Desde hace tiempo se viene produciendo en todo el planeta un ataque intensivo contra los académicos y las académicas e intelectuales críticas. Desde la represión del gobierno ultraderechista indio contra la Universidad Jawaharlal Nehru, que desembocó en violentos ataques contra la comunidad universitaria, hasta la criminalización de académicos y académicas que critican la violencia del Estado israelí en Palestina —por el periódico más conocido de Alemania— los académicos y las académicas críticas son deslegitimadas y criminalizadas en la mayoría de los países. Todos los días hay noticias sobre ataques violentos contra actores universitarios críticos en Estados Unidos durante protestas propalestinas, ya sea por parte de la policía o de bandas organizadas de extrema derecha. Ataques similares contra protestas propalestinas ocurrieron en varios países europeos, como Alemania y los Países Bajos. En los últimos años se han producido en todo el mundo casos de violencia estatal contra universitarios: Hungría, Nicaragua y Turquía son algunos de los casos más conocidos.

El objetivo de estos ataques a escala planetaria es —en primer lugar— desacreditar y deslegitimar a los académicos y las académicas críticas y su labor intelectual y —posteriormente— expulsarles de las instituciones de educación superior (IES). Con ello se pretende transformar las IES en organizaciones que sólo existen para satisfacer las necesidades del mercado y del Estado-nación.
Me gustaría empezar afirmando que no debemos idealizar el mundo académico. Como argumentó Foucault hace muchos años, las IES pretenden homogeneizar los saberes descalificándolos cuando no sirven para reproducir elstatu quo. Como muchos estudiosos han argumentado convincentemente, las IES han desempeñado, y siguen desempeñando, un papel fundamental en la producción y legitimación de estructuras violentas como el sexismo, así como el racismo y el colonialismo. Sin embargo, al mismo tiempo, vemos que las IES se han convertido en espacios de resistencia en contextos autoritarios. Sin dejar de reconocer que las IES son instituciones jerárquicas y violentas, también debemos reconocer que son uno de los pocos espacios públicos que quedan donde podemos promover la democracia y el pensamiento crítico. Esta puede ser la razón por la que las IES se han convertido en el principal escenario de la disidencia en la mayoría de los llamados países del “primer mundo” en relación con la violencia del Estado israelí en Palestina. Esto trajo consigo la intervención de la policía en los campus universitarios y la criminalización de los actores universitarios críticos. En estos momentos en que somos testigos de la violencia estatal contra las protestas propalestinas en los campus universitarios, es importante reflexionar sobre las raíces de los ataques contra los actores universitarios críticos en todo el mundo: un antiintelectualismo fuera, pero también dentro de las IES.
Este antiintelectualismo tiene dos raíces principales. La primera es la neoliberalización de la educación superior, que ha resultado en la adopción de los valores del mercado y la subordinación de la actividad intelectual a objetivos económicos. La segunda es un nacionalismo “estadocéntrico”, que se traduce en la subordinación de la actividad intelectual a los intereses de los Estados-nación, especialmente en lo que respecta al discurso de la seguridad nacional. Mi objetivo en este texto es abrir un debate sobre la crisis intelectual en las IES y las posibles formas de combatir el creciente antiintelectualismo, centrándome especialmente en la situación que enfrentan las ciencias sociales.
El neoliberalismo, conceptualizado como una lógica que no se centra principalmente en la economía, sino en extender y diseminar los valores del mercado a todas las instituciones y acciones sociales, se ha convertido en la racionalidad gubernamental predominante a nivel mundial, lo que significa que ha sido adoptado por los gobiernos independientemente de su autoidentificación con ideologías de izquierda. Teniendo en cuenta las observaciones de Foucault sobre cómo el neoliberalismo no debería identificarse con el laissez-faire, sino más bien con la vigilancia, la actividad y la intervención permanentes, el capitalismo estatal o las economías de mercado con un fuerte nivel de intervención estatal pueden seguir considerándose neoliberales, como puede verse en los casos de Nicaragua y Venezuela.
