La educación superior es un fenómeno multifacético que sirve diferentes propósitos para las personas y la sociedad. Pero esto es algo que difícilmente se comprende si nos atenemos solamente a los discursos políticos y a lo que se escucha y ve en los medios masivos de comunicación. Lo que se escucha últimamente tiene que ver con su responsabilidad con el entrenamiento de la fuerza de trabajo y a veces con los ataques a las universidades por ser blancos de críticas por parte de la cultura “woke” y sectores conservadores que sólo piensan en el carácter práctico que debe tener la educación.
No obstante que los egresados y las egresadas de educación superior obtienen ingresos mayores —en lo general— que las personas que no tienen un título universitario; que las instituciones de educación superior se han ajustado a las nuevas realidades de la fuerza de trabajo, aun adaptándose a las restricciones que la impuso pandemia; que su matrícula se ha recuperado, con algunas excepciones —es el caso de Estados Unidos—, cerca de la mitad de los estadunidenses han perdido la confianza en la educación superior y se puede observar una tendencia similar en otras partes del mundo. Al respecto, se debe mencionar que los hijos y las hijas de las personas más críticas de las universidades siguen mandándolos a obtener una credencial universitaria, aun sabiendo que quienes egresan de las instituciones vocacionales o técnicas reciben mejores salarios y tienen mayor demanda en el mundo del trabajo.

Una mirada histórica sobre la formación para el trabajo
Las universidades han estado siempre involucradas en lo que ahora llamamos formación para el trabajo. La primera universidad europea —la universidad de Bolonia—, establecida en Italia en 1088, tenía como propósito educar a los hombres jóvenes para la Iglesia Católica, las leyes y la medicina. Pero también tenía que ofrecer lo que actualmente llamamos la “educación liberal”, es decir, la instrucción en matemáticas, humanidades y lógica; esto fue replicado por el resto de las universidades que se fundaron posteriormente. En 1636, los creadores de la Universidad de Harvard lamentaban la falta de educación cristiana de los ministros y por ello iniciaron una universidad, ofrecieron formación en teología, así como estudios generales de tipo inglés y pronto empezaron a ofrecer educación en otros campos profesionales.
Después, durante la Guerra Civil en aquel país, en 1862, Abraham Lincoln firmó el llamado “Gran acto de concesión de tierra para las universidades” —Land-Grant College Act—, que ofreció a estas instituciones porciones de terreno para establecerse, en este caso con el propósito de beneficiar a la agricultura y a las llamadas artes mecánicas (como la arquitectura, la milicia o la metalurgia). De manera que las nuevas universidades públicas como la de Michigan o la de Wisconsin, además de otras universidades privadas como Johns Hopkins o Chicago, se dedicaron a educar estudiantes que pudieran contribuir en el desarrollo del emergente poderío industrial, combinando la educación liberal con la formación profesional. En el caso de Francia, siguiendo las reformas en 1808 de Napoleón, se establecieron espacios vocacionales orientados y prestigiosos como las llamadas grandes écoles, que continúan existiendo hasta ahora.
Cuando los países de América Latina se independizaron de la corona española en el siglo XIX, las universidades que ya se habían establecido buscaron atender las necesidades vocacionales y profesionales de los países nacientes. En el caso de China —viniendo de una tradición de pensamiento completamente diferente—, se establecieron academias en el siglo XVIII para ofrecer educación en confucianismo clásico y posteriormente para formar a los hombres jóvenes en el servicio civil imperial, aunque también ofreciendo formación para el trabajo.
La investigación comenzó a ser parte central de la misión de las universidades. Como se sabe, las universidades de investigación fueron inventadas en Alemania en el siglo XIX en tanto que ese país emergió como una potencia. Estados Unidos y Japón adoptaron la idea de la universidad de investigación. En otros países, como en Francia, la Unión Soviética o China, la mayoría de la investigación se hizo en institutos especializados y las universidades se enfocaron en la educación y la formación profesional.
Expansión en el siglo XX
Así, las universidades modernas emergieron como instituciones poderosas y altamente exitosas que brindaban formación para las economías que entonces surgían, investigación científica que contribuía al conocimiento básico y a las innovaciones aplicadas. En muchos casos esto se complementaba con una formación más general que ayudaba al entendimiento de la sociedad y del pensamiento crítico.
