Queríamos evaluar y terminamos contando:
alternativas para la evaluación del trabajo académico

Queríamos evaluar y terminamos contando: alternativas para la evaluación del trabajo académico1

Una de las políticas públicas de mayor impacto y continuidad para orientar, regular e incentivar el desempeño del personal académico de tiempo completo en las universidades públicas del país está sustentada en los programas de estímulos a la productividad, los cuales surgieron con el propósito de mejorar la calidad de la educación superior universitaria. El supuesto básico de estas políticas asoció los incentivos económicos con el impulso al personal académico para obtener posgrados, atender las tareas involucradas en la formación docente y participar en los programas institucionales de investigación y difusión.

En los programas de estímulos subyace un efecto de agregación: si la mayor parte de la planta académica de tiempo completo cumple con los requisitos establecidos, el resultado deberá ser la mejoría en la calidad esperada. En esencia, están orientados a premiar, mediante cuotas de sobresueldo, la productividad académica expresada básicamente en el número y la calidad de los productos de investigación, así como la actividad docente, medida por el número de asignaturas, tutorías y tesis dirigidas. Estos programas de estímulos representan, así, una fórmula de pago por méritos.

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Aunque los múltiples programas de estímulos coinciden en ciertos rasgos, difieren en aspectos como el monto del sobresueldo asignado, los requisitos a cumplir y los procedimientos de evaluación correspondientes. En su origen, cumplían principalmente una función compensatoria del deterioro salarial ocurrido en la década de los ochenta y su intención era retener en las universidades al personal de mayor calificación. En la actualidad operan como un segundo régimen y tabulador que gobierna la actividad académica en las instituciones. Aunque conservan su carácter voluntario para los profesores e investigadores, es un hecho que por su implicación en el ingreso económico, la mayor parte del personal académico de tiempo completo –a gusto o disgusto– acude a su convocatoria.

Como la asignación de las categorías es por periodos determinados, previa evaluación, , los aspirantes pueden ascender, conservar la categoría, o descender. Esta condición se traduce en una presión continua para enfocar la actividad individual a la acumulación de tareas y productos contemplados en los protocolos y reglas operativas. De esta manera, los estímulos se han consolidado e institucionalizado como rutas de la trayectoria académica y profesional del personal académico generando un orden donde son prioridad el trabajo individual, el enfoque de competitividad de tareas y resultados, la producción documentable, y el uso del tiempo de trabajo en las actividades que acreditan la satisfacción de requisitos.

Se trata de una racionalidad meritocrática que tiende a desplazar a otras lógicas académicas, principalmente aquellas relacionadas con la simple satisfacción de contribuir, desde la vocación, la responsabilidad y el compromiso compartido, a los ejes centrales de la misión universitaria: formar estudiantes, generar bienes de conocimiento y cultura, y participar en su difusión social. La tensión entre ambas racionalidades –académica e instrumental– explica la aparente paradoja entre el éxito de la política asociada con los programas de estímulos (su permanencia, su progresiva extensión en el ámbito de la educación superior pública y su amplia capacidad de convocatoria) y las críticas que diversos actores, como especialistas, responsables de la instrumentación e incluso los propios académicos, han repetido prácticamente desde sus inicios.

Estos programas se desarrollaron a mediados de la década de los ochenta; su origen se fundamentó en el pago por mérito asociado a la evaluación, visto como la única vía para mejorar las deterioradas condiciones de los académicos de carrera —es decir— se dirigen únicamente a un sector de la profesión académica (aproximadamente a un 30 por ciento del total). El Sistema Nacional de Investigadores (SNI) es el programa más visible de estas políticas pero actualmente la mayoría de las instituciones de educación superior cuentan con un programa de este tipo. Además, en paralelo al SNI, la Secretaría de Educación Pública, en colaboración con la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), puso en marcha programas basados en fondos extraordinarios concursables para las universidades públicas, que implicaban también procesos de evaluación individual. Este fue el caso del Programa Nacional de Superación del Personal Académico (Supera), el Programa de Mejoramiento del Profesorado (Promep, hoy Prodep) y el Programa de Estímulos al Personal Docente.

