No hay fecha que no se cumpla. A pesar del huracán Nora y sus estragos, en Sinaloa el ciclo escolar a distancia dio inicio el 30 de agosto, mientras que la modalidad híbrida o mixta lo hizo el 2 de septiembre. La conquista de la presencialidad en las aulas será gradual; en una primera fase fueron convocadas 26 % de las escuelas y 84 % estuvieron de acuerdo. No hay prisa.

Ilustración: Estelí Meza
La urgencia suele confundirse con la prisa. La primera focaliza la mayor problemática durante la pandemia, el abandono escolar; la segunda privilegia la política del espectáculo, el anuncio. En el estado existe una matrícula de 578 776 alumnos, de los cuales 24.4 % llegó a estar en riesgo de abandono para el mes de enero de este año; para finales del ciclo escolar pasado, ese porcentaje disminuyó a 15.2 %. Las escuelas seleccionadas para una primera fase priorizan a las niñas, los niños y los jóvenes aún en riesgo de abandono.
El regreso a las aulas sería polémico sin importar cuando sucediera, pero menospreciar el método lastima la confianza de la comunidad educativa. La lógica de cualquier regreso sólo puede construirse de la mano de los agentes de cualquier transformación educativa, con pandemia y sin ella: el personal docente. No hacer caso de lo que tienen que decir significa desconocer la dinámica de las escuelas, o bien, ignorar cómo hemos sobrevivido en el sistema escolar después de 18 meses.
Las y los maestros en México han estado acostumbrados a desarrollarse en contextos difíciles y la gran mayoría de ellos lo ha hecho sin un acompañamiento adecuado de parte de la autoridad. De acuerdo con la Encuesta Internacional Sobre Docencia y Aprendizaje (TALIS, por sus siglas en inglés) de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), en la que participaron 31 países en 2018, 30 % de los estudiantes en México provienen de hogares marginados, el doble del promedio del resto de los países; en esos contextos, solamente 16 % de los directores en nuestro país reporta tener responsabilidades importantes —como contratar maestros—, en franco contraste con 39 % del resto de los países. También 14 % declaró poder premiar a un maestro, mientras que sus pares en el mundo declararon en ese sentido en 29 %.
Negarles a las y los directores capacidad y confianza para decidir al momento de guiar a sus comunidades educativas es una penosa tradición en nuestro sistema educativo; penosa y torpe, porque como autoridad los necesitamos, quizás mucho más de lo que ellos a nosotros. Durante la pandemia, en Sinaloa el personal directivo tomó decisiones en más de un sentido para traernos hasta aquí, después de 18 meses. Fueron la plataforma por excelencia, no “Aprende en Casa”; ellas y ellos decidían si trabajaban con la televisión, la radio o los cuadernillos; gracias a sus decisiones se logró acompañar al 94 % de la matrícula en el estado para terminar el ciclo escolar. Al inicio del ciclo escolar 2020-2021, el personal directivo decidía si el personal docente se mantenía con el mismo grado escolar, o bien, si acompañaban a su grupo al siguiente. Nadie conoce mejor a las niñas y los niños que sus profesores. Ellas y ellos han permitido abrir y cerrar dos ciclos escolares, dotando de certeza a una comunidad en tiempos donde lo que reina es la incertidumbre. En su experiencia estuvo la instalación de los Centros Comunitarios de Aprendizaje (CCA) en 935 escuelas durante nueve semanas de abril a junio de 2020, con apenas 1.7 % de contagios.
Con todo este camino, ¿qué nos hace pensar que no serían las maestras y los maestros, sus directores con sus escuelas, quienes decidirían si optan o no por la presencialidad? Responder a esta interrogante nos coloca en una doble ruta de cara a la conquista presencial de las aulas. Primero, imaginar un “liderazgo colaborativo” desde la escuela pasa por asumir una realidad que seguimos obviando en más de una ocasión. Somos 32 sistemas educativos estatales y no un sistema educativo nacional. Ello exige descentralizar las decisiones de la Autoridad Educativa Local (AEL) a las escuelas, pero primero de la Secretaría de Educación Pública (SEP) a las entidades federativas. Las estrategias de cara a la pandemia no necesariamente son las mismas, incluso el “regreso” puede tener ritmos diversos, porque la realidad que enfrentamos varía. La curva de contagios puede no ser la misma en Yucatán que en Chihuahua, lo mismo que Jalisco y Campeche. Segundo, aceptar una realidad distinta por estados te lleva a necesidades diversas por escuelas. En Sinaloa llegaron a existir 141 598 alumnos en riesgo de abandono escolar en febrero de este año, luego de 11 meses de pandemia. Al final del ciclo escolar en junio, la estructura educativa, de la mano de sus escuelas, logró “rescatar” a 53 454 alumnos de esa condición, algo así como 37.8 %. Los estados tienen su ritmo de cara a la Federación, pero las escuelas también frente a la AEL.
