En un artículo destacado en el Times Higher Education del 1 de septiembre pasado, mis respetados colegas Philip G. Altbach y Jamil Salmi salieron a la defensa de lo que ellos llaman “el modelo occidental universitario”, así como de la verdad basada en evidencia y la libertad académica. El peligro que ellos vislumbran, al parecer, viene del movimiento decolonial —o que busca revertir la influencia colonialista— y sus llamadas por una mirada más amplia e inclusiva sobre el conocimiento; una mirada que, por ejemplo, también incorpore otros idiomas aparte del inglés, además perspectivas diversas y campos de conocimiento que incluyan los saberes tradicionales. Philip y Jamil, ambos académicos líderes en la educación superior mundial, correctamente me citan criticando la uniformidad y exclusión de las bases de datos globales que encarnan la profunda certeza anglosajona de una cierta superioridad cultural. Sin embargo, interpretar estas preocupaciones como ataques directos al núcleo de los valores y las formas de todo el modelo de universidad occidental es, para ponerlo en los mejores términos posibles, un verdadero engaño. Por cierto, esto no es un buen ejemplo de la búsqueda de la verdad basada en la evidencia.

Ilustración: María Orozco
En este artículo abordaré tres temas principales. En primer lugar, la pregunta de si existe un problema de exclusión epistémica global. En segundo lugar, si la descolonización amenaza a la ciencia basada en la verdad y a la libertad académica. Y, en tercer lugar, ¿Altbach y Salmi realmente responden a la desigualdad global?
El idioma inglés es apenas la lengua materna de 5 % de la población mundial, pero en 2018 un 95.4 % de Web of Science (sitio que aloja una cantidad muy importante de artículos científicos del mundo) y un 92.6 % de las publicaciones en otro sitio similar —Scopus— estaban en inglés. La gran mayoría de artículos en humanidades y ciencias sociales escritos en lenguas nacionales que no son el inglés fue excluida de estas bases. Tan sólo el Catálogo de Ulrich cuenta por lo menos con 10 000 revistas chinas. Hay aquí evidencia de sesgos culturales o prejuicios experimentados por todas y todos aquellos cuya lengua materna no es el inglés. Estas cosas importan. Las bases de datos Web of Science y Scopus determinan, entre otras cosas, los resultados que se obtienen en los principales rankings internacionales. Los artículos con un estatus global tienen una mayor autoridad académica, son relevantes en la búsqueda de trabajo y en las promociones académicas por su amplia distribución. Vale la pena preguntarse, entonces, ¿por qué no traducimos los artículos publicados en estas revistas al inglés? Especialmente si contamos con la capacidad y con el software para hacerlo. Bastaría pensar en todo lo que podríamos aprender de esta diversidad de conocimiento que existe en el mundo, más allá de lo que tenemos acceso en lengua inglesa. Cuando mis colegas Altbach y Salmi salen en defensa de la cultura occidental —y su modelo de universidad— no hablan de la extinción del francés, alemán, o ruso en tanto lenguas de la producción científica. Las comunidades locales indígenas tienen una mirada peculiar sobre temas como el manejo de la tierra y la agricultura sustentable. Así, tenemos que hacernos la pregunta, ¿de verdad la decolonización amenaza al modelo de universidad occidental? Mi respuesta es que muy difícilmente.
Altbach y Salmi están en lo correcto al decir que el modelo de universidad europeo-estadounidense se ha probado más efectivo que otros. Ninguna sociedad postcolonial quiere tirar por la borda a las universidades que han construido con todo y sus disciplinas académicas, sus actividades de enseñanza, investigación y servicio o difusión. Estas sociedades preservan herencias del mundo occidental, sus innovaciones, como por ejemplo el internet. Ningún grupo de académicos o estudiantes, aún en las universidades dependientes de algún gobierno, vería con buenos ojos violaciones a la libertad de pensamiento, enseñanza o comunicación.
Escepticismo, críticas, evidencias y debates parece ser el inventario en el intercambio mundial de la actualidad. Sin embargo, la verdad y la libertad académica no son valores exclusivos de las ideas occidentales. Tampoco ha sucedido que otras sociedades hayan sido “rescatadas” gracias a reglas externas forzadas y a correcciones culturales antes de que éstas puedan ejercer esa libertad. Lejos de eso. Existen muchos caminos hacia la modernización. La educación superior alrededor del mundo combina valores universales y prácticas provenientes de diversas tradiciones nacionales y culturales. La educación superior también ha sido tocada por las comunidades originarias. Una fortaleza de la investigación en la educación superior es la de ser compatible con múltiples formas de conocimiento, no exclusivamente con un tipo. Los argumentos para revalorar la descolonización y la diversidad cultural dentro de una ecología de conocimientos, tal y como lo apunta el académico portugués Boaventura de Sousa Santos, no buscan censurar o declarar exclusividad de alguno de ellos, sino al contrario: lo que postulan es ser inclusivos y democráticos. Nadie está abandonando las ciencias. Lo que se requiere es un mayor entendimiento sobre qué es la verdad y sobre el ejercicio más amplio de la libertad para alcanzarla.
Además, permítanme mencionar un tema muy importante: la desigualdad. Para probar el punto sobre la autoasumida superioridad, mis colegas Altbach y Salmi dedican trece de sus diecisiete párrafos a discutir las formas en las que el imperialismo de occidente impone exitosamente modelos educativos coloniales, mientras que las culturas locales pierden —aparentemente— la voluntad de continuar en cada país. Las referencias sobre la larga herencia de la conquista y la erradicación culminan con una cita de Thomas Babigton Macaulay: “Un sólo librero selecto de libros europeos de cualquier biblioteca equivaldría a toda la literatura originaria de India y Arabia”. Esta cita contribuye al argumento de su artículo sobre el sentido de lo que debe ser correcto y que no hay ninguna otra alternativa. Únicamente un párrafo señala que las universidades occidentales deberían reexaminar su pasado con ojos críticos, reconociendo su cercana asociación con momentos lamentables de la historia, como la esclavitud, el apartheid o la discriminación a grupos originarios.
Bajo esta idea, los cursos de las universidades deberían buscar “armonizar” mejor a lo tradicionalmente oprimido y marginalizado. Pero estos momentos lamentables de la historia de las instituciones de educación superior —cuando han actuado como cómplices— han ido de la mano con la censura de las perspectivas no-anglosajonas y no-occidentales en la actualidad, y han sido partícipes en la prolongación de la esencia de la supremacía blanca en los espacios de poder.
La descolonización no sólo implica el reconocimiento de las masacres coloniales y el genocidio cultural. También significa crear nuevos espacios para que los actores usen sus propios términos en la actualidad. Los conocimientos indígenas son modernos pero también premodernos. Las grandes tradiciones de China, India o Irán fueron oprimidas pero no extinguidas. Están llenas de profundidad y vitalidad, y contribuirán también al futuro de sus países y de la humanidad. No se trata de abordar la colonización y todos sus resultados e implicaciones como si fuera un trato cerrado, de relegar la justicia únicamente a que se corrijan los libros de historia, ni de condonar en el fondo la continuidad del control neocolonial de la educación superior contemporánea. Esto contradice la libertad académica genuina, la cual debería de descansar en parte en la libertad epistémica, el respeto a la diversidad y a la igualdad. Asimismo, también es poco realista. No dependemos de un solo camino. El mundo es plural y diverso, somos cada vez menos “americanizados” de lo que éramos anteriormente. Eso ha posibilitado que exista una descolonización más profunda. Esto también cambiará al occidente como lo conocemos.
Simon Marginson
Profesor de educación superior de la Universidad de Oxford en Inglaterra
Este texto fue publicado originalmente en el Times Higher Education el 30 de septiembre de 2021.
Me parece una tendencia muy acertada que se quiera incluir los conocimientos generados en múltiples idiomas y culturas. Los contenidos importan porque los diversos procesos de evaluación tienen consecuencias económicas fuertes para los países y las escuela, incidiendo en los métodos y contenido de los programas de estudio. Quien controla los instrumentos de evaluación, controla lo que ocurre dentro de las escuelas.