
Hace unos días, el poeta Gabriel Zaid publicó en Reforma (y se replicó en Letras Libres) un artículo titulado “Educar sin aulas”. Aquí presento una réplica a los argumentos de Zaid. Este ejercicio, respetuoso y propositivo, busca reposicionar el valor de la escuela en las sociedades actuales.
El artículo de Zaid trata tres cuestiones fundamentales: 1) dónde nos educamos; 2) cómo aprendemos; 3) la crítica a la escuela por no centrarse en los aprendizajes y ser, en cambio, una especie de máquina expendedora de credenciales.
Para desarrollar su argumento, Zaid elige el ejemplo de Hamilton Naki, un hábil técnico de laboratorio que participó en el primer trasplante de corazón sin haber obtenido el título (la credencial) que otorga una institución educativa. En este caso, la universidad. No lo dice Zaid, pero esta historia está espléndidamente narrada en el documental Hidden Heart.
Sobre la primera idea (¿dónde nos educamos?) el autor plantea un argumento bien conocido: la educación es algo que ocurre mayormente fuera de las aulas. Por supuesto, el ser humano encuentra en diversos sitios —el hogar, la familia extensa, la comunidad, el entorno social, los medios de comunicación, etc.— insumos para su formación. Lo que omite Zaid es que uno de esos entornos educativos es la escuela, un espacio donde durante una larga etapa se es moldeable y se transcurre una parte decisiva de la vida.
Los seres vivos, y en especial los seres humanos, somos “máquinas de aprendizaje”. Desde meses antes de nacer, el ser humano inicia su aprendizaje al tomar información de su entorno, procesando experiencias y captando diversos lenguajes. Desde poco más de un siglo la pedagogía entiende la educación como un proceso continuo, inacabado y multisituado en el cual se combinan experiencias y racionalizaciones producidas en particular por medio del lenguaje.
Para tratar la segunda idea (¿cómo aprendemos?) el autor expone diversos caminos que conducen al aprendizaje: la emulación, la práctica (cita el clásico ejemplo de que a nadar se aprende nadando), la experiencia, la curiosidad, el fracaso, entre otros. Además de los métodos, Zaid también considera las diversas mediaciones para el aprendizaje: las conversaciones, la lectura, la radio, la televisión, las películas, las canciones, los viajes, entre otras. Todo bien hasta aquí.
El problema surge cuando de ambas premisas se deriva la tesis de la tercera: la crítica a la escuela por no centrarse en los aprendizajes, sino en su función certificadora.
La función de la escuela
En efecto, la escuela no posee el monopolio del aprendizaje, nadie lo tiene. Lo que la escuela sí tiene es el monopolio de la enseñanza sistemática. El espacio escolar es el lugar en el que, de manera intencional —por medio de las metodologías— se provocan cierto tipo de aprendizajes considerados socialmente valiosos.
La escuela moderna tal y como la conocemos —como institución pública, graduada, sistemática, formal y obligatoria— surge en Europa en el siglo XVIII y en los países de nuestra región en el siglo XIX. Condorcet, el gran teórico de las finalidades y propósitos de la instrucción pública, sostiene que el conocimiento (las luces de la razón) son un insumo esencial para la búsqueda de la igualdad, valor muy apreciado en nuestra modernidad.
La adquisición de conocimientos y su validación por medio de la escuela fue el medio que los ilustrados propusieron para ofrecer al pueblo la posibilidad de romper con la sociedad estamental. Ser noble era garante de poder y de dominio. El pueblo, al no tener títulos nobiliarios, tendría la posibilidad de obtener títulos que avalaran una cualificación socialmente valorada. Así, una de las finalidades de la escuela sería liberar a los sujetos de las ataduras que los anclan a su origen. ¿Se cumplió esa promesa? De manera parcial.
Los sociólogos y economistas educativos que estudian la desigualdad han documentado que la relación entre escolaridad y nivel de ingresos es directamente proporcional. No obstante, también señalan que no es suficiente para asegurar la movilidad social ni la igualdad de oportunidades porque hay otros factores, además de los estrictamente escolares, que explican la movilidad social.
Los aprendizajes escolares
Zaid citando a Paul Goodman —anarquista y crítico acérrimo del sistema escolar— afirma que es más difícil aprender a hablar que a escribir y que lo primero se consigue en casa y no en la escuela. Propongo un razonamiento contrario: cualquier persona puede aprender a hablar al entrar en contacto con otro ser humano, pero no a leer ni a escribir. Para ello se requiere una enseñanza, entendida como una acción gradual, sistemática e intencionada. El lugar de la enseñanza formal es la escuela. Si aprender a leer y escribir fuera fácil y posible sin escuela, no habría analfabetismo.
En mi argumento no tienen cabida los ejemplos atípicos de niños autodidactas. En efecto, hay niños y niñas que, bajo la combinación ganadora de una gran capacidad cognitiva y un entorno familiar muy estimulante, aprenden a leer y escribir con poca ayuda y más rápido. Sin embargo, estos casos no hacen estadística, sino anécdotas.
Propongo pensar la escuela reconociendo su carácter masivo y público, como una institución diseñada para atender a los grandes grupos poblacionales. Es una visión que contrasta con la de Zaid, que toma como referencia la vida de Hamilton Naki para ejemplificar cómo alguien, sin haber cursado estudios de medicina, alcanzó tan alto nivel de destreza y conocimiento que le permitió participar en el primer trasplante de corazón. Hay que señalar que Naki necesitó observar, convivir en un entorno altamente educado, universitario, donde pudo aplicar, practicar, leer, y aprender.
