El anteproyecto de Ley General de Humanidades, Ciencia, Tecnología e Innovación (ALGHCTI) se encuentra en revisión del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y pronto será sometido al Congreso. Este anteproyecto condiciona el apoyo a la investigación a que ésta se enmarque en una agenda determinada por un Consejo de Estado que intentará definir sus prioridades y su financiamiento. En este artículo argumentamos que esta intención es errónea y está sustentada en varias confusiones. Sostenemos que la libertad y la autonomía en la investigación son centrales para desarrollar una ciencia robusta, tanto básica como aplicada, que sustente desarrollos tecnológicos útiles y que genere una verdadera sociedad del conocimiento. Omitir la ciencia básica, generadora de nuevo conocimiento, y supeditar los recursos al cumplimiento de criterios extracientíficos —como lo hace el ALGHCTI— redundará en un empobrecimiento epistémico de la sociedad y en su pauperización económica.

Ilustración: Oldemar González
Es un lugar común que la investigación científica, los desarrollos tecnológicos y los productos de la innovación contribuyen de manera importante, a veces decisiva, al bienestar económico de un país. En ello coinciden gobiernos de todas las persuasiones, organismos internacionales y grupos de particulares de las más diversas ideologías. Casi igualmente común es la observación de que un gran porcentaje de la investigación científica no tiene utilidad aparente. La humanidad gasta una inmensa cantidad de recursos en detectar ondas gravitacionales o fotografiar hoyos negros, por poner un par de ejemplos. Ambos son logros recientes que emocionaron a la comunidad científica, pero cuyas aplicaciones prácticas hoy son nulas.
Ante la desigualdad brutal que mantiene en una pobreza lacerante a un gran porcentaje de la población, es necesario preguntarse si el dinero empleado en estas “aventuras científicas” no estaría mejor empleado en mitigar el sufrimiento humano. Esto, combinado con los lugares comunes arriba mencionados, sugiere —de modo casi inevitable— una solución tentadora, aparentemente ideal: es indispensable financiar la ciencia que reditúe, en el corto plazo, en beneficios directos que ayuden a paliar la pobreza, disminuyendo con ello la desigualdad. En ello también han coincidido gobiernos de los más disímbolos credos. Tanto neoliberales como socialistas, populistas de izquierda y de derecha, demócratas y dictadores, argumentan con frecuencia que la ciencia es necesaria, pero que no hay dinero para dilapidar en ciencia que no sirva.
Esta idea tiene detrás dos supuestos implícitos.
En primer lugar, supone que la comunidad científica define lo que vale la pena investigar de modo ajeno a toda consideración práctica atendiendo a su curiosidad egoísta o, a veces, sobornados por intereses económicos voraces. Se asume entonces que es necesario evitar que los científicos den palos de ciego dilapidando recursos escasos para encontrar conocimientos de escaso valor, excepto cuando, por casualidad, se topan con un descubrimiento que verdaderamente sirve. Esto es un error. El proceso mediante el cual un científico elige las líneas de investigación que perseguirá comprende muchas dimensiones. Entre ellas figura su propia curiosidad, ingrediente indispensable para la formulación de las hipótesis novedosas que conforman la espina dorsal del quehacer científico. Pero también comprende consideraciones prácticas muy diversas que requieren de sus conocimientos y su experiencia. Por ejemplo, hay que saber qué se puede investigar, qué avances tecnológicos se requerirían para llevar a cabo ciertos experimentos, qué descubrimientos podrían dar pie a investigaciones más importantes, etc. El hecho es que los científicos somos parte del pueblo —de la sociedad—, nos preocupan los temas humanos; creer que estamos en una torre de marfil pensando en cosas inútiles es digno de las tramas de los dibujos animados infantiles.
En segundo lugar, supone que el impacto económico de la investigación científica se obtiene de los productos generados por la aplicación de los nuevos conocimientos. De ahí nace la idea de que los conocimientos que valen la pena son aquellos que se pueden convertir en productos de consumo que generan inversión y bienestar. Esta visión de la ciencia es miope, hipermétrope y astígmata, al mismo tiempo; es decir, no ve el largo plazo, no ve el corto plazo y lo poco que ve, lo distorsiona.
La contribución más importante de la ciencia a largo plazo es la capacidad que le da a un país de comprender un mundo constantemente cambiante y sorprendente. Contar con descripciones correctas de nuestra realidad es indispensable si se han de tomar decisiones correctas en el futuro. Podría alegarse que nunca será necesario medir ondas gravitacionales para paliar la pobreza, pero tener la capacidad de medirlas y entender la complejidad que hay que afrontar sí puede dar pistas para tratar alguno de los problemas que nos aquejan. No tener la capacidad de entender procesos complejos nos condena eternamente a pensar nuestros problemas de manera elemental.