Efectos del actual sistema de evaluación

Aunque las políticas buscaban instaurar una cultura de la evaluación, lo que los distintos programas de evaluación generaron fue un aparato burocrático dedicado al recuento curricular. Aunque no exento de algunas virtudes, ese resultado no instituyó prácticas que les permitieran a los evaluados contar con guías y retroalimentación para mejorar su quehacer profesional; lejos de ello, los académicos se toparon con pesados aparatos administrativos que los empujaban a producir más, sin que hubiera modelos que especificaran el sentido y los estándares de calidad de sus actividades docentes y de investigación. En resumen, se implementó, un sistema de recompensas para quienes entregaran cierto tipo de productos y no una evaluación que los orientara para ser mejores académicos.

Los programas en curso, más que hacer una evaluación académica, han institucionalizado el recuento curricular pues no cumplen con la función de valorar integralmente el aporte de los resultados a la acumulación de conocimientos, la calidad en la formación de recursos humanos ni la retroalimentan a los evaluados para que los resultados les permitan mejorar su desempeño. Los programas miden lo que se puede medir, no lo que se requiere sistematizar para promover la calidad de las actividades académicas. Es más fácil contar las publicaciones que evaluar los resultados de las labores docentes, por lo que éstas se han menospreciado entre los indicadores, minimizando el esfuerzo que los académicos destinan a ellas. La evaluación actual ha llegado a confundir el indicador con el trabajo que “cuenta”, pero no valora, reconoce o retroalimenta, más bien segmenta y etiqueta desempeños individuales, disociándolos de los objetivos de desarrollo institucional. Esta condición genera, a su vez, que los programas sobrevaloren ciertas actividades sobre otras —por ejemplo, la investigación por encima de la docencia, la difusión de la cultura y la vinculación social— sin analizar los aportes y su calidad en el marco de los campos de conocimiento o institucionales, el tipo de resultados, las tradiciones disciplinarias y la etapa de la trayectoria de los sujetos evaluados.

Por otro lado, los programas actuales, más que instancias que busquen mejorar los resultados de académicos e instituciones, parecen mecanismos de supervisión y control, basados en la desconfianza mutua entre gobierno e instituciones, y entre las instituciones y sus académicos.

Dada la multiplicación de programas, la frecuencia de las evaluaciones, la diversidad de formatos, el tipo de requisitos y el incesante incremento del número de instituciones, programas y académicos a evaluar, los académicos —especialmente los más reconocidos— cuando fungen como evaluadores destinan una parte importante de su tiempo, concentración y energía a procesos rutinarios. De igual forma, los evaluados consumen también una gran cantidad tiempo para cubrir los requisitos y proporcionar las evidencias solicitadas.

La periodicidad y cantidad de los programas de evaluación desalienta los trabajos de investigación de largo plazo, que frecuentemente son desplazados por proyectos de corto alcance. Esto ha conducido a la institucionalización de vicios y simulaciones, promoviendo un productivismo sin impacto organizacional ni disciplinario que se asocia directamente con la búsqueda de recursos económicos adicionales.

La evaluación del trabajo académicoafecta más directamente a una minoría selecta de instituciones y académicos. Los graves problemas de los profesores de tiempo parcial se han atendido poco, porque en general se hace énfasis en la investigación y en la diversidad de actividades y funciones que sólo realizan los académicos de tiempo completo. En la mayoría de las instituciones de educación superior la desatención a la evaluación del trabajo académico de un extenso grupo de profesores de tiempo parcial que sostienen la docencia en un alto porcentaje —sobre todo a nivel de licenciatura— ha ampliado la brecha en las condiciones laborales y los ingresos entre los profesores de tiempo completo y los de tiempo parcial. Además, las repercusiones de los premios, “estrellas” y “medallitas” de los distintos programas son inequitativos y estratifican a los académicos, quienes compiten en desigualdad de condiciones para alcanzar los indicadores, debido a las diferencias en términos contractuales, en contextos formativos y en apoyo institucional.

