actuales de la SEP serían un buen comienzo.
Considérese —para dimensionar la gravedad de la situación— que hace 100 años, una década después de concluido el porfiriato, el analfabetismo era de aproximadamente 72%; ahora es menor al 10%.). En 1920 había menos de 15 millones de mexicanos y actualmente somos alrededor de 120 millones de habitantes. Dicho sea de paso, no había realmente un sistema de educación pública como tal antes de la Revolución. Un siglo después, existen más de 21 millones de niños y adolescentes tempranos atendidos por la SEP. Ese es el contexto macro. Para quienes trabajamos en el sector privado, dicho contexto toca nuestras vidas tangencialmente, ya que nuestra vida profesional cotidiana no depende directamente del sector público. No es nuestra realidad inmediata, pero nos afecta, más o menos según el caso.
De todo lo anterior se desprende que lo que pase con la educación pública en lo inmediato será determinante para el curso que tomará la educación privada, también en lo inmediato. Y, por cierto, se puede decir también lo contrario: de cómo reaccione el sector privado dependerá el nivel de presión sobre la educación pública. Presión directamente proporcional a la cantidad de niñas y niños en escuelas privadas que migre a escuelas públicas.
Tratando de darle sentido al panorama general y haciendo el esfuerzo de ponderar lo que está a la vuelta de la esquina, la verdad es que las perspectivas no son nada alentadoras. ¿Es posible prepararse para lo que viene?
No se puede anticipar cómo se moverá la correlación, no sólo entre escuelas públicas y privadas, sino respecto a casi nada. En todo caso, y asumiendo que la educación privada no puede desaparecer, muchas escuelas privadas sobrevivirán a esta crisis y algunas incluso saldrán fortalecidas. Aquellas que aprovechen la coyuntura para innovar, integrar nuevos servicios, liderar el proceso de cambio en el sector educativo hacia nuevos modelos de educación a distancia. Muy probablemente, la constante en el futuro será un sistema mixto: presencial y a distancia a la vez, incluso para niños de preescolar y primaria. Lo que hay que preguntarse, entonces, es lo siguiente: ¿Qué están haciendo esas escuelas ahora mismo? Una verdadera respuesta a esta pregunta requiere de otros espacios y de análisis mucho más detenidos que el que puedo dar aquí, pero es de capital importancia darle contenidos lo antes posible para orientar a muchas otras escuelas que “se instalarán” en la crisis, que sobrevivirán como puedan, sin atinar a resolver el reto actual, con los consecuentes resultados sobre el aprendizaje de su alumnado.
En este momento, nadie puede decir con certidumbre cómo y en qué medida será afectado el mercado de las escuelas privadas (más allá de saber que el sector está en crisis y que no pocas tendrán que cerrar). En todo caso, es un error asumir que todo irá para mal en el sector privado (además de inútil).
La situación actual me llevó a recordar años de visitar comunidades rurales. Me tocaba, como consultor externo, evaluar programas de educación preescolar, y algunas veces inicial, primaria y hasta secundaria. Si algo aprendí visitando esas comunidades es que lo que arriba los gobiernos se robaban o dedicaban a otras cosas, se refleja directamente en las penosas condiciones reales en las que viven y funcionan las escuelas de esas comunidades. Como botón de muestra, baste señalar que el último secretario de educación durante el sexenio de Peña Nieto, Aurelio Nuño, utilizó, en sólo un año de ejercicio (2017), casi 2000 millones de pesos del presupuesto educativo en publicitar su figura en un fallido intento por la candidatura del PRI. Ese mismo año —de “reforma educativa”— la SEP ejerció menos de 1000 millones en la capacitación del personal docente nacional, habiendo presupuestado casi 2000.
No se trata de volver a echarle toda la culpa al gobierno. A muchos nos pasa por la cabeza con cierta frecuencia, pero es demasiado fácil y, en todo caso, resulta estéril si queremos incidir sobre la educación de las niñas y los niños de este país. Así que, en esta “nueva normalidad” y a juzgar por lo que se ha podido ver en los últimos meses, la tarea inmediata de la SEP se percibe cuesta arriba. No parece haber liderazgo, ni ideas claras.
