El comprobante-credencial citaba a Óscar a las 2:30 de la tarde del sábado 22 de junio. El y yo nos reunimos al mediodía en la esquina de su ahora antigua escuela, una secundaria técnica ubicada al norte de Ciudad de México, al límite con el Estado de México. Sus padres no pudieron acompañarlo pues trabajan de lunes a domingo a jornada completa: su madre en una empresa de limpieza de autobuses, y su padre como trabajador de una empresa automotriz y en proceso de dejar su trabajo para iniciar un pequeño negocio propio; además, pensaban no inscribirlo al examen, pues no podían cubrir el costo del trámite, y su preocupación principal era que, en caso de que “no se quedara”, no les iban a devolver el dinero, por lo que no tenían presente acompañarlo ese día.

Salimos retrasados, pero a pesar de la demora tuvimos tiempo suficiente para tomar un camión que nos acercara a la Unidad ESIQUIE del Instituto Politécnico Nacional y también tuvimos tiempo suficiente para charlar. “¿La prepa es difícil?”, Óscar me preguntó y antes de que yo pudiera contestar aventuró una respuesta: es que yo creo que es como la secundaria, nada más que los maestros son más estrictos. Después de su reflexión, mi respuesta fue contarle mi experiencia en la preparatoria; se nos fue el tiempo charlando sobre sus intereses en estudiar algo relacionado con los motores de los coches, en el tema de cuánto iba a costar la inscripción y qué tan peligrosos eran los porros.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Al llegar, tuvimos que recorrer un acceso vehicular, que simulaba un largo pasillo, donde en todo momento se encontraba el personal de apoyo para la aplicación del examen y quienes señalaban las líneas divisorias entre familiares y aspirantes tajantemente indicadas con bandas amarillas plásticas, como las usadas para el control del tránsito vehicular; es algo que tienen que hacer ellos solos, para que vayan aprendiendo, y también es para organizar a la gente”, dijo una de ellas. En el camellón se encontraban dispuestos baños públicos portátiles, pues la espera a que el último aspirante saliera podría prolongarse hasta cuatro horas, según las indicaciones del personal. No advertí el tono armónico del encuentro hasta que me despedí de Óscar; apenas tuve tiempo de hacerle unas señas para indicarle el lugar en el que nos encontraríamos a su salida, cuando me di cuenta realmente de la cantidad de personas que ya se encontraban cómodamente instaladas en las áreas verdes del campus, así como a lo largo del corredor y del camellón, con pequeñas sillas plegables y mantas para sentarse en el suelo o en el pasto, me figuré un domingo familiar de día de campo; algunos otros se mantuvieron, no lo dudo, de pie en el mismo lugar para no perder de vista cuando saliera su familiar.

Existían diversas entradas. Nosotros entramos por el estacionamiento, la que le tocó a Óscar fue la ocho, recorrí el pasillo hasta llegar a la primera y el ruido se acrecentaba a medida que avanzaba. Ya cuando me encontraba en la entrada principal me vi envuelto en medio de un flujo de personas que estaban siendo separadas en las filas correspondientes. Padres a la izquierda y aspirantes a la derecha, ¡por favor!”, repetía como letanía un joven a través de un megáfono, que se interrumpía intermitentemente para dar información adicional: “¡no necesitan goma ni lápiz, adentro se los proporcionan!, “¡por favor liberen el paso vehicular para agilizar la entrada!”. Y en efecto, la gente se concentraba en torno a la entrada y sobre la Avenida Politécnico, pero también en torno a los puestos de comida rápida, tacos, y bebidas que se encontraban apostados a lo largo del camellón.

Los últimos estudiantes estaban ingresando aún y un contraste de nerviosismo y felicidad se dejó ver en las diversas charlas entre las familias, “¿te imaginas que Ana se quedara en un Conalep?”. Un niño de unos once años le preguntó a su padre, quien vaciló en la respuesta para decir: “no creo, le tendría que ir muy mal para que no se quedara”. Paulatinamente el tumulto se fue disipando y todo el mundo buscó los mejores lugares para esperar.

