La crisis sanitaria que vivimos nos ha recordado los grandes riesgos que enfrentamos todos los países, pese —y en algunos casos debido— a los acelerados avances tecnológicos que hemos tenido en las últimas décadas. El brote del Covid-19 se ha convertido en un problema público de gran magnitud, no solamente por sus implicaciones para la salud pública, sino porque las economías mundial, nacionales y regionales enfrentan de manera precipitada enormes retos debido a la necesidad de aislar a millones de personas. En el sector educativo, el cierre de las escuelas en todo el mundo ahondará las brechas educativas, afectando de manera desproporcionada a las personas más vulnerables. En lo económico, se presenta ya una caída en el consumo en numerosos sectores como el turismo, servicios, producción agrícola, e incluso los culturales y de esparcimiento, lo que incrementa el desempleo y amplía las desigualdades sociales observadas previo a la pandemia.
La crisis global provocada por la diseminación del Covid-19 también nos ha recordado la gran brecha que existe entre el conocimiento necesario y el conocimiento disponible, la insuficiencia de nuestros sistemas nacionales de salud, la artificialidad de nuestras fronteras pero, sobre todo, la necesidad de consolidar dentro de los sistemas educativos estructuras que permitan distribuir oportunidades de aprendizaje no formal e informal para preparar, constante, oportuna y rápidamente a toda la población no escolarizada. Son ejemplos de la importancia de este tipo de aprendizajes los múltiples esfuerzos, dentro y fuera de los gobiernos, para equipar rápidamente a los ciudadanos con conocimientos e información suficientes y adecuados para responder a la crisis sanitaria y “aplanar la curva” de expansión del virus.
Por una paradoja poco frecuente, en medio de esta crisis la demanda por educación informal ha rebasado la de la educación formal, como lo prueba la respuesta de múltiples organizaciones y personas que están involucrando a los ciudadanos a través de campañas de información pública, intentando modificar con urgencia el comportamiento de personas en todo el mundo. La expectativa de un cambio acelerado de conductas de jóvenes y adultos para hacer frente al Covid-19, resalta la oportunidad que tendremos para reposicionar las políticas de aprendizaje a lo largo de la vida.

Ilustración: Raquel Moreno
El aprendizaje a lo largo de la vida no es un concepto nuevo. Timothy Ireland (2019) nos recuerda que el aprendizaje es parte de la condición humana y que tiene lugar en múltiples contextos, tiempos y modalidades. Es decir, el aprendizaje es una parte integral de las personas, ya que comenzamos a aprender cuando nacemos y continuamos haciéndolo hasta el final de nuestras vidas. Esto implica que las escuelas deberían representar solamente una parte de todas las oportunidades para aprender, y que deberían considerarse políticas nacionales para promover aprendizajes en múltiples contextos: con las familias, en comunidades, museos, parques, lugares de trabajo y bibliotecas.
La complejidad e incertidumbre sobre cómo retomaremos la vida y el trabajo cotidiano se transformará en demandas por tener poblaciones adaptables, resistentes, abiertas al cambio y al aprendizaje constante, como señala el Instituto de la UNESCO para el Aprendizaje a Largo de la Vida. Adaptarse a las condiciones sociales que se presentarán tras la pandemia en un mundo tan conectado como en el que vivimos, requerirá fortalecer rápida y eficientemente los diversos programas nacionales e internacionales que promueven el aprendizaje a lo largo de la vida en todo el mundo. El cuidado de la salud; la educación ciudadana; el alfabetismo de información; la sensibilización social; la cooperación y tolerancia; los procesos de recalificación para el empleo; nuevas prácticas de convivencia y la adopción de nuevas tecnologías; entre otras, constituirán una miríada de demandas por ser atendidas en el nuevo entorno político y económico que enfrentaremos.
