El mundo está cambiando drásticamente a una velocidad que nunca se había visto. Los retos que nuestras sociedades, economías y gobiernos enfrentan ponen a prueba su capacidad para responder y adaptarse. Cada vez se vuelve más difícil para las nuevas generaciones planear su futuro, cuando la promesa de éxito se ve tan lejana y la posibilidad de fracaso a la vuelta de la esquina. Las nuevas generaciones están ansiosas, y con razón. La brecha entre la esperanza del futuro y la realidad que los golpea en el momento que comienzan a buscar trabajo influye en la creciente tendencia entre los jóvenes de buscar respuestas fuera del sistema y adoptar posturas políticas radicales y en ocasiones populistas. ¿Quién los puede culpar?

Aclaro, la educación es importante y probablemente ahora más que nunca. Ésta sigue siendo la inversión más efectiva que tanto individuos como sociedades pueden hacer para avanzar y encontrar formas creativas para superar obstáculos y problemas. Afecta desde la base de nuestra sociedad, impactando su democracia, igualdad, confianza, economía y desarrollo, relaciones sociales, y calidad de vida. Si queremos ciudadanos activos, dedicados e involucrados, una buena educación es requisito. Y, a pesar de que fácilmente podemos estar de acuerdo con lo anterior, vemos que el tema de la educación es subestimado y los debates a su alrededor frecuentemente no logran aterrizarse.

La educación no garantiza que decisiones malas o mal informadas no vayan a ocurrir, o que individuos y sociedades vayan a obtener inmediatamente respuestas a los efectos disruptivos de las nuevas tendencias mundiales, tecnologías e inventos, o nuevos modelos de negocios. Queremos creer que la educación es la principal y mejor herramienta para combatir las “fake news” o el populismo. No obstante, hemos visto el resultado en el caso de Brexit. Aun ciudadanos de países desarrollados —a sólo unos cuantos años de una crisis económica e inestabilidad— optaron por líderes populistas que ofrecían soluciones viejas y fáciles para problemas muy complejos. No hay atajos, porque estos son contraproducentes.

Ilustración: Víctor Solís

Sin embargo, la pregunta que hoy nos agobia es: qué tipo de educación es la más adecuada. Quizás es momento de plantearse que las sociedades no pueden darse el lujo de seguir discutiendo problemas y asuntos de décadas pasadas. Los retos que no se atendieron afectan nuestras vidas, el medio ambiente, la sociedad y la economía. Como el famoso profesor y filósofo canadiense Marshall McLuhan dijo: “nuestra era de la ansiedad es, en gran parte, el resultado de tratar de hacer los trabajos de hoy con las herramientas de ayer”.

Es muy difícil predecir con exactitud el impacto de los cambios tecnológicos, la automatización y la inteligencia artificial, pero su potencial perturbador es enorme. Según un reporte de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el comercio y el desarrollo, se estima que dos tercios de los empleos en los países en desarrollo están en riesgo de perderse ante la automatización y los robots. No obstante, los países tienden a financiar y promover estilos antiguos en las carreras (principalmente dentro de las ingenierías) con la expectativa de potenciar habilidades y empleos que influyan en el crecimiento económico de una forma rápida. Al mismo tiempo, se desacreditan las humanidades, ciencias sociales y la educación liberal. Esto no sólo muestra una visión de corto plazo, sino también puede resultar eventualmente peligroso.

Los jóvenes de hoy trabajarán en nuevos tipos de empleos que aún están por descubrirse. Se vuelve cada vez más importante para nuestra sociedad educarlos y prepararlos para ser capaces de competir contra computadoras y robots. Es por eso que —aunado al conocimiento relevante de toda carrera— debemos promover el desarrollo de esas competencias y habilidades que ningún invento tecnológico del mañana podrá tener; ir más allá de lo que robots y computadoras serán capaces de hacer.

El McKinsey Global Institute estimó que los robots podrían reemplazar entre 400 y 800 millones de empleos para el año 2030. Cuanto más se base nuestra economía en la manufactura y la mano de obra barata, mayores serán los riesgos y el potencial de pérdida de empleos. Sólo en México, un reporte  declara que 5 millones de trabajadores en sectores como la manufactura de automóviles, producción aeroespacial y los plásticos, serán desplazados. Con un bajo sistema de protección de la red de seguridad social, podemos esperar que estos ciudadanos se acerquen al gobierno buscando respuestas en las calles y las plazas.