Resulta igualmente pertinente mencionar dos situaciones económicas vinculadas con las evaluaciones: los salarios y la jubilación. En el primer caso, se ha desatendido la discusión del tema central de los salarios dignos, pretendiendo que con la incorporación de remuneraciones no salariales se resuelve el problema de recuperar los ingresos y se logra estabilidad para garantizar la autonomía necesaria para producir conocimiento y formar los recursos que se requieren para el desarrollo social. Al no encarar la discusión en los salarios base, se desvía la atención hacia medidas parciales en vez de concentrarse en la búsqueda de mejores condiciones de trabajo para los miembros de la profesión académica. Por otra parte, los programas de recompensas han contribuido a obstaculizar el retiro de los académicos. Esto en la medida en que los estímulos representan un alto porcentaje del ingreso, pero no repercuten en el monto de la jubilación ni en otras prestaciones. La planta académica ha envejecido, lo que, sumado a las restricciones presupuestales para la creación de nuevas plazas, dificulta la renovación de la planta académica y propicia el desempleo de los egresados de los programas de posgrado, que por su expansión son un número cada vez mayor. Por consiguiente, los procedimientos de evaluación en curso han afectado el relevo generacional.

Una propuesta para transformar la evaluación del trabajo académico

Podemos afirmar que las evaluaciones que hoy se realizan en el marco de los diferentes programas de incentivos no cumplen con varios de los requisitos esenciales en cualquier proceso de evaluación académica:

– que la evaluación tenga la finalidad de promover el desarrollo de los evaluados y no la de premiar o castigar;

– que los evaluadores emitan recomendaciones que aporten a mejorar los resultados y a propiciar la confluencia entre los objetivos de las trayectorias personales y las metas de las instituciones en que se participa;

– que los criterios de evaluación respondan a las particularidades de lo que se evalúa y que consideren las múltiples dimensiones del trabajo académico;

– que las reglas y los procedimientos sean explícitos y claros para todos los participantes (por ejemplo, las reglas para subir o bajar de nivel en un programa de estímulos o escalafón);

– que los resultados sean transparentes;

– que existan recursos de revisión.

Nuestra propuesta para mejorar las evaluaciones del trabajo académico es establecer a la evaluación como una estrategia institucional de valoración sistemática del trabajo global que realiza cada académico en pro del cumplimiento de los objetivos institucionales y del desarrollo del conocimiento en su campo de especialización. Se trata de abrirle paso a la función diagnóstica y formativa, propia de la evaluación académica, cuyo propósito central es la mejora sistemática de los procesos de trabajo, la superación continua de las personas, los grupos y las instituciones encargadas de llevarlos a cabo.

Para esto proponemos reemplazar el recuento curricular por una evaluación académica concebida como una evaluación diagnóstica, no centrada exclusivamente en los productos sino en el análisis integral de los procesos de trabajo, con la intención de identificar: los objetos de trabajo y los propósitos que cada académico se planteó; los retos y las dificultades que encontró y las formas de resolverlos; los recursos de que dispuso y el tiempo que invirtió; los avances y aportes que logró en distintos ámbitos; los puntos vulnerables y los pendientes que restan por encarar; los intereses y preocupaciones que surgieron y pretende trabajar y sus necesidades de superación académica.

La evaluación diagnóstica será una evaluación formativa en la medida en que se lleve a cabo como un ejercicio de reflexión colegiada, de retroalimentación y de intercambio informado entre colegas que asumen el papel de interlocutores y no de jueces. Y, ciertamente, dicho potencial será una realidad en la medida en que el proceso de evaluación cuente con la participación activa y comprometida de evaluados y evaluadores.

Proponemos, pues, propiciar el tránsito hacia la evaluación diagnóstica y formativa. Se pueden introducir cambios significativos en la medida en que el recuento curricular periódico de los productos se inscriba en la evaluación y autoevaluación de los procesos, entendidas como apreciaciones integrales del trabajo en las que se toma en cuenta el proyecto institucional, las condiciones objetivas en las que se realiza el trabajo, el tipo de nombramiento de cada académico, la disciplina de referencia, el momento de la trayectoria individual, la edad y el género.

Este tipo de evaluación tendría lugar en los grupos, equipos o unidades de adscripción más próximos, donde el académico realiza su trabajo cotidiano. Sus instrumentos serían el plan de trabajo y el informe de actividades anuales, y todo el proceso de evaluación estaría a cargo de los mismos involucrados. Los resultados de la evaluación se presentarían en el cuerpo colegiado de la institución encargado de dictaminar los planes e informes anuales de todos los académicos.

