Profesores y alumnos de zonas vulnerables ante la pandemia

Para los alumnos de educación básica que provienen de familias menos favorecidas, en términos económicos, las profesoras y los profesores son el único puente de acceso a los conocimientos que ofrece la escuela pública, más allá de los libros de texto gratuitos y otros insumos impresos que el Estado mexicano provee en aras de cumplir con los ideales del artículo tercero constitucional. La presencia de las y los maestros dentro del salón de clases motiva, aunque a veces obliga, a pasar lectura sobre los textos, reflexionar acerca de su contenido, a disipar dudas que difícilmente los padres y madres —por su escolaridad— pueden realizar en casa, entre otras acciones. En este sentido, hay una firme convicción de que el capital humano, el profesional, y la interacción armónica entre docentes y estudiantes contribuyen a un mejor rendimiento académico que otros medios. No sólo esa promoción, también por ser insustituible es una pilastra más para garantizar la equidad y la formación integral de las y los alumnos.

Ilustración: Víctor Solís

La pandemia de Covid-19 obligó a todos los estudiantes a dejar las aulas y sus rutinas particulares de trabajo educativo, por lo que los docentes fueron sustituidos de forma temporal por medios electrónicos, aunque también impresos. También se abandonaron los espacios dentro del edificio escolar que les permitía interactuar con equipos de cómputo y libros de consulta muchas veces ausentes en el hogar.

En casa —y con los medios asequibles— las y los alumnos pronto pasaron a otro escenario de aprendizaje mediante la estrategia de Aprende en Casa, que se apoya de manera sustancial en la televisión abierta, el internet y la telefonía móvil, para continuar con la apropiación de los conocimientos propuestos en la reforma educativa del sexenio anterior —criticada, por cierto, de manera severa por algunos elementos del magisterio y el gobierno en funciones, y que hoy forman parte de la “Nueva escuela mexicana” (NEM).

Aunque en este espacio no se ofrezca una precisión conceptual sobre conocimientos, es importante señalar que en el contexto mexicano forman parte de los aprendizajes clave y, de acuerdo con la Secretaría de Educación Pública (SEP), se desarrollan en la escuela, contribuyen a la formación integral de los alumnos y, si no son aprendidos, dejarán secuelas difíciles de contrarrestar.

Sin embargo, por la sustitución temporal de los docentes y el abandono indefinido de las aulas que se dio a partir del 19 de marzo, las consecuencias educativas seguramente se reflejarán una vez más en la cohorte de alumnos con nivel socioeconómico bajo como concluyó, con ciertas excepciones, la última prueba PISA; para nadie es un secreto que la pandemia dejó entrever muchas carencias y deficiencias en materia educativa. Dentro de las primeras —las carencias— la Unesco puso datos alarmantes: en el contexto internacional, la mitad de los alumnos no tiene computadora en el hogar, mientras que 43 % carece de internet en casa. Este panorama concuerda con la del territorio nacional, también desolador: la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (Mejoredu) admitió que “sólo 22 % de la población de seis años o más que residía en áreas rurales era usuario de computadora, 47 % de internet y 58.5 % de telefonía celular”. Además, de quienes son usuarios de computadora en esas áreas, más de 47 % no tiene acceso a ella en el hogar.

Aunque la computadora, el internet y los teléfonos móviles son insumos importantes que con buen uso pueden fortalecer en casa la educación escolarizada, para las familias en condiciones socioeconómicas vulnerables no son imprescindibles: de inicio los raquíticos ingresos no alcanzan para adquirir estos servicios, mucho menos para sufragarlos.

En estos momentos, tanto las carencias señaladas, como otras más, anquilosan la apropiación de conocimientos, debilitan el logro de los aprendizajes clave, desestimulan la importancia del ser de la escuela por no tener algunos de los medios para cumplir con las obligaciones escolares y, finalmente, engrosan la matrícula de deserción de los alumnos.

Las segundas —las deficiencias— tampoco tienen un perfil nada halagüeño. Antes de pasar a una explicación, no es fútil señalar dos condiciones propias del magisterio que contribuyeron a ensancharlas. Primero, no es aventurado afirmar que los profesores mexicanos nunca imaginaron que en algún momento de su vida laboral tendrían que cambiar la modalidad tradicional de coordinar el trabajo en el aula—frente a frente con los alumnos y con el uso del capital humano y profesional— por otra diferente. Pero la pandemia en curso movió esa forma particular de realizar el trabajo cotidiano por otra no planificada que tocó incluso a toda la estructura educativa. Segundo, y bajo el mismo supuesto, derivado del estado de confort en el que muchos de ellos se acomodaron, tampoco procuraron allegarse una capacitación en el uso de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), como medio alterno para las tareas señaladas. Es absurdo generalizar y cobijar bajo el mismo techo de esta pequeña evaluación a todos los docentes, pues hay excepciones; sin embargo, es una realidad que no se puede ocultar.