La crisis de la educación privada, por su parte, que es el meollo del artículo antes citado, es particular y evidentemente relevante para todos los que trabajamos en escuelas privadas. Como ya expresé, no todo se vendrá abajo, pues muchas escuelas privadas sobrevivirán. La historia demuestra que, en éste como en otros ámbitos, quienes enfrentan los tiempos difíciles con decisión e inventiva terminan saliendo adelante.
Viene una etapa muy compleja para las escuelas privadas, para todas. ¿Qué plataformas elegirán? ¿Cuánto las explotarán? ¿Quiénes elegirán desarrollar sus propias plataformas? ¿Se formarán alianzas de escuelas privadas en este ámbito? Esto último sería lo más sensato, pero, ¿están preparadas las escuelas privadas para colaborar a ese nivel? ¿Recibirán incentivos del gobierno? Aunque esta última pregunta parece un tanto ociosa después de estos meses en donde ya se vio la ausencia del apoyo gubernamental a este sector. El sector público podría beneficiarse ampliamente de lo que un puñado de escuelas sí están haciendo en pos de desarrollar plataformas sensibles a las necesidades, posibilidades y potenciales de los niños. ¿Cómo se gestionará la relación escuelas/padres? En mi opinión, este es uno de los componentes que más señaladamente requieren un cambio. ¿Estamos preparándonos para incorporar a mamás y papás, para recoger sus opiniones y críticas? Al mismo tiempo que se abordan todos esos retos, tendrá lugar un incremento desmedido de la demanda de lugares en escuelas públicas. Será interesante ver cómo se forman nuevos liderazgos pedagógicos y cómo se expresan y materializan miles de esfuerzos en cada escuela privada y en cada escuela pública. Se repite a menudo que la educación a distancia “llegó para quedarse”. Es lo más probable, pero lo que realmente importa es la calidad de esa educación.
Estamos viviendo una etapa extraordinaria, crítica, inédita. Corresponde pues tomar conciencia de la misma lo antes posible, enfrentar lo mejor que podamos estos “tiempos difíciles” y alcanzar, a pesar de la pandemia, los resultados que las niñas y los niños de México merecen.
Javier Breña
Director de una escuela privada (maternal, preescolar y primaria) en Xalapa, Veracruz.
Como directora y administrativa de escuela primaria, pensé que la pandemia traería consigo crisis para nosotros, pensamos que tendríamos que dar un año sabático a la escuela, lo que implicaría pérdidas de trabajo para maestros, directivos, administrativos, etc.
Lo escencial es saber innovar y ver a la pandemia como un reto, como una oportunidad de crecimiento, fue lo que nos planteamos desde un principio.
En muchos años, estos ciclos escolares que terminaron y empezaron con una pandemia, han sido de los mejores que la escuela ha tenido en los últimos años. Superamos la cifra de alumnos provenientes de escuelas públicas, pues los padres quieren a sus hijos supervisados, con una educación casi personalizada, que hemos tenido la oportunidad de ofrecer. Los padres buscan poder estar en contacto todo el día con los profesores, también lo hemos logrado.
Hay incluso alumnos que iniciaron el ciclo en escuelas públicas y, al ver que no es lo que esperaban, regresaron o cambiaron totalmente a escuelas privadas.
«Yo veré cómo le hago, maestra, pero mi hija estudia aquí (en nuestra escuela, privada)»
En fin, a mi parecer, para nosotros esta oportunidad es histórica, hay que saber aprovecharla.
Hola Alexa me interesó mucho tu respuesta pues a lo mismo nosotros como preparatoria privada nos hemos enfrentado, sin embargo si hemos tenido muchos alumnos que no pueden continuar. Me gustaria escuchar un poco mas de como han estado trabajando. Nosotros estamos en el estado de Quintana Roo. Saludos cordiales