¿Puede el mérito académico ser un ejercicio democrático?

A nivel mundial, la cuarta revolución industrial está transformando la educación superior y la oferta educativa. Los sistemas educativos deben responder, por un lado, a las necesidades y demandas de un mercado estudiantil cada vez más relacionado con la sociodigitalización de los bienes y servicios profesionales; por otro lado, a las tendencias de laxitud en los procesos formativos, y al rechazo de las nuevas generaciones por todo lo que es ‘difícil’.

En las visiones y posturas propias del mundo laboral, las borlas académicas, las habilidades socioprofesionales y las parentelas son los ejes de competición sobre los cuales se disputan espacios de desarrollo profesional cada vez más exiguos y menos estables. A su vez, estos espacios son cooptados mediante la asimetría del reconocimiento de las sociedades enclasantes y enclasadas del siglo XXI. De esta manera, conceptos como mérito y modelo meritocrático cobran relevancia en escenarios marcados por la competitividad laboral, tensados a su vez por la disparidad de oportunidades de acceso a la educación pública de calidad y por el consumismo educativo radical del sistema privado, al grado de replantearlos como mecanismos ad hoc para la elección y selección profesional.

Ilustración: Belén García Monroy

Vivimos en un mundo donde los grupos sociales se estructuran y determinan por el mérito de sus integrantes; tal mérito individual se otorga y se significa en la colectividad. En otras palabras, el mérito se somete al peso absoluto del valor que los “otros”  asignan a determinados criterios, tangibles e intangibles, de un individuo dispuesto a la evaluación y sumisión por el reconocimiento de su ser y quehacer como miembro activo de grupos o campos. El mérito, entonces, representa la condición valorativa de las cosas y los individuos; así como la representación y el peso que se le otorga en escenarios sociales en los que cobra sentido de pertenencia y pertinencia. Por consiguiente, el mérito se traduce en una acción meramente subjetiva de los más legitimados en el campo —por sus capitales culturales, escolares, pero sobre todo simbólicos y las posibilidades de ejercer violencia a través de estos— sobre los desprovistos pero ávidos de reconocimiento. Ante esta situación, ¿es el mérito el mecanismo adecuado de reconocimiento social y profesional para las sociedades del siglo XXI?

En el campo académico, el mérito entraña especial interés y relevancia: es la unidad valorativa que permite proveer, o no, reconocimiento a las instituciones de educación superior (IES), así como a sus docentes y estudiantes. Desde esta óptica, el mérito académico supone gran importancia en la educación superior (ES) a nivel internacional; abre las posibilidades de resarcir los preceptos de cantidad y fatuidad formativa por los de calidad y trascendencia; obliga procesos de mejora continua y abole zonas de confort ocasionadas por la mercantilización educativa y la masificación exponencial de las titulaciones académicas  –un gran problema derivado de la flexibilidad de los tiempos escolares y de la calidad de los planes de estudio que demandan la mayoría de los nuevos consumidores educativos.

Sin embargo, el mérito académico tiene el sesgo de la demarcación subjetiva de los sujetos legitimados sobre los desprovistos. Es decir, un sistema de criterios y ponderaciones para el reconocimiento del buen o mal ejercicio en la ES (docencia, investigación, vinculación y responsabilidad social, etcétera). Tal sistema deja de lado aspectos como el esfuerzo sobre el logro alcanzado y homogeneiza regímenes de evaluación autocráticos que muestran las asimetrías existentes entre los actores educativos, incentivando el talante individualista por obtener más de los recursos cada vez más limitados. Ante este contexto, ¿es posible que el mérito académico sea o pueda llegar a ser un ejercicio democrático en este nivel educativo?

En sí mismo, el mérito académico es desventaja y oportunidad. Es desventaja, por un lado, en la medida que no busca eliminar las jerarquías dentro del campo, sino estructurar los mecanismos de ascenso y descenso dentro de éste. Al hacerlo, abre la posibilidad de que los grupos de poder o élites académicas “hereden” o cedan los derechos que por antonomasia convienen a la parentela, y hace que un campo de acción ya restringido se vuelva un espacio cuasi impermeable para gran parte de los interesados en el sistema escalafonario sobre el que se asienta la meritocracia en las IES.

Por otro lado, es oportunidad porque posibilita ejercicios reflexivos para contrarrestar la situación que atraviesa la educación superior a nivel internacional —masificación y credencialismo académico, así como mercantilización educativa— misma que, en cierta medida, está ahogando la calidad y relevancia de todos los sistemas educativos. Desde esta mirada, el mérito académico permite valorar el esfuerzo y las habilidades que un individuo puede obtener a manera de logros, lo que permite sustentar el mérito como acto de justicia social. Sin embargo, para que esto sea posible, es necesario que los involucrados en el campo académico replanteen las características del mérito académico desde principios más democráticos y equitativos. Por consiguiente, para que el mérito académico logre su cualidad democrática, propongo que se consideren como mínimos los siguientes elementos.

1) Romper con las prácticas hereditarias de las élites o los grupos de poder en el campo académico, a fin de garantizar las mismas posibilidades de voz para todos los actores de la educación superior (a nivel dirección, coordinación, docencia o estudiantil). 2) Sustituir los esquemas rígidos que priman los procesos de evaluación propios del actual mérito académico por estructuras más flexibles que privilegien el esfuerzo y los logros obtenidos en función del ejercicio individual y no en sistemas homogéneos de competiciones. 3) Consensuar, entre las diferentes estructuras y actores educativos del campo, criterios que delimiten los sistemas de reconocimiento desde una perspectiva plural y democrática. 4) Incorporar como criterio base para el mérito académico el impacto social del desarrollo y quehacer profesional de los actores educativos, con la finalidad de valorar la relevancia social de dicha labor.

Sin duda, estos elementos representan grandes retos para su implementación. Pero son, desde un punto de vista personal, los caminos que deberían transitarse para la democratización del mérito académico y el reconocimiento de todas las voces en la academia. Es un debate que debe continuar y que requiere de participación abierta y diversidad.

 

Luis Alan Acuña Gamboa
Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Chiapas.

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Publicado en: Educación superior

4 comentarios en “¿Puede el mérito académico ser un ejercicio democrático?

  1. Excelentes reflexiones en las normales se hay grupos de poder y de Elite que siempre están obstaculizando el proceso democrático de los procesos de investigación docencia y otros más.
    El esfuerzo personal e individual se queda en eso ya que no es reconocido por ninguno de los integrantes de la comunidad

  2. La cuarta revolución industrial le cuenta los minutos a las universidades. Y estas se han enrocado en su bastión: el monopolio de los títulos.
    Los enroques solo se pueden hacer una vez por partida.

  3. Es la misma discusión que se da en las ciencias «duras». Pero solo se da entre quienes cuestionan el estado de las cosas, que implican que la cantidad (más citas, más artículos, más graduados) se impone a la calidad. Esto va de la mano con los rankings internacionales y las políticas neoliberales de evaluación impuestas a las IES. Este esquema de cosas, notablemente no cuestionado y defendido incluso por los científicos que ahora se tiran al piso a patalear. Es de antología una especie de congreso organizado por Tagueña (y su FORO), sobre evaluación de la ciencia a finales del año pasado, y las miserias expuestas por los mismos científicos (e.g. retendré la revisión de ese artículo hasta que yo me adelante a publicar, de un investigador del cinvestav). Lo trágico es que el CONACYT en general sigue ese camino de evaluación. Te presentan ahora a los científicos por el número de citas y no por sus logros en el avance del conocimiento.

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