La neoliberalización de la educación superior dio lugar a un sistema de evaluación del trabajo académico basado en la popularidad y la rentabilidad, como si se tratara de influencers intelectuales. Así, el trabajo intelectual se valora según el número de veces que apareció en X (antes Twitter) o Reddit (ambos calculados por Altmetric), el número de veces que fue citado y el factor de impacto de la revista donde se publicó. Sin embargo, estos valores numéricos no nos dicen mucho sobre el rigor intelectual de la investigación. A las métricas basadas en la popularidad ni siquiera les importa cómo se mencionó el trabajo. Lo relevante es que se hable de él, que reciba atención. Esto es un reflejo de la cultura imperante en la comunicación contemporánea, basada en agradar al máximo número de personas o ser lo suficientemente polémico como para ser constantemente criticado. Esto es muy perjudicial para el pensamiento crítico y socava la importancia de la actividad intelectual. Nuestras instituciones —que acogen un gran número de actividades intelectuales— promueven la evaluación de las publicaciones basándose en información estadística, sin leer siquiera una parte de ellas. Esto es una traslación al mundo académico de la evaluación basada en “los números de ventas del mercado”.
La neoliberalización del mundo académico también resultó en el descrédito de diversas actividades docentes, salvo las que se consideran útiles para formar mano de obra cualificada para el mercado. Muchos cursos de ciencias sociales y humanidades se vieron muy afectados por esta transformación al ser considerados contraproducentes por la lógica neoliberal. Además, al fomentar la competitividad y el individualismo en lugar de la solidaridad, la implementación de las políticas neoliberales condujo a la precarización laboral dentro de las IES, lo que dificultó enormemente la unión y la defensa de los académicos y las académicas críticas.
El nacionalismo estadocéntrico, por otra parte, da lugar a una reestructuración de las prioridades académicas en función de los intereses del Estado. Especialmente cuando va acompañado de un autoritarismo o un supremacismo etnoreligioso, este nacionalismo abre el camino para etiquetar al pensamiento crítico como traición antipatriótica. El discurso nacionalista basado en la dicotomía “amigo-enemigo” deslegitima a las académicas críticas al presentarlas como amenazas para la seguridad nacional. Los gobiernos autoritarios reestructuran cada vez más la esfera académica eliminando violentamente las voces críticas, lo que lleva a encargar a las IES que legitimen su régimen autoritario y, al mismo tiempo, formen mano de obra cualificada de acuerdo con las necesidades del mercado. Además, los candidatos autoritarios promueven un discurso antiintelectualista durante sus campañas electorales, que posteriormente es utilizado para fortalecer los gobiernos autoritarios bajo su liderazgo, como demuestra claramente el caso de Javier Milei en Argentina.
El término “neoliberalismo autoritario” se utilizó por primera vez para describir las dictaduras militares neoliberales en América Latina. Sin embargo, ha cobrado fuerza en varios países fuera de la región tras la crisis financiera de 2007-2008. Esta crisis dio lugar a un ambiente sociopolítico en el que los gobiernos autoritarios se hicieron necesarios para aplicar políticas neoliberales impopulares. Esto condujo a la centralización ejecutiva, que bloquea las vías democráticas y populares por las que se pueden impugnar las políticas gubernamentales. En consecuencia, los mecanismos democráticos se subordinan a los objetivos económicos neoliberales. Esto trajo consigo la deslegitimación global de los mecanismos democráticos, lo que facilitó a cualquier gobierno, incluso a los supuestamente antineoliberales, la opresión de sus críticas. En este contexto, la idea de que las IES tienen responsabilidades sociales se vio seriamente socavada. Estas responsabilidades sociales requieren un pensamiento crítico, ya que incluyen la lucha contra el pensamiento unidimensional y el fomento de un verdadero diálogo por la paz. Sin embargo, la idea de que la academia y sus actividades deben ser beneficiosas para la sociedad afecta cada vez menos a los procesos de toma de decisiones en el mundo académico.