Para realizar una valoración integral de los expedientes proponemos que –al margen de que se trate de un programa de incentivos, de becas o de una evaluación colegiada del trabajo individual, en el interior de un grupo o de un equipo– el resultado de la evaluación sea una apreciación global del trabajo de cada académico, en la que consten en breve dos cuestiones: 1) un balance general que valore la calidad del trabajo realizado en función de la trayectoria del académico, las condiciones institucionales y personales de trabajo, apoyado en los productos reportados; 2) sugerencias que, a modo de retroalimentación, le permitan al académico hacer los ajustes necesarios para reorientar su plan de trabajo hacia el logro de un mejor desempeño.

De la misma manera, independientemente de la modalidad de evaluación de que se trate, siempre deberá garantizarse el derecho al recurso de revisión y a solicitar, según el caso, una nueva evaluación a cargo de evaluadores distintos de los que emitieron el primer resultado.

Cabe mencionar aquí otra ausencia notoria en las modalidades de evaluación vigentes: la evaluación de la evaluación, que incluya tanto el trabajo de los evaluadores como el funcionamiento y resultados de la aplicación de los programas mismos. Para ello, es conveniente establecer criterios y procedimientos claros. Se podrían tomar en cuenta, entre otras cosas, las horas que requiere; la cantidad de expedientes a cargo de cada evaluador; la dinámica de trabajo de las comisiones dictaminadoras; el tipo de dificultades más frecuentes; los índices de aprobación y rechazo; el contenido y el número de las solicitudes de revisión; las valoraciones de los académicos sobre el proceso y el grado de avance en los objetivos planteados. A partir de esto se harían los ajustes que se consideren necesarios para las siguientes evaluaciones.

Dada la gran cantidad de expedientes que típicamente hay que atender, haría falta estimar con mayor seriedad el número necesario de evaluadores en función del tiempo real que exige la evaluación rigurosa de cada expediente. No es recomendable recargar a los evaluadores con un número excesivo de expedientes, como sucede en la actualidad. Es deseable que los evaluadores sean elegidos por los profesores de las unidades académicas de una lista de sus pares, y que éstos no sean las autoridades de la institución. Finalmente, cabe recordar que el nivel alcanzado en los programas de estímulos —sean del SNI o de algún otro—, no representa un criterio que garantice ser un(a) buen(a) evaluador(a).

Conclusión

Cualquier intento por mejorar sustancialmente los procesos de evaluación del trabajo académico tendrá que afrontar el problema medular de que hoy la evaluación está unida a la administración de los ingresos económicos de los académicos en forma de estímulos y sobresueldos. Esto hace que sea urgente poner sobre la mesa de discusión la necesidad de un salario base digno y suficiente para todos los académicos.

La presente propuesta representa un acercamiento para atender las limitaciones y los efectos de los actuales programas de estímulos y pretende ofrecer a las instituciones de educación superior un nuevo horizonte de referencia para la transformación de la evaluación de sus académicos. Se trata de transitar del recuento curricular a la evaluación diagnóstica y formativa, introduciendo nuevos fundamentos y criterios en los programas vigentes. Las virtudes de nuestra propuesta son la construcción de un sistema real de evaluación que sea equitativo y transparente, que fomente la participación de los académicos en el proceso, que esté articulado a un proyecto institucional, que permita mejorar la calidad de las prácticas académicas y que respete la heterogeneidad de las instituciones, sus posibilidades reales de cambio, la diversidad de disciplinas y trayectorias. También pretende simplificar la maquinaria burocrática que participa en las evaluaciones, evitar las contradicciones entre los distintos mecanismos vigentes, contribuir a la autonomía de las instituciones y reducir el costo en trabajo y dinero de los procesos. Nuestro objetivo, en última instancia, es presentar sugerencias, criterios y cuestiones de carácter operativo para avanzar en la implementación de la propuesta general, que cada institución adaptaría a sus características específicas.

 

Angélica Buendía es profesora investigadora del Departamento de Producción Económica de la UAM-Xochimilco.

Susana García Salord es investigadora del Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y Sistemas de la UNAM.

Rocío Grediaga es profesora investigadora del Departamento de Sociología de la UAM-Atzcapotzalco.

Monique Landesman es profesora de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala de la UNAM.