A corto plazo, la investigación científica entrena individuos capaces de emplear técnicas novedosas y plantear soluciones detalladas y sofisticadas. Estas habilidades permean en la sociedad en general y hacen que los países con ciencia robusta tiendan, con frecuencia, a tomar mejores decisiones políticas.
No es posible determinar las vías por las que la ciencia impacta a la población de un país porque son múltiples y cambiantes en cada momento. La realidad es que la actividad científica de un país repercute en su bienestar económico por vías mucho menos directas y mucho más misteriosas que la creación de electrodomésticos. Por ello, pretender maximizar los dividendos de la ciencia financiando sólo aquello que tendrá un impacto benéfico, lejos de ser una buena práctica administrativa, es un gasto inútil.
Ahora bien, la frase “ciencia, tecnología e innovación” se ha vuelto casi una sola palabra al discutir su financiamiento, lo cual oculta las profundas diferencias en el modo en que se llevan a cabo y las formas en que impactan a las sociedades que las producen. Por ello, es importante aclarar que la investigación tecnológica y de innovación sí puede contribuir a resolver problemas prácticos y con frecuencia se puede medir en términos de los productos que se derivan de esa investigación. Pero más importante aún es advertir que no es posible invertir sólo en tecnología e innovación, dejando la investigación de frontera a países ricos, porque sin una comunidad científica robusta es imposible generar el capital humano necesario para hacer investigación tecnológica de calidad.
Esto implica que sí es posible dirigir la investigación tecnológica en cierta medida y, sin duda, que el Estado debe ser capaz de preguntarle a las comunidades especializadas cuáles son las mejores opciones para afrontar ciertos problemas prácticos. Pero esto no significa que el Estado pueda ser quien determine las investigaciones tecnológicas a realizarse.
Es importante, también, subrayar que hay que ser cuidadosos al decidir las mejores formas de interacción entre el Estado y los generadores de conocimientos. Es notable la escasa habilidad de los administradores públicos, civiles o militares, para determinar el valor científico de un aparato o una observación. Baste mencionar, como ejemplo, que la Secretaría de la Defensa Nacional compró, hace algunos años, unos “detectores moleculares” producidos por una compañía inglesa, supuestamente capaces de identificar sustancias prohibidas y armas a grandes distancias. Los aparatos resultaron ser un fraude pues no servían para nada. El hecho es que los militares —y en general los miembros de la burocracia— no saben, ni tienen por qué saber, que semejantes detectores son imposibles con la tecnología actual. El asunto no se arregla poniendo un administrador con formación científica a tomar decisiones, pues ningún científico es capaz de conocer todos los campos. Pero las comunidades científicas, más que los individuos aislados, sí que lo saben. Por esto es que el Estado debe determinar los instrumentos deseables, pero no puede exigirlos y mucho menos financiar sólo aquellos que le ayuden a alcanzar metas administrativas. Para dejarlo claro: el Estado puede solicitar, mediante el financiamiento preferente, ciertos desarrollos que le interesen, pero no puede hacerlo a costa del presupuesto de las demás investigaciones, pues son éstas las que hacen posible una academia robusta capaz de proveer soluciones en el mundo cambiante de hoy y mañana.
Se ha puesto de moda hablar de la ciencia neoliberal. Hay que decirlo claramente: esto no existe. Es una confusión aplicar un adjetivo con implicaciones económicas a un ambiente cuyas metas no lo son. No cabe duda de que la ciencia que se hace depende en gran medida del financiamiento que puede obtener —o que hay intereses involucrados en las actividades científicas—, pero tampoco puede caber duda de que la ciencia tiene sus propios mecanismos de corrección para evitar estos sesgos económicos. Por supuesto que estos mecanismos son imperfectos, pero pretender que los científicos están coludidos con los grandes capitales mundiales para perpetuar un sistema económico explotador nos remonta de nuevo a teorías caricaturescas. Por ejemplo, las compañías tabacaleras financiaron numerosas investigaciones que pretendían desvincular al cigarro del cáncer y el enfisema pulmonar, pero no lo lograron. No hay duda de que las compañías farmacéuticas son voraces e incurren en prácticas inmorales para maximizar sus ganancias pero, sin ellas, la lucha contra el SARS-CoV-2 habría sido mucho menos efectiva. Finalmente, un ejemplo paradigmático de tecnología “neoliberal” son los aviones de combate invisibles al radar desarrollados en Estados Unidos, pero debe recordarse que la investigación que permitió esa tecnología salió de un laboratorio soviético. El término “ciencia neoliberal” es un invento ideológicamente promovido que resulta de las confusiones que hemos expuesto hasta ahora.
