La reciente convocatoria para el rediseño de los libros de texto gratuitos de primaria, en marzo de 2021, detonó de nueva cuenta el persistente y periódico debate sobre estos importantísimos materiales educativos que significaron un brinco cualitativo fundamental para la educación nacional, laica y gratuita desde mitades del siglo pasado, con antecedes incluso anteriores. Es un debate que ya da por sentado el mérito intrínseco de los libros de texto gratuitos, pero sucede en el país con regularidad casi anual, en fechas cercanas al inicio del ciclo escolar y que tiende a centrarse en los libros de historia y en los de ciencias naturales alrededor de dos preguntas: ¿qué visión de la historia se da a las niñas y niños? y ¿cómo se imparte la educación sexual?

Ilustración: Kathia Recio
En esta ocasión la convocatoria ha sido fuertemente criticada por el procedimiento que propone y por la confusión en sus términos: ¿se trata de rediseñar los libros de texto? Una pensaría en los libros completos como unidad programática y didáctica de un grado escolar completo, pero la convocatoria, después de enumerar 18 categorías de participación que incluyen libros de diferentes grados y asignaturas, cuadernos de actividades, cuadernos de aprendizaje, el atlas de geografía, entre otros, menciona que los autores deberán capacitarse sobre la nueva escuela mexicana y conocer las categorías pedagógicas y las variables pedagógicas que la sustentan. Además, señala que los materiales didácticos deberán ser originales y que la autoría de reactivos educativos se reconocerá curricularmente, aparte de que las propuestas serán evaluadas con dictamen doble ciego, como se evalúan los artículos de los investigadores para su inclusión en revistas del más alto prestigio a nivel nacional e internacional.
Otra crítica fue la rapidez con la que se propuso llevar a cabo la tarea. La convocatoria se lanzó a fines de marzo y, para el 10 de mayo, se reporta que:
[…] la SEP rediseñó 234 materiales didácticos para 16 Libros de Texto Gratuitos (LTG) destinados a alumnos de tercero a sexto de primaria, aun cuando no se cuenta con los nuevos planes ni programas de estudio que prevé desarrollar la actual administración federal, de acuerdo con la reforma educativa de mayo de 2019, ni se estableció el objetivo pedagógico para su modificación.
No se trata de cuestionar la capacidad de los actores convocados, en particular de los maestros, quienes ciertamente son conocedores a fondo de las bondades o defectos de los libros que son su guía cotidiana de trabajo. El escaso tiempo previsto, la gran cantidad de participantes que se aceptaron, la opacidad con que se maneja la composición de los 12 equipos de trabajo, la previsión de un trabajo voluntario —incluso no remunerado— ponen en seria duda la posibilidad de llegar a un rediseño eficiente y de calidad.
Sin embargo, los debates rara vez se limitan a los procedimientos de elaboración de los textos. Una segunda dimensión que acompañó a esta convocatoria tiene que ver con la ideología que ineludiblemente acompaña con mayor o menor presencia cualquier texto —y en a particular los libros de texto— y que fue desatada por el presidente cuando la defendió diciendo “no vamos a seguir educando a los niños con esos textos ‘neoliberales’”.
El 11 de abril, un periódico registró la siguiente declaración del presidente sobre los cambios que han sufrido los libros de texto y la razón por la que fue necesario rediseñarlos. Otros periódicos confirmaron la noticia con la misma declaración textual:
[…] los teóricos de los oligarcas habían cambiado [los libros de texto] para que se olvidara la historia. Los que impusieron las llamadas políticas neoliberales le llamaban “el fin de la historia”. Decían ¿para qué vas a estar recordando a los héroes, a Hidalgo, a Morelos, a Juárez, a Zapata, al General Cárdenas? No, no, no, ya no. Cambiaron hasta los contenidos de los libros de texto, quitaron el civismo, quitaron la ética […].
El nuevo director de materiales educativos ya había mencionado en alguna declaración que los libros traen “carga política”, inquietando a los periodistas neófitos en cuestiones de libros de texto. Esta declaración y peticiones de periodistas me llevaron a revisar la historia de los libros de texto, por lo menos desde la generación de libros de la década de 1960.
Desafortunadamente, al asumir que los libros de texto no tienen más contenido que el “neoliberal” y que los héroes nacionales han desaparecido junto con los libros de historia, la frase del presidente podría generar confusión en la gente. Nada más lejos de la realidad. Aclaremos entonces: “El fin de la historia” es el título de un libro famoso de Francis Fukuyama publicado en 1992 —motivado por la Glasnost y la Perestroika soviéticas de la segunda mitad de la década de los ochenta—, un par de años después de la caída del muro de Berlín; en él, el autor sostiene que la democracia liberal triunfó en la lucha contra el comunismo y da por concluidas las contradicciones que explicaron durante mucho tiempo la evolución de la historia.
