Un alegato contra el posmodernismo

Ilustración: Gonzalo Tassier

La polarización

Vivimos tiempos de cólera, el mundo enfrenta calentamiento global, explosión demográfica, desarrollo económico desigual y migraciones masivas de regiones pobres a prósperas. México vive tiempos tristes por las aterradoras dimensiones de violencia producida por la delincuencia combinada con desinterés, ineptitud, o complicidad de la autoridad.

Preocupa el fortalecimiento de extremismos de izquierda y derecha. El de derecha es patente en grupos de los que Trump y su movimiento MAGA son ejemplo. La virulencia con que atacan a mujeres, homosexuales, indígenas y personas no occidentales, su xenofobia y machismo, así como sus ataques a los avances en favor de derechos humanos e inclusión, ponen los pelos de punta y hacen temer por el futuro mismo de las democracias. El radicalismo de los opositores de Trump los lleva a atacar a quien no comparte sus ideas, descalificar con argumentos morales, cancelar invitaciones, presionar para obtener adhesiones y censurar obras, dando lugar a un ambiente intelectual asfixiante en el que están en riesgo principios tan importantes como el pluralismo y la libertad de expresión.

Ambos extremismos comparten gusto por excesos discursivos, demonización del otro y explicaciones descontextualizadas y simplistas, antítesis del trabajo y saber riguroso. Los dos bandos buscan borrar del mapa al adversario cancelando toda expresión sospechosa de inclinarse por el opuesto. La intolerancia ha llegado a ser tan fuerte que —en 2023— polarización fue la palabra del año.

Los problemas del posmodernismo

Es innegable que Trump rechaza las políticas DEI (programas de diversidad, equidad e inclusión, por sus siglas en inglés) como una reacción ante los excesos de quienes las promueven. En 2020 se publicó una carta —firmada por escritores como Chomsky y Steven Pinker— para quienes las demandas por DEI se justifican y se deben aplaudir, pero también se oponen al debate abierto y la tolerancia.

Quienes creemos que las ideas que desplazaron a las del antiguo régimen muestran avances hacia una sociedad mejor valoramos la solidez del conocimiento científico; las ideas de progreso y ciencia son parte de la herencia de la ilustración y la modernidad, que las teorías posmodernas rechazan.

Al igual que críticos tempranos de la Ilustración como Schopenhauer o Nietzsche, o como Foucault, el posmodernismo no ve en la historia progreso alguno, sino la persistencia de opresiones más sutiles, pero no menores.

Los defensores de la teoría crítica de la raza, Derrick Bell y Kimberlé Crenshaw, sostienen que la igualdad racial es ilusoria, pues todo blanco es esencialmente racista. No reconocen diferencia entre la situación actual y la que había antes de la abolición de la esclavitud, o de que la Suprema Corte de Justicia declarara inconstitucional —en Estado Unidos— la segregación racial, en 1954.

Los decolonialistas, liderados por las ideas de Walter Mignolo, no valoran que, al nacer la ONU en 1945 la formaron cincuenta países soberanos, mientras que después, otros 150, han alcanzado su independencia. Sin matizar sobre los claroscuros de las colonizaciones, usan el verbo “decolonizar”, en imperativo, para ordenar eliminar cuanto recuerde con connotación positiva a los conquistadores. “Decolonizar” todo, incluso la investigación, con la idea de research justice, según la cual el mérito de un trabajo no depende de la calidad del contenido, sino de la filiación de su autor o autora a una nación colonizadora o colonizada. Sorprende que latinoamericanos decoloniales no adviertan que eso les llega de universidades de élite de las capitales del “Imperio”, como la de Duke, donde enseña Mignolo.

Feministas radicales y partidarios de estudios de género y teorías queer defienden que la situación de las mujeres es igual o peor hoy que cuando necesitaban permiso de su padre o marido para comprar algo, y la de los homosexuales cuando serlo era delito, como ocurría en Inglaterra todavía en 1967.

Los posmodernismos desconfían de la ciencia y afirman que no hay conocimientos objetivos, sino puntos de vista particulares, asociados con grupos identitarios. Las teorías críticas postulan epistemologías opuestas, masculina y femenina, del norte y del sur. Se enfrenta investigación decolonial a colonial, ciencia negra a blanca, femenina a masculina, refritos de la vieja dicotomía staliniana que oponía ciencia proletaria a burguesa, con la presunta superioridad de la primera. Algo similar propone un autor popular entre decolonialistas, Boaventura de Souza, que entiende la “epistemología del sur” como la:

[…] búsqueda de conocimientos y de criterios de validez del conocimiento que otorguen visibilidad y credibilidad a las prácticas cognitivas de las clases, de los pueblos y los grupos sociales históricamente victimizados, explotados y oprimidos por el colonialismo y el capitalismo globales.

Es decir, como una metáfora del sufrimiento causado por colonialismo y capitalismo; hay “sur” en países del “norte”, y un “sur global imperial” al lado del anti-imperial. La “epistemología del sur” no es noción geográfica, sino de clase, nuevo paradigma pretendidamente liberador, opuesto a la ciencia occidental, con afirmaciones que ningún estudioso serio sostiene. Las ideas radicales satisfacen necesidades psicológicas importantes y son marco interpretativo para entender el mundo; su misma oscuridad es atractiva.

Esas funciones eran atendidas por la religión o el marxismo, con el culto a la personalidad de líderes como Stalin. En 1934, Herbert G. Wells declaró no haber conocido hombre más sincero, justo y honrado que Stalin, que nadie teme y en quien todos confían. Bernard Shaw, cuando el tirano había provocado una terrible hambruna, escribió: el pueblo ruso está insólitamente bien alimentado.