Se pretende justificar esta confusión hablando de saberes ancestrales, epistemologías de otras latitudes que reclaman equidad epistémica universal. Se dice que la ciencia es sólo una de las posibles formas de entender la realidad y que ésta tiende a encumbrar a grupos de poder que se benefician de ella y la entronizan como poseedora de la verdad, pero frente a esa ciencia hegemónica —neoliberal, se dice— hay saberes que provienen de otras culturas, de otras formas de concebir el mundo. Se dice que estas otras concepciones deben ponerse a la par de la ciencia si ha de hacerse justicia social. Este no es un punto trivial y demasiado extenso para desarrollarlo aquí con la amplitud que amerita, pero es importante aclarar varios puntos.
La equidad epistémica puede entenderse, por lo menos, de dos maneras radicalmente diferentes. Puede querer decir que toda proposición que pretenda aportar conocimiento, venga de la cultura que venga, ha de someterse a iguales criterios de contrastación de modo que ninguno adquiera una posición privilegiada. Puede querer decir exactamente lo contrario: que cada cultura define los modos en que una proposición se valida y se da por verdadera; es decir, que una proposición puede ser verdadera en una cultura y falsa en otra sin que puedan someterse a iguales criterios transculturales de evaluación, que todas las concepciones de la realidad tienen igual derecho frente al mundo. En suma: relativizar todo. Suele ser este sentido fuerte de equidad el que se adopta, con aire de superioridad moral, por quienes promueven la equidad epistémica como justificación para poner a los conocimientos ancestrales a la par de la de la ciencia —neoliberal, dicen—. Es pertinente señalar que esta versión fuerte, según la cual la ciencia no puede preferirse a otras formas de saber, no es una conclusión universalmente aceptada en la academia y, por lo tanto, no debe adoptarse acríticamente. Además, es importante entender que, si en realidad se habla de concepciones radicalmente diferentes sin criterios compartidos de validez, entonces estas concepciones son estancas. No pueden comunicarse entre sí pues sus proposiciones no tienen los mismos significados. Es menester escoger una u otra u otra, pero no se puede ser ecuménico si realmente se supone que no hay criterios de validez compartidos.
Ahora bien, sí es posible concebir el mundo de otro modo, desechando la idea occidental de racionalidad científica y de progreso. Pero es indispensable entender cabalmente lo que este cambio de paradigma conlleva. Si realmente quisiéramos abandonar la visión occidental, tendríamos que modificar nuestras aspiraciones como sociedad. Por ejemplo, la idea de la eficiencia administrativa y la de disminuir la mortalidad infantil; el deseo de vivir una vida larga y libre de dolor; el respeto a las vedas y a los lineamientos ecológicos, entre otros; todo aquello se deriva de una concepción occidental de la relación del ser humano con su medio. Habrá tal vez quien prefiera creer que la enfermedad es un estado natural en el que no debemos intervenir y que la muerte prematura es parte del orden del universo. Habrá tal vez quien prefiera pedir permiso a sus antepasados antes de extraer un cacto en extinción en lugar de respetar las listas de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES). Antes de clamar por esa equidad epistémica hay que preguntarnos si realmente queremos esto.
Por ello, con frecuencia, los promotores de la equidad epistémica acaban refiriéndose al primer sentido de la frase expuesto arriba. No hay duda de que hay formas tradicionales de obtener un objetivo deseable que pueden informar, combinarse o aun sustituir las formas de actuar descubiertas por la tecnología occidental, y es trivialmente verdadero que en estos casos es importante adoptarlas. Tampoco hay duda de que, con frecuencia, estos conocimientos tradicionales son ignorados y despreciados por la academia, y esto constituye un error metodológico y epistemológico. Pero es importante subrayar que en estos casos no se refieren a una concepción radicalmente distinta del mundo. Es desde la cultura científica que se adoptan otros modos de hacer las cosas cuando, desde esta concepción, funcionan mejor. Pero esta es una recomendación operativa trivial, tanto que se ha dado desde los primeros contactos entre culturas diversas. Se encuentra ampliamente documentada, por poner un ejemplo, la revolución que causó la herbolaria precolombina en la medicina europea. En sentido contrario también se dio la influencia de la higiene promovida por Florence Nightingale que ha modificado el comportamiento, y el índice de éxito, de las parteras indígenas.