Éstas y otras condiciones más del magisterio pudieron ser el soporte de las conclusiones de una encuesta coordinada por Valora Consultoría en las que señala que una tercera parte de profesores de escuelas públicas encuestados manifestara estar poco o nada preparados para trabajar a distancia. A pesar que la encuesta omitió la opinión de los directores, es posible que los líderes de las organizaciones escolares, así como otras autoridades educativas superiores, también tengan esas deficiencias: 52 % de los primeros participantes manifestó que no recibieron apoyo por parte del director u otra autoridad para realizar la tarea educativa durante la contingencia.

Frente a ese telón de fondo surgieron pronto necesidades formativas percibidas (por emplear el término de Benedito). En otras palabras: escasez de conocimientos y habilidades urgentes de dar atención. Las necesidades con más alta frecuencia para los profesores de escuelas públicas se concentraron, según Valora Consultoría, en “capacitación sobre aplicaciones y plataformas”, “diseño de recursos y materiales en línea” y “estrategias de evaluación del trabajo a distancia”; en síntesis, en el uso de las TIC.

Bajo ese diagnóstico nada alentador, no privativo de las zonas vulnerables, es impostergable voltear la mirada de nuevo a los profesores y alumnos que enseñan y aprenden en esos lugares de grandes rezagos. Pero no solamente para henchir la retórica del discurso con enunciados ampulosos, sino para dar prioridades con el objetivo de garantizar de manera paulatina la equidad.

La toma de decisiones en materia educativa, en estos momentos y en la posteridad, no se trata sólo de dotar de máquinas a las escuelas e internet gratuito a las localidades pobres; como se ha visto renglones arriba, esa parte del discurso, que no acciones verdaderas, no es suficiente. También es necesario avanzar en la dotación de recursos intelectuales permanentes; no para engrosar los expedientes individuales de los profesores con certificados o constancias de asistencia, sino para desarrollar habilidades para llevar a cabo la tarea educativa bajo otras modalidades y/o circunstancias.

Por la permanencia del Covid–19 en la vida de los humanos existen, dicho sea de paso, altas posibilidades de repetir la experiencia actual en años próximos. Ante esa situación, una primera propuesta es que la “Nueva escuela mexicana” u otra reforma educativa integre en el plan de estudios la estrategia de la educación abierta y a distancia para cuando los alumnos no puedan asistir a la escuela e interactuar con sus compañeros y sus profesores. Su incorporación en las normas y leyes debe estar acompañada por una capacitación constante, a través de los medios electrónicos usuales, como un primer acercamiento maridado con teoría y práctica.

Los alumnos de las zonas marginadas y económicamente pobres, aunque también los de otras zonas, deben entrar en esta dinámica de capacitación. En primer lugar, acercarlos de manera constante al uso de las TIC como parte de una modalidad mixta de aprendizaje; es decir, en sesiones intercaladas tomar clases de manera virtual para habituarlos a ese nuevo ritmo de trabajo. Así aprenderían, a través de plataformas, a interactuar con sus demás compañeros de clases y con sus profesores, a enviar trabajos realizados en casa y recibir retroalimentación u observaciones por parte de los docentes.

En segundo lugar, dotar con el apoyo de algunos datos del Atlas Educativo —del que, por cierto, sólo existe una edición— de insumos electrónicos (laptops) a las  organizaciones escolares de zonas pobres, carentes de esos equipos, para que sean un aditamento más del proceso de aprendizaje, como los libros. La parte más importante de esa dotación es que los aparatos puedan ser prestados para su uso en casa como medio de consulta a fuentes de información; además, para otros momentos, como herramienta para aprender en línea y a distancia.  

En tercer lugar, aunque parezca una propuesta de política educativa demasiado utópica, ya  es momento de crear espacios públicos, en esas zonas aludidas, con buena conexión a internet para uso educativo. De no llevarse a cabo esta última sugerencia, o sólo cambiar de nombre a los programas como ha sucedido con “internet para todos” y su reducción de presupuesto, lo demás será un listado de buenos deseos.

Finalmente —y bajo la tesis de que los profesores son insustituibles para la población menos beneficiada— en estos momentos la SEP, como autoridad educativa federal, y las organizaciones escolares, en el buen uso de su autonomía de gestión, deberían de planear en qué momentos del próximo ciclo escolar los alumnos pueden tomar sesiones presenciales adicionales para volver a retomar los aprendizajes clave no consolidados en el ciclo escolar que pronto terminará.

 

Mario Hernández Arriaga
Labora en la Subdirección de Educación Primaria Región Naucalpan, dependiente de los Servicios Educativos Integrados al Estado de México (SEIEM).


2 comentarios en “Profesores y alumnos de zonas vulnerables ante la pandemia

  1. La gente sigue en la calle. El docente puede atender a pequeños grupos de alumnos, durante 1 hora y media por asì decirlo; a otro grupo por igual tiempo, y terminar con otro en su horarrio. La atenciòn serìa para apoyar dificultades que en casa no se pueden resolver. Cuestiòn de iniciativa profesional y creatividad vocacional.

  2. Es de suma importancia que a los docentes les entreguen una laptop para todo el trabajo con los niños, dar más capacitación a los docentes referente a las tic’s mayor comunicación con los directores antes de dar información a los docentes

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