Las protestas políticas, mayoritariamente relacionadas con el conflicto entre Israel y Hamás en Gaza, han agitado a numerosos campus universitarios en Estados Unidos y en Europa, creando uno de los mayores y más dramáticos conflictos que se recuerden, quizás, desde las revueltas estudiantiles por los derechos civiles en los años sesenta y las protestas contra la guerra de Vietnam en los años setenta. Estas manifestaciones se han combinado con disputas por la defensa de la libertad académica. Y por si eso fuera poco, ello ha exacerbado las actitudes antisemitas y la islamofobia. Las universidades han enfrentado fuertes presiones por parte de políticos y, en el caso de Estados Unidos, de donantes privados ligados a la derecha, así como de estudiantes, docentes y grupos dentro de la extrema izquierda. Ello ha puesto a los rectores y presidentes de universidades en medio para lidiar con posiciones francamente polarizadas. El violento ataque de Hamás el 7 de octubre del 2023 en contra de civiles israelíes — entre ellos estudiantes, administradores y personal docente de universidades israelíes que fueron asesinados o tomados como rehenes—, y la respuesta bélica de Israel, que ha provocado la muerte de miles de civiles —que también incluye a estudiantes, administradores y personal docente de universidades palestinas— y la destrucción del sistema de educación superior que existía en Gaza, está amplificando las tensiones y los conflictos en los campus universitarios alrededor del mundo.
Se han sumado otros asuntos críticos. Es el caso del rompimiento de colaboraciones académicas con universidades en Rusia a raíz de la invasión a Ucrania y el apoyo de rectores y presidentes rusos al régimen de Putin. Lo mismo sucede con las crecientes medidas de precaución y de seguridad en la cooperación académica con China. Y se añade el apoyo de algunas universidades o instituciones de educación superior a la industria de los combustibles fósiles frente a la crisis climática. Estos temas se han agregado a ámbitos que afectan el trabajo académico, a debates al interior de las instituciones y a respuestas de movimientos de activistas. No es exagerado decir que, al menos en occidente, la comunidad académica está teniendo dificultades para navegar en la actual ola de activismo y de sus consecuencias sociales y políticas.

Los dilemas
La actual crisis en Estados Unidos ha sido comparada con anteriores movimientos de protesta que se han presentado en los campus universitarios, como las manifestaciones en contra de diferentes guerras o invasiones. Las y los estudiantes han exigido que las universidades tomen una posición firme contra los conflictos bélicos y que se pronuncien en favor de los derechos civiles, humanos y por la paz. Algunas universidades han accedido y otras no.
Desde hace décadas, las y los líderes universitarios han tenido que navegar entre esos conflictos y la responsabilidad de sus puestos. En Estados Unidos ello dio pie a losPrincipios de Chicago, formulados en 1967, y posteriormente adoptados por numerosas universidades. Los Principios se basan, principalmente, en la libertad académica y en la libertad de expresión; establecen que las universidades no deben de tomar posiciones sobre temas que no afectan directamente su existencia y su papel académico, y que deben evitar pronunciarse sobre temas políticos y sociales de coyuntura. Estos Principios, desarrollados y reforzados en las décadas siguientes, aún guían a la mayoría de rectores de las universidades estadunidenses y de algunas universidades en otras naciones.
Un ejemplo de las presiones políticas es que las rectoras de universidades como el MIT, la Universidad de Pennsylvania y la Universidad de Harvard fueron citadas para comparecer en el Congreso sobre las protestas en sus campus, lo que provocó la renuncia de varias de ellas. Apenas el 14 de agosto, la presidenta de la Universidad de Columbia, Minouche Shafik, renunció a la rectoría ante las críticas a su manejo de las manifestaciones sobre el conflicto en Gaza la primavera pasada. Como resultado, la Universidad de Harvard adoptó una posición de “neutralidad institucional”, siguiendo los Principios de Chicago.
Uno de los integrantes del grupo de trabajo que desarrolló esa postura, Noah Feldman, señaló en la Gaceta de Harvard: “La Universidad es una institución que no debe de hacer posicionamientos oficiales sobre temas ajenos a sus funciones principales. La Universidad de Harvard no es un gobierno, no puede responsabilizarse de decisiones de política internacional o política doméstica”.
Impactos globales
La situación podría parecer simple, pero la educación superior y las sociedades en extenso se han convertido en espacios cada vez más complejos y enredados. Claramente hay más internacionalización, tanto en la sociedad como en la educación superior, de lo que había hace cincuenta años; al mismo tiempo, han crecido los sentimientos nacionalistas y chovinistas. Hace medio siglo, el número de colaboraciones internacionales era limitado, y la presencia de estudiantes internacionales y personal docente de otros países era marginal; lo mismo sucedía con la cantidad de programas y estudios, o la cooperación en investigación y la influencia de los donantes. En la actualidad, las instituciones de educación superior son internacionales en todas sus dimensiones, y como resultado han desarrollado diversas políticas a nivel mundial y relaciones de distinto tipo con distintas naciones. Es imposible ignorar las presiones políticas domésticas, las de gobiernos de otros países y las de una comunidad académica diversificada y globalizada. Bajo este esquema de operaciones complejas y trabajo internacional, las universidades no son más esas “torres de marfil” aisladas de las que se hablaba en el pasado. Las instituciones ahora reaccionan y operan en un ambiente geopolítico internacional, tanto explícitamente (por ejemplo, con colaboraciones y programas) como implícitamente (como es el caso de donaciones, o actividades públicas y privadas con instituciones de otros países).
¿Que estas actividades ocurran obliga a las universidades a tomar posiciones sobre temas de política exterior o política nacional? La respuesta es no, pero es importante promover el debate sobre las repercusiones éticas de las diferentes posturas dentro de las comunidades académicas y con sus socios internacionales. La educación superior de occidente fue muy transparente con respecto al rompimiento de relaciones académicas con las universidades rusas ante la invasión de Ucrania. En el caso de Israel, vale la pena preguntarse cómo se ha llevado a cabo ese debate y qué posiciones se han tomado. Por ejemplo, ¿cuál ha sido la respuesta de las universidades israelíes respecto a la destrucción de la educación superior en Palestina? La pregunta al menos debe plantearse.
Con el auge del nacionalismo y el populismo no es fácil desarrollar soluciones precisas y sofisticadas en el actual ambientegeopolítico. Por lo pronto, debemos reconocer que las universidades son una parte integral de las sociedades y que, a la vez, juegan un papel en las relaciones internacionales. Tener una mirada ética es imprescindible para navegar en el difícil contexto actual.
Hans de Wit
Profesor emérito y asociado distinguido del Centro para el estudio de la educación superior —Center for International Higher Education— del Boston College, EE. UU.
Philip G. Altbach
Profesor emérito y asociado distinguido del Centro para el estudio de la educación superior —Center for International Higher Education— del Boston College, EE. UU.
Muy sencillo, no debieron cancelar relaciones con las universidades rusas ni chinas. Es tan ridículo como dejar de hablar sobre Tolstoi o Dostoievsky. Cedieron a la cultura de la cancelación y ahora se ven obligados a posicionarse cada vez.
No hay que satanizar los combustibles fósiles, o después no podrán explicar porque Biden apoya el fracking aún más que trump o porque en europa están reabriendo centrales de carbón,