Roberto Rodríguez-Gómez es investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Norma Rondero es profesora investigadora del Departamento de Sociología de la UAM-Atzcapotzalco.

Mario Rueda es investigador del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM.

Héctor Vera es investigador del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM.


1 El presente documento nació con el interés de propiciar una discusión colectiva para mejorar los sistemas de evaluación del trabajo académico en las instituciones de educación superior en México. Nuestra intención es que las ideas aquí vertidas circulen y se debatan entre el mayor número posible de académicos. Este texto es una versión resumida de un escrito más extenso que puede consultarse aquí. Además nos interesa escuchar los comentarios y reacciones de todos los interesados en este tema. Cualquier observación se puede enviar aquí.

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Publicado en: Reforma Educativa

7 comentarios en “Queríamos evaluar y terminamos contando:
alternativas para la evaluación del trabajo académico

  1. Felicito a los colegas, quienes junto con otros investigadores han vuelto a poner en la mesa el meollo de la evaluación de la función académica del profesorado. Los argumentos son contundentes, estrictamente tienen una perspectiva académica y plantean propuestas para corregir el rumbo. ¿Qué hace falta para que las autoridades de las Instituciones tomen en sus manos esta tarea esencial y en conjunto con los profesores analicemos la descomposición a la que ha llevado la tarea académica y de investigación? Este descuido, lejos de fomentar, alentar y promover y cumplir el espíritu de las universidades, que implica el sostén de la sociedad en cuanto a la formación de profesionales que el país requiere y mantener el carácter crítico y transformador que le ha sido encomendado y del cual no puede claudicar. Hago un llamado a que los responsables de dirigir las universidades del país, no se dejen llevar por la presión de las políticas internacionales que por ser y tener un contexto histórico, condiciones materiales y simbólicas tan diferentes producen en nuestros país brechas diferenciadoras, inequitativas y discriminatorias a la base que sostiene la tarea y función universitaria: los docentes. Suscribo completamente el análisis y la propuesta de evaluación diagnóstica y formativa.

  2. Excelente texto, creo que sitúa de manera muy clara no sólo la problemática de la evaluación sino de la misma viabilidad del trabajo académico en las universidades. Sobre su propuesta, coincido con ellos en que las IES deben tener mayor autonomía para realizar la evaluación, sin embargo me preocupa que todavía en muchas universidades -sino es que en todas- estas se rigen por componendas políticas, grupos de interés, falta de transparencia en los recursos y en algunas hasta situaciones de ejercicio autoritario del poder que ha devenido en acoso sistemático hacia académicos que no se alinean o no ceden o no pertenecen. Ojalá que la propuesta de los académicos también apunten hacia esto, ¿cómo hacer a las universidades más confiables y meritocráticas? Lamentablemente hay pocos ejemplos y muchos contraejemplos, empezando por la misma UNAM, la UDG, etcétera.

  3. Queremos una cultura de la evaluación? pero si somos una cultura de la simulación!
    Una cultura del conocimiento dentro de una sociedad del reconocimiento?
    Quiénes están contratados como profesores de tiempo completo son la clave del problema pues no todos saben hacer ciencia y dar buenas clases. Tan simple como eso.
    Es tan dificil encontrar jovenes cientificos buen preparados y comprometidos con la docencia para poder contratarlos y generar una masa critica que permita el cambio y mejora de las instituciones de educación superior??
    Pues si, al parecer en el país de la fuga de cerebros y «emeritos» injubilables es muy difícil…aquí lo que priva es el amiguismo y compadrazgo, los recomendados, las plazas para familiares, compromisos y negocios sindicales….etcétera…etc…

  4. Esta evaluación requeriría también de un proceso de absoluta transparencia, para evitar los vicios y malas prácticas que hay también dentro de las instituciones, sobre todo en la conformación de mafias académicas donde muchos de los resultados de las evaluaciones y promociones son producto de la corrección política o la habilidad para besar manos de los «pares» evaluados.

  5. Completamente de acuerdo con el planteamiento. A pesar de seguir teniendo una productividad académica de la que estoy orgulloso, he decidido mantenerme fuera del sistema de estímulos económicos al desempeño académico y he notado como mi producción está avanzando en profundidad y relevancia. ¿Cómo solvento mis necesidades económicas? Manteniendo mi codicia económica bajo control y complementando mis ingresos como profesor universitario ejerciendo libremente la profesión emanada de mi pericia técnica desarrolla en mis estudios de doctorado.

