
Durante los sismos de septiembre de 2017, mientras las universidades mexicanas multiplicaban sus programas de cursos, diplomados y maestrías en comunicación de la ciencia, ocurrió que Carlos Valdés —un sismólogo del Instituto de Geofísica de la UNAM— se convirtió en la voz científica más confiable del país. No por seguir protocolos de comunicación institucional, sino por tuitear datos técnicos sin mediación. Miles de personas aprendieron más sobre geología en 72 horas navegando Twitter (ahora X) que en programas de educación formal.
Esta historia revela una tensión entre los espacios profesionalizados de comunicación de la ciencia y los entornos cotidianos donde la gente experimenta y aprende ciencia. Mi punto de partida es que necesitamos reconocer que ambos espacios son legítimos y necesarios, pero que el afán “desmedido” por academizar y rigidizar todo puede hacernos perder de vista cómo funciona la transmisión de conocimiento científico.
Quiero aclarar qué entiendo por «profesionalización». Ser profesional en comunicación de la ciencia significa dominar estrategias comunicativas adaptables a diferentes públicos y contextos, no seguir fórmulas académicas inflexibles. Una comunicadora como Alba Moreno —estudiante de física que divulga en Instagram con un estilo visual extravagante pero rigor conceptual— ejemplifica esta profesionalización: adapta su mensaje al medio y la audiencia sin sacrificar la precisión científica. Lo «profesional» aquí no está en el traje sastre del congreso, sino en la capacidad de conectar mientras se mantiene la integridad del conocimiento.
La profesionalización también implica crear mecanismos de sustento económico para quienes se dedican a comunicar ciencia, y establecer criterios de calidad que distingan entre divulgación rigurosa y charlatanería sin caer en academicismos excluyentes.
La falacia del traductor
Como comunicadora de la ciencia en un contexto institucional, me intriga un fenómeno que observo de manera recurrente: la diferencia de participación entre espacios formales e informales. Hace unos meses esta diferencia se hizo evidente cuando fui a un conversatorio de “La ciencia en el bar” que trataba sobre el uso de inteligencia artificial. No había dónde sentarse y al final las manos levantadas no alcanzaron turno para dar su opinión. Otro caso fue “Anfibios Sin Censura”, que organizó también en un bar el FestiXal de los Anfibios, todo un éxito.
Esto lleva a algunas preguntas: ¿la metáfora dominante en comunicación de la ciencia es la del «traductor»?, ¿el experto que convierte jerga técnica incomprensible en lenguaje ciudadano digerible? Esta metáfora, en apariencia sensata, esconde una premisa problemática: que hay una separación natural entre «ciencia» y «vida cotidiana» que requiere mediación especializada.
Bruno Latour señala en Ciencia en acción que esta separación es artificial. La ciencia no es un conjunto de verdades que necesitan «bajar» al pueblo, sino una red de prácticas, objetos, actores e instituciones que ya está entretejida con la vida social. Cuando Richard Feynman explicaba conceptos de física cuántica usando metáforas cotidianas, no estaba «traduciendo» ciencia: estaba revelando conexiones que ya existían. Feynman recordaba las enseñanzas de su padre, quien le decía: «Puedes conocer el nombre de ese pájaro en todos los idiomas del mundo, pero cuando termines, no sabrás absolutamente nada sobre el pájaro». Era una lección sobre la diferencia entre conocer nombres, conceptos, teorías y conocer fenómenos, una distinción que los comunicadores de la ciencia a veces olvidamos.
El problema surge cuando la mediación se burocratiza y se vuelve fin en sí misma. Algunos espacios de comunicación científica institucional crean filtros innecesarios que, como paradoja, pueden alejar más que acercar. Además, el discurso dominante sobre comunicación de la ciencia habla de «democratizar el conocimiento» y «hacer la ciencia accesible». Pero si hacemos un análisis crítico, profesionalizar la comunicación de la ciencia puede estar creando nuevas formas de exclusión, más sutiles, pero igual de efectivas.
La comunicación de la ciencia profesionalizada funciona como el capital cultural: define códigos específicos de lo que cuenta como «buena divulgación» (narrativas atractivas, metáforas precisas, equilibrio entre rigor y accesibilidad) que privilegian formas específicas de habla y pensamiento que se asocian con clases medias urbanas educadas. Hay comunicación de la ciencia en múltiples espacios, incluso en congresos especializados: desde conversaciones casuales sobre cambio climático hasta explicaciones de curanderas sobre plantas medicinales. Estas formas se relegan o descalifican como “no rigurosas” ¿Cómo ampliar nuestra definición de «buena comunicación» para incluir formas invisibilizadas?
Espacios paralelos
La comunicación científica profesional aporta elementos específicos que la comunicación orgánica difícilmente puede proveer: investigación de audiencias, verificación sistemática de fuentes, metodologías pedagógicas probadas, y recursos para combatir desinformación. Su valor está en ser un servicio especializado, no un filtro elitista. Por su parte, la comunicación orgánica aporta inmediatez, contextualización cultural, horizontalidad y capacidad de respuesta a necesidades específicas que los espacios institucionales rara vez alcanzan.
