La investigación educativa por décadas nos ha mostrado que la escuela no puede sola, se requiere del trabajo armonioso del estudiante, sus maestros y su familia. Los antecedentes familiares son una variable y corresponden al predictor más importante en los logros del aprendizaje en la escuela (Brunes y Luque, 2014; Hattie, 2009); sin embargo, son un actor -relativamente- olvidado por las políticas educativas. Esta variable incluye: educación de la madre y del padre, nivel socioeconómico y condiciones en el hogar.

Si el gobierno electo quiere invertir en la transformación educativa con la bandera de la equidad, requiere voltear su mirada a las condiciones en el hogar; concretamente a la crianza. Con ello, abonará a una visión más integral y realista sobre la compleja transformación educativa, que implica mejorar el entorno que vive cada niña y niño, pues es vital para un sano desarrollo.

En otras latitudes del mundo, la participación de las familias en el aprendizaje ha recibido la atención de investigadores, educadores y políticos. Esta perspectiva propone un énfasis en las familias como educadores poniendo foco en la crianza y el aprendizaje (ambiente), lo cual trasciende la idea de únicamente ver la participación de las familias en función de contribuciones económicas a la escuela. Existe una diversidad de programas con este enfoque, en sistemas tan distintos como Australia, Corea, España y Bután, donde se muestra la importancia de darles la bienvenida a las familias como aprendices para permitirles apoyar mejor el aprendizaje de sus hijos o construir un sentido colectivo de comunidad en torno al ambiente de aprendizaje, o incluso ambos (OCDE, 2013).

Ilustración: Gonzalo Tassier

Aunque el tema es innovador para la investigación educativa —sobre todo en México— la evidencia nos dice que las intervenciones más efectivas deben tener un enfoque distinto en cada etapa de la niñez. Por ejemplo, al inicio se requiere un embarazo gozoso o, al menos, libre de un estrés constante e intenso. Hay indicios de que aprendemos desde que estamos en el vientre materno, por lo que debemos evitar a toda costa el estrés tóxico para un adecuado desarrollo dentro del útero. La madre requiere de un ambiente sano propiciado por su familia, con un acompañamiento que no se reduce a su salud, sino implica una serie de elementos, herramientas y conocimientos que están en la cancha educativa y que son tareas pendientes del Estado (ver por ejemplo el documental: El comienzo de la vida producido por UNICEF).

Una vez que nacemos tenemos un período de privilegio cerebral, pues los primeros tres años aprendemos más que en ninguna otra etapa, y es aquí —los primeros 100 días— donde forjamos un vínculo con los adultos que nos rodean y que perdura a lo largo de la vida. El amor se debe traducir en acciones, y aunque las caricias y abrazos son muy importantes, lo es también la interacción bidireccional constante y recíproca, en donde no solamente se trata de que el adulto hable, sino que exista una comunicación de ida y vuelta  con la o el bebé. Otros aspectos importantes que conviene aprender para esta etapa es que los adultos se tomen más en serio el juego, para ello deben darse un espacio para jugar con sus hijos, así como dar afecto traducido en escucha y atención, monitorear y trabajar la motricidad, por mencionar algunos. Todo ello, requiere espacios para aprender cuáles son esas estrategias y cómo pueden practicarlas en esa primera etapa. Hoy sabemos que en estos primeros años de vida, los cambios más efectivos y que perduran en el tiempo de los programas que trabajan con las familias son aquellos donde la intervención fue de al menos dos años y en un trabajo uno a uno visitando a las familias en sus hogares (Miller, Dune, McClenaghan, 2015).

Luego vienen las etapas escolares. Para este momento, al inicio del preescolar, ya son evidentes las brechas entre quienes tuvieron un nido estimulante, afectivo y nutritivo, y quienes no (The Achievement Gap), pero aún no es determinante. En estos periodos subsecuentes de edad escolar será importante el papel que juegan los adultos que acompañan y favorecen el aprendizaje, como lo son las tareas académicas y domésticas, el trabajo de la autoestima y autoeficacia, la escucha activa, la curiosidad e imaginación no limitada, el juego y la lectura conjunta, la atención a sus talentos, intereses y gustos, las reglas de higiene, nutrición y sueño, así como el tipo de comunicación y participación que se brinda en la escuela para acompañarlos. Actualmente sabemos que el impacto de estas intervenciones es más evidente cuando estos programas dirigidos a familias buscan elevar “las expectativas” que tienen las familias sobre sus hijas e hijos.

