
El acceso a la lectura en la educación primaria es un pilar fundamental para que niños y niñas aprendan a leer y escribir. En México, el programa “Libros del Rincón”, impulsado en 1986 por la Secretaría de Educación Pública, fue un esfuerzo por distribuir libros a las aulas de primaria. Este proyecto nace con el objetivo de promover la práctica de la lectura, la familiaridad con los textos escritos y la experiencia lectora en los alumnos y las alumnas de educación básica. Sin embargo, los resultados continúan siendo limitados frente a un contexto marcado por desigualdad social y la falta de recursos en las escuelas.
A esto se suma que, en gran parte de los hogares mexicanos, los padres no tienen los recursos ni el tiempo necesarios para fomentar estos procesos en casa, por lo que los niños y las niñas a menudo carecen de apoyo para practicar la lectura fuera del aula.
El aprendizaje de la lectura y la escritura no se trata de un proceso mecánico ni exclusivamente escolar, sino de una construcción constante por parte del estudiante quien interpreta el lenguaje escrito a partir de sus conocimientos previos y su interacción con el entorno. Este proceso no es aislado ni estrictamente académico, sino una práctica social profundamente vinculada con el contexto cultural, histórico y comunitario en el que se desarrolla.
Desde el enfoque de autoras como Emilia Ferreiro y Judy Kalman, los niños y las niñas aprenden la lectura y la escritura formándose sus propias ideas sobre cómo funciona, incluso antes de saber leer y escribir de forma convencional. Es decir, construyen poco a poco ese conocimiento y para hacerlo necesitan tener contacto frecuente con los libros y otros materiales escritos. No obstante, este proceso formativo se enfrenta a ciertos problemas estructurales, uno de los principales: la precariedad de la infraestructura escolar.
Según los últimos datos registrados por lo que alguna vez fue el INEE (Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación), la ausencia de bibliotecas escolares predominó en preescolares generales (un 27%) y las primarias generales (un 33.6% sin bibliotecas), en las telesecundarias (un 29.7%).
Las bibliotecas escolares —cuando existen— suelen estar desactualizadas, con un acervo insuficiente para las necesidades de los alumnos y, en muchos casos, inaccesible para ellos y ellas. Los libros suelen mantenerse bajo llave o su uso está sujeto a la autorización de la maestra o el maestro, lo cual restringe el contacto libre y frecuente con ellos.
Con la finalidad de profundizar en esta problemática y conocer de cerca las implicaciones de la falta de libros, este ensayo aborda algunos de los retos que los estudiantes de primer grado de primaria de una escuela pública ubicada al sur de la Ciudad de México han enfrentado durante su formación académica en el año 2024.
Mientras realizaba trabajo de campo en una escuela primaria al sur de la Ciudad de México, me di cuenta de que, durante el día escolar, los niños y las niñas casi no tienen oportunidad de hojear libros y son contadas las veces en que las maestras les leen en voz alta.
A través del uso de observación participante en este grupo (de primer año) pude presenciar una situación que ejemplifica esta crisis: la maestra a cargo mantiene los “Libros del Rincón” guardados en una caja a lado de su escritorio, debido a que se le asignó la responsabilidad de preservarlos en buen estado, pues si llegasen a extraviarse o a dañarse, se le sancionaría. Aquí mi nota del diario de campo (Escuela Primaria pública ubicada al sur de la Ciudad de México, marzo 2025):
Uno de los estudiantes se percató de que la maestra había dejado abierta una caja plástica de color azul que se encontraba en el suelo junto a su escritorio. El estudiante se asomó a la caja y expresó “maestra, me presta un cuento”, a lo que la maestra respondió con una negativa, “no, en la dirección dijeron que teníamos que cuidarlos mucho y si se dañan me van a regañar. Cuando seas más grande te los presto, mi niño”. El estudiante intentó negociar el préstamo argumentando que iba a cuidar del libro: “Maestra, lo voy a cuidar y si no le dice a mi mamá”. La respuesta final de la maestra fue que no era posible prestárselo.
Como originaria de un estado del sur del país, recuerdo que, durante mi formación en educación básica, estos libros estaban prácticamente ausentes. Aprender a leer y escribir, en ese contexto, se convertía en un proceso aún más difícil. Estas experiencias confirman que el acceso a los libros no es sólo un problema estructural, sino también una cuestión profundamente arraigada de decisiones administrativas y políticas públicas que no siempre consideran las realidades en las aulas, ni los esfuerzos de los maestros y las maestras quienes trabajan con los que se les permite utilizar.
Tener acceso a libros en la educación básica no debería ser un lujo, sino una condición esencial para el desarrollo de las y los estudiantes. La lectura y la escritura no son únicamente actividades escolares, sino herramientas fundamentales en la vida social, cultural y democrática.
La falta de continuidad en los programas de fomento a la lectura
Desde los años ochenta, en México se han lanzado diversas iniciativas para fomentar la lectura. Destacanlos “Libros del Rincón”, una colección que comenzó a distribuirse en 1986, según los registros del Catálogo Histórico de Libros del Rincón 1986-2006 de la Secretaría de Educación Pública. La última convocatoria para la selección de Libros del Rincón y Bibliotecas Escolares fue lanzada para el ciclo escolar 2019-2020, sin embargo, la información acerca de los maestros y las maestras participantes en dicha convocatoria es limitada y no cuenta con un registro oficial.
Muchas de estas estrategias han sido abandonadas o modificadas con cada cambio de administración, sin una evaluación rigurosa de su impacto. Fue el caso del “Programa nacional de Lectura”, implementado entre 2001 y 2007, que tenía como objetivo promover el hábito lector mediante Bibliotecas Escolares, la integración de acervos como los “Libros del Rincón” y la capacitación docente.
Que los programas educativos dependan del gobierno en turno provoca que no haya una visión a largo plazo para consolidar una cultura lectora en las nuevas generaciones. Además, la falta de indicadores claros sobre los avances en comprensión lectora y producción escrita dificulta la medición del éxito o fracaso de estas políticas, tal y como sucedió en 2019, cuando surgió la “Estrategia Nacional de Lectura”, con un enfoque cultural y comunitario. Esta estrategia se centró en la promoción de la lectura a través de actividades culturales y comunitarias. Su último informe fue presentado en 2024.
Es necesario integrar la lectura en el currículo escolar, asegurando que cada aula y escuela cuente con acervos accesibles y actualizados. Las bibliotecas escolares deben ser espacios vivos, no bodegas cerradas o simbólicas. Es igualmente fundamental que las maestras y los maestros reciban formación y apoyo para enseñar a leer a partir de la práctica lectora. Reconocer que aprender a leer y escribir es un proceso constante que ocurre en contextos reales y sociales, así como a repensar el papel de las bibliotecas escolares y el uso del material didáctico.
Más allá de resguardar los libros, lo necesario es ponerlos al alcance de quienes se encuentran construyendo su relación con el lenguaje y el conocimiento. Abrir esas páginas que están cerradas es también abrir oportunidades.
Rosa Johana Analco Zárate
Estudiante de la maestría en Ciencias con especialidad en Investigaciones Educativas en el Departamento de Investigaciones Educativas del Cinvestav.
Me parece que este tema, de gran relevancia, merece una evalución rigurosa de gran calado, para que no quede como anécdota de una escuela.