El problema no es la profesionalización per se, sino cuando ésta se confunde con uniformización académica o cuando se posiciona como la única forma legítima de comunicar ciencia. En lugar de ver la comunicación de la ciencia profesional y la orgánica como una mejor que la otra, podemos entenderlas como ecosistemas complementarios que atienden necesidades diferentes. Los comunicadores de la ciencia profesionales aportan rigor metodológico, capacidad de síntesis y habilidades narrativas específicas. La comunicación de la ciencia orgánica aporta contexto, es horizontal y tiene capacidad de respuesta a necesidades inmediatas.
Heisenberg documentó en Physics and Beyond cómo «las ideas más maravillosas surgen del diálogo», describiendo conversaciones con Bohr, Einstein y Planck que ocurrían «mientras hacían senderismo o navegaban». Estas interacciones informales entre científicos fueron fundamentales para el desarrollo de la física cuántica, pero no reemplazaron la necesidad de comunicación formal por medio de artículos científicos y conferencias.
Steven Shapin ha documentado cómo la construcción social de «autoridad científica» siempre involucra elementos no científicos: clase social, género, instituciones de prestigio. A esto me refiero cuando digo que la comunicación de la ciencia está en todas partes, y ocurre en las situaciones menos pensadas. En lugar de reproducir estas dinámicas, tanto la comunicación profesional como la orgánica pueden trabajar para democratizar en verdad el acceso al conocimiento.
La ciencia en todas partes
Mientras la academia discute currículos de maestrías en divulgación, la comunicación de la ciencia transformadora está ocurriendo en otros espacios: Un caso ilustrativo es el de Pictoline, el proyecto editorial mexicano que se ha vuelto viral en Instagram y TikTok explicando conceptos científicos complejos con infografías atractivas y lenguaje accesible. Sin ser científicos de formación, aunque con asesorías rigurosas de estos, han logrado que millones de personas (1.2, 2.3 y 3.4 millones de seguidores en TikTok, Instagram y Facebook, respectivamente) se interesen en temas como cambio climático, neurociencia y física cuántica. Su éxito demuestra que hay múltiples caminos válidos para acercar ciencia y sociedad.
Esta comunicación de la ciencia es dialógica (no unidireccional), contextualizada (responde a necesidades específicas), horizontal (no jerárquica) y experimental (no sigue fórmulas establecidas). La gente aprende más ciencia de fuentes «no autorizadas» (YouTube, redes sociales, conversaciones informales) que de fuentes institucionales. Pero en lugar de estudiar por qué esto ocurre, la academia insiste en que el problema es que la gente «no sabe distinguir fuentes confiables».
Como afirma Freire, «nadie sabe nada, todos sabemos algo». Esta perspectiva pedagógica sugiere que la comunicación científica más rica emerge del diálogo entre diferentes formas de conocimiento, no de la imposición unidireccional de una sobre otras. La disyuntiva entre invertir en profesionales de la comunicación de la ciencia versus invertir en investigación es real, en particular en países como México donde los recursos son limitados. Pero quizás la pregunta no es elegir entre una u otra.
En lugar de competir por legitimidad, los diferentes espacios de comunicación de la ciencia pueden coexistir y enriquecerse mutuamente. Para facilitar esta coexistencia necesitamos crear puentes: espacios donde científicos, comunicadores profesionales y ciudadanos curiosos puedan interactuar de forma horizontal. También reconocer la diversidad de audiencias y contextos que requieren diferentes tipos de comunicación de la ciencia.
Ejemplos que demuestran que ya existen iniciativas que construyen estos puentes de manera efectiva como Cómo funcionan las cosas, un newsletter con más de 5 000 suscriptores, creado por Valentín Muró, que explora la curiosidad por medio de la filosofía, la ciencia, la historia y la literatura. Volvámonos Verdes, un podcast chileno sobre conciencia ecológica y difusión científica o Mándarax—podcast de ciencia que ofrece «explicaciones científicas para los fenómenos de la vida diaria”. O en otro formato se ubica la Sociedad de Científicos Anónimos, una iniciativa que busca sacar a la ciencia de sus espacios habituales y ponerla en contacto con un público diverso.
La comunicación de la ciencia como ecosistema diverso
La comunicación de la ciencia más transformadora está ocurriendo al mismo tiempo en espacios profesionales y orgánicos. En lugar de ver esto como un problema podemos verlo como una riqueza que celebrar. No necesitamos elegir entre «comunicadores profesionales» y «científicos comunicativos»: necesitamos ecosistemas donde ambos se enriquezcan mutuamente. Esto requiere redefinir lo profesional como versatilidad estratégica y compromiso genuino con la comprensión pública, no como adherencia a protocolos rígidos.
Cuando cualquier persona puede acceder a artículos científicos e investigadores pueden compartir descubrimientos en tiempo real, la clave no es controlar estos flujos sino facilitar su coexistencia productiva. Tal vez es hora de redefinir la comunicación científica profesional del siglo XXI: no como gatekeeping académico, sino como servicio especializado que coexiste con múltiples formas legítimas de transmitir conocimiento.
María del Socorro Aguilar Cucurachi
Directora de Comunicación de la Ciencia de la Universidad Veracruzana