En sintonía con ello, el Informe de los resultados de la evaluación de aprendizajes PLANEA 2015  encontró que existe una relación en la expectativa de trayectoria educativa y logro en el aprendizaje, a tal grado que, las diferencias a nivel de estudiante alcanzan una brecha de aprendizaje de 70 puntos en promedio, entre quien aspira a secundaria y quien busca un posgrado (tanto en lenguaje como matemáticas) y las expectativas de cada niño se ven fuertemente influenciadas por las expectativas de los adultos que les rodean.

En el proceso de aprendizaje es muy valioso identificar y reflexionar en conjunto (entre familias) las repercusiones que tiene emplear ciertas prácticas, malos hábitos, creencias y vicios que como padres, madres o tutores replicamos con nuestras hijas e hijos cotidianamente. Por ejemplo, entender que la violencia tiene consecuencias en el aprendizaje, y en aspectos relacionados entre ellos, como son estrés, miedo y autoestima, y que en México las cifras son desgarradoras. Los datos más recientes del INEGI indican que en egresos hospitalarios infantiles por lesiones intencionales la tasa ha aumentado de una forma acelerada y preocupante, de 19% a 42%. Los resultados son muy dolorosos, pues cada día mueren en nuestro país 3.6 niñas y niños por violencia, principalmente familiar.

Lo anterior, coincide con el valioso ejercicio Dime cómo te tratan realizado por el Sistema nacional de protección integral de niñas, niños y adolescentes (SIPINNA) a 53,971 niñas y niños mexicanos. El sondeo dice que la infancia mexicana está herida. En el sondeo —que no es representativo a nivel nacional— las niñas y niños (6-11 años) reportan haberse enfrentado a la situación de haber sido golpeados en un 47% de los casos y los adolescentes en un 52%. Por su parte, los adolescentes reportan violencia verbal que se presenta en diversas formas: groserías (78%), se les ignora (66%) o se les hace sentir mal (74%). Tanto niñas y niños como jóvenes piden que la violencia se detenga y proponen aspectos como: castigo a los adultos que violentan, se les enseñe a ser mejores padres/madres, o los más pequeños piden que se les hable con ternura, entre otras valiosas propuestas que hace nuestra niñez.

En nuestra asociación hemos encontrado en la práctica en comunidades de alta marginación que la principal barrera o foco de atención está en las familias mismas, pues tienen heridas en su autoestima marcadas desde la infancia o incluso por generaciones que se van heredando sin ser atendidas, desde frases violentas hasta abusos sexuales que los marcaron toda una vida. La experiencia nos muestra que toda persona dispuesta (abuelas, madres, padres, tutores) puede aprender un repertorio de hábitos y estrategias para mejorar el ambiente, incluso en situación de analfabetismo, pero se necesita un espacio para aprenderlas. Coincidimos con las teorías de cambio, en las que se retome la importancia de trabajar con los adultos que rodean y están al cuidado de nuestras niñas y niños, pues nuestra capacidad para prosperar se ve afectada por los vínculos familiares y el grado de experiencias saludables, de apoyo y receptivas que vivimos en la infancia; ciertamente la infancia no determina pero sí marca. Diríamos también que hemos descubierto que las escuelas están avidas de intervenciones como ésta. De hecho, en el ciclo escolar 2017-2018 se emprendió un programa piloto de 3,000 escuelas de educación básica en todo el país con este enfoque. El programa que se denomina “Familias Educadoras” contiene un manual de nueve sesiones que, de forma voluntaria, pueden facilitar las comunidades de acuerdo a sus necesidades, orientados en habilidades socioemocionales y acompañamiento en el aprendizaje de sus hijas e hijos. En las sesiones se pueden encontrar aspectos como: autoeficacia, desarrollo de hábitos, aprendizajes clave y comunicación con los docentes.

El gobierno electo entrará en una espiral fallida si asume —como hasta ahora— que el reto más importante está en la educación superior; es una trampa. La clave está en los primeros años, ahí está la mayor tasa de retorno social. Si el gobierno electo de Andrés Manuel López Obrador pretende tomarse en serio la convicción de “primero los pobres” y emprender un plan para pacificar el país, dicho proceso difícilmente prosperará si no se atiende la crianza, el afecto y un ambiente de aprendizaje propicio para nuestra niñez; ese sí puede ser el mejor legado de una verdadera transformación de paz y educación con equidad.

 

Manuel Bravo Valladolid
Co-fundador y Presidente de Cien Lenguajes del Niño, AC.