Hoy el mundo se desvela especulando sobre el futuro. ¿Qué pasará, nos preguntamos, cuando la vida humana quede a merced de las máquinas, cuando los algoritmos definan nuestras leyes o escriban versos capaces de conmovernos? En la actualidad, la primacía racional de la humanidad parece puesta en jaque por innovaciones tecnológicas emergentes. En muchos casos, la capacidad de los algoritmos y de los modelos de inteligencia artificial de procesar información, analizar datos y generar respuestas lógicas ha superado con creces a los seres humanos: en juegos como el Go o el ajedrez, en el análisis de imágenes médicas y en la generación de texto usando lenguaje natural, la inteligencia artificial (IA) nos lleva una amplia ventaja. Por fortuna, los seres humanos somos mucho más que solo razón y lógica. Somos —como apuntó Xavier Zubiri— un animal de realidades atravesado de emoción, intuición creativa, percepciones e imaginación, y existe una larga tradición cultural que se ha dedicado a crear y recrear el sentido de nuestros modos de vida.
La IA tiene ejerce ya un impacto real sobre el quehacer de las instituciones de educación superior (IES). Por ello, vale la pena revisar la definición del concepto de IA y hacer un recuento de los cambios y los acontecimientos más relevantes derivados del surgimiento de esta tecnología emergente. Ante un panorama especialmente complejo en materia educativa, me interesa retomar algunas ideas centrales de la tradición humanista y rastrear sus huellas en los postulados de lo que hoy se conoce como humanismo digital. También, quiero explorar algunos de los retos que —en mi opinión— enfrentan las humanidades en el siglo XXI. Por último, compartiré cómo es que, desde la Universidad Iberoamericana, hemos dado respuesta a estos desafíos.

La irrupción
Aunque recientemente se habla de inteligencia artificial como si se tratara de una novedad, la realidad es que la conversación en torno a este fenómeno suma ya más de medio siglo. En 1950, en un artículo titulado Computing Machinery and Intelligence, el matemático Alan Turing planteó la pregunta: “¿Pueden pensar las máquinas?”, y enseguida propuso una prueba —la Prueba de Turing— para determinar si esto era posible. Desde entonces, un sinnúmero de estudiosos ha intentado responder a dicha pregunta, analizando y ordenando los sistemas de IA tras compararlos con las capacidades humanas.
Esencialmente decimos que la inteligencia artificial es “una rama especial de las ciencias de la computación”, cuyo enfoque está dirigido al desarrollo de sistemas y algoritmos capaces de realizar tareas que requieren inteligencia humana. En términos generales, la noción de inteligencia artificial se emplea para englobar a un amplio espectro de modelos informáticos que poseen la habilidad de razonar, aprender y percibir. Son estos mismos modelos los que están detrás de los asistentes de voz, de los algoritmos de reconocimiento facial, de las aplicaciones de GPS o de la función de texto predictivo en los smartphones. Aunque tenemos ya varios años conviviendo cotidianamente con la IA, no fue sino hasta la llegada de los generadores de imágenes como Dall-e2 o Midjourney, o el modelo de lenguaje ChatGPT, cuando sentimos que el futuro tocaba a nuestra puerta. Fueron precisamente estos desarrollos los que reavivaron la conversación en los últimos meses, debido a que su difusión orilló a muchas instituciones —entre ellas a las IES— a posicionarse al respecto.
A comienzos de este año, por ejemplo, a tan sólo un mes del lanzamiento de ChatGPT, universidades de todo el mundo se pronunciaron en contra de este nuevo modelo de IA. El Imperial College de Londres, la Universidad de Cambridge y diversos distritos escolares en Estados Unidos prohibieron tajantemente su uso y advirtieron sobre los riesgos de incorporar este tipo de tecnologías. No obstante, meses más tarde, el Departamento de Educación del gobierno de Estados Unidos dio a conocer un estudio en el que afirma que la IA puede ser considerada como una tecnología educativa, siempre y cuando los programas pedagógicos coloquen a los seres humanos al centro de sus preocupaciones. El reto, apunta el estudio, consiste en que las escuelas no pierdan de vista los riesgos generados por el uso extendido de la inteligencia artificial en dimensiones clave del quehacer educativo como la equidad, la seguridad, la eficiencia y la transparencia.