Con todo y las muchísimas críticas que recibió aquel texto, no creo que alguna de ellas sugiriera que se eliminaran a los héroes de los países —en el caso de México, a los que “nos dieron patria”— de los libros de texto gratuitos de historia que, por cierto, no han desaparecido en ninguna de las múltiples versiones que se han hecho, por generaciones, de los mismos: 1960, 1962, 1972, 1982, 1988, 1993, 2008, 2011, 2014 para los distintos grados. Ni los libros, ni los héroes. Si bien un correcto análisis de contenido descubre los cambios generacionales en la imagen que se pretende dar de ellos, no cabe duda de que todas y todos los mexicanos que cursaron mínimamente la primaria —los que tienen ahora más de 70 años y los que tienen 12— pueden afirmar que, a partir de tercer o cuarto grado de primaria, los libros de historia les permitieron conocer a esos héroes y heroínas y a muchos otros personajes que han construido nuestra historia. Será interesante saber qué materiales didácticos fueron los que se cambiaron entre esos 234 que se reportaron ya que la convocatoria incluyó los libros de historia de 4.º, 5.º y 6.º grados y los cuadernos de aprendizaje correspondientes.
Efectivamente, el civismo se quitó como materia específica en la reforma curricular propiciada por el expresidente Luis Echeverría, en el año 1973. Como parte de esa reforma, se consideró que el acceso al conocimiento y la enseñanza deberían dejar de ser memorísticos y el civismo se integró al enfoque multidisciplinario de las ciencias sociales. Por cierto, todas las asignaturas se integraron interdisciplinariamente por áreas: español, matemáticas, ciencias sociales y ciencias naturales. Como parte de los conocimientos en ciencias sociales, la asignatura de civismo perdió su espacio curricular, no así el civismo, aunque algunos, como yo, consideramos una enorme pérdida para la educación nacional el que no se hiciera el énfasis adecuado a la formación cívica de los mexicanos, incluyendo el conocimiento memorístico sobre nuestras leyes y los procedimientos para elaborarlas y cambiarlas.
En la reforma que propuso el expresidente Salinas de Gortari en 1993 —hace ya casi 30 años— se recuperó el lugar curricular de la enseñanza del civismo y de la ética, mismo que se ha conservado y mejorado en particular como parte de la enseñanza secundaria y media superior. La formación cívica y ética tiene un libro propio específico para cada grado desde el primero de primaria y se sostiene a todo lo largo del ciclo con esa presencia específica. La historia, por su parte, de conformidad con los avances pedagógicos del momento del desarrollo en que los niños empiezan a comprender la historia (el tiempo), empieza en 4.º, grado en el que, por cierto, se incluye un libro para conocer nuestra constitución.
Una riquísima posibilidad de conocimiento a fondo de los libros de texto lo ofrece el catálogo nacional en el que es posible, literalmente, ojear y hojear el contenido de todos y cada uno de los que han sido aprobados por la Conaliteg. Lo que es claro, después de revisar los cientos de títulos que ahora se incluyen en dicho catálogo, es que a lo largo de las décadas transcurridas del “libro de texto único” ha habido experiencias muy enriquecedoras para su elaboración. Las mejores recuperan la participación conjunta de los maestros y de los expertos en las disciplinas y en su enseñanza; la selección de los contenidos sin descuidar ni los avances de la ciencia, ni la pedagogía de cada disciplina, según el grado, la edad de los niños y la continuidad y profundización de la enseñanza en el transcurso del ahora ciclo básico; la integración del texto completo por grado; la consistencia entre el texto escrito y las ilustraciones, y tal vez lo más importante: los tiempos y espacios para la experimentación de la viabilidad de las actividades propuestas y de la eficiencia en la comprensión y el aprendizaje de los contenidos.
Por último, las motivaciones ideológicas y las prisas no son los mejores argumentos para rediseñar los libros de texto, más aún cuando no hay claridad ni en la reforma curricular, ni en los planes y programas que se propusieron cambiar.
María de Ibarrola
Investigadora del Departamento de Investigaciones Educativas (DIE) del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav-IPN).
Considero muy acertado este ensayo breve de la Dra. Ibarrola y amerita un libro completo al respecto.