Reposicionar el aprendizaje a lo largo de la vida implicará crear oportunidades para todos los grupos de edad, en diversos espacios de aprendizaje (escuelas, bibliotecas, museos, además de aprendizaje en línea y a distancia) y con una gran variación de perfiles poblacionales. Por ejemplo, el tiempo de confinamiento podría ser utilizado para recalificar a distancia a los trabajadores, especialmente en respuesta a los preocupantes escenarios económicos que se vislumbran. Sin embargo, en las condiciones actuales, atender esta necesidad se ve todavía distante debido a que el debate público se ha enfocado principalmente en el reinicio de actividades de los sistemas de educación formal y escolarizados, por lo que la discusión sobre la educación que requerirá el resto de la población permanece todavía ausente.
De hecho, la interrupción de la operación de los sistemas escolarizados dejará lecciones importantes sobre cómo adoptar nuevos enfoques para desarrollar sistemas de educación nacionales más abiertos y flexibles en el futuro. Sin embargo, la búsqueda de una mayor apertura y flexibilidad no estará libre de dificultades; la educación a distancia a la que se ha recurrido en las últimas semanas (Reimers y Schleicher, 2020) requiere que los países cuenten con personal docente y estudiantes con habilidades digitales, una infraestructura tecnológica funcional y de calidad, modelos de enseñanza específicos y experiencias que permitan una rápida transición hacia su uso generalizado.
En los debates educativos que se presentarán tras la crisis sanitaria habrá que recordar que, más allá de las lecciones que surjan alrededor del colapso del sistema escolarizado y la complejidad que representó su transición acelerada a una modalidad a distancia, es necesario considerar que los gobiernos y las agencias internacionales deberán ahora crear oportunidades no escolarizadas: "arraigadas en la integración del aprendizaje y la vida, cubriendo actividades de aprendizaje para personas de todas las edades (niños, jóvenes, adultos y ancianos, niñas y niños, mujeres y hombres), en todos los contextos de la vida (familia, escuela, centros comunitarios, museos, lugares de trabajo) y a través de una variedad de modalidades (formales, no formales e informal) que en conjunto satisfarán una amplia gama de necesidades y demandas de aprendizaje” (UIL, s. f.).
Diversas iniciativas nacionales podrán informar este debate. Es el caso de la República de Corea, en donde se adoptaron políticas de aprendizaje a lo largo de la vida que van desde el centro del país hasta los niveles municipales y provinciales. Se trata, de hecho, de que las ciudades sean las organizaciones responsables de detectar cuáles son los aprendizajes más significativos para los ciudadanos y de crear oportunidades de aprendizaje alineadas a estas necesidades.
En suma, la educación y el aprendizaje a lo largo de la vida pueden cambiar positivamente el comportamiento de las poblaciones. Únicamente a través del cambio de hábitos podremos recuperar parcialmente la vida cotidiana que se interrumpió. Entre las principales lecciones de esta crisis probablemente se encontrará la necesidad de repensar la forma en que crearemos oportunidades de aprendizaje para todas las personas, de manera que afiancemos la ciudadanía democrática y global, se incremente la empleabilidad y se cuente con comunidades más democráticas, productivas, resilientes y adaptables.
Sergio Cárdenas Denham
Profesor investigador titular en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) .
Raúl Valdés-Cotera
Responsable del Programa de Políticas y Estrategias del Instituto de la UNESCO para el Aprendizaje a lo Largo de la Vida.
Excelente artículo, muy pertinente al momento actual y la visión prospectiva me parece muy atinada, solo agregaría que las ciudades o las sociedades que conforman a estas no solo pueden cambiar el comportamiento de las poblaciones, es imperativo que se haga deben cambiar ese comportamiento.
La brecha crecerá de manera exponencial, el día de hoy muchos alumnos de escuelas particulares han continuado con sus materias desde la comodidad del sillón de su casa, a otros les están facilitando las clases por tv. En México hay un grupo grande que no cuenta con esos recursos para actualizarse. Las diferencias en Amércia Latina serán mayores