Lo que vemos, grosso modo, es una discusión entre apologistas y detractores. Por un lado, hay un repunte de optimismo: voces entusiastas que nos contagian con sus radiantes promesas de futuro. Así, figuras como Salman Khan sugieren que, en última instancia, el impacto de la inteligencia artificial sobre la educación será positivo. Del lado contrario, están los profetas de la distopía: expertos y líderes de opinión que nos advierten sobre los riesgos de esta marea digital y tecnocrática. En mayo, Sam Altman, fundador de Open AI (la firma que hizo posible el desarrollo de ChatGPT), advirtió en una audiencia ante el Capitolio que las autoridades deben regular el desarrollo de la inteligencia artificial para conjurar así peligros mayores para la humanidad.
Sea como sea, lo cierto es que la invitación a regular el uso de la IA ya está en marcha. A decir de Harriet Farlow, estudioso de uno de los centros de política pública más reconocidos de Australia, el camino hacia la regulación no sólo es inevitable: resulta necesario. Sin embargo, la velocidad de los desarrollos en materia de IA lleva una amplia ventaja sobre los esfuerzos por legislar la actividad en este ámbito. Por fortuna, en medio de esta discusión, queda una zona abierta para quienes nos turnamos entre la perplejidad y el asombro: un espacio para hacer preguntas, antes que precipitarnos a dar pronósticos de futuro.
El humanismo
Este espacio de asombro y perplejidad es el que históricamente ha aprendido a habitar el pensamiento humanista. Si bien no contamos con una sola definición de humanismo, es posible convenir que —a grandes rasgos— se trata un enfoque filosófico, ético y social que sitúa a la persona en el centro de sus preocupaciones. De este modo, el humanismo suele asociarse con el estudio de la literatura, las artes, la filosofía y la historia (con el trívium de la formación medieval); incluso, en ocasiones, se le considera opuesto al conocimiento demostrativo de las ciencias exactas y de la dogmática religiosa.
Humanista es aquel que abreva de la historia y de la tradición para transformar la realidad del presente en función de lo aprendido. Humanista es quien valora los criterios estéticos, la experiencia cotidiana y el sentido común, y que así toma distancia de la racionalidad pura y de la rigidez de las preceptivas heredadas. Por ende, el humanismo se distingue por su elasticidad gnoseológica, por su capacidad integradora y por su vocación crítica. Dichas cualidades definen la actitud humanista: una disposición existencial que reclama a la totalidad de la persona y que la sitúa ante un destino abierto y contingente.
Por ello, frente al surgimiento de modelos de IA definidos por el potencial de cambiar la manera en la que concebimos el conocimiento, un sinnúmero de estudiosos afines a los postulados humanistas se han volcado a reflexionar sobre los fenómenos socio-tecnológicos emergentes. Gracias a estos empeños es que hoy podemos hablar de humanismo digital y —de este modo— actualizar una tradición que durante siglos ha iluminado a la historia cultural e intelectual en Occidente. Como ocurre con el humanismo, tampoco existe una definición unívoca de humanismo digital. Usualmente la expresión se emplea para hablar de la exigencia de establecer una aproximación ética y filosófica a la relación entre las tecnologías digitales y la experiencia de los seres humanos.
En Europa, el término ha sido usado durante los últimos años por estudiosos como Julian Nida-Rümelin y Nathalie Weindenfeld, quienes han insistido en la relevancia de trascender el paradigma mecanicista del mundo, así como en encontrar un equilibrio sociotecnológico que redunde en la preservación de los sistemas ecológicos. Su visión estima al progreso técnico como un factor de impulso para mejorar la libertad humana, los procesos de paz y la armonía con la naturaleza. En esencia, los promotores del humanismo digital como Nida-Rümelin y Weindenfeld abogan por el principio de que las nuevas tecnologías deben desarrollarse e implementarse en beneficio de las personas y no al revés (es decir, las personas en función de la tecnología).
