En los últimos meses hemos presenciado el surgimiento de protestas sociales masivas en diversas regiones del mundo, por ejemplo, en Argelia, Bolivia, Inglaterra, Cataluña, Chile, Ecuador, Francia, Guinea, Haití, Honduras, Hong Kong, Irak, Kazajistán, Líbano, entre muchos otros lugares. Algunos de estos movimientos sociales han cimbrado la existencia misma de sus sistemas políticos  y, en varios casos, la forma como seguirán desarrollándose sigue siendo incierta.

En la gran mayoría de los casos, las razones o causas próximas de estas revueltas no están vinculadas con temas relacionados a conflictos universitarios como el incremento de cuotas u otro tipo de problemas generados en algún campus universitario. Quizás la única excepción sigue siendo Chile, donde las demandas sobre el establecimiento de la gratuidad se han mezclado con otros temas de la agenda social desde hace ya un buen tiempo. El movimiento de protesta actual se nutrió con el incremento en las tarifas del metro que, inicialmente, fue encabezado por estudiantes de secundaria del nivel superior. Posteriormente, dicha protesta se extendió mucho más allá de la base estudiantil tradicional y después se sumaron otros temas especialmente vinculados con la desigualdad social que vive esa sociedad. Como se sabe, Chile es uno de los países más desiguales de América Latina. Una de las manifestaciones más impresionantes tuvo lugar el 25 de octubre, en la capital de Chile, Santiago, donde se manifestaron más de un millón de personas.

En la mayoría de los casos, los movimientos de protestas fueron originados por un problema específico, pero pronto las demandas se expandieron hacia otros temas. Las constantes protestas en Hong Kong, que lograron sacar a la calle a más de un millón de personas (casi la quinta parte de su población total), comenzaron con las protestas por una propuesta de ley de extradición que permitía a las autoridades enviar gente acusada de crímenes a China. Dichas protestas pronto extendieron sus demandas pidiendo mayor democracia y buscando una mayor independencia para Hong Kong. En el fondo de todo, también eran protestas por el incremento del precio de la renta y la desigualdad social que existe en la isla. Las protestas en Irak, por otra parte, fueron encabezadas por estudiantes pero pronto recibieron el apoyo de otros sectores sociales y se fueron extendiendo a importantes ciudades de aquel país. Las demandas tenían que ver desde con temas relacionados con la corrupción gubernamental hasta la ausencia de servicios básicos; también se incluyeron algunas protestas por la influencia iraní en dicho país, entre otros temas.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Un elemento común subyacente en prácticamente todos estos movimientos de protesta es el malestar y las injusticias sociales que producen la desigualdad: la enorme brecha que existe entre pobres y ricos, y el sentimiento de que amplios segmentos de la población están siendo excluidos por las políticas neoliberales y  la insensibilidad de las clases políticas y las élites. En este sentido, las causas de la actual ola de protestas no son tan diferentes a las fuerzas que contribuyeron a la elección de Donald Trump en los Estados Unidos o que empujaron el Brexit en el Reino Unido. Igualmente, uno podría mirar atrás y revisar los movimientos en el norte de África o los de medio oriente durante la llamada “primavera árabe”, mismos que inicialmente  fueron dirigidos por los jóvenes de esos países, graduados universitarios desempleados y estudiantes. Esos movimientos reflejaban un descontento similar al que vemos ahora contra el orden político establecido y que muchas veces llega a ser represivo. El aumento de la inequidad social, la violencia y desigualdad experimentada por las mujeres y el profundo pesimismo acerca del futuro de las perspectivas laborales una vez concluida la educación superior son fuerzas muy poderosas para el activismo.