Similar fue el caso de Mao Zedong, cuyo Pequeño Libro Rojo, lleno de vaguedades triviales, era enarbolado con orgullo por los Guardias Rojos, agentes perfectos del terror que necesitaba la Revolución cultural, chicos y chicas muy jóvenes, que:

Habían sido educados en el fanático culto a la personalidad de Mao y en la doctrina militante de la lucha de clases. Tenían las cualidades de la juventud, eran rebeldes, no tenían miedo, deseosos de pelear por una causa justa, sedientos de aventura y acción. Eran también irresponsables, ignorantes y fáciles de manipular, además de inclinados a la violencia.

La forma de aceptar marxismo y dogmas religiosos es similar: a ciegas. Eso decía en 1920 Bertrand Russell, tras visitar la URSS y charlar con Lenin: el bolchevismo no es sólo doctrina política; es religión, con dogmas y escrituras inspiradas:

Por religión entiendo un conjunto de creencias sostenidas como dogmas, que dominan la orientación de la vida yendo más allá de la evidencia o en contra de ella, e inculcadas por métodos que son emocionales o autoritarios, no intelectuales. Según esta definición el bolchevismo es una religión […] Quienes lo aceptan se vuelven inmunes a la evidencia científica y cometen un suicidio intelectual […]Alguien como yo, que cree que la inteligencia libre es el principal motor del progreso humano, no puede sino oponerse fundamentalmente al bolchevismo, tanto como a la Iglesia de Roma.

Es paradójica la semejanza del atractivo de las ideas radicales con las creencias religiosas: las teorías críticas también son consideradas tan evidentes que no necesitan justificación, como el evangelio, “verdad a la que hay que adherirse sin discusión y sin pedir que se sustente: no es exageración observar que la ‘Teoría de la Justicia Social’ ha creado una nueva religión”.

Una mirada optimista

Ante teorías críticas cuyo atractivo sustituye al del marxismo, y ante la creciente polarización que enfrenta a fanáticos de derecha e izquierda, puede ser grande la tentación de adoptar una postura pesimista, pero Fernando Savater afirma:

[…] en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas… porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima […] Los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos maestros.

Susan Neiman dice que optimismo/pesimismo pertenecen al campo de lo que puede conocerse o predecirse, lo epistemológico; en cuanto a la postura ante el mundo y sus injusticias, prefiere una noción del campo ético, la de esperanza:

El optimismo hace predicciones sobre un futuro distante o un pasado inaccesible. La esperanza no hace predicciones. El optimismo es negativa a enfrentar los hechos. La esperanza aspira a cambiarlos […] La esperanza no es un punto de vista epistemológico, sino moral.

La esperanza pertenece al campo de las utopías, que describen una sociedad perfecta e irrealizable, pero pueden servir para criticar la sociedad real y proponer reformas cumplidas en la sociedad utópica. Las utopías son expresión de la esperanza.

Como ciudadanos, los estudiosos de educación debemos ayudar a reducir pobreza, desigualdad, machismo y exclusión; como académicos debemos hacer un trabajo de buena calidad. La importancia de las obligaciones ciudadanas no debe minimizar el compromiso que tenemos como investigadores, pues nuestra aportación a la mejora social pasa por la calidad de nuestra tarea profesional.

Comprometerse a favor de los afroamericanos no es igual a abrazar la teoría crítica de la raza; trabajar por los indígenas no implica posturas decoloniales; promover la igualdad de las mujeres no requiere abrazar una supuesta epistemología feminista. La fuerza con que se dice apoyar una opción por los pobres no sustituye el rigor académico. El compromiso del buen investigador no es menor al autoproclamado de radicales cuyo trabajo deja qué desear. La profundidad del compromiso parece inversamente proporcional a la vehemencia con que se expresa, que refleja más bien sentimiento de culpa de privilegiados, que al adoptar posturas radicales creen redimirse por no ser como los oprimidos que dicen defender.

Reiteré que los actuales son tiempos de cólera, con extremismos de derecha e izquierda. El de Trump se plasma en la embestida contra las universidades; el de izquierda en las protestas de jóvenes que, al atacar la barbarie de Netanyahu, justifican la de Hamás, cuyos terribles crímenes llegan a considerar justicia poética. Esos jóvenes parecen tan entusiastas y aguerridos, dogmáticos y acríticos, y tan rebosantes de idealismo y altruismo como los que seguían a Stalin, Mao o el Che. Sin quererlo, lo radical de sus protestas da pretextos a Trump para sus locuras. 

La reverencia con que se cita el posmodernismo que, bajo un barniz rimbombante y obscuro tiene bases poco sólidas, recuerda el cuento de Andersen, en el que dos embaucadores convencen al emperador de que pueden confeccionar un traje con una bellísima tela que sólo ven las personas inteligentes. Monarca, cortesanos y pueblo se declaran fascinados por el traje, pues confesar que no lo ven evidenciaría sus pocas luces. Para acabar con la farsa fue necesaria la ingenuidad del niño que gritó: el emperador va desnudo. El posmodernismo también.

Este texto retoma ideas centrales de la conferencia La educación en tiempos de cólera, presentada en el XVIII Congreso Nacional de Investigación Educativa, que será publicada por el COMIE en 2026.

Felipe Martínez Rizo

Investigador honorario (jubilado) del Depto. de Educación de la Benemérita Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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Publicado en: Educación superior

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