Esto mismo sostiene el Manifiesto de Viena sobre humanismo digital, un documento dado a conocer en mayo de 2019, en donde cristalizan las principales preocupaciones de quienes promueven esta perspectiva. El propósito del Manifiesto es definir principios éticos básicos para el desarrollo y la aplicación de las tecnologías digitales. Se trata de un documento enfático respecto a los riesgos de la digitalización al referirse a la monopolización de la Web, el aumento de opiniones extremistas, la fragmentación de las comunidades debido a las “cámaras de eco” o islas de verdad, y la pérdida de la intimidad y la privacidad. Entre otros señalamientos, el Manifiesto hace un llamado a que las disciplinas tecnológicas, como la informática y las ciencias de la computación, colaboren mano a mano con las ciencias sociales y con las humanidades. Esto para contrarrestar el aislamiento cognitivo derivado de nuestra cultura de la especialización, en la cual se ha perdido de vista la compleja red de interrelaciones entre las distintas áreas del saber.
Los retos
Me parece que a las IES nos toca atender al llamado del humanismo digital. Al estar al margen de las dinámicas de consumo predominantes, las universidades abren un espacio en donde es posible habitar la duda, imaginar hipótesis, probar soluciones e intercambiar puntos de vista con entera libertad. Su vocación dialogante, plural, inter y transdisciplinar, hace de las universidades una plataforma idónea para la creación de puentes de cooperación creativos y beneficiosos para nuestra sociedad.
Hoy sabemos que, en promedio, la población de entre 16 y 64 años invierte un promedio diario de casi siete horas conectada a Internet, lo cual supone un aumento potencial en el uso de los modelos de IA. A decir del último reporte de la Unesco sobre este tema, no menos de 100 millones de personas usan hoy ChatGPT. Lo esperado es que esta tendencia siga en crecimiento, y aunque este hecho no es inherentemente negativo, lo cierto es que supone retos importantes para quienes ofrecemos una educación presencial.
Por lo anterior, las universidades deben revalorar los aspectos que la distinguen de una academia virtual: lo propio del quehacer universitario es generar conocimiento a través de la docencia, la investigación y la incidencia. Es decir, de la generación crítica de conocimiento complejo sobre la realidad social de nuestro presente. Así lo hemos planteado, en todo caso, desde la Universidad Iberoamericana. Al margen de una dependencia absoluta de las pantallas y los algoritmos, en la Ibero creemos que es posible relacionarnos —con el mundo y entre nosotros— de un modo distinto, cuestionar a quienes controlan las tecnologías e investigar a los beneficiarios y las beneficiarias de los nuevos desarrollos.
Finalmente, las IES también son espacios ideales para tomar distancia de la fascinación tecnológica que domina a nuestra sociedad y poner en perspectiva nuestras fantasías de progreso. En un mundo plagado de injusticias en el que —según el último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)— 770 millones de personas padecen hambre; en el que 783 millones de personas viven por debajo del umbral de pobreza (con menos de dos dólares diarios); en el que, de acuerdo a datos de la Organización Mundial de la Salud, una de cada tres personas no tiene acceso al agua potable; y en el que, de acuerdo a Naciones Unidas, la cantidad de países afectados por conflictos violentos ha registrado su nivel más alto en los últimos treinta años— vale la pena detenernos a repensar cuáles son nuestras prioridades en el contexto de la realidad mexicana y fraguar iniciativas para atender estas problemáticas.
La IA en las universidades jesuitas
Las universidades confiadas a la Compañía de Jesús no pueden ni deben ser indiferentes a estos debates. Como IES depositarias de una tradición educativa centenaria, nuestro compromiso se encuentra con el llamado a dar sentido a esa tradición humanista de la que hablé previamente. Así, el paradigma de la excelencia humana integral es concebido como una invitación a salir al encuentro con la realidad sociotecnológica de nuestro tiempo para cuestionarla desde un enfoque de justicia social. Es decir, desde un compromiso irrenunciable con el bienestar de las y los demás.
Así lo estamos haciendo ya desde la Universidad Iberoamericana. En este sentido, nuestro Instituto de Investigación Aplicada y Tecnología (InIAT) lleva ocho años trabajando en la creación de soluciones desde cuatro grandes áreas de la tecnología: salud, automatización, sustentabilidad y cómputo. Buena parte de sus emprendimientos se han planteado desde un enfoque transdisciplinar y humanista, con miras a una aplicación social versátil e inmediata. Entre otros proyectos, el InIAT ha creado un modelo de aprendizaje automático capaz de detectar ataques de phishing; ha diseñado algoritmos de aprendizaje no supervisado y modelos de pronóstico para conocer la demanda de energía eléctrica de los hogares mexicanos.