Hoy en día los movimientos de protesta tienen algunas características especiales. En primer lugar no cuentan con liderazgos visibles, haciendo que sea mucho más difícil negociar con ellos o inclusive dificultando que los propios movimientos presenten sus demandas de forma coherente y razonable. En segundo lugar, si bien su espontaneidad los dota de mucha energía, también los vuelve muy impredecibles. Muchos de estos movimientos han comenzado siendo muy pacíficos, aunque siempre hay pequeñas facciones violentas en la periferia. En algunas ocasiones dichas protestas se deterioran rápidamente cuando interviene la policía de forma violenta, lo que casi siempre resulta en un escalamiento de las protestas y en una eventual represión. En tercer lugar se encuentra el papel que han jugado los medios masivos como una fuerza muy importante entre la gente joven y los estudiantes que saben usarlos para crear conciencia sobre su agenda, movilizar grupos sociales y organizar colectivos. Varios de los movimientos estudiantiles más conocidos de la década pasada construyeron masivas campañas en línea. La consigna #FeesMustFall [#LasCuotasDebenCaer] que empezó el movimiento contra el cobro de cuotas estudiantiles en Sudáfrica en 2015 fue tan pegajosa que fue retomada por otros movimientos estudiantiles en India y Uganda en octubre y noviembre de 2019 para exigir la misma demanda. Para los distintos gobiernos, el poder y uso de los medios masivos en los movimientos sociales continúa siendo un reto; en muchos lugares la respuesta ha sido tratar de censurar internet o cortar el acceso a las redes sociales.

Los estudiantes han sido piezas clave en recientes movimientos de activistas, dos ejemplos son Hong Kong e Irak. En otros movimientos, como el de los “chalecos amarillos” [gilets jaunes] en Francia, los estudiantes no jugaron ningún papel en el origen de dicho movimiento y no han jugado ningún rol en su desarrollo. No obstante, el involucramiento estudiantil no necesariamente tiene que ver con que haya o no temas educativos en la agenda de los movimientos, o con que haya presencia o no de liderazgos estudiantiles. También es justo decir que, a diferencia de los movimientos estudiantiles de los años sesenta, los estudiantes no han sido actores centrales en los actuales movimientos sociales pero al menos han sido actores aliados, y en algunos casos han llegado a posiciones de liderazgo.

Desde la Gran Depresión, cada década ha comenzado con una protesta estudiantil en el mundo. De hecho, 2019 fue un año marcado por protestas en las calles y fueron los estudiantes los que empezaron las manifestaciones contra las políticas de austeridad y el incremento de la inequidad social. Uno de los detonantes de la mayoría de estos movimientos han sido los intentos de los diferentes gobiernos por privatizar el costo de la educación superior como parte de sus políticas de austeridad. A lo largo de esta década en Bangladesh, Reino Unido, Chile, Alemania, India, Italia, Malasia, en la provincia de Quebec, en Sudáfrica, en Corea del Sur, Uganda, entre otros en cada continente, ha habido masivas protestas estudiantiles. En algunos casos, como en Chile o Hong Kong, han derivado en auténticas crisis políticas. Pero aún más importante: recientemente ha crecido una ola de activismo, contagiosa, alrededor del mundo.

En suma, lo que hemos atestiguado desde el año pasado no puede ser definido como una revuelta estudiantil de la misma forma como aconteció en el año de 1968. Probablemente sea mucho más preciso definirla como una revuelta juvenil donde, a diferencia de otras épocas, destaca la fuerte participación de mujeres. El papel crucial de los estudiantes como un grupo específico en los actuales movimientos es, sin embargo, incuestionable, por lo menos en sus llamados a favor de la justicia social, la lucha por la igualdad de oportunidades y quizás como un eco que precede a la actual ola de activismo mundial.

 

Philip G. Altbach
Profesor investigador y fundador del Centro para la Educación Superior Internacional del Boston College en los Estados Unidos.

Thierry Luescher
Director de investigación de educación superior y educación vocacional del Consejo de investigación en humanidades y ciencias sociales y profesor de educación superior de la Universidad del Free State en Sudáfrica.