La historia de Hamilton Naki es cierta, pero también extraordinaria. De nuevo: para que estos hechos ocurran se requiere de la combinación excepcional entre alta motivación intrínseca y notable capacidad cognitiva. En general, casos de esa naturaleza se dan rara vez. El problema no es la escuela sino la sociedad que no le permitió a Naki acceder a las mismas o mejores oportunidades que a la de sus colegas o compañeros de trabajo.
Otra manera de valorar la importancia de la escuela es preguntarnos qué se logra en ella que no puede obtenerse en otros espacios. El cierre de casi dos años de las escuelas mexicanas durante la pandemia nos ofreció diversas evidencias al respecto. Al reabrirse las aulas, los niños de primer grado de primaria regresaron con torpes movimientos motrices. En efecto, el preescolar cumple la función del juego y el movimiento. Los estudiantes de tercero y cuarto de primaria apenas podían leer y mucho menos comprender breves frases. En ambos casos, la oralidad también se vio muy afectada. Esto se explica porque los y las niñas niños no asisten a la escuela sólo para aprender sumas o restas, sino también para conversar con sus pares, disputar la pelota durante el recreo o escuchar y opinar sobre un cuento que les lee su maestra. El cierre de escuelas en el mundo provocó una pérdida significativa de aprendizaje.
Al reabrir las escuelas ratificamos lo que la sociología y la economía de la educación (también la neurología) han señalado con enorme determinismo: la pobreza material en los hogares se traduce en pobreza intelectual en los niños. Desde esta perspectiva, el propósito original de la escuela pública se mantiene vigente porque sigue desempeñando un papel fundamental para quienes provienen de ambientes menos favorecidos.
Hay una amplia literatura que respalda esta perspectiva. Dos ejemplos: los estudios lingüísticos de Bernstein y su concepto de «código restringido» explican la relación entre adquisición de vocabulario y clase social. Los niños cuyos padres poseen una baja escolaridad llegan a la escuela con insumos lingüísticos limitados en comparación con quienes provienen de hogares con padres de mayor escolaridad. Otro: las investigaciones sobre el fenómeno denominado «Summer learning loss» [pérdidas de aprendizaje durante el verano] documentan que, tras las largas vacaciones de verano, los niños de clases trabajadoras y minorías raciales presentan mayores pérdidas de aprendizaje que quienes pertenecen a las clases altas –que supongo son las que imagina Zaid en su texto. Es decir, aquellas niñas y niños que durante vacaciones desarrollan actividades ricas en aprendizaje como viajar, tener libros en sus hogares, conversaciones edificantes con sus padres, ver buenas películas, entre otras. Entre más pobre material tenga el niño, más necesita la escuela (de calidad, por supuesto).
Otra secuela negativa del cierre de escuelas fue el incremento de los problemas socioemocionales en niñas, niños y adolescentes. Debe advertirse que la infancia moderna y urbana —que es la mayoría— no trascurre en la calle a solas, sino en el vaivén recíproco entre casa y escuela (y ahora también en las pantallas). La escuela no sólo enseña el currículo explícito, su fuerza mayor reside en las relaciones implícitas que allí se cultivan y practican. Ensayar el vínculo de amistad, la relación con la autoridad más allá de los padres, enfrentar los códigos de conducta y normativas sociales, el compañerismo entre pares e incluso ciertos antagonismos, son extraordinarias oportunidades para aprender a vivir en sociedad. “Aprender a vivir es el oficio que quiero enseñarle a Emilio”, afirmaba Rousseau.
La crítica de Zaid al monopolio certificador de la escuela debe atemperarse reconociendo que dicha función no es su principal objetivo. La organización escolar, como múltiples organizaciones sociales, requiere un andamiaje documental para validar su operación. Esto se materializa en la entrega de títulos o certificados, que funcionan como intercambiadores económicos en un mundo donde las credenciales “validan” un saber y “licencian” determinadas acciones. No hay por qué negarlo ni justificarlo, sólo aceptarlo como un mecanismo social y, en todo caso, criticar el credencialismo como distorsión nociva de su uso.
La escuela hoy
La escuela es una institución vigente, valiosa y progresista. Defenderla no es anacrónico porque sus funciones esenciales, tanto de transmisión de conocimiento como de socialización, no han podido ser sustituidas. Intentos como el home schooling [la escuela en casa], el autodidactismo o la educación digital, han resultado insuficientes y en muchos casos un fracaso. Lo distintivo de la escuela no es el aprendizaje, que puede ocurrir en diversos lugares, sino la enseñanza.
Enseñar es entregar al estudiante un saber valioso para fines particulares: ensanchar su comprensión del mundo y darle herramientas para actuar en él. La escuela debe reconciliar, decía Dewey, los deseos individuales con la vida social. En este sentido, la crítica debería centrarse en el incumplimiento de la promesa de movilidad social, que es responsabilidad política y económica, no pedagógica.
Irma Villalpando
Doctora en Pedagogía y profesora de la UNAM en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán.
Su contraargumento, Dra Villalpando, aplica muy bien para Suecia, Corea del Sur o como diría el clásico del voluntarista simplón, para Dinamarca.
En Mexico la escuela no es mas que una guardería gigante. El nivel con el que llegan los alumnos a la universidad es bajísimo y lo poco que logran mejorar en este último escalón es mínimo. No se nota por que la sociedad es muy desinteresada del conocimiento (reconocimiento antes que conocimiento) ¿Lo duda? dígame entonces como se explica que el IQ nacional sea de 87 y el de Corea del Sur 106, Suecia 102 y Dinamarca 98.
Totalmente de acuerdo con la autora. La posición de Zaid, aunque provocadora (como mucho de lo que escribe) es completamente insostenible.