  6. Después de la política, la educación es el medio con más corrupción. Pero de todo, lo más grave es que está llena de extranjeros. ¡Fuera extranjeros mafiosos!

  7. Indudablemente es interesante el trabajo de mis colegas. Guarda una importante relación con varias investigaciones que hemos y se han realizado en el país sobre el tema. Todas estas investigaciones no han tenido impacto ninguno en la definición de políticas para la educación superior. La ANUIES prepara su documento sexenal sobre educación superior para presentar a los candidatos a la presidencia de la república el año que entra. Por supuesto la comunidad académica no estamos presentes en esta acción. Delicado es el tema de evaluación, pues la línea que tras las ventanas se oye en los pasillos es que en ese documento presentarán la idea de construir un Sistema de Evaluación de la Educación Superior. Lo que se infiere de la reunión que sobre el tema desarrollaron en unos meses anteriores en Hidago es que ahora quieren vincular todos los ejercicios de evaluación a los resultados. De hecho ya hablan de tres sistemas de valoración de las Universidades: Las que tienen determinado nivel en CIEES, las acreditadas y las de alto desempeño (este último tema vinculado con los resultados que obtienen egresados en EGEL), lo que seguiría fortaleciendo las prácticas mercantilistas de este organismo y su opacidad técnica en el trabajo de construcción de instrumentos y sobre todo atentando contra la autonomía universitaria que permitía definir la orientación de un plan de estudios. Es urgente que la comunidad académica trabaje y nos pronunciemos sobre este tema, antes de que ANUIES presente como propuesta que representa al sector esta idea.
    Pero hay otro tema que mis colegas no contemplaron en su trabajo, la contradicción entre las políticas de educación superior: el SNI privilegia la publicación en revista indexada, de circulación internacional, para investigadores que tienen una línea consolidada de investigación y la formación de investigadores a través del trabajo de dirección de tesis; el PRODEP y la política de Cuerpos Académicos piden que el trabajo sea en conjunto, que en todas las disciplinas se trabaje en cuerpo académico (el modelo de investigación en ciencias (Física, Química y Biología), que publiquen todos los del cuerpo académico. Esto lo que ha generado en ciencias sociales y humanas que es de lo que puedo hablar es que el rigor académico de las publicaciones desaparezca totalmente, que un investigador hoy publique sobre un tema y que mañana este publicando sobre otro tema que no guarda ninguna relación con el anterior, que en vez de realizar trabajos de autoría (tema fundamental en nuestras disciplinas, sin ese trabajo no existió un Freud, Piaget, Durkheim, Parson, Bourdieu, Gadamer, Habermas, entre muchos más), sino se ha llegado a la práctica de publicar pequeños artículos de 8 a 10 p, con 5 a 8 autores, donde la práctica ha sido publicar por publicar; y para cerrar esta contradicción el PNPC del CONACYT pide que además el académico publique con sus estudiantes (tema habitual en el campo de las ciencias que he mencionado) pero que considero absurdo para las ciencias sociaqles. Sí es importante que el estudiante de posgrado publique en revistas de indexación nacional y paulatinamente de indexación internacional, pero que publique sus ideas, sus hallazgos. Los docentes podemos orientarlos, leer sus propuestas, hacer comentarios, pero debemos cuidar montarnos sobre su trabajo.
    El tema no ha sido sólo contar, la verdad en mi experiencia como evaluador esa sería la tarea más sencilla, el tema es que observamos cómo la evaluación ha distorsionado el trabajo y la vida académica, es cómo no podemos encontrar artículos, capítulos o libros con la originalidiad que la investigación demanda, con el rigor académico, con esa chispa que permite afirmar este trabajo es interesante.
    Para ello hay que revisar a fondo las políticas educativas y los académicos tendríamos que tener una mayor participación en el documento que ANUIES, como asociación de rectores presenta para orientar la política para la educación superior en el próximo sexenio. De otra manera no veremos un cambio sino la tuerca del que llaman Sistema de Evaluación de la Educación Superior. (Un peligro para el trabajo académico)

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