
La competencia comunicativa del alumnado —su capacidad para expresarse y comprender eficazmente en la lengua— guarda una estrecha relación con el vocabulario aprendido. Diversos expertos en didáctica coinciden en que el léxico sustenta la gramática, dirige el sistema conceptual y es un vehículo esencial de la comunicación y la cultura. Asimismo, podríamos argumentar que enseñar léxico que se ha incorporado al español provenientes de variedades lingüísticas amerindias —nahuatlismos, mayismo, quechuismos— encaminaría hacia el descentramiento lingüístico, contribuyendo a generar y fomentar actitudes positivas en torno a las lenguas originarias, así como a sus hablantes. Por ello, las políticas educativas han intentado incorporar una planeación léxica, es decir, una planificación sobre qué vocabulario enseñar en cada etapa educativa. Herramientas como los diccionarios escolares se han considerado aliadas para enriquecer el léxico de los estudiantes.
En las últimas décadas, las dos piezas —la planificación sistemática del vocabulario y el uso pedagógico del diccionario— se subestimaron en las políticas educativas. La enseñanza de lenguas ha privilegiado aspectos como la gramática o la literatura, frecuentemente relegando el aprendizaje dirigido de palabras nuevas a un segundo plano. En consecuencia, actualmente es difícil encontrar una línea educativa clara sobre qué léxico debe enseñarse en cada grado. En esta colaboración expongo la trascendencia de recuperar la planeación léxica y fomentar el uso del diccionario en el aula.
Numerosos pedagogos lingüísticos sostienen que “tener palabras” es sinónimo de poder comunicar. De hecho, tradicionalmente los docentes han asociado un vocabulario limitado con deficiencias en el dominio del idioma. A pesar de ello, durante décadas la adquisición del léxico ha recibido poca atención en comparación con otros componentes del lenguaje. Estudios sobre didáctica señalan que la enseñanza del vocabulario avanzó lentamente y a menudo quedó supeditada a la enseñanza de la gramática o las funciones del lenguaje. Es decir, en muchas aulas se consideró más urgente enseñar las reglas gramaticales que las palabras mismas. Pensemos, por ejemplo, en el amplio énfasis que regularmente se suele poner para que el alumnado memorice que el tiempo copretérito termina en ‘-aba’ o ‘-ía’.
Una de las razones de este descuido es comprensible: el caudal de palabras de una lengua es virtualmente infinito, lo que dificulta decidir qué vocablos enseñar y cuándo. Además, como lo señalan Núñez y del Moral, sistematizar el léxico resulta complejo, especialmente frente a componentes más estructurados como el sistema fonológico o la morfología. No obstante, la dificultad de la tarea no disminuye su importancia.
Planificar el léxico implica establecer una progresión en la adquisición de vocabulario, normalmente desde lo más concreto hacia lo más abstracto a medida que existe una progresión cognitiva en el alumnado. En los primeros años de primaria, por ejemplo, los niños aprenden palabras de su entorno inmediato (objetos, animales, familiares), palabras muy cotidianas y tangibles. Conforme avanzan de grado, ese repertorio debería ampliarse de manera coordinada y equilibrada hacia términos más generales, conceptos abstractos (emociones, ideas) y vocabulario técnico o académico. Avanzar en la enseñanza léxica de manera progresiva permitiría que el alumnado tuviera claridad sobre lo que aprende. Así, por ejemplo, el término “solución”, ampliamente utilizado en matemáticas en primaria, adquiere una segunda acepción desde la química en secundaria y preparatoria. Omitir explicaciones léxicas de esta naturaleza orilla a procesos de aprendizaje confusos y divergentes.
Sin una planificación explícita, se corre el riesgo de que ciertos campos léxicos o niveles de abstracción queden desatendidos. Actualmente, nuestro sistema educativo carece de un lexicón o listado orientativo de vocabulario por grado escolar. La enseñanza de nuevas palabras queda a merced de los textos que se lean, de la iniciativa individual de cada docente, de las prácticas de lectura en el hogar o de los medios de comunicación a los que tiene acceso el alumnado. Es importante transmitirle al alumnado que podemos crear palabras a partir de bases morfológicas.
Diversos autores abogan por retomar la senda de la planeación léxica. En su obra La enseñanza del léxico y el uso del diccionario, Manuel Alvar Ezquerra, reconocido lexicógrafo, subraya que una de las cuestiones clave para enseñar vocabulario es determinar qué palabras enseñar, es decir, determinar cuáles son las voces más frecuentes en el idioma, de modo que el alumnado las aprenda primero. Tiene más sentido empezar por las palabras de uso común antes de adentrarse en vocabulario infrecuente, altamente especializado o con más de una acepción.
Ahora bien, la planeación léxica no se limita a escoger palabras sueltas, sino también a decidir cómo presentarlas (sinónimos, antónimos, campos semánticos, etc.) y en qué grado o nivel introducir cada contenido léxico. En este último aspecto, Alvar Ezquerra sugiere que distintos aspectos del vocabulario (por ejemplo, ortografía de las palabras, polisemia, fraseología básica, etc.) se impartan en niveles educativos diferentes, adecuados a la edad y competencia de los alumnos. Esto implica secuenciar la enseñanza del léxico: quizá en primaria inicial se trabaje sobre todo vocabulario básico y concreto, en cursos posteriores se introduzcan relaciones semánticas (sinónimos, antónimos, homonimia) y vocabulario más complejo, y en secundaria se adentre en el léxico abstracto como polisemia, colocaciones, locuciones idiomáticas y matices de significado. Pocos currículos nacionales detallan esta progresión. En palabras de especialistas cubanos, aunque la lingüística moderna reconoce la centralidad del léxico, “la escuela sigue concibiendo el léxico como un componente subordinado” dentro del conocimiento del idioma, como una actividad complementaria que se añade si el tiempo lo permite, en lugar de considerarlo un eje articulador de la competencia comunicativa.
El uso del diccionario
Junto a la planificación de qué vocabulario enseñar, es pertinente considerar cómo allegar al alumnado herramientas para continuar ampliando su léxico de manera autónoma. El diccionario —sea en formato físico o digital— es el protagonista. Un diccionario escolar, además de definir palabras, suele incluir ejemplos de uso, indicaciones gramaticales (categoría, género, conjugación), sinónimos, antónimos y otros datos que enriquecen la comprensión. Desafortunadamente, distintos estudios revelan que los diccionarios están infrautilizados en el entorno escolar. Se suele enseñar su manejo básico en primaria —por ejemplo, el orden alfabético para buscar palabras—, pero tras ese aprendizaje inicial muchos docentes dan por sentado que el alumno “ya sabe” usar el diccionario y no fomentan su uso habitual. El diccionario es una herramienta útil para el enriquecimiento léxico, pero su utilización en el aula escolar se ha limitado muchas veces a búsquedas puntuales de definiciones o a ejercicios de alfabeto. El diccionario también es un recurso material ambivalente: ayuda a conocer la propia lengua y, al mismo tiempo, a descentrar lingüísticamente.
¿Cómo contribuyen los diccionarios a tomar distancia lingüísticamente? El pasado 21 de febrero, en el marco del Día Internacional de la Lengua Materna, Clara Brugada inauguró el programa de clases de náhuatl en 78 planteles de la Ciudad de México. Las críticas hacia el programa no se hicieron esperar pues más que un logro educativo que supone un avance hacia la visibilización y el reconocimiento de los derechos lingüísticos de los pueblos originarios, los comentarios criticaban el esfuerzo educativo. Una buena parte de los comentarios hechos en redes sociales posicionaban al náhuatl como una lengua irrelevante, sin justificación para que su enseñanza se ofrezca en una sociedad en donde el bilingüismo español-inglés es mayoritariamente apreciado frente al bilingüismo de tipo español-náhuatl. Sin embargo, es preciso recordar que en 2020 el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas estimó 1 651 958 hablantes de lengua náhuatl en México, población similar a la de países como Kosovo. Asimismo, puntualizar sobre el hecho de que la lengua española se compone de léxico proveniente de variedades lingüísticas amerindias. En su momento, los Libros de Texto Gratuito de 1993 presentaron al alumnado de educación primaria una selección de palabras en náhuatl. No obstante, su representación fue utilitaria, así mismo quedó al margen la contextualización de sus hablantes, de su lengua, así como de otras lenguas ampliamente habladas en México como el maya, el otomí, el tseltal, entre otras. Dado este contexto, podría rastrearse un posible sesgo cognitivo con respecto a la vinculación y representación que tenemos con las lenguas originarias.

Fuente: tomado de SEP (1993, p. 188).
El Diccionario didáctico de español elemental de Concepción Maldonado —por ejemplo— dedica definiciones sencillas. Además, para los lemas o palabras de variedades lingüísticas amerindias ofrece, entre corchetes, su procedencia. Actualmente, la política educativa mexicana aboga por desarrollar competencias interculturales en todos los niveles educativos. Ante lo resbaladizo del concepto de “interculturalidad” algunas prácticas, acciones o estrategias educativas de este tipo contribuyen a generar actitudes positivas en el alumnado que, a la postre, deriven en la construcción del respeto de la identidad lingüística y cultural.


Fuente: tomado de Diccionario didáctico de español elemental
A manera de cierre
La literatura confirma que el vocabulario y los diccionarios importan, y mucho, en el desarrollo de la competencia comunicativa del alumnado, así como para fomentar una cultura de respeto y aprecio hacia la diversidad lingüística. Disponer de un amplio e idóneo léxico para cada etapa educativa permite expresar ideas con precisión y comprender matices en los mensajes de otros. Aunque elaborar una planeación léxica pueda resultar complejo, es necesario incorporarla en las políticas educativas. Establecer una progresión de vocabulario desde lo simple a lo complejo, determinar qué campos semánticos y qué términos clave deben aprenderse en cada grado, y asegurarse de que esos contenidos léxicos se trabajan en el aula de forma explícita, contribuirá a que ningún estudiante termine su escolaridad con lagunas evitables en su caudal de palabras.
Junto a lo anterior, es capital fomentar en el aula el uso del diccionario en sus múltiples formas modernas. Recuperar el papel del diccionario en la escuela requiere un cambio de enfoque. Es útil distinguir entre diccionarios para el alumno y diccionarios para el docente, como sugiere Alvar Ezquerra. Un alumno de primaria puede comenzar con diccionarios básicos ilustrados o adaptados a su nivel lector, mientras que el profesor recurre a obras lexicográficas más extensas o especializadas (por ejemplo, diccionarios de sinónimos, etimológicos, de lingüística, de didáctica de la química y un largo etcétera) para preparar sus clases. Tanto la planeación léxica como el uso pedagógico del diccionario requieren un cambio de perspectiva en el sistema educativo que pase de tratar el léxico como un tema accesorio a considerarlo un pilar de la competencia comunicativa.
Al reflexionar sobre la planeación léxica y los diccionarios observamos que ambas herramientas además de contribuir al desarrollo de las habilidades lingüísticas nos permiten valorar la diversidad lingüística nacional. Las lenguas originarias nos han aportado sustantivos, verbos o adjetivos, especialmente si pensamos en los nahuatlismos que conforman el español de México. Incluso, algunos sustantivos han sido tomados como préstamos por lenguas extranjeras [xocoatl: chocolate (español), σοκολάτα (griego), Шоколад (ruso)]. Desdeñar la enseñanza de lenguas originarias refleja una visión utilitarista de la educación. Sensibilizarnos sobre las lenguas originarias nos forma en la diversidad.
Por último, el centro de gravitación de la planeación léxica, del uso de diccionarios o de la presencia de lenguas originarias en las escuelas debe centrarse en cómo asegurar que las políticas, acciones, materiales o recursos sean planteados en visiones estratégicas, sostenibles y de largo alcance. En este sexenio sería deseable que voces autorizadas aportaran miradas frescas, científicas y documentadas que integren en la Nueva Escuela Mexicana un enfoque como el que aquí se expone. Trazar una ruta de acción en términos de planeación léxica además de ser un compromiso educativo adquirido, sienta las bases de una enseñanza que forme estudiantes con habilidades y competencias para la construcción de una sociedad intercultural y respetuosa de la diversidad en sus diferentes formas de expresión.
Carlos Aguilar Castillo
Maestro en Ciencias en la especialidad de Investigaciones Educativas (Cinvestav). Exdirector de Estudios de Nivel Medio Superior de la UAEMéx.