“Que nadie se quede atrás” es uno de los principios de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (en adelante, Agenda 2030) anidado en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, el Programa Sectorial de Educación (PSE) 2020-2024 y en las premisas de la Nueva Escuela Mexicana. Ello nos obliga a reflexionar sobre sus posibles implicaciones en términos de política educativa y evaluación. Algunas preguntas iniciales: ¿qué significa quedarse atrás?, ¿quiénes son los que ya estaban atrás y quiénes podrían sumarse a la cola debido a la pandemia?, ¿qué intervenciones educativas aportan al cumplimiento del cuarto Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) —“Educación de Calidad”—, y cómo se asegura su continuidad?, ¿cómo saber si estamos en ruta para alcanzar la Agenda 2030? Sin medición, cualquier intento de respuesta es conjetura.
Recientemente, circularon en medios algunas notas que ponían en duda la participación de México en la edición 2021 del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) que, a causa de la pandemia, se aplazó a 2022. Cabe recordar que México ha participado en todas las rondas de PISA desde su creación en el 2000. Ante tal circunstancia, las autoridades confirmaron la participación de México en PISA 2022. Pero, a todo esto, ¿qué es PISA, qué le aporta a México y por qué importa?

Ilustración: Víctor Solís
PISA evalúa, cada tres años y de forma rigurosa, lo que las y los estudiantes de aproximadamente quince años saben y son capaces de hacer al final del trayecto que equivale a la educación básica en México. A lo largo de veinte años de existencia, mucho se ha escrito sobre sus ventajas y desventajas. Tanto, que a veces damos por sentado la hazaña que PISA hizo posible: lograr medir el aprendizaje resultante de sistemas educativos tan diversos y generar un consenso sobre el nivel mínimo de conocimientos y habilidades necesarias para asegurar una plena participación en las sociedades contemporáneas. Ningún otro instrumento de evaluación ha logrado posicionar a la educación y todas sus complejidades en el centro del debate internacional y nacional como lo ha hecho PISA.
Pero, en muchos sentidos, PISA ha sido víctima de su propio éxito. Especialistas y académicos han expresado preocupaciones respecto a la manera en que PISA encauza este debate e impacta a los actores educativos con cuestionamientos. Estas críticas van desde la visión preponderantemente económica de la educación que prepara para el trabajo, hasta la presión que los rankings imponen a las comunidades educativas. Igualmente importantes son los argumentos que apuntan a una excesiva concentración en ciertas asignaturas (lectura, matemáticas y ciencias) que opacan enfoques de educación integral, situación que ha sido gradualmente mitigada con el lanzamiento de iniciativas como el Marco para el bienestar o PISA para el Desarrollo, por mencionar algunas. Incluso, los debates entre responsables de educación en el marco de la junta de gobierno de PISA se caracterizan por una búsqueda permanente de equilibrios entre cuestiones políticas y técnicas, entre continuidad e innovación; entre periodicidad y costos; entre expansión y aseguramiento de la calidad; el afán de mejora es constante. Ante la ausencia de la prueba perfecta, las concesiones son inevitables.
Aun con sus claroscuros, PISA aporta información valiosa para el sistema educativo nacional en, al menos, cinco aspectos.
En primer lugar: la solidez técnica y la comparabilidad en el tiempo. Gracias a la aplicación regular de las evaluaciones es posible construir series históricas. PISA ofrece instrumentos confiables para realizar análisis longitudinales de la calidad y, más recientemente, de la equidad de la educación. Lo anterior es particularmente relevante en un contexto en el que las pruebas estandarizadas nacionales han cambiado con frecuencia, lo que hace imposible su comparabilidad técnicamente.
En segundo lugar: el análisis del desempeño diferenciado por grupos. La aplicación de cuestionarios de contexto hace posible identificar brechas en el desempeño de los grupos por sexo, ubicación geográfica o nivel socioeconómico y entender mejor las causas asociadas. Por ejemplo, al comparar las expectativas de estudiantes mexicanos con buen desempeño en lectura, la OCDE identificó que las bajas ambiciones de los alumnos, en particular los más desfavorecidos, podrían ser un factor de inequidad a futuro. Estos y otros hallazgos ponen la percepción de los estudiantes al centro del debate en materia de equidad. En otras palabras: PISA ayuda a detectar quiénes se están quedando atrás y por qué.
En tercer lugar: la evolución del sistema educativo. PISA define, para cada uno de los países participantes, tendencias que permiten detectar cambios significativos en la calidad y la equidad de la educación. Por ello, sus resultados se han consolidado como un punto de referencia para el sistema educativo nacional que permite sopesar el impacto de las políticas implementadas. En el caso de México, si bien no se han registrado mejoras significativas en los resultados en lectura a lo largo de las diferentes rondas, sí ha mejorado la cobertura de la prueba entre los jóvenes de quince años; esta participación pasó del 50% a un histórico 66% en PISA 2018. Ello ilustra que no ha habido canjes entre calidad e inclusión.
En cuarto lugar: el avance en el cumplimiento del cuarto Objetivo de Desarrollo Sostenible. PISA ayuda a los países a monitorear el progreso respecto de los compromisos internacionales adquiridos. Por ello, ha sido reconocida por el Grupo de Cooperación Técnica sobre Indicadores del cuarto ODS como fuente de información para medir la meta 4.1, que considera “los resultados de aprendizaje pertinentes y efectivos”; también se le reconoce como referencia para monitorear los avances en las metas 4.5 (disparidades en el acceso a la educación), y 4.7 (adquisición de conocimientos para el desarrollo sostenible). Es decir: contribuye a identificar las metas para las cuales habría que focalizar y redoblar esfuerzos.
En quinto y último lugar: el impacto del covid-19 en el sistema educativo nacional. Los expertos coinciden al señalar que el impacto del cierre de escuelas en el aprendizaje será mayor a la pérdida de días lectivos. El alcance y la magnitud de dicho impacto es motivo de debate y dependerá de las medidas adoptadas por cada país para recuperar el rezago. En este contexto, PISA 2022 constituirá la medida más contundente del impacto del covid-19 en el aprendizaje en México y en el mundo.
En suma, PISA es a la vez referente y estándar, nacional e internacional. Permite conocer qué tan preparada está la juventud mexicana de hoy para el futuro y la medida en que las políticas implementadas alcanzan los resultados esperados. De ahí que sea un parámetro del PSE 2020-2024. Ante la ausencia de una prueba nacional censal, es también referencia para monitorear avances en el cumplimiento del cuarto ODS y el impacto de la pandemia en la educación.
Si bien los resultados de PISA deben complementarse a la luz de otros instrumentos y la visión de diferentes actores del sector educativo, y ser considerados en su justa medida como un medio y no un fin, lo cierto es que, hoy en día, PISA es la única prueba confiable y comparable que tenemos para saber en dónde estamos parados y quiénes se están quedando atrás. Ante giros de timón sexenales, es necesario contar con instrumentos para valorar avances o retrocesos en la educación en México y, de ser necesario, ajustar el rumbo. PISA es la brújula; la Agenda 2030, el norte.
Daniela Rocha González
Directora de Seguimiento y Evaluación de Programas en la Secretaría de Educación Pública (SEP)
El contenido del artículo revela la opinión de la autora y no debe interpretarse como un posicionamiento particular de institución alguna.