Finalmente, se ha dicho que la ciencia neoliberal aleja a la gente del conocimiento y que es necesario incorporar los saberes tradicionales al paradigma científico para que éste sea accesible a todos los ciudadanos. Hay que arrebatar el conocimiento a los expertos, se dice, para que el pueblo tenga acceso a él y conseguir con ello una verdadera sociedad del conocimiento. Hay que decirlo sin rodeos: elevar retóricamente narrativas populares de valor diverso al rango de “ciencia” sólo lograría una sociedad de la ignorancia y oscurecería el valor que estas narrativas pudieran tener para la ciencia. La sociedad del conocimiento no se logra aceptando como conocimiento aquello que la gente cree. Tampoco es posible pretender que todos los ciudadanos estén máximamente informados sobre todos los conocimientos científicos. La sociedad del conocimiento deseable se logra cuando el ciudadano está suficientemente informado para utilizar las opiniones de los expertos. Una sociedad del conocimiento no es aquella en la que el ciudadano sustituye a los expertos; al contrario: es una en la que el ciudadano confía en los expertos y basa sus decisiones en la mejor información posible.
Marcia Hiriart
Investigadora del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM
Álvaro Caso
Filósofo
Este artículo es una versión sintetizada del texto presentado en el foro “Diálogo y reflexiones entre la ciencia y la política”, organizado por la senadora Nestora Salgado, el Sindicato Único de Trabajadores del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (SUTCIESAS) y Aída Hernández Castillo, investigadora titular del CIESAS; como invitada, participó la senadora Celeste Sánchez Sugía. El foro se llevó a cabo el 23 de agosto de 2021.
Muy buen mensaje, que nos da elementos para la reflexión. Felicidades por ello. Solamente adicionaría la necesidad de contar con mecanismos que permitan que la sociedad nuestra (o una buena parte de la misma) esté informada de los beneficios que genera la ciencia (ciencia utilitaria como se dice; que al final, toda lo es). Todo ello con el propósito adicional que los apoyos a estas actividades vayan en ascenso permanente. Y apostarle con mayor determinación al entrenamiento de nuestros jóvenes académicos. Finalmente, gracias por este trabajo y saludar con aprecio y respeto a MH.
Vaya candidez ¡querer aleccionar neopopulistas enfermos de poder con argumentos razonables!
De lo que se trata en este momento es de aguantar este caprichoso embate por los que resta del gobierno y después a chaspm (el famoso rancho de Palenque). Esperar que el energúmeno y sus acólitos de pocas luces rectifiquen es francamente cándido. Aqui no hay misterio ni discusión elevada, están simple y llanamente usando los recursos de las instituciones para pagar favores y desviar recursos. Ya se verá que tan resistente y solidaria es la comunidad científica mexicana, la cual siempre ha sido débil y egoísta.
Por otra parte, la autocritica ha brillado por su ausencia. No es momento, dirán. Hay escándalo y voces indignadas pero, cuando hubo conciencia de grupo? Solidaridad? Generosidad para con los estudiantes formados por ellos mismos? Privilegiados y egoistas, van por cuenta propia tras el «Nobel» pero sin crear tradición científica en el camino.
¿Por que se habla de las bondade de la ciencia así, en abstracto y no se habla del científico y sus tribulaciones en una sociedad que históricamente ha desdeñado el conocimiento?. El problema no está en la Ciencia sino en quienes pretenden ser científicos. ¿Dónde los mecanismos de evaluación estrictos? Aquí se puede navegar de muertito por años sin que nadie le pidan cuentas a nadie. Institutos, centros, hospitales, universidades con legiones de incapaces e inútiles que nada descubren y a quienes nadie mueve ni jubila. En el sistema científico gringo no durarían ni los 5 años de gracia que suelen dar para demostrarse como Científico. Menudean las publicaciones de bajo impacto con más autores de los esperados o de los necesarios. Repartición de autorias para ganar puntos para el SNI, el prodep, productividad, estímulos, bonos etc. «Cumplir» con lo que se requiere para mantenerse «dentro» del sistema de estimulos con subterfugios o apariencias pero sin cumplirle a la Ciencia. Vericuetos de un sistema agotado.
Y todo esto aplica perfecto al mismísimo laboratorio y forma de hacer investigación de la señora Álvarez. Los criterios que usa para distinguir la ciencia «neoliberal» de la del pueblo le aplican a la perfección. Los mismos privilegios que ella denuncia en el ojo ajeno.
Por aquí podríamos empezar entre tanto transcurren estos últimos 3 años perdidos para la ciencia mexicana .