En su discurso en Davos este año, Jack Ma fundador del Grupo Alibaba y —de acuerdo a Forbes una de las personas mas poderosas del mundo— declaró que “si no cambiamos la forma en la que educamos, en 30 años estaremos en problemas”. Añadió que el enfoque basado en el conocimiento de hace 200 años le fallará a nuestros hijos, quienes jamás serán capaces de competir contra máquinas puesto que éstas son más inteligentes; que tenemos que enseñarles a nuestros hijos algo único para que las máquinas nunca puedan alcanzarlos. Estos sistemas educativos, según Jack Ma, deben centrarse en “valores, creencias, pensamiento independiente, preocupación por otros… ellos [los niños] deben aprender deportes, música, arte, para hacer a los humanos diferentes”. En este sentido, únicamente la educación liberal y flexible que tome en serio a las humanidades podrá lograr eso.

Steve Jobs era conocido como alguien que con frecuencia enfatizaba en la relación entre la tecnología y las humanidades como la fuente del éxito de Apple. En una entrevista con Walter Isaacson , quien escribió su biografía, Jobs se refería a las genialidades de Leonardo da Vinci, quien de acuerdo con Isaacson fue su héroe: él [Leonardo] veía la belleza en el arte y la ingeniería, y su habilidad para mezclarlas es lo que lo hacía un genio”. Con motivo de la presentación de una nueva edición del iPad, Steve Jobs enfatizó que “es el ADN de Apple que la tecnología no basta. Es la tecnología junto con las artes liberales, junto con las humanidades, la que nos da el resultado que hace a nuestros corazones cantar”.

En un evento organizado recientemente por la cámara de comercio canadiense en Ciudad de México (CanCham México), el rector de la Universidad de Toronto,  Meric Gertler, habló acerca del futuro de la educación superior en un mundo turbulento y de la necesidad urgente de un cambio de paradigma en el pensamiento educativo. El funcionario universitario declaró que “las universidades deben asegurarse de que los alumnos aprendan no sólo habilidades técnicas, sino también habilidades y competencias de comunicación, trabajo en equipo, habilidades sociales, pensamiento crítico, solución de problemas, razonamiento cuantitativo y ético y liderazgo.” De acuerdo con él, “estas habilidades son cruciales para atender los retos actuales de intolerancia, nativismo y desigualdad. En un mundo preocupado por un futuro afectado por la automatización, la inteligencia artificial y el aprendizaje automático, la sociedad debe mirar hacia las universidades para preparar ciudadanos y líderes del mañana”. No podemos esperar que estas habilidades se desarrollen como subproducto del currículo universitario, sino que deben enfocarse en éstas, promoviendo el aprendizaje basado en experiencias.

Según un reporte de PWC, la economía mexicana es actualmente la decimoprimera más fuerte del mundo con pronósticos de moverse al séptimo lugar para el año 2050. Estas pueden ser buenas noticias para los mexicanos, pero únicamente si el éxito se llega a sentir y se distribuye de forma más equitativa entre la sociedad. Lo que requerirá, además, de inversión en infraestructura, como caminos, puertos, aeropuertos, hospitales, escuelas, pero también infraestructura digital que asegure el flujo de personas, productos, servicios, energía e información. Sin embargo, el mejor punto de partida para el nuevo presidente y su administración sería incrementar las inversiones en la educación de sus ciudadanos y diseñar reformas educativas y estrategias que traigan innovación de vanguardia centrada no sólo en los beneficios, sino también en las necesidades reales de la sociedad y su desarrollo; ésta sería una clara señal para la sociedad de que el cambio real y sustentable es el eje de sus intenciones.

México no puede darse el lujo de mantener la presente brecha existente entre la fuerza de su economía y las inversiones en educación: ocupa el puesto número 30 de 35 países de la OCDE en gastos en educación. El país necesita políticas públicas que vean hacia adelante y estrategias que reconozcan la necesidad de educar generaciones futuras que sean capaces de ofrecer respuestas creativas a nuevos problemas y que se adapten continuamente a nuevas circunstancias. Se requieren generaciones futuras que trabajen no sólo por el crecimiento económico y personal, sino cuyas decisiones estén motivadas por el crecimiento de sus sociedades, sus ciudadanos y la protección del medio ambiente. Si queremos creer que México puede reducir sus enormes desigualdades sociales y económicas elevando el nivel de igualdad de oportunidades para todos como el camino para una mejor calidad de vida y mayor confianza social, entonces la educación no es sólo un buen punto de partida, es sobretodo uno urgente.

 

Nikola M. Zivkovic
Profesor de relaciones internacionales y políticas exteriores del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey.