Cuando Marangu Njogu comenzó su trabajo en los campamentos de refugiados de Kenia en 1997, no había educación formal para los niños que allí vivían. Se dio cuenta de que no ir a la escuela les impediría avanzar hacia una vida económicamente independiente, dentro o fuera de los campamentos. El maestro Marangu inició enseñando a grupos mixtos, para todos los alumnos de primaria que quisieran acudir. Aun así, las niñas muchas veces no asistían porque les avergonzaba usar el mismo baño que los varones o porque se les requería para hacer el trabajo doméstico en sus casas.

Ilustración: Gonzalo Tassier
Marangu Njogu tiene ahora 68 años, de los cuales ha dedicado 25 a educar a los refugiados para que puedan salir de los campamentos. De hecho, no le gusta hablar de “refugiados” por las connotaciones negativas que el término pudiera traer. Prefiere nombrarlos como “gente que vive en los campamentos” para otorgarles el respeto que se merecen. Ha trabajado en Kenia, Uganda, Sudán, Sudán del Sur y Somalia. Aun durante la pandemia, viaja frecuentemente a Canadá e Inglaterra en nombre de la organización que dirige —Windle International Kenya— para buscar acuerdos con universidades que puedan recibir a los estudiantes. A través de otra organización —World University Service of Canada— logran seleccionar 60 estudiantes refugiados al año para que cursen a nivel universitario en Canadá.
En la entrevista virtual que le hice el 13 de octubre de 2021, en un horario muy tardío para Nairobi, Marangu habló sobre su filosofía y misión en la vida: la educación es un actividad que salva vidas, al igual que el acceso al agua, la comida o un techo. A pesar de la intensidad de su trabajo, encontró tiempo para hablar detenidamente sobre la educación como herramienta para salvar a los refugiados. De igual forma, su experiencia se encuentra retratada por escrito en algunos libros y artículos sobre desplazamiento forzado.
Para los que conocen el tema de la educación en población desplazada, la biografía de Marangu es importante en dos sentidos. El primero, porque tiene que ver con cómo aprovechar la educación en un mundo en crisis, con más población desplazada que después del Segunda Guerra Mundial —84 millones, de los cuales casi la mitad son menores— en contextos de conflictos de larga duración y guerras latentes en los que el número de campamentos seguirá aumentando. Cada vez más niños acompañarán a sus familias en el exilio y pasarán buena parte de sus vidas sin ir a la escuela, lo que dificultará la perspectiva de que en un futuro tengan una vida normal. El rastreo de las políticas de selección de los refugiados permite notar que ciertos países como Canadá, Alemania o Australia otorgan más vías de entrada a los refugiados calificados. Barbara Harrel-Bond, también conocida como “la Jesús de los refugiados”, decía que Canadá siempre selecciona a los mejores y más brillantes y no se refería sólo a migrantes económicos que ingresan con el sistema de puntos, sino también a las solicitudes de refugio.
Moralmente, esto podría parecer reprobable. La gente que huye de sus países tiene que ser aceptada por razones humanitarias y no seleccionada por su potencial educativo y económico. Sin embargo, la experiencia de trabajadores sociales de larga trayectoria, como la de Marangu y otros más, muestra que la creatividad permite darle la vuelta a la política migratoria: si lo que se requiere para salir de los campamentos es educación, hay que educar a los refugiados. El mismo fundador de Windle International, el doctor Hugh Austin Windle Pilkington, de origen británico, dejó su carrera como profesor de teología y filosofía en la Universidad de Nairobi para fundar en 1980 una asociación que ayudara a los estudiantes refugiados. En un principio, comenzó buscando becas para universitarios etíopes en Kenya, pero más tarde su trabajo impactó en refugiados de muchas otras partes de África. Murió atropellado a los 46 años, pero dejó el legado de la asociación que lleva su nombre: Windle International, y que hoy en día tiene muchos otros homólogos, como por ejemplo Refugee Point (también de Kenya) o Talent Beyond Boundaries (Jordania y Líbano).
Este tipo de asociaciones híbridas —que trabajan con base en acciones filantrópicas, pero también en colaboración con universidades, gobiernos y empresas que pueden dar trabajo a los refugiados en varias partes del mundo— son el nuevo tipo de actor internacional de la globalización. Más que temerles por su perfil complejo, hay que tener la mente abierta a nuevas posibilidades de cooperación, en un mundo en donde los Estados no pueden asumir todo el peso de cuidar y educar a los ciudadanos, y mucho menos en los Estados en crisis. De esta forma, la pregunta “¿qué podemos hacer por los desplazados?” cambia a “¿qué nos pueden aportar los desplazados desde su bienestar individual y grupal?”. De hecho, este es el tipo de enfoque que siguen varios de los países tradicionales de destino de la migración internacional mencionados anteriormente.
La segunda interpretación de la selección de los refugiados con base en sus calificaciones —de las múltiples que la lectora o el lector pueda encontrar— es la proximidad: qué nos dicen estos casos para la situación de México, que es un país de emigración, tránsito y, en menor medida, de destino para ciertos migrantes que no logran cruzar la frontera con Estados Unidos. El Programa “Quédate en México” para solicitar asilo en Estados Unidos implica la entrada de niños migrantes, quienes viven en situación de desplazamiento y quienes, en caso de viajar con sus padres, muchas veces no tienen acceso a la escuela por varias carencias logísticas y monetarias. A estos se les suman los niños mexicanos desplazados internamente, un tipo de migración forzada menos visible en los medios de comunicación.
En este sentido, el libro más reciente del periodista ñuu savi Kau Sirenio, Jornaleros migrantes. Explotación transnacional, expone la tristeza de los trabajadores jornaleros mexicanos cuyos hijos no van a la escuela —ni en México ni en Estados Unidos— porque, entre otras razones, sus padres inician sus jornadas laborales en la madrugada, mucho antes de que las escuelas abran. En vez de ir a la escuela, muchas niñas y niños acompañan a sus madres y padres a la pizca, y más tarde pierden el gusto o el interés por la escuela. Sirenio cuenta la historia de una pareja de jornaleros migrantes que se mudó a las casitas del campamento “Las Pulgas” —véase la coincidencia de término entre dos tipos de campamento— de refugiados y de jornaleros. La madre entrevistada por Sirenio cuenta el desánimo de encontrar una casa que les prometieron “con servicios”, incluidos los educativos, pero que al final no les cumplieron. Dice la mujer: “No había escuela, nuestros hijos se quedaron sin estudiar, así que improvisamos aulas con techo de lonas para que los maestros dieran clases, mientras se construían las escuelas”.1 La experiencia de esta mexicana migrante interna muestra que las situaciones de emergencia humanitaria, incluidas las educativas, están más cerca de lo que pensamos.
En México, como en otros países, los padres con más educación querrán lo mismo para sus hijas e hijos y tendrán los medios para ofrecérsela. Pero la población desplazada internamente, con poco acceso a la infraestructura de servicios, tenderá a perpetuar la baja educación por generaciones, con consecuencias serias no sólo en términos curriculares, sino también de socialización. La educación no se refiere sólo a las materias impartidas, sino a la necesidad de los niños de interactuar con sus pares y crecer sanos mentalmente. Un niño o niña migrante sin educación —interno o transfronterizo— se encuentra en una situación de vulnerabilidad múltiple por su edad y su bajo capital social, una pobreza transmitida por generaciones. Si en algunos casos la migración eleva el nivel de estudios de la población —la gente se prepara para partir—, en algunos otros la migración impide la educación. A diferencia de la historia con la que comenzamos el artículo, es decir, los refugiados que salen de los campamentos por tener educación, para los hijos de los trabajadores agrícolas mexicanos la historia se cuenta al revés: ellos migran por la misma falta de educación y condiciones de vida decentes. Sin lugar a dudas, un área de oportunidad para tender puentes entre la política migratoria y la educativa.
Camelia Tigau
Investigadora Titular del Centro de Investigaciones sobre América del Norte, UNAM
1 p. 70