El resultado del creciente neoliberalismo autoritario es la subordinación del mundo académico a organismos externos. La industria de las clasificaciones académicas evalúa y ordena a las IES en función de encuestas de reputación basadas en la popularidad, los ingresos por investigación y los datos estadísticos (por ejemplo, la proporción de profesoras y profesores por estudiante). Los organismos de financiamiento evalúan los proyectos académicos en función de la rentabilidad o los intereses nacionales. Las instituciones estatales promueven una academia nacional al servicio de los intereses del gobierno en turno. Todo ello tiene como consecuencia el descrédito y la trivialización de las ciencias sociales críticas, ya que son consideradas perjudiciales por los Estados-nación cada vez más autoritarios, y contraproducentes por las administraciones universitarias neoliberalizadas que priorizan maximizar la rentabilidad. Peor aún, esta lógica neoliberal es adoptada por muchos de los propios académicos, que evalúan el trabajo de los demás en función de métricas basadas en la popularidad o en el dinero de los fondos obtenidos, sin tomarse el tiempo de leer su trabajo.
Presentar a los académicos y las académicas críticas como parte de una élite privilegiada inútil para la sociedad se basa tanto en discursos productivistas neoliberales como en discursos nacionalistas estadocéntricos. Insultar, desacreditar y amenazar a las voces académicas críticas está vinculado a la deslegitimación de la propia teoría, que es vista como amenazante e improductiva. Dicha deslegitimación, que se manifiesta a través de la reducción y el cierre de algunos programas de humanidades y ciencias sociales, obstaculiza las posibilidades de resistencia frente a la creación de un sistema autoritario de opresión y subordinación. Aceptando que la teoría es una lucha encaminada a revelar y socavar el poder allí donde es más invisible e insidioso, es comprensible por qué la autoritarización alimenta los ataques dirigidos contra los críticos y las críticas, como el caso de la Dra. Nadera Shalhoub-Kevorkian, quien fue suspendida de la Universidad Hebrea de Jerusalén y posteriormente detenida por la policía israelí.
Cuando los Estados autoritarios y las fuerzas del mercado pretenden transformar a las instituciones intelectuales, su primer acto es desacreditar a los y las intelectuales críticas, lo que va acompañado de provocar fragmentaciones entre los intelectuales y la opresión directa a través de aparatos estatales represivos. La evaluación constante del rendimiento, combinada con la persecución de los académicos que cuestionan el statu quo y la inseguridad laboral en el mundo académico, dan lugar a una atmósfera de miedo e individualización en la que los académicos y las académicas pierden su capacidad de acción colectiva.
Ante esta situación, hay tres difíciles tareas de llevar a cabo para relegitimar el trabajo académico, especialmente desde las ciencias sociales y las humanidades con una perspectiva crítica. La primera es establecer vínculos con las comunidades en condiciones de opresión para reivindicar la responsabilidad social de la academia y, así, generar un tipo diferente de impacto que no pueda cuantificarse con métricas basadas en la popularidad. La segunda es establecer plataformas globales en las que académicas críticas, perseguidas e individualizadas de todo el mundo puedan interactuar entre sí y emprender acciones colectivas. La tercera es oponerse a las precarias relaciones laborales dentro de las IES, lo que puede permitir transformar la cultura de rivalidad y competencia en una cultura de solidaridad y colaboración.
La actual deslegitimación del trabajo académico crítico obstaculiza las posibilidades de resistencia frente a los sistemas autoritarios de opresión y subordinación, cada vez más extendidos en casi todo el planeta. Al relegitimarlo, podemos utilizar las IES para promover la democracia y la igualdad, combatiendo estructuras violentas como el racismo y el sexismo y, al mismo tiempo, proponer soluciones a diversos problemas sociales. En la actual atmósfera mundial de autoritarismo, represión y violencia, nuestro trabajo intelectual debe esforzarse por construir una nueva realidad, en lugar de reproducir las desigualdades existentes. No podremos lograrlo a menos que las instituciones intelectuales se vuelvan verdaderamente autónomas y dirigidas por académicos y académicas que tengan prioridades intelectuales, en lugar de ser evaluadas en función de criterios de mercado o intereses nacionales. Con este fin, reitero que centrarse en el contenido de nuestro trabajo es una necesidad absoluta para reactivar las IES no como instituciones que conceden certificados y compiten entre sí por los puestos en los rankings y los fondos para la investigación, sino como centros de producción y transmisión de conocimientos con responsabilidades sociales más allá de atraer al mayor número de “clientes” o “inversores”.
Serhat Tutkal
Investigador posdoctoral en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México