Por su parte, la Dirección de Difusión y Divulgación Cultural —en conjunto con la Oficina de Propiedad Intelectual y Transferencia de Conocimiento y la Dirección de Planeación Estratégica y Evaluación Institucional— está en vías de implementar una herramienta de procesamiento de lenguaje natural que funja como asistente virtual para compartir con el estudiantado la oferta cultural de la universidad. Este proyecto muestra cómo la incorporación de herramientas basadas en inteligencia artificial puede ser útil para fortalecer las estrategias de promoción de las actividades artísticas y culturales, y tiene el potencial para extenderse a otros elementos de asistencia y acompañamiento a nuestra comunidad universitaria.
Se trata de dos ejemplos que reflejan el interés de la Ibero por mantenerse al día y ser pionera en el campo de la inteligencia artificial. Desde la Ibero nos parece fundamental crear espacios de intercambio y socialización en los que participen estudiantes, docentes, investigadoras e investigadores provenientes de distintas disciplinas del conocimiento. Esto nos permitirá adquirir una visión más amplia de los desafíos a los que nos enfrentamos, y así aportar soluciones creativas y novedosas.
En todo caso, considero que IES como la Ibero tienen una labor doble y paradójica: por un lado, deben brindar herramientas y conocimientos para que los estudiantes se desarrollen en entornos sociotecnológicos complejos; al mismo tiempo, deben cultivar la sensibilidad para detectar cuándo la dependencia de los recursos tecnológicos —entre los que se cuentan tablets, teléfonos inteligentes y aplicaciones emergentes respaldadas en el uso de inteligencia artificial— se torna perjudicial. Y aquí suscribo la pregunta que hace el filósofo Nuccio Ordine al respecto de las nuevas tecnologías: ¿no será que la escuela puede convertirse —también— en un espacio para una sana desintoxicación? Es decir: aprovechar las bondades de la presencialidad y encontrar un balance saludable en el uso de las herramientas tecnológicas.
A manera de cierre
Melchor Sánchez Mendiola, coordinador de Universidad Abierta, Innovación Educativa y Educación a Distancia de la UNAM, apunta en un artículo publicado en este mismo espacio que aún es muy pronto para conocer el impacto de la inteligencia artificial sobre la educación. Esta incertidumbre explica el comportamiento pendular de las opiniones que inundan los medios de comunicación, las cuales oscilan —mayormente— entre el entusiasmo desbordado y el alarmismo apocalíptico. Al igual que Sánchez Mendiola, considero que el tema es complejo y que requiere adoptar una actitud abierta y de amplio criterio. De lo contrario, corremos el riesgo de ceder a juicios categóricos y así trivializar un fenómeno que reclama reflexión profunda y de un amplio espíritu crítico.
No cabe duda de que son muchas las preguntas y la expectación que nos genera el futuro. En un mundo de distracciones constantes en el que a diario se habla de una nueva app o de la última innovación tecnológica, resulta complicado mantenerse ecuánime para ser capaces de discernir lo esencial de lo superfluo. Ya a fines del siglo XVI el gran matemático jesuita Christophorus Clavius destacó la necesidad de impulsar una formación científico-matemática en los colegios confiados en aquel tiempo a la Compañía de Jesús. Su planteamiento, que partió originalmente de una mera intuición, siempre fue claro: el cultivo de la ciencia debe acompañar al diálogo en materia de filosofía y humanidades, especialmente al momento de salir al encuentro con la realidad de su tiempo. Me parece que, más que prohibir o desestimar, las universidades deberíamos escuchar y abrirnos a lo que existe; en este caso: una gran marea de fenómenos tecnológicos emergentes. Si algo nos recuerda la tradición humanista es la importancia de volver al presente, y una vez allí —atentos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea— aprender de nuevo a habitar el misterio abierto de la pregunta.
Luis Arriaga Valenzuela, S. J.
Rector de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México