Sobre la cancelación de las escuelas de tiempo completo

La cancelación del Programa de escuelas de tiempo completo (PETC) provoca numerosas reacciones —en su mayoría críticas—, que señalan el daño que la decisión representa para los niños atendidos en ellas y sus familias. Los párrafos siguientes se suman a esas posturas críticas, aportando un argumento basado en la historia de los sistemas educativos y en una experiencia notable.

Ilustración: Raquel Moreno
Ilustración: Raquel Moreno

En países industrializados tempranamente, la primaria se generalizó con escuelas de organización completa o multigrado a lo largo del siglo XIX con planteles a los que los estudiantes asistían mañana y tarde, con tiempo para ir a casa a comer, lo que era posible porque las escuelas estaban cerca del hogar, en pueblos chicos o barrios de ciudades grandes. En México el crecimiento de la primaria tuvo lugar en el siglo XX, tras la creación de la SEP en 1921 y hasta 1958 siguió el modelo de asistencia mañana y tarde. La creciente proporción de mujeres que trabajan fuera de casa hizo que en los sistemas de los países industrializados la jornada escolar se volviera continua, con duración de ocho horas para coincidir con el horario de los padres. Hasta ahora es usual que los alumnos vayan a la escuela de 8 de la mañana a 4 de la tarde, incluyendo el tiempo para tomar alimentos en el mismo plantel.

Los países avanzados pudieron universalizar la enseñanza primaria con ese modelo porque en ellos el crecimiento demográfico se dio poco a poco, en el siglo XVIII y el XIX. En países que se incorporaron tarde al desarrollo industrial, como México y América Latina, el crecimiento fue explosivo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la mortalidad infantil bajó bruscamente con la introducción de redes de agua potable y drenaje, la llegada masiva de antibióticos y las campañas de vacunación. Lo mismo pasó algo más tarde en países árabes, del sur de Asia y de África. A partir de la década de 1990 la tendencia cambió, y desde entonces la matrícula nacional de primaria se estabilizó y comenzó a disminuir, lo que permitió cerrar buen número de turnos vespertinos y permitió pensar en pasar al modelo de tiempo completo.

Cuando Torres Bodet asumió por segunda vez la titularidad de la SEP —en diciembre de 1958—, la explosión demográfica estaba en su punto más alto y el diagnóstico que se hizo para el Plan de Once Años mostró que las primarias mexicanas atendían únicamente a 55 de cada 100 niños en edad escolar, lo que llevó a la introducción del doble turno, atendiendo en un mismo edificio escolar unos grupos por la mañana y otros por la tarde, para poder dar cabida a todos los que cada año tocaban las puertas de la escuela en números cada vez mayores. En Brasil, por la misma época, la presión demográfica obligó a que se establecieran hasta tres turnos en cada plantel, con sólo tres horas y media teóricas de asistencia diaria por grupo.

Los resultados de los estudiantes en evaluaciones internacionales —como PISA de la OCDE— muestran que los niveles que alcanzan los jóvenes que van a la escuela sólo cuatro horas al día o menos no pueden compararse con los que tienen la suerte de asistir ocho horas al día, como ocurre en todos los países avanzados, y en otros de menor desarrollo (pero con un perfil demográfico favorable) como Cuba. Desde luego, la calidad de la enseñanza es fundamental, pero la duración de la jornada escolar es en sí misma una variable independiente de considerable peso específico.

En 1984, tras las elecciones que marcaron la vuelta a la democracia en Brasil, Darcy Ribeiro asumió la conducción del sistema educativo de Río de Janeiro. Comenzó con un estudio que reveló las consecuencias para los niños más pobres de ir a la escuela sólo tres horas y media al día: los de familias acomodadas podían tomar por la tarde clases particulares de las materias más importantes, o cursos extra de inglés, artes o deportes, en tanto que para los pobres la única alternativa a esa ausencia de escuela era la calle, con los aprendizajes que conlleva.

El profético diagnóstico que hizo el educador brasileño sobre las consecuencias de que la escuela brindara una atención tan limitada a los niños de las favelas de Río y dejara que fueran educados principalmente por la calle y la pandilla, se plasma en frases que en 2022 tienen en México resonancias escalofriantes:

Nuestros niños están siendo preparados, con todo vigor, para la delincuencia. Se multiplican cada día las pandillas de niños abandonados… los que ya suman millares. ¿Qué sucederá mañana? No es imposible pensar que estas bandas deban ser combatidas por las fuerzas armadas cuando la policía confiese, finalmente, su fracaso para contenerlas.

La respuesta de Ribeiro para enfrentar esa problemática fue construir escuelas con características especiales: están situadas en las favelas más pobres de Río, y tiene cada una capacidad para atender un millar de niños, que inician la jornada tomando un desayuno nutritivo; tienen luego las clases que estipulan los programas y toman una comida caliente; por la tarde tienen actividades de refuerzo de las materias, o complementarias de cultura y deportes; antes de regresar a casa toman un baño y una cena frugal, y sacan de la biblioteca un texto para leer en casa. Cada escuela —que la gente de las favelas llamaba cariñosamente brizolaos, por el nombre de Leonel Brizola, que encabezó la primera administración municipal democrática— tiene además capacidad para albergar 50 niños y niñas en condición de calle. En palabras de Darcy: escuelas de primera para los niños de segunda.

Recordando esa experiencia, cuando comenzaba el PETC escribí que ya era tarde para evitar que se prepararan exitosamente para la delincuencia los niños que fueron a primaria a fines del siglo XX y no terminaron secundaria. Con sorpresa y terror lo advertimos cuando el ejército ya tomó el lugar de la policía, decía entonces. También es tarde ahora para conseguir en pocos años que completen educación media superior los jóvenes que con dificultad consiguen terminar la secundaria.

Pero parte indispensable de lo necesario para que los niños que inician el recorrido escolar no deserten sin terminar la secundaria y tengan educación de buena calidad en vez de la que dan la calle y la delincuencia, es fortalecer el sistema con primarias de jornada completa, que den alimentos a los más pobres, con un programa como el PETC, con “escuelas de primera para los niños de segunda”, como propuso Darcy Ribeiro en Río de Janeiro hace casi 40 años.

A fines del siglo XX la transición demográfica abrió la oportunidad de extender la jornada escolar para que hubiera tiempo para desarrollar las competencias cognitivas y no cognitivas que requiere la sociedad de nuestro tiempo. A principios del siglo XXI, el Programa de escuelas de tiempo completo inició el proceso, comenzando con las escuelas más desfavorecidas. La eliminación de este programa es un retroceso que atenta gravemente contra las aspiraciones de equidad y justicia social.

 

Felipe Martínez Rizo
Investigador honorario (jubilado) del Depto. de Educación de la Benemérita Universidad Autónoma de Aguascalientes

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Publicado en: Reforma Educativa