Trazos que habitan: escribir en comunidad

Ilustración: Gonzalo Tassier

El Subsistema de Educación Comunitaria Pilares es un programa social que articula servicios educativos, culturales, deportivos y de formación para el trabajo. En este entramado se ubican las ciberescuelas, espacios donde maestros acompañan procesos académicos para que las personas concluyan sus estudios. Pero su labor va más allá de los contenidos curriculares: el personal docente impulsa actividades que fortalecen la participación, la convivencia y el sentido de pertenencia.

En la mayoría de estos centros, los muros reproducen una imagen institucional: pasillos con convocatorias, pizarras con horarios y reglamentos que enuncian frases como: “Se prohíben alimentos y bebidas”, “No gritar”, “Respeta el espacio”. Estos mensajes, impresos en formato estándar, representan la voz administrativa del programa.

Sin embargo, en una de las ciberescuelas observadas, el paisaje era distinto. Aunque permanecen algunos letreros normativos, predominan otras formas de escritura: frases trazadas a mano —“Qué bueno es volver”, “No es sólo vivir, es sentirse vivo”— y dibujos acompañados de mensajes como “¡Hoy voy a florecer!”. Estas producciones provienen de dos talleres: Lettering y Etegami. Más que embellecer los muros, constituyen huellas de una práctica colectiva en la que la escritura funciona como una forma de encuentro y apropiación del espacio.

El entramado de textos se denomina paisaje letrado: un conjunto que revela qué se escribe, quién escribe, desde dónde y con qué legitimidad. En este sentido, propongo analizarlo considerando la escritura como una práctica social situada; es decir, una forma de acción que expresa vínculos, apropiaciones y sentidos compartidos.

La cultura escrita como práctica social

Cuando hablamos de leer y escribir, pensamos en habilidades: juntar letras, redactar de forma correcta, respetar reglas ortográficas. Pero es más que eso, es una práctica que ocurre en lugares concretos, entre personas, con propósitos diversos y con distintos modos de valorarse.

Brian Street distinguió entre una visión “autónoma” —que concibe la alfabetización como una habilidad técnica y neutral, capaz de producir efectos sociales por sí misma— y una visión “ideológica”, que entiende las prácticas de lectura y escritura como acciones situadas en contextos sociales, culturales y políticos específicos. Desde esta perspectiva, leer y escribir no son actos neutros: no es lo mismo hacerlo en una oficina que en una fiesta, en una escuela que en un centro comunitario.

Kalman señala que participar en la cultura escrita no depende sólo de saber leer y escribir, sino también de contar con las condiciones para hacerlo. No basta con que los materiales o programas existan; es necesario que las personas puedan acceder a ellos, apropiárselos y darles significados en su vida cotidiana. Así, la mera presencia de recursos o textos no asegura su lectura: lo que impulsa la participación en la cultura escrita es su uso, distribución y apropiación en contextos sociales concretos.

En las ciberescuelas, esta participación ocurre en un entorno heterogéneo. Por un lado, existe un marco institucional que regula la comunicación —convocatorias, avisos, normas, reglamentos—; por otro, emergen producciones locales derivadas de la práctica cotidiana: carteles con frases, dibujos o notas con mensajes. En conjunto, este paisaje refleja la vida social del centro.

Entre normas y trazos

Las paredes, tablones y pasillos de las ciberescuelas son escenarios donde convergen las reglas institucionales y las expresiones comunitarias. Los textos oficiales —impresos con logotipos y lenguaje administrativo— buscan ordenar la vida del centro: fijando tiempos y normas. Sin embargo, la cotidianeidad introduce matices. Junto a estos avisos aparecen mensajes hechos a mano, dibujos, recortes, caligrafías (ver Imagen 1). Cada acción, por mínima que parezca, constituye una intervención simbólica que transforma el espacio social.

Imagen 1

En este contexto, los talleres de Lettering y Etegami adquieren un papel central. Son espacios donde se enseña a combinar trazos, ritmos, colores y composiciones para crear mensajes visuales que mezclan estética y contenido. El lettering se enfoca en el diseño intencional de letras —experimentar con tipografías, grosores y estilos—, mientras que el etegami invita a pintar pequeñas postales acompañadas de una frase breve. En ambos casos, el trabajo se convierte en una experiencia compartida: los participantes observan, preguntan, prueban materiales, comparan resultados y, poco a poco, van encontrando una forma propia de escribir y dibujar (ver Imagen 2).