La diversidad de tipos de educación terciaria surgió en el siglo XX para servir a las ahora más complejas economías con números de estudiantes matriculados sin precedentes hasta entonces. De manera que la educación superior pasó de contribuir a la preservación de la élite a una empresa masiva que promovió la movilidad social y produjo el conocimiento necesario para el desarrollo. El mundo académico también pasó de ser un pequeño sector de la élite a conformar un amplio y diversificado sistema de instituciones que servía a las necesidades sociales, económicas y personales.
En Estados Unidos, los llamados colegios comunitarios —Community Colleges— se expandieron en la segunda mitad del siglo XX para servir como instituciones de puertas abiertas a la formación vocacional (encaminada a las demandas del mercado de trabajo), pero al mismo tiempo, para brindar educación general a las y los estudiantes que buscaban espacios para formarse. Casi un 40 % de las y los estudiantes estadunidenses asisten hoy a un colegio comunitario. En Europa, la educación profesional sirve un propósito similar. A nivel global, los sistemas académicos son más exitosos cuando se diversifican, preservan universidades de investigación, universidades de acceso masivo y escuelas técnicas especializadas, normalmente con una mezcla de instituciones públicas y privadas.
Los requerimientos del siglo XXI
A nivel mundial, los medios masivos de comunicación y los gobiernos se han obsesionado con el desarrollo de la fuerza de trabajo y otras demandas vocacionales. El hecho es que la mayoría de las instituciones de educación superior han estado siempre involucradas en educar personas para desempeñarse en ciertos trabajos (en profesiones y otros espacios). En general, estas instituciones han combinado aspectos vocacionales y profesionales con amplias metas educativas. En este sentido, la división entre las universidades de investigación y las escuelas profesionales es un mito. Cada vez más, las universidades de investigación combinan los dos propósitos (ver por ejemplo el creciente interés por los programas de maestría de un año o maestrías de investigación de dos años y la emergencia de doctorados profesionalizantes). De forma similar, en el sector no universitario hay una tendencia de prestar más atención a la investigación; esto se nota en el cambio de nombre de algunas instituciones que ahora se denominan “universidades de ciencias aplicadas”, y esta tendencia también apunta hacia al crecimiento de los estudios de doctorado y a integrar más actividades de investigación. En el caso de Estados Unidos, algunos colegios comunitarios están ofreciendo programas de licenciatura, algo impensable en sus inicios.
En ningún otro momento histórico la educación superior había sido más importante. En la actualidad, la mayoría de las personas tienen más de un trabajo o más de una especialización a lo largo de sus trayectorias profesionales. Y ante un mercado de trabajo tan cambiante —a una velocidad sin precedentes—, su finalidad en la sociedad se vuelve más que necesaria. El surgimiento de la inteligencia artificial y sus posibles implicaciones para el futuro del trabajo y las profesiones magnifican aún más su pertinencia. La inteligencia artificial o la globalización, junto con otros desarrollos tecnológicos, tendrán un impacto dramático; aunque aún no sabemos la dirección que todo esto va a tomar respecto al mundo del trabajo.
Finalmente, lo que esto significa —entre otras cosas— es que la educación terciaria necesita ofrecer habilidades blandas y conocimiento amplio previendo las necesidades futuras. Es decir: las universidades tienen que hacer lo mismo que siempre han hecho, pero con mayor eficiencia y leyendo mejor los futuros escenarios. Esta orientación no puede ser limitada a las instituciones de élite sino también tiene que ser ofrecida a todas y todos los estudiantes que la requieran. Se necesita un sistema diverso que atienda a las necesidades sociales tanto como a los requerimientos de la fuerza laboral. Y eso es especialmente importante para los países de bajo y mediano ingreso en donde la educación superior necesita diversificarse aún más.
Philip G. Altbach
Profesor-investigador y asociado distinguido del Centro para el estudio de la educación superior —Center for International Higher Education— del Boston College, EE.UU.
Hans de Wit
Profesor emérito y asociado distinguido del Centro para el estudio de la educación superior —Center for International Higher Education— del Boston College, EE.UU.