En lo sucesivo, tener claro para qué quieres regresar será determinante para mantener la continuidad del ejercicio. Cuando el pasado 7 de abril Unicef urgió a México a regresar a clases presenciales para frenar el rezago educativo y el abandono escolar, el llamado fue en vano. A pesar de que 79 % de la población estudiantil en el mundo había retornado, en el país esta convocatoria no surtió efecto, simplemente no estaba entre las prioridades gubernamentales. Hoy que se ha vuelto una máxima presidencial, algunos actores todavía se preguntan ¿por qué volver a los planteles educativos? En Sinaloa aún necesitamos recuperar 88 144 alumnos; aquí yace el corazón de nuestra intención. Lograr nuestro objetivo va de la mano de los docentes en sus escuelas, o no será.
La atención mediática del regreso a las aulas ha centrado su opinión en las condiciones materiales de las escuelas, las dificultades en la conectividad de la educación a distancia y —evidentemente— en los contagios. Dejaré esta última disyuntiva para más adelante, centrando mi atención en la realidad de las 232 876 escuelas del país, que de la noche a la mañana se habrán convertido en escuelas multigrado. Éste sí será un desafío mayúsculo, mucho más allá de la coyuntura.
Limito el marco de análisis a las escuelas de mi estado, poco más de 5200; pienso en la realidad de más de 36 000 docentes, en la dificultad de este periodo para su cotidianidad, pues también son madres, padres, tíos, tías, abuelas, etcétera. Los imagino reincorporándose a la práctica de “antaño”, en medio todavía de esta pandemia, pero reincorporados; la maestra de 3o de primaria —por dar un ejemplo— atenderá a niños y niñas con aprendizajes sumamente variados, pues sus alumnos dejaron de ser acompañados por un docente cuando estaban en 1er grado y durante 2o, quizás y sólo quizás, alguien pudo darle el debido acompañamiento durante sus clases. Lo cierto es que en 1o y 2o de primaria se aprende a leer. Se imaginan, ¿cuántas niñas y niños que lleguen a 3o de primaria este semestre sabrán verdaderamente leer y el impacto de ello en sus trayectorias educativas? Esta problemática estará latente en todos los grados escolares, sin dejar de considerar que la frustración es la prima hermana del abandono. A esta realidad se enfrentará el personal docente, más allá de su propia condición socioemocional.
La recuperación de los aprendizajes será fundamental, y diez días —como lo marca el calendario oficial— son insuficientes para cualquier niño, niña o adolescente, lo mismo que para su maestro. En Sinaloa, las mesas técnicas de cada uno de los niveles educativos trabajaron en Aprendizajes Mínimos Indispensables (AMI) por grado escolar, generando con ello una guía para los docentes, teniendo por objetivo mantener los equilibrios de los alumnos y sus trayectorias. Garantizar los aprendizajes de los planes y programas cotidianos en medio de la pandemia es “tapar el sol con un dedo”, porque las alumnas y los alumnos no están en la escuela, el personal docente no asiste de manera común a los salones y “las mamás” no son Asesores Técnicos Pedagógicos (ATPs). La recuperación de los aprendizajes puede tomar el ciclo escolar entero, a medida que se gana terreno sobre la presencialidad.
Sin duda este método puede parecer sui generis, pero problemas locales deben tener soluciones locales. Regresar a las aulas implicará ganar la confianza de las familias y sólo puedes hacerlo si acompañas al personal docente. Por eso, una vez que la escuela decida si asume o no un primer paso hacia la presencialidad en la focalización propuesta por la Secretaría de Educación Pública y Cultura (SEPyC) del estado, todavía falta que los padres quieran. La percepción en la localidad quedó reflejada, por lo pronto, en la encuesta publicada por Consulta Mitofsky el pasado 22 de agosto: de cada diez padres, seis no desea el regreso, tres sí, y uno no sabe. “Ganar la confianza” de los padres significa centrar los esfuerzos en esos tres y no cancelarles ninguna opción a sus hijos.
La conquista de la presencialidad en las aulas es un proceso, no un acto que se construye de la noche a la mañana. Exigirá método y claridad de intención, rehuir a la “política del espectáculo” y exigir en todo momento confianza en los agentes de la transformación. Una ruta clara y no dejarlos solos suelen ser algunas de las exigencias del personal docente: como en la necesaria segunda dosis de reforzamiento para quienes fueron vacunados con Cansino y una constante atención a las cadenas de contagio.
En Sinaloa decimos sí al regreso, pero muy al estilo sinaloense: sin prisas, pero sin pausa; gradual, focalizado, contextualizado, voluntario y, ante todo, que la escuela decida. Si después de esta vivencia nos atrevemos a refundar el sistema educativo mexicano con base en el liderazgo colaborativo de nuestros directores en cada una de sus escuelas, presenciaremos una nueva forma de encarar los viejos desafíos del sistema, centrada en su realidad más próxima, su contexto. La escuela que queremos desafía su contexto.
Que así sea.
Juan Alfonso Mejía
Secretario de Educación de Sinaloa