Los niños encontraron un buen sitio para jugar y correr. Las madres y los padres intercambiaban cortas o largas charlas con otras familias y, así, espontáneamente, sucedían pláticas catárticas que empezaban por exponer las personalidades de sus hijas e hijos, pasando por su proceso de preparación para el examen —que si habían tomado un curso o no, que si les tocaron buenos o malos maestros en la secundaria— hasta exponer sus trayectorias de vida. En particular un conjunto de cinco madres de diferentes edades intercambiaron sus historias de vida y además trataron varios temas que resultaron coincidentes, sobre lo difícil que era la crianza de los hijos, conciliar intereses con sus parejas, lo violento de sus entornos y de las escuelas y la poca capacidad de las autoridades para resolver esos problemas, los consejos y motivación hacia sus hijos para continuar con los estudios, etc.: como está la situación yo le digo a mi hija: ‘estudia, no le hace que no te toque donde querías, tú échale ganas si no de una vez dime y te meto a trabajar, ya ves cómo está la situación, hija; ya ves a tu hermano, le tocó donde quería, en el turno que quería y ve, ya no terminó’”, compartió una de las madres en la charla.

Aproximadamente a las cinco y media de la tarde —dos horas y media después de haber iniciado el examen— se escuchó un vitoreo que llamó rápidamente a quienes nos encontrábamos dispersos: habían salido los primeros chicos del examen. Todas las familias se reunieron en torno a las diferentes salidas y como si de algún personaje famoso se tratase, las chicas y los chicos recibían una ovación al grito de ¡sí se puede!”, aplausos, capturas de celulares, cámaras fotográficas y de video mientras desfilaban hacia la salida para encontrarse con sus familiares. La energía de las personas parecía contagiar a los chicos y chicas, pues ante tal ovación respondían en ocasiones con risas tímidas y en ocasiones con ademanes triunfales, que aumentaban los aplausos y las frases de motivación del público. Después de la salida triunfal por haber logrado presentar el examen, la pregunta recurrente y lógica de las familias “¿cómo te fue?”, recibía la respuesta correspondiente “yo creo que bien”.

Óscar salió, recibiendo la misma ovación del público. “Se me complicó historia y química, como que ya no me acordaba”, me compartió mientras nos retirábamos del campus. Por un giro de último minuto, Óscar pudo hacer su examen, no era el plan original pues, aunque él quería, sus padres no cuentan con los recursos para sostener sus estudios.

Como él, 159 jóvenes aspirantes a un espacio en la educación media superior, de 14 años, apartaron la fecha en su calendario y dedicaron una jornada que definirá, quizá sin que ellos lo sepan, su futuro educativo y laboral. De acuerdo con los datos de la COMIPEMS 2019, 69,459 (27.0%) aspirantes fueron asignados en su primera opción, en contraste, 36,507 (12.4%) obtuvieron el resultado con derecho a otra opción” (CDO); Óscar se encontró en esta última situación, y apenas pudo encontrar un lugar en un Conalep cercano a su domicilio. Por ahora se encuentra estudiando electricidad, y aunque manifiesta estar contento de haber conseguido entrar a la escuela para continuar sus estudios, en sus primeros dos meses ha tenido dificultades para cumplir con los materiales, así como con las exigencias académicas, el rezago en lectura y matemáticas es notable, lo que dificulta mucho su desempeño y se encuentra en peligro de reprobar algunas materias.

El caso de Óscar tiene reflejo en muchos jóvenes, quienes como él tienen orígenes sociales que se encuentran en desventaja frente a otros, y que limitan su desempeño en la medida en que avanzan a través del sistema educativo. Las narrativas que explican la desigualdad a partir del mérito y del esfuerzo individual suelen olvidar que los recursos, tanto materiales como de acompañamiento familiar, no son los mismos para todos, ambos son complementarios y necesarios, y sin embargo no todos cuentan con ellos.

Por otro lado, el examen de asignación, como instrumento de clasificación, sanciona un desempeño que parte, aparentemente, de una igualdad de condiciones, cuya premisa es que nivela el terreno para quienes se encuentran en desventaja, si se preparan lo suficiente y lo necesario; sin embargo, la desigualdad de condiciones de origen social ejerce un gran peso previo y posterior a la presentación del examen. Resulta necesario cuestionar si lo que se requiere entonces es un instrumento de clasificación, como se ha aplicado hasta ahora, o por el contrario uno que busque identificar carencias fundamentales, sociales y escolares, y que se articule con estrategias más decididas para atacar la desigualdad en el paso a la educación media superior.

Esta viñeta es parte de mi proyecto doctoral, en curso, que indaga las estrategias de adaptación de estudiantes en transición a la educación media superior, en la Ciudad de México.

 

Daniel Omar Cobos Marín
Candidato a Doctor en Ciencia Social con Especialidad en Sociología de El Colegio de México .