Imagen 2

Dentro de estos talleres, las frases son importantes porque funcionan como puente entre la técnica y la expresión. No se trata sólo de aprender a hacer letras o dominar un pincel; es expresar qué decir y cómo decirlo. Por eso la maestra propone ejercicios de forma —cómo sostener el pincel, cómo equilibrar el espacio—, pero deja abierta la elección del texto. Cada persona elige frases que resuenan con su historia: versos que recuerdan afectos, palabras de ánimo, citas de canciones o incluso bromas internas del grupo. Elegir una frase es elegir un fragmento de una historia que se desea compartir.

En estos talleres, se reúne un componente tanto corporal —ritmo, pulso— como social —observar, comentar, escuchar—, que convierte la actividad en un espacio de encuentro. En este sentido, las frases son la parte más visible del mensaje, pero también las más íntimas: condensan emociones, recuerdos, valores y funcionan como declaraciones que quedan plasmadas en el espacio. Al colocarlos en los muros, estas frases transforman el entorno normativo y lo vuelven más propio, más cercano a quienes lo habitan. La escritura deja de ser sólo un requisito escolar y se convierte en un acto de participación y reconocimiento.

Así, la apropiación surge cuando las personas usan y reinterpretan la cultura escrita dentro de las condiciones sociales e institucionales que la enmarcan. A través de estos talleres, quienes participan aprenden técnicas, pero, sobre todo, aprenden a construir una palabra propia.

Escribir: hacia una mirada compartida

Durante una de las sesiones, la maestra sugiere colocar los trabajos terminados en el tablón del pasillo para que se sequen y puedan apreciarse. En pocos días, el espacio cambia. Entre el reglamento interno y la lista de horarios aparecen frases dibujadas con distintas tipografías: “Vive con alegría”, “Aquí aprendemos juntas”, “La vida se escribe con trazos nuevos”. Las letras curvas y coloridas interrumpen la uniformidad de los muros y dotan al entorno de nuevos significados.

El paisaje se transforma: los textos institucionales y los comunitarios se entrelazan. En este proceso, la maestra desempeña un papel clave como mediadora y agente de cambio al decidir mantener visibles las producciones de sus estudiantes. Esta superposición puede parecer un detalle menor, pero desde una mirada sociocultural encierra significados profundos. Los paisajes letrados son también territorios de expresión, donde se pone en juego quién puede escribir y qué textos son legitimados.

Cuando los participantes llenan los muros con sus propias letras, se amplían los márgenes de participación y reconfiguran el sentido del espacio compartido. La ciberescuela se convierte en un territorio vivo, tejido por interacciones y voces múltiples. Además, las producciones de los talleres funcionan como anclajes sociales y pedagógicos: enseñan a mirar la escritura como una herramienta para pensar, sentir y habitar el mundo. Las letras dibujadas condensan expresiones, encuentros y memorias compartidas. Los horizontes de participación se extienden: quien antes sólo observaba ahora contribuye a su diseño. La frontera entre leer y escribir, entre espectador y autor, se vuelve porosa y colectiva.

Analizar los textos permite comprender que la cultura escrita no es patrimonio exclusivo de las instituciones educativas o gubernamentales. Es una práctica viva, se reconfigura de manera constante entre talleres, conversaciones y acciones. Promover una mirada compartida implica reconocer el valor de las escrituras locales, de los textos efímeros y de las producciones que no siempre encajan en los formatos oficiales. Significa abrir espacios donde la comunidad pueda escribir y leer, colgar sus frases e intervenir los muros. En este sentido, las oportunidades de participación no se decretan: se construyen colectivamente.

La presencia de frases, carteles y trazos en los muros de esta ciberescuela no es un efecto natural del programa Pilares ni una característica inherente a sus espacios. Lo que emerge ahí es el resultado de prácticas sociales concretas: la iniciativa de una maestra, la disposición de quienes participan y los vínculos que se tejen en la cotidianeidad. Los talleres no forman parte de una oferta institucional estandarizada; existen porque una docente decidió compartir sus saberes y abrir un espacio donde la comunidad pudiera experimentar, conversar y escribir.

Entender la cultura escrita como práctica social permite reconocer que el paisaje letrado surge de relaciones y mediaciones sociales cotidianas más que de lineamientos formales. Valorar esta dimensión implica reconocer las escrituras comunitarias como prácticas que fortalecen la pertenencia y resignifican el espacio educativo. En cada frase trazada se inscribe una memoria compartida que vuelve a la ciberescuela un lugar habitado por la acción conjunta de quienes la construyen día con día.

Diego Gutiérrez Santos

Maestro en Ciencias en la especialidad de Investigaciones Educativas (DIE) del Cinvestav. Investigador independiente e integrante del colectivo Revolución Mental

